El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Néstor ejercía de buen anfitrión despidiendo a los últimos invitados, mientras Helena permanecía en un rincón, mirando hacia el jardín a través de las cristaleras.

Con una copa en la mano, repasaba en su mente una y otra vez las imágenes de su conversación con Drake. No podía olvidar su rostro, aquellos ojos cargados de incredulidad y decepción clavados en los suyos.

—Una velada exquisita. Tan predecible y aburrida como cabría esperar de tu encantador marido.

Aquella voz grave y aterciopelada sonó demasiado cerca de su oído. Se giró despacio, congelando sus facciones en una perfecta máscara de hielo. Él le dedicó una sonrisa ladeada, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de un depredador.

—Todavía me sorprende que hayas tenido el valor de aparecer en mi casa, Ares —respondió ella, con una sonrisa de autosuficiencia.

—No podía perderme la oportunidad de conocer al famoso heredero.

—Él dio un paso más, acorralándola sutilmente contra el cristal—.

Es un Andreatos puro, de eso no cabe duda.

Lástima que no tenga ni idea de quién soy, o de lo que lleva colgado al cuello.

¿Crees que no he notado la indiferencia en su rostro al verme?

Lo tienes viviendo en una jaula de cristal.

Y deberías tener cuidado, Helena. No sea que la jaula se rompa cuando menos te lo esperes.

—Te aseguro que mi nieto está exactamente donde debe estar. Y es mucho más poderoso de lo que tu ego te permite comprender.

—Eso espero. —El tono de Ares perdió de golpe toda la burla, volviéndose oscuro y amenazante—.

Mi sobrino está en París, me consta. Será mejor que no bajéis la guardia, porque no me gustaría nada que un «accidente» arruinase el pacto que forjé con los tuyos hace tantos siglos.

No permitiré que tu sobreprotección hacia tu nieto amenace a Aiónia.

Si algo pone en peligro mi ciudad, quemaré toda Francia hasta los cimientos, y a los Andreatos con ella.

Helena entrecerró los ojos. La magia burbujeó bajo su piel, exigiendo salir.

—¿Me estás amenazando bajo mi propio techo?

—susurró ella. Dio un paso al frente para acortar la escasa distancia que los separaba y le sostuvo la mirada con fiereza—.

Ese acuerdo se mantiene intacto, no tienes de qué preocuparte.

Pero escúchame bien, Ares Vykros: si los tuyos dan un solo paso en falso, pintaré las calles con sangre de Vykrólakas desde aquí hasta Grecia.

Te arrancaré de ese trono al que llevas siglos aferrándote y me aseguraré de que los próximos huesos que lo decoren sean los tuyos.

Lejos de dejarse intimidar por la amenaza, Ares amplió su sonrisa, disfrutando demasiado del fuego en los ojos de Helena.

Su mirada bajó descaradamente por su cuello hasta llegar a su escote.

Inspiró su aroma con lentitud antes de volver a clavar sus ojos, ahora oscurecidos por el deseo, en los de ella.

—No me tientes con promesas de violencia, mujer.

Ya sabes lo mucho que me excita cuando me amenazas.

De modo que será mejor que midas tus palabras si no quieres que acabe follándote contra ese cristal frente al insulso de tu marido, para que aprenda lo que realmente necesita una mujer como tú —murmuró mientras daba un paso más, hasta que sus cuerpos se rozaron.

Sus ojos brillaron con una intensidad peligrosa, dejando que la crudeza de la imagen flotara entre los dos por unos segundos.

—Aunque, por mucho que me tientes, mi adorada bruja, hoy no he venido a pelear… —añadió, suavizando el tono hasta convertirlo en un susurro íntimo—. Debo regresar a Aiónia de inmediato, pero te he traído un regalo, para que veas que siempre pienso en ti.

Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un diminuto frasco de cristal transparente con filigranas de oro y un tapón a juego, coronado por un rubí.

—Sé que sabrás darle un buen uso —susurró Ares con voz ronca mientras rozaba con los nudillos el brazo desnudo de Helena—, vasilissa mou [12] .

Ella tomó el frasco con suma delicadeza. El espeso líquido rojo de su interior brilló bajo la luz de las lámparas, y sus ojos pasaron de su color natural al gris oscuro en una fracción de segundo. El deseo reprimido la delató por completo.

—Yo no soy tu reina, Ares, nunca lo fui —respondió, tratando de mantenerse lo más fría posible a pesar del fuego que ardía en su interior.

—¡Un verdadero sacrilegio! Imagina el heredero perfecto que habríamos engendrado tú y yo para ese amuleto maldito.

Ella apretó la mandíbula, tratando de reprimir el amargo recuerdo de quien fue obligada a conformarse.

—Mi linaje exigía otros sacrificios. Mi familia tomó otro camino para mantenerme a salvo.

—Tu familia te cortó las alas por miedo —la corrigió él, implacable, desviando la mirada hacia Néstor, que hablaba con unos invitados al otro lado del salón—, y te obligó a conformarte con un humano patético que ni siquiera entiende lo que eres.

Francamente, Helena, no sé cómo soportas tanta mediocridad.

Al notar la mirada y la excesiva cercanía que Ares tenía con su esposa, Néstor cortó su conversación de golpe. Ardiendo de celos, cruzó el salón a grandes zancadas decidido a marcar su territorio.

—¿Todo en orden por aquí? —espetó, rodeando la cintura de su mujer con el brazo, sosteniéndole el pulso de miradas a aquel invitado no deseado.

Ares soltó una risa seca, carente de humor.

—Más que en orden, señor Dupree. Ha sido una velada muy… reveladora. —Ares tomó la mano de Helena y depositó un beso lento en el dorso, sin apartar sus ojos de los de ella—. Hasta pronto, Arkana mou [13] .

Miró hacia su izquierda y chasqueó los dedos. En menos de un segundo, una joven alta y esbelta, enfundada en un vestido rojo fuego a juego con su cabello, apareció junto a él de la nada. La muchacha se aferró a su brazo y ambos desaparecieron dándoles la espalda, perdiéndose en el vestíbulo.

Helena y su marido se quedaron allí plantados, observándolos en silencio hasta que desaparecieron por completo de su vista.

—Ese tipo me sigue poniendo los pelos de punta. No entiendo por qué has tenido que invitarlo —dijo Néstor al fin, destensando la postura.

—Créeme, amor mío, si por mí fuera ahora mismo le arrancaría la cabeza y se la echaría de comer a los perros. Pero… ya sabes que tenemos las manos atadas en esto, debemos mantener nuestro pacto con él.

—Y si el otro aparece ahora, ¿qué vamos a hacer? Drake no está preparado todavía, ni siquiera te ha creído cuando le has contado la verdad…

—Lo hará, Néstor. Tarde o temprano lo hará, no le quedará más remedio. Acabará comprendiendo que ser un Andreatos es una bendición y no al contrario. Nosotros no somos los malditos.

Una media sonrisa surgió de sus labios al terminar esa última frase. Él sintió un pequeño escalofrío recorrerle la espalda; conocía a su esposa demasiado bien y sabía que no estaba planeando nada bueno cuando ese gesto asomaba a su rostro.

—Mañana llamaré a esa muchacha, a Evangeline. Me preocupa que haya presenciado la pequeña disputa que he tenido con Béatrice. Debo mostrar mi lado de abuela abnegada. Si ella está de mi lado, Drake la seguirá sin dudarlo, ya has visto lo enamorado que está de ella.

—Francamente, a veces te temo, amor —suspiró él, rindiéndose a la evidencia con una sonrisa resignada antes de darle un cariñoso beso en la frente.

Las sombras de la ciudad envolvían su figura.

Definitivamente prefería la madrugada; era el único manto de oscuridad capaz de ocultar su tristeza, su rabia y su odio.

Siempre le había resultado más fácil moverse así, deslizándose por los tejados como una sombra letal, para esquivar a los humanos y evitar que sus miradas se fijaran en él.

Sin embargo, mirando al cielo estrellado, recordó por un instante una mirada de la que no quiso esconderse.

La única que había removido algo en su interior en cientos de años: unos profundos ojos almendrados que aún llevaba grabados en la retina.

Esa chica de cabello castaño lleno de reflejos rojizos era demasiado hermosa para olvidarla como al resto de rostros fugaces que se habían cruzado en su larga vida.

Se detuvo en su refugio habitual, el borde sombrío de un tejado cercano, y clavó la vista en el ático de enfrente.

Un rictus de asco deformó sus labios al ver al chico asomado a la terraza, como cada noche.

Solo de imaginar que sus miradas llegaran a cruzarse, la furia lo consumió de tal manera que un gruñido bajo escapó de entre sus dientes.

—¿Athan?

La voz de su amigo al llegar a su lado ni siquiera le hizo parpadear; seguía con la mirada clavada en el mismo sitio.

Geo se detuvo junto a él, dejando que la escasa luz de la luna delineara su pelo rapado casi al cero y las facciones duras y esculpidas de su rostro, marcadas por una sombra de barba corta.

—Todo está demasiado tranquilo, Geo. No me gusta —respondió sin apartar la vista del balcón—. Sé que él puede sentirme desde el primer momento en que puso un pie en París, igual que yo a él, pero no hace nada. ¿A qué está esperando?

—Esa tranquilidad se ha acabado —le interrumpió Geo, colocándose a su lado—. Tu tío ha llegado a París esta misma tarde. Y no ha venido solo, trae a medio ejército de Aiónia con él. Ha estado en una fiesta rodeado y protegido por los Andreatos. Es imposible acercarse sin provocar un enfrentamiento.

Athan apretó los puños con tal intensidad que el cuero de sus guantes crujió en el silencio de la noche, bajo la presión de una fuerza que ya no era capaz de contener.

—Quiere asegurarse por sí mismo de que los Andreatos todavía cumplen su parte del trato —siseó.

—No nos precipitemos. El vínculo se ha debilitado esta vez; Shiloan está a punto de conseguir algo, tal vez pueda deshacer la maldición por fin…