CAPÍTULO 6 #4
Él se dio cuenta al instante de la artimaña de su esposa —la conocía demasiado bien como para creerse un mareo casual—, pero viendo cómo se estaba complicando la situación con los ojos negros de su nieto, dio gracias al cielo por su ocurrencia.
En el instante en que vio a su abuela desvanecerse, se olvidó por completo de su madre y corrió hacia ella, sujetándola por la cintura para ayudar a su abuelo a llevarla hasta su habitación.
Una vez en la enorme suite, Helena se sentó en un sofá junto a su marido, mientras Drake caminaba de un lado a otro como un león enjaulado.
—¿A qué ha venido todo eso, yiayia ? —se atrevió a preguntar por fin, rompiendo el silencio—. ¿Por qué discutíais mi madre y tú de esa manera? ¿Y por qué ese tío me ha llamado así… necro … necroloquesea?
— Nekromantis —respondió Helena en apenas un susurro.
—¿ Nekromantis ? —él frunció el ceño, y su tono pasó rápidamente de la duda al enfado.
—¿Y qué coño significa eso, si se puede saber?
Helena miró a su esposo, asustada. Néstor le susurró algo al oído y ella se acercó a su nieto, que permanecía apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, a la defensiva. Helena le acarició la mejilla con dulzura.
—Hijo mío… no quería hablar contigo de esto de esta manera. Quería que estuvieras preparado, pero todo se ha precipitado…
—Tengo casi veinte años —la cortó él, apartando la cara del contacto de su abuela—. Ya no soy un crío. Creo que estoy preparado para escuchar cualquier cosa. Explícame de una vez por qué me miraban como si hubiesen visto al puñetero demonio en persona.
—Porque es lo que eres, hijo. Es lo que somos.
—Helena le sujetó la cara con ambas manos, obligándolo a mirarla a los ojos—.
Tú no eres un brujo cualquiera. Eres un Nigromante, como lo fue tu padre, y su padre antes que él.
Tienes mucho más poder del que puedes imaginar: poder sobre las sombras, sobre la magia negra y la muerte.
Tú puedes caminar entre los vivos y los muertos como uno más.
Puedes someterlos, dominarlos. Nadie podrá superarte, hijo. Nadie.
—¿Magia negra? ¿Un brujo negro? —Separó las manos de su abuela de su rostro, mirándola con una incredulidad total—. ¿Eso es lo que soy? ¿Eso es lo que estás tratando de decirme?
Helena suspiró y se sentó de nuevo en el sofá, pidiéndole con un gesto que se sentara a su lado. Él avanzó unos pasos, pero se quedó de pie, mirándola desafiante.
—Verás, hijo… En la antigüedad, nuestro apellido era temido por nuestros enemigos y respetado por nuestros amigos —comenzó, con un tono bajo y suave—.
Pero… hace ya más de cuatrocientos años tuvimos que enfrentarnos a una amenaza a la que nuestra magia no podía vencer.
En esa época, nuestro antepasado Alexandros Andreatos trabajaba como consejero y mano derecha del rey Laertes en una ciudad de Grecia llamada Aiónia.
Drake se limitó a asentir, aunque el desconcierto era evidente en su rostro. No alcanzaba a comprender qué tenía que ver una historia de hace cuatro siglos con el caos que acababa de estallar unos instantes atrás.
—Él era un gran brujo, el más poderoso que se recuerda de todo nuestro linaje. Pero en esos momentos, Grecia estaba siendo atacada por unas criaturas demoníacas y sanguinarias, capaces de asesinar a jóvenes y niños sin piedad alguna… —Hizo una pausa dramática—. Los Vykrolakas .
Dio un paso hacia su abuela, dispuesto a interrumpirla, pero Néstor lo sujetó por el brazo. Con una sola mirada, su abuelo le hizo saber que debía callar y dejarla terminar. Helena, cuyas manos temblaban visiblemente sobre su regazo, continuó.
—Alexandros trató de ayudar al ejército de Laertes, pero aquellas criaturas eran demasiado fuertes para él y para su magia.
Incluso se atrevieron a secuestrar y asesinar a su propia hija, Elia, como advertencia para que no ayudara a los humanos.
Fue entonces cuando Alexandros, enloquecido por el dolor, decidió que, si la luz no podía salvar a los suyos, lo haría la oscuridad.
Invocó fuerzas demoníacas, una magia tan oscura que ningún hombre debería conocer, y se convirtió en el primer nigromante de nuestro linaje; el único capaz de doblegar a los muertos porque él mismo se había vuelto parte de la muerte.
El amuleto que llevas colgado al cuello nació de ese pacto oscuro.
Ha ido pasando de padres a hijos, y con él, parte de la magia de Alexandros y su poder. Y no solo eso… sino también algo que…
—¿Te refieres a los Vrykrolakas ? —estalló finalmente, incapaz de contenerse más—. ¡¿De qué coño me estás hablando, abuela?! ¡¿Vampiros?! ¡Esas cosas no son más que una leyenda! Un puto cuento para asustar a los niños.
—Los humanos ignorantes han deformado la palabra en sus cuentos de terror a lo largo de los siglos, llamándolos Vrykrolakas por miedo a nombrar su verdadero origen —lo corrigió Helena con voz severa—, pero la magia antigua no miente. Los Andreatos conocemos su verdadero nombre.
—¡Me da igual cómo se llamen! —replicó Drake, desesperado y alzando las manos—. ¡Vampiros, brujos negros, nigromantes, demonios, magia negra… esto es una maldita locura!
Se llevó las manos a la cabeza, frotándose el pelo con desesperación al tiempo que tiraba del nudo de su pajarita para aflojársela, sintiendo que se asfixiaba.
—Hijo, sé que es difícil de entender, pero hay más cosas que tienes que saber…
—¡NO! —rugió, haciendo que su abuela diera un respingo—.
¡No, abuela! Mi novia está ahí abajo. Y la quiero, ¿entiendes?
Nunca he sentido por nadie lo que siento por ella.
Quiero que sea mi esposa, la madre de mis hijos.
¿Crees que no tengo ya bastante con tener que ocultarle que soy brujo?
¿Con tener que controlarme para no hacerle daño cada vez que estoy con ella? ¡A veces solo me gustaría ser normal!
Dio un paso atrás, negando con la cabeza, con una expresión de profundo rechazo.
—No quiero saber nada más, yiayia . No quiero tener más secretos que ocultar sobre la familia Andreatos. Brujos, Vrykrolakas , nigromantes y toda esta mierda, esto es una puta locura… ¡Mi vida parece una maldita película de ciencia ficción y lo odio! ¿Te enteras? ¡Odio ser un Andreatos!
Sin decir nada más salió de la habitación hecho una furia, con sus pasos retumbando por la escalera.
Al no encontrar a Evie en el salón, agarró una botella de champán de una de las bandejas que pasaban a su lado, ignorando la mirada de sorpresa del camarero, y se fue directo al jardín.
Necesitaba que el aire frío de la noche aplacara la rabia que le quemaba por dentro.
Evie trataba de pasar desapercibida, encogida en un rincón de la sala y protegida por las sombras tras haber presenciado la pelea entre Béatrice y Helena.
Estaba inmóvil, esperando el momento en que viera pasar a Drake para pedirle que la sacara de aquella horrible fiesta de una vez por todas, cuando de pronto sintió una presencia a su espalda que la hizo dar un respingo.
—¿Me permite? —una voz de hombre interrumpió sus pensamientos.
Al girarse, se encontró con el invitado de los ojos azules que había acaparado todas las miradas, ofreciéndole una copa. Ella se estremeció de pies a cabeza al reconocerlo. Aquellos ojos eran hipnóticos, definitivamente idénticos a los del hombre del periódico que había visto en la cafetería.
—Aunque intente pasar desapercibida, mademoiselle , su belleza eclipsa esta sala.
—Gracias… Soy Evangeline Renoir, encantada —respondió ella, aceptando la copa que él le ofrecía más por compromiso que por ganas. No sabía muy bien cómo reaccionar a un cumplido tan directo, y menos de un extraño que parecía leer sus intenciones de invisibilidad.
—¿Renoir? —El hombre soltó una carcajada suave al tiempo que parecía olfatear el aire cerca de ella. Por un momento, Evie pensó que quizás se había excedido con el perfume—. Vaya, vaya… qué interesante.
—Mi amor, al fin te encuentro. —Drake apareció a su lado al fin, rodeándole la cintura de forma posesiva. Su forma de hablar dejaba claro que no había hecho caso de su advertencia; estaba visiblemente ebrio.
—Bueno, yo he de retirarme. Enchanté, señorita Renoir. Señor Andreatos —dijo el hombre estrechando su mano. Su piel estaba demasiado fría al tacto, haciéndole sentir una sensación de repulsión inmediata—. Me alegra ver que la futura generación de Andreatos será incluso mejor que la pasada.
Él lo miró confundido, pero antes de poder preguntar, el hombre ya se había perdido entre la multitud.
—Siento haberte dejado sola, amor. Mi abuela quería presentarme a más gente. Ya sabes cómo es esto… ¿Quieres que nos vayamos?
—Sí, por favor —respondió ella rápidamente. En realidad, llevaba deseando marcharse desde el primer segundo en que puso un pie en aquella casa.
—Por ahí vienen mis abuelos, los traeré para despedirnos.
Se forzó a sonreír. Tenía que actuar con total normalidad para que ella no se diera cuenta del profundo asco y enfado que sentía en ese momento hacia su abuela, y hacia cualquier persona que llevara el apellido Andreatos.
Mientras Evie esperaba, le pareció ver una cara conocida entre la multitud. Entrecerró los ojos, tratando de confirmar sus sospechas.
—¡¿Eileen?! —llamó, dando un paso al frente.
Pero aquella figura, que se parecía muchísimo a la novia de Robert, desapareció entre la gente antes de que pudiera asegurarse.
Trató de ir tras ella, pero en ese momento vio que Drake regresaba acompañado de sus abuelos.
Sus ganas de huir de aquella casa pesaban mucho más que la curiosidad, así que lo dejó pasar.
—Vamos, abuela, ya no soy un crío. Además, no pienso dejar aquí mi coche —venía diciendo él, con un tono más elevado de lo normal y arrastrando ligeramente las palabras.
—Pero, hijo, el chófer puede llevártelo mañana. No puedes conducir en ese estado —le rebatió Néstor, preocupado.
—Tranquilos, conduciré yo —intervino Evie, acercándose a ellos para apaciguar la situación y poder salir de aquella casa de una vez.