El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—¡No seas iluso! Si el plan no funciona, Shiloan no será rival para ellos —le cortó Athan, y un destello rojo asomó en la profundidad de sus ojos azules—.

Todavía pienso recuperar el lugar que me pertenece, pienso arrancar a mi tío de ese trono, por mi gente.

Por todos los que me habéis ayudado durante todo este tiempo.

Pero si veo que ese maldito nigromante da una sola muestra de volverse como sus antepasados, lo mataré yo mismo antes de que engendre un nuevo heredero.

—Ya sabes lo que te pasaría a ti si intentas matarlo —advirtió Geo. El cuero oscuro de su chaqueta crujió levemente cuando alzó el brazo para posarle una mano en el hombro, fijando su mirada sobrenatural y penetrante en él.

—Lo sé, pero ya no me importa, Geo —respondió con una quietud escalofriante.

—No lo permitiré, encontraremos la manera, estoy seguro —espetó su amigo, apretando el agarre con firmeza.

El destello rojo de sus ojos devoró el azul, transformándose en un amarillo brillante con un halo carmesí.

Una media sonrisa triste asomó a sus labios, dejando a la vista un colmillo que refulgió en la oscuridad.

La humanidad en su rostro desapareció por completo, dejando paso a las facciones de un depredador sin rastro de piedad.

—Llevo cuatrocientos años esperando, Geo —replicó con una calma letal—. Si no puedo vencer a mi tío y vengar a mi padre, prefiero morir en el intento. Asegúrate de que esa rata vuelve a su madriguera, tengo que comprobar algo.

Salió disparado de un enorme salto y se dejó caer al vacío, aterrizando sobre el suelo de la calle de forma tan ágil y silenciosa como un felino.

—¡Athan, espera…!

Hizo oídos sordos a la voz de su amigo. Acababa de ver algo abajo que había captado poderosamente su atención. La muchacha de ojos almendrados salió a toda prisa del edificio de enfrente.

Sin siquiera darse cuenta, iba tras ella como si se tratase de una necesidad vital, como si la tierra y la gravedad no existieran y el único punto fijo al que agarrarse fuese la figura de aquella muchacha que corría por la oscuridad, con un vestido de princesa a medio abrochar, descalza y rota en llanto.

Se detuvo un instante, arropado por la penumbra de una esquina, mientras observaba cómo se sentaba en un banco para calzarse.

Durante una milésima de segundo, un pensamiento cruzó su mente: si ella había sufrido algún daño, lo mataría.

Los mataría a todos. Dejaría a su paso una ciudad llena de cadáveres vacíos.

Sacudió la cabeza, aturdido, tratando de expulsar aquellos instintos. Era absurdo. Él jamás se había interesado por nadie. Odiaba a los humanos casi tanto como a los brujos. Nunca había sentido preocupación por un ser tan insignificante, y esa chica no podía… no debía ser la primera.

De pronto, ella giró la cabeza hacia atrás y clavó la mirada justo en el punto en el que él se encontraba, como si fuese capaz de verlo, de saber que estaba ahí…

a pesar de que eso era totalmente imposible.

Completamente aterrada, se levantó y continuó su camino, corriendo lo más rápido que sus zapatos de tacón le permitían.

Athan no se quedó atrás, la siguió atraído por esa fuerza magnética que lo empujaba tras ella.

Cuando la chica entró en el portal de su edificio, él recurrió a su don, algo que solo los más antiguos de su especie podían hacer: ocultó su presencia por completo.

Se convirtió en una neblina, borrando su figura y anulando cualquier rastro suyo en el aire, para deslizarse tras ella.

Entró al ascensor a su lado. Encerrado en aquel estrecho cubículo metálico, podía escuchar el latido desbocado de su corazón y oler el rastro salado de sus lágrimas.

Ella miraba a todas partes, temblando, frotándose los brazos como si sintiera el frío de su presencia invisible.

Él sabía que el ojo humano no era capaz de registrarlo en esa forma; así se lo habían demostrado a través de los siglos.

Pero ella… ella parecía percibir la oscuridad que compartía su mismo aire en ese instante, por más que aquello fuera del todo imposible.

En cuanto las puertas se abrieron, la chica salió disparada hacia su piso. Athan se quedó en el pasillo, dejando que su figura volviera a ser visible y maldiciéndose mentalmente. Se preguntó qué demonios hacía allí, siguiéndola como un patético acosador nocturno.

—¿Qué es lo que tienes, Evangeline Renoir? —murmuró en apenas un susurro, apretando los puños con frustración—. ¿Qué es lo que tienes para no solo haber llamado la atención del maldito nigromante, sino para tenerme a mí atrapado de esta manera?

Sus ojos comenzaron a cambiar de nuevo y, en cuestión de segundos, volvieron a ser de su color azul cielo habitual, claros y brillantes como una piedra preciosa. Sus colmillos se retrajeron y su rostro se suavizó.

Se subió las solapas de la chaqueta, como de costumbre, y caminó hacia el mismo lugar del que había venido unos minutos antes. Esta vez paseaba tranquilamente, pasando desapercibido entre los pocos transeúntes que quedaban por las calles a esas horas. Como uno más.

El jaleo en la cocina despertó a Evie sobresaltada. Enseguida supo que su compañera de piso se estaba dedicando a preparar el desayuno; aquel escándalo de cacharros solo podía significar que Marian intentaba cocinar, por lo que decidió levantarse antes de que le prendiese fuego a la casa.

Le costó salir de la cama. Sentía el cuerpo dolorido y soltó una retahíla de blasfemias en voz baja al observar su cara en el espejo.

Las ojeras marcadas y los ojos enrojecidos dejaban muy clara la noche tan horrible que había pasado, sollozando amargamente hasta quedarse sin lágrimas y caer dormida de puro agotamiento.

Miró de reojo a su mesita de noche y se acercó para coger su teléfono, dudando todavía si debía encenderlo o no. Ya ni siquiera recordaba qué hora era cuando había decidido apagarlo, cansada de escucharlo vibrar y de ver la cara de Drake apareciendo en la pantalla. Sin pensarlo más, lo encendió.

—¡Que te jodan, Drake Andreatos! —pronunció en voz alta al comprobar sus treinta mensajes de WhatsApp y cincuenta y seis llamadas perdidas. Tiró el móvil encima de la cama y se dirigió a la cocina.

—Vaya, ¿a qué hora volviste que ni siquiera te escuché llegar?

¿Una noche movidita, eh? Estoy preparando unos gofres que te van a hacer recuperar energías…

—Marian seguía cocinando, bailando al son de la música que escuchaba en sus AirPods, mientras Evie se sentaba en una silla a observarla, pensando que sus gofres más bien la rematarían.

—¿¡Ey, pero qué…!? —exclamó su amiga de repente al girarse y ver su rostro. Dejó los fogones, se acercó y le cogió la mano, mirándola a los ojos—. ¿Problemas en el paraíso?

—Ay, Marian, el paraíso se ha ido a tomar por… —respondió, explotando de nuevo en un mar de lágrimas sin poder acabar la frase.

Permanecieron así durante un rato, abrazadas. Marian no sabía qué hacer para lograr que dejase de llorar.

—Ey, venga, tranquila. Hay muchos más tíos ricos, educados e insoportablemente buenorros esperándote en alguna parte.

Pensándolo bien, no es tan guapo y seguro que ni siquiera es tan rico, seguro que tiene montones de deudas por ahí.

¿Qué ha pasado? La tiene pequeña, ¿a que sí?

Si ya lo sabía yo, algún defecto debía tener.

—¡Nooo! —respondió Evie, sin poder evitar reírse entre sollozos ante el comentario—. Hasta en eso era perfecto, tonta.

Marian se levantó y comenzó a moverse nerviosa por la cocina tratando de prepararle una tila.

—¿Por qué no me cuentas de una vez qué coño ha pasado? —preguntó mientras colocaba una taza humeante frente a ella. Se sentó a su lado y le sostuvo la mano para demostrarle su apoyo incondicional.

—Anoche se transformó, Marian. Todo era perfecto, pero de pronto empezó a beber y a beber y no sé… empezó a comportarse como un gilipollas.

—¿Es por eso? Pero vamos, Evie, todos los tíos se comportan como unos auténticos gilipollas cuando beben. Tendrías que ver a David, a ese es para pegarle dos hostias como dos panes.

—No, Marian, no es eso. En cuanto entramos en esa casa…

se transformó. No paraba de beber. Pasó algo con su familia, entre su abuela y su madre; creo que discutieron o algo así.

Se puso muy nervioso cuando vio aparecer a su madre.

Venía con un tío del brazo y a Drake le cambió la cara por completo.

A mí no me importó que se tomara unas copas, pero no sé, cuando volvimos a su casa empezó a portarse de forma rara.

Estaba muy borracho, empezó a ponerse muy pesado, ya me entiendes…

quería tema, pero después todo cambió. Se puso… agresivo y…

—¡¿Qué?! ¡¿Te pegó?! —gritó Marian, poniéndose de pie de un salto—. Yo lo mato. Voy a coger a ese hijo de…

—¡Nooo, Marian! No se atrevió a tocarme, pero… —Evie prefirió ocultar la forma en la que él la zarandeó por el brazo, aunque todavía tenía grabada en la retina aquella mirada furibunda con sus ojos negros clavados en los de ella—. Me dio miedo, Marian. Mucho miedo.

—Vamos, nena, si sois la pareja perfecta.

No creo que debas dejarle solo porque un día se ha puesto hasta el culo de champán y se le ha ido un poco la cabeza.

Te quiere mucho, se le nota, incluso lo ha hablado con David.

Me dijo que Drake le había contado que tenía mucho miedo de estropear lo vuestro y que nunca se había sentido así con nadie.

De pronto, Evie dio un respingo al escuchar el timbre de la puerta.

—Mierda, es él, seguro. —Se puso de pie sobresaltada, con el corazón a mil por hora.