CAPÍTULO 7 #3
Marian se dirigió a la puerta de puntillas mientras le hacía un gesto con el dedo sobre los labios, indicándole que se quedara callada y no se moviera de la cocina.
Tras asomarse por la mirilla, abrió la puerta y mantuvo una breve charla susurrada que Evie no logró escuchar.
Segundos después, su amiga reapareció en la cocina oculta tras un enorme ramo de rosas rojas que llevaba en sus brazos.
—¡Sorpresa! —gritó con entusiasmo, asomando la cabeza por un lado del ramo.
Evie trató de mostrar un falso desinterés, pero le fue imposible evitar que las lágrimas surgieran de nuevo al leer la nota que lo acompañaba:
Eres lo más importante en mi vida, no quiero perderte.
Te quiero.
Drake.
—¿Lo ves, tonta? —dijo Marian, leyendo por encima de su hombro—. Te quiere, y tú no deberías estar haciendo un mundo de todo esto.
—Lo sé, pero igual ese es el problema, que me quiera tanto y yo…
Evie volvió a levantarse de un bote al escuchar el timbre por segunda vez.
—Jod… —masculló, llevándose las manos a la boca—. Ahora sí que es él, seguro.
—Tranquila. —Marian le hizo un gesto para que volviera a sentarse mientras se dirigía a la entrada—. Falsa alarma otra vez —anunció, soltando una risa al asomarse a la mirilla.
Robert entró como una exhalación, sin darle tiempo siquiera a abrir del todo.
—Hola, tío. ¿Qué haces aquí tan temprano? —Evie se acercó para darle un beso, pero él la apartó de forma brusca.
—¡¿Me puedes explicar qué narices significa esto?! —rugió, y prácticamente le arrojó el móvil sobre la mesa, con la pantalla iluminando un artículo digital.
Evie abrió los ojos de par en par al ver una foto suya junto a Drake en la fiesta de la noche anterior, ocupando la portada de un conocido portal de sociedad.
Recordaba que les habían hecho varias tomas, pero no pensaba que las fuesen a publicar tan pronto.
Cogió el teléfono y trató de leer la noticia con manos temblorosas.
El titular hablaba de la gran fiesta de la alta sociedad parisina, pero no pudo evitar sonreír al ver la frase escrita al pie de la imagen:
«El hijo de la diseñadora Béatrice Landry posa junto a su novia, abandonando la lista de solteros de oro franceses» .
—¡¿Te parece gracioso?! —estalló Robert, visiblemente enfurecido—. ¡¿Se puede saber por qué me tengo que enterar por internet de que mi sobrina tiene novio?! ¡¿Me ocultas que sales con el hijo de una diseñadora famosa y te paseas por fiestas de la alta sociedad a mis espaldas?!
Evie se quedó estupefacta. Nunca lo había visto así, tan enfadado que incluso le temblaban las manos.
—¿Pero qué narices te pasa, Rob? No entiendo por qué te pones así. Se llama Drake y es… bueno, vamos juntos a clase, y anoche me invitó a esa fiesta. No te lo dije porque, bueno, no surgió el momento.
—¡¿No surgió el momento?! ¡Evangeline, acabas de empezar la universidad! ¡Es tu primer año! Tienes que centrarte en tus estudios y en tu futuro; no es momento de líos amorosos, y mucho menos con críos de ese ambiente superficial, lleno de lujos y falsedad. ¡Ese mundo solo trae problemas!
El tono autoritario de Robert y su forma de recriminarla de aquella manera la hicieron pasar, definitivamente, de la tristeza a la indignación.
—¡¿Y si salgo con él qué?! ¡Ya soy mayorcita para salir con quien me dé la gana! —espetó ella.
—¡Te lo prohíbo, Evangeline! ¡Te prohíbo que te rodees de esa gente! Ese mundo no es para ti, ¡¿lo entiendes?!
—¡No, no lo entiendo, maldita sea! —le cortó ella, cruzándose de brazos—. Además, ni siquiera tienes de qué preocuparte. Ya no salimos juntos. Es más, no quiero volver a verle en mi vida, ¿contento? Y ahora dime de una vez qué tienes tú en contra de que vaya a una simple fiesta.
—Nada, yo… es solo que conozco a ese tipo de gente. Es un ambiente frívolo que te desviará de tus objetivos. Ese tipo de chicos no van en serio, Evie —balbuceó Robert, sosteniendo su mirada mientras parecía estudiarla, tratando de descifrar si decía la verdad sobre su ruptura.
—¡De verdad, Robert, me exasperas con tu actitud! No soy ninguna cría, sé cuidarme sola.
—Yo… es solo que había gente en esa fiesta a la que no quiero que te acerques y punto —sentenció, levantándose de golpe mientras evitaba mirarla a los ojos—. Tengo que irme a trabajar. Ya hablaremos de todo esto.
—Pero, Robert, no puedes irte así, sin más.
—Lo siento, pero tengo una vista muy importante y no puedo llegar tarde. Te llamaré más tarde, ¿vale?
Salió tan rápido del apartamento que ni siquiera le dio tiempo a contestar.
Evie quería entender por qué se había puesto tan histérico, necesitaba respuestas, pero sabía de sobra que cuando el instinto exageradamente sobreprotector de su tío salía a flote, era imposible sacarle nada.
De todos modos, tampoco tendría ya de qué preocuparse si no pensaba volver a ver a Drake en su vida, ¿o sí? Realmente estaba hecha un lío.
Se dejó caer en el sofá, tumbada boca abajo y hundiendo la cabeza en un cojín, deseando desaparecer. No pasó mucho tiempo hasta que escuchó la puerta de la habitación de Marian abrirse y vio sus pies aparecer junto a ella.
—¿Estás bien? No quería escuchar, pero los gritos de tu tío deben de haberlos oído medio París.
—No, no estoy bien. Quiero dormir y no despertarme hasta dentro de una semana. No sé qué hacer, Marian. Realmente creo que lo quiero, o al menos eso creía hasta ayer, pero ya no estoy segura de nada y solo me faltaba la bronca de Robert —ni siquiera despegó la cara del cojín para hablar.
—Por cosas como estas es por las que a veces me alegro de que mi padre se largara cuando yo era pequeña.
—Pero mira que eres bruta… —murmuró Evie.
—¿Sabes qué? Arréglate, que nos vamos a dar una vuelta. Hoy es día de chicas: nada de Drakes, ni Davids, ni tíos sobreprotectores. Y ya sabes que no acepto un «no» por respuesta.
—De verdad que no tengo ganas. Te repito que solo quiero dormir y olvidarme de todo.
Marian la obligó a levantarse y la llevó casi a empujones a su cuarto. La amenazó con meterla vestida en la ducha si no empezaba a vestirse de una vez, por lo que a Evie no le quedó más remedio que obedecer.
Después de vestirse, volvió a mirar su móvil. Tenía unas cuantas llamadas más de Drake y algún que otro WhatsApp nuevo, pero a pesar de que había decidido no leer ninguno, no pudo evitar mirar de reojo. Tan solo alcanzó a leer la vista previa:
Drake : Dame la oportunidad de explicarme y no te molestaré más si es lo que quieres.
Se sorprendió a sí misma pensando en si realmente eso era lo que quería, pero finalmente optó por apagar el teléfono y dejarlo sobre su mesita. Necesitaba despejarse y pensar, y estaba claro que no podría hacerlo con Drake asediándola todo el día con llamadas y mensajes.
Salió en busca de su amiga, que ya la esperaba lista en el salón, pero justo cuando Evie iba a coger su bolso para salir, volvió a sonar el timbre de la puerta. Se sobresaltó de nuevo, pero esta vez fue ella quien se acercó a la puerta.
—Venga ya, esto tiene que ser una broma —dijo, al ver quién había al otro lado a través de la mirilla—. Es el chófer de la abuela de Drake, lo vi anoche en la fiesta —susurró a Marian—. ¿Qué narices estará haciendo aquí? ¿Le habrá dicho Drake algo a su abuela?
El timbre volvió a sonar.
—No abras —contestó Marian, también susurrando.
—No puedo dejarle ahí esperando y fingir que no estoy; el pobre ha venido desde Normandía.
—Deja, ya abro yo —murmuró su amiga, adelantándose para apartarla del pomo con firmeza.
Nada más abrir, Marian cruzó su mirada con la de aquel hombre y lo recorrió de arriba abajo con frialdad. Sin embargo, el chófer centró rápidamente su atención en Evie, que se había quedado a un lado tras la puerta.
—Señorita Renoir, le traigo esta nota de parte de la señora Andreatos.
Evie abrió el sobre con recelo. El papel era pesado, de una calidad que no se encontraba en cualquier papelería, y desprendía un sutil aroma a jazmín. Se tomó un segundo para respirar hondo antes de fijar la vista en la elegante caligrafía:
Evangeline:
Siento mucho que ayer tuvieses que presenciar tan desagradable disputa con mi nuera. Me encantaría que aceptases una invitación para comer hoy, a fin de que podamos conocernos mejor. Mi chófer, Andrea, te traerá y te llevará de nuevo a tu casa. Por favor, no aceptaré un no por respuesta.
Atentamente, Helena A.
Le pasó la nota a Marian para que la leyera.
—Vaya, esta mujer es de las mías —sonrió al leer la última frase—. ¿Qué piensas hacer?
—No lo sé, todavía… —Se giró hacia el muchacho y le pidió que la esperase fuera un momento mientras cerraba la puerta—. Todavía no tengo claro siquiera qué voy a hacer con Drake.
—Bueno, piénsalo. Si no aceptas, puede que se sienta ofendida, y eso no te conviene si al final decides perdonarlo.
—Dios, Marian, vaya día de mierda llevo. No quiero ir sola a esa casa. ¿Y si la señora quiere echarme la bronca por haber dejado a su nieto colgado?
—Nada de miedos. Más te vale quedar bien con ella, porque estoy segura de que lo tuyo con Drake no es más que una discusión pasajera.
Evie trató de rebatir su comentario, pero ella no le dejó siquiera abrir la boca. Marian abrió la puerta y le dijo al chófer que Evangeline aceptaba la invitación, pero que iría en su propio coche.
—Te odio, ¿lo sabes, verdad? —siseó Evie mientras ella cerraba la puerta casi en las narices del pobre hombre.
—No es cierto, me quieres y lo sabes. Ya me lo agradecerás.
Evie condujo distraída todo el trayecto. Maldecía en voz alta a su amiga por no haberla dejado negarse cuando aún estaba a tiempo, aunque, en el fondo, le preocupaban las verdaderas intenciones de la señora Andreatos. ¿Le habría contado su nieto que habían discutido?
Por un segundo, recordó a su tío hecho una furia, prohibiéndole tener nada que ver con Drake. No entendía por qué se había puesto así, pero estaba casi segura de que Robert, simplemente, no soportaba la idea de que su «niñita» tuviese novio.