CAPÍTULO 6 #5
—¡¿Lo ves?! —soltó él, clavando una mirada desafiante en Helena—. Además, no he bebido tanto. Es más… creo que ni siquiera he bebido suficiente, dadas las circunstancias.
Alargó el brazo, le arrebató una última copa de champán a un camarero que pasaba y la apuró de un tirón, sin apartar los ojos de su abuela.
Era un gesto de desafío claro y directo.
Esta vez, Helena no le devolvió la mirada con su ternura habitual, sino con el ceño fruncido y una severidad que dejó a Evie descolocada.
Durante todo el camino de vuelta, Drake permaneció en silencio, con la mirada perdida por la ventanilla, mientras ella disfrutaba conduciendo aquella maravilla de coche.
No podía evitar preguntarse si estaría preocupado por la discusión entre su abuela y su madre, o si había algo más, pero no se atrevió a romper aquel silencio incómodo.
Aparcó en el garaje y apagó el motor, pero él ni siquiera se inmutó.
Evie bajó con rapidez, abrió la puerta del copiloto y le tendió la mano.
Él la sujetó, bajando lentamente, con movimientos torpes y erráticos.
Estaba totalmente ebrio y a ella le costó un mundo llevarlo a trompicones hasta el primer piso.
Lo sentó sobre la cama y comenzó a ayudarlo a desvestirse. Parecía ausente, hundido en sus propios pensamientos; se quedó inmóvil, con la mirada perdida, mientras le quitaba los zapatos y los calcetines.
—Vamos, cariño, colabora un poco —le pidió ella, forcejeando con el cinturón para intentar quitárselo.
De pronto, él reaccionó. Le sujetó la cara con ambas manos, apretando con fuerza, y clavó sus ojos en los de ella con una intensidad desesperada.
—Te quiero, Evie. No sabes cuánto —masculló.
Y luego acercó su boca a la suya y la besó.
Fue un beso bruto, tosco, casi hambriento.
La sujetó por la nuca con demasiada fuerza, buscando en ella un ancla, un refugio para todo el caos que llevaba dentro.
Ella se separó rápidamente, asustada. No le gustó nada aquella forma tan violenta de besarla, ni el hambre que asomaba en su mirada.
—Creo que será mejor que descanses —le dijo, usando un tono mucho menos dulce del que le tenía acostumbrado.
Él pareció darse cuenta de su enfado. La culpa cruzó su rostro y, sin decir nada más, se dejó caer de espaldas sobre el colchón.
—Sí… creo que tienes razón. Perdóname, nena, no debería haber bebido tanto —murmuró, casi adormecido.
Le quitó los gemelos y comenzó a desabotonarle la camisa con manos temblorosas.
Trató de incorporarlo un poco para deslizar la prenda por sus hombros, forcejeando con el peso muerto de su cuerpo.
Al tirar de la tela para liberarle los brazos, el tejido se enganchó en el cierre del amuleto; el tirón fue tan brusco que la cadena cedió y el objeto salió despedido, cayendo sonoramente al otro lado de la cama.
Acabó totalmente exhausta. Se acercó al armario y se quitó el vestido y los zapatos, rebuscando algo cómodo que ponerse.
Acabó eligiendo una de las camisetas deportivas de él, que le quedaba enorme y le servía casi de camisón, y se dejó caer en el suelo junto a la cama.
Tenía claro que no podía dejarlo solo en ese estado, por si él necesitaba algo.
Aunque escuchando su respiración, dudaba que se despertara en toda la noche.
Al sentarse, vio un destello metálico en la alfombra que llamó poderosamente su atención: el amuleto.
Lo recogió y, sintiendo la necesidad de tomar el aire, bajó sigilosamente al salón y salió a la terraza.
La noche era oscura. La luna estaba en cuarto menguante, tan pequeña que apenas iluminaba el cielo.
Se sentó en una de las tumbonas y levantó el amuleto, sujetándolo por la cadena.
La tenue luz que salía del interior de la casa arrancaba destellos rojos de aquella gema tan peculiar.
Fascinada, lo tocó con el dedo índice, haciéndolo girar sobre sí mismo.
Aquella pieza le atraía de una forma casi enfermiza.
De pronto, un mareo brutal la golpeó, como si una mano invisible le estrujara la boca del estómago. Una angustia asfixiante le cerró la garganta, y un torbellino de imágenes estalló en su mente a cámara rápida.
Volvió a ver a aquel hombre parecido a Drake, pero sus ojos…
sus ojos esta vez eran completamente negros.
Espeluznantes, vacíos y oscuros como la misma muerte.
Detrás de él de nuevo estaba esa sombra sin rostro definido, pero ella podía sentirla, al igual que la vez anterior.
Sentía su odio, su dolor desgarrador. Las emociones de la sombra la traspasaron; notó la rabia y la agonía apoderándose de cada poro de su piel, envenenando cada gota de su sangre.
¿Quién era esa sombra? ¿Y qué le estaban haciendo para que sufriera un tormento semejante?
—¡¿DÓNDE ESTÁ?!
Un grito desgarrador la sacó de la visión repentinamente. Evie dio un salto, con el corazón desbocado. Drake apareció en la terraza como una exhalación, totalmente fuera de sí. Corrió hacia ella y la agarró brutalmente por el brazo en el que sostenía el colgante.
—¡Maldita sea! ¡Lo estaba buscando! ¡Creí que lo había perdido! ¡Joder! —gritó, arrancándole el amuleto de la mano con violencia.
—Me… me haces daño… —gimió ella confundida, con apenas un hilo de voz.
La sujetaba con tanta fuerza que sintió que el hueso de su muñeca se iba a romper.
Acercó su rostro al de ella, a escasos centímetros.
A pesar de la oscuridad, Evie pudo ver una furia incontrolable desfigurando sus facciones.
Entonces, cruzó su mirada con la de él y el terror la paralizó por completo.
Sus ojos se estaban oscureciendo. El color desapareció, tragado por una negrura insondable, idéntica a la que acababa de ver en el hombre de su pesadilla. Eran dos abismos negros, sin luz, sin rastro alguno de humanidad.
—Drake… me estás asustando —logró articular.
—¡Pues no vuelvas a quitarme mi amuleto! ¡Nunca más! ¿Te enteras? ¡NUNCA MÁS! —rugió él, agarrándola ahora por ambos brazos. Su voz sonaba extraña, gutural y profunda, casi demoníaca.
Se vio a sí misma reflejada en aquel pozo de oscuridad que eran sus ojos y el pánico se apoderó de ella. Lo único que su instinto le gritaba era que huyera de allí.
—¡Suéltame, joder! ¡Me haces daño! —suplicó, intentando zafarse con desesperación.
Guiada por el puro terror y una fuerza que surgió de lo más profundo de su ser, le dio un empujón brutal.
Contra todo pronóstico, él, que era mucho más grande y fuerte que ella, salió despedido dos pasos hacia atrás.
Evie jadeaba, sintiendo una extraña energía vibrando en la palma de sus manos mientras las lágrimas de miedo y rabia rodaban por sus mejillas.
El impacto pareció despertarlo de golpe. Sacudió la cabeza, desorientado, y la negrura de sus ojos se disipó, devolviéndole su color natural.
—Lo… lo siento, nena, yo… yo no quería… —balbuceó, confundido y horrorizado al ver el terror en la cara de ella.
Pero ella no le dio tiempo a explicarse. Lo empujó de nuevo para apartarlo de su camino y echó a correr hacia la habitación. Se arrancó la camiseta a tirones, temblando de pies a cabeza, y trató de ponerse su vestido a toda prisa, pero los nervios no le permitían atinar con la cremallera.
Drake tardó unos segundos en asimilar lo que había hecho. Subió corriendo tras ella y la encontró luchando para ponerse el vestido. Al verle, cogió sus zapatos y salió huyendo escaleras abajo.
—¡Evie, espera! ¡Lo siento! ¡Yo no quería hacerte daño, te lo juro! ¡No te vayas así, por favor!
Intentó detenerla agarrándola por el hombro, pero ella se soltó con un movimiento brusco.
—¡Aléjate de mí! ¡No me toques! —gritó, al borde de la histeria.
Salió corriendo hacia la calle sin mirar atrás.
Drake se quedó clavado en el sitio, atónito y asustado, con la vista fija en las marcas rojas que sus dedos habían dejado en los brazos de Evie.
Cayó de rodillas al suelo, completamente derrotado.
Acababa de materializar su mayor temor: había perdido el control frente a la mujer que amaba.
Evie corría descalza por la calle todo lo rápido que sus piernas le permitían.
El aire había refrescado y se estaba congelando, pero lo único que deseaba era alejarse de aquella casa y de él.
Se sentó en un banco, a varias calles de distancia, para calzarse.
De pronto, un escalofrío le recorrió la espina dorsal.
Sintió el peso de una mirada clavada en su nuca.
Se levantó de un salto y echó a correr de nuevo, sollozando sonoramente, hasta llegar a su edificio.
El miedo se había instalado en su pecho; notaba claramente que alguien la perseguía.
Entró al portal, deseando por un segundo loco que el que estuviera detrás de ella fuera Drake y no un extraño, porque estaba tan aturdida que ya no sabía qué le aterraba más.
Subió al ascensor, incapaz de sacudirse la sensación de que alguien compartía aquel espacio cerrado con ella.
Miró frenéticamente a su alrededor; era imposible que hubiera otra persona en la cabina, pero la presencia era casi palpable.
Podía notar algo allí, respirando su mismo aire.
Al abrirse las puertas, salió disparada y corrió hacia su piso.
Una vez dentro, pasó el pestillo con manos temblorosas y buscó refugio en su cuarto.
Tras asegurar el balcón y correr las cortinas de golpe, echó la llave de la puerta, rogando que quienquiera que la estuviera acechando —fuese real o fruto de la histeria de aquel momento— se quedara fuera.
Con todas las luces encendidas, se desplomó sobre la cama.
Hundió la cara en la almohada, llorando amargamente mientras los recuerdos de aquella horrible noche asaltaban su mente uno tras otro.