CAPÍTULO 6 #3
La voz de Helena sonó cortante a sus espaldas. Evie se sobresaltó; no pudo evitar pensar que aquella mujer parecía aparecer siempre en el momento más inoportuno, como si quisiera controlar todo lo que pasaba en esa casa, algo que estaba comenzando a resultarle asfixiante.
—No podía perderme esta fiesta, Helena. Al fin y al cabo, yo también soy parte de esta familia, ¿no es así?
—¿Cómo te atreves a presentarte aquí con ese hombre? —le espetó Helena de pronto, con un tono seco y una frialdad que pareció congelar el aire a su alrededor.
Evie se vio sorprendida por aquella hostilidad repentina y, por un momento, dudó si debía salir corriendo de en medio de aquella discusión. Se sentía como una intrusa en esos momentos.
—Tengo derecho a rehacer mi vida, Helena. Tú eres la última persona que debería atreverse a recriminarme nada —replicó Béatrice. De pronto, se giró hacia Evie, escrutándola de arriba abajo—. Deberías tener cuidado con ella, Evangeline. Es una bruja. Y lo digo en el sentido literal de la palabra.
Evie se quedó perpleja ante aquel comentario, cargado de una rabia tan profunda y venenosa.
—¡Cállate, Bea! No tienes ningún derecho a venir a mi casa a insultarme, y mucho menos a traer aquí a un miembro de otro a… —Helena se detuvo bruscamente.
—¿Por qué, Helena? ¿Tienes miedo? Sé perfectamente que lo único que andas buscando es un nuevo heredero para tu maldito amuleto. Sé que lo que menos te importa es la felicidad de mi hijo, aunque por lo que veo, has tenido suerte de encontrarle a alguien como ella.
Helena miró a Evie como si de pronto acabara de darse cuenta de que todavía estaba allí, y su tono se volvió falsamente dulce.
—Evangeline, querida, ¿por qué no vas a buscar a mi nieto? Creo que quería presentarte a alguien.
Ella asintió, tensa, y se alejó hacia las escaleras.
Era evidente que Helena quería apartarla y, en el fondo, agradeció no tener que quedarse en medio de aquel enfrentamiento.
Mientras descendía de nuevo hacia la sala, se preguntó si debía contarle a Drake el nivel de odio que acababa de presenciar entre las dos mujeres.
¿Por qué se pelearían por ese amuleto que él llevaba siempre colgado al cuello?
Sabía que era una reliquia familiar, pero la forma en que Béatrice lo había nombrado, casi con odio, hacía que pareciera algo mucho más importante.
En cuanto Evie desapareció de la vista, la máscara de Helena cayó por completo.
—¡Eres una estúpida, Béatrice! ¿Cómo te atreves a hablarme así delante de esa muchacha?
—No seas hipócrita. A ti lo único que te importa es la magia y el poder.
No te importa mi hijo, y mucho menos esa chica —escupió Béatrice, dando un paso hacia ella—.
Y por lo que veo, has logrado lo que querías: ya tienes a todo tu círculo a tus pies.
Para eso es esta fiesta, ¿verdad? Es tu coronación.
Ahora eres la Arcana de la familia Andreatos, la bruja más antigua y poderosa.
Sé que a partir de ahora no se tomará una sola decisión en el aquelarre que no pase por tus manos.
¡Incluso has invitado a ese maldito de Ares!
¿Cómo has podido, Helena? Esos monstruos me quitaron a mi marido… Ellos lo mataron, ¡ellos y tú!
—Deja de decir estupideces. Drake podría escucharte. ¡Cállate de una vez, te lo ordeno! —Helena estaba tan furiosa que sus ojos comenzaron a oscurecerse, hasta que el iris quedó cubierto por un antinatural manto gris oscuro.
—Yo ya no pertenezco a esta familia ni a tu aquelarre —replicó Béatrice, sosteniéndole la mirada sin ningún tipo de miedo—. Para mí ya no eres nada, Helena. No eres mi Arcana, ¡así que no tengo por qué obedecerte!
Los ojos de Béatrice cambiaron de color al mismo tiempo, pero se cubrieron de un velo blanquecino. Helena retrocedió, genuinamente asustada.
—¿Qué… qué significa esto? ¿Cómo has recuperado…?
—Sí, Helena. He recuperado mi magia ¡La que tú me robaste junto con mi hijo! —Las lágrimas brotaron de los ojos de Béatrice, cargadas de rencor.
—Yo no te robé a tu hijo. Fuiste tú, tú lo secuestraste y huiste a España para alejarlo de nosotros.
—¡Trataba de salvarlo! —gritó Béatrice, con la voz rota—.
Cuando murió Alexander lo perdí todo. Mi hijo era mi mundo, todo lo que me quedaba, y tú solo veías en él su poder.
Lo llevé lejos para arrancarle esa oscuridad que rodea a los Andreatos, pero tú me lo arrebataste.
Te lo llevaste a Grecia todo un año… ¿Tienes idea de lo que significó ese año para mí, Helena?
Pasé todo un infierno, buscándolo a ciegas mientras tú lo forzabas a desatar esos poderes oscuros que había heredado de tu sangre maldita.
Y cuando me lo devolvisteis, ya no era mi niño dulce.
Lo convertiste en tu marioneta, y está claro que ahora quieres empezar a mover los hilos.
—Te has vuelto completamente loca. No sabes de lo que hablas, no tienes ni idea del poder que poseemos los Andreatos.
—Lo sé todo. ¿Qué crees que pensaría tu amado Néstor si se enterase de la verdad? —susurró Béatrice con veneno en la voz.
—¿Qué…? —Los ojos de Helena se abrieron de par en par.
—¿Qué haría Néstor si supiera que el aquelarre te obligó a casarte con un don nadie sin magia solo para mantenerte controlada? Todos conocían tu ambición, Helena. Sabían en qué cama querías meterte. Querías a Ares Vykros. Querías engendrar al monstruo perfecto para ese amuleto.
—¡Cállate! —siseó Helena, pálida.
—Y como no pudiste hacerlo tú, ahora quieres que mi hijo sea ese monstruo.
Quieres que domine la magia negra, los muertos y las sombras.
Quieres que sea un nigromante puro, como lo fue el primer Andreatos.
Pero no lo voy a consentir ¿me oyes? Yo conseguiré que se deshaga de ti, de tu magia y de ese amuleto maldito.
—¡No tienes ni idea de a lo que te enfrentas, Béatrice! Drake ya es el más poderoso de todos los Andreatos, ni siquiera Alexander era como él. ¡Tú nunca estuviste a la altura de mi hijo!
Béatrice se llevó las manos a la garganta de golpe, sintiendo que le faltaba el aire.
Helena la miraba fijamente con sus ojos grises y una sonrisa maliciosa, recitando un conjuro en un susurro apenas audible.
Pero ella sacó fuerzas de la nada para alzar una mano temblorosa y, un segundo después, Helena también se aferró al cuello.
Abrió los ojos desorbitados al sentir cómo le devolvían su propia magia.
—Durante años pensé que había perdido mi magia por el dolor de la muerte de mi marido, pero no tardé en darme cuenta de que fuiste tú; tú me la robaste para que no pudiera encontrar a mi hijo.
Te odio, Helena Andreatos, con todas las fuerzas de mi ser…
—susurró casi sin aliento, escupiéndole las palabras a la cara.
—Sigues sin tener poder suficiente para enfrentarte a mí —respondió Helena. Alzó una mano hacia el cuello de Béatrice sin llegar a tocarla y, al instante, esta comenzó a jadear, desesperada en busca de aire.
De pronto, una fuerza invisible golpeó el pecho de Helena.
Salió despedida hacia atrás, trastabillando un par de pasos hasta sujetarse al marco de la puerta para no caer, con una tos áspera cortándole la respiración.
Un hombre de unos treinta y cinco años, de cabello pelirrojo y ojos azules, apareció de la nada, interponiéndose entre las dos y desplegando su propia magia como un escudo.
—¡Aléjate de ella, maldita víbora! —le espetó, con la mandíbula apretada.
—¿Cómo te atreves a atacarme, insensato? —jadeó Helena, con los ojos refulgiendo de rabia mientras trataba de recuperar el aliento—. Vas a pagar esto muy caro…
—¿Qué demonios está pasando aquí? —Drake apareció al final del pasillo, caminando a toda prisa hacia ellos. Sujetó a su abuela por el brazo, preguntándole cómo estaba, mientras fulminaba con la mirada a su madre y a aquel desconocido.
—Será mejor que no te metas en esto, muchacho —le advirtió el hombre en un tono hostil, dando un paso al frente y escudando a Béatrice.
—Caleb, por favor, será mejor que nos vayamos —rogó Béatrice, tirando de su brazo.
—Sí, creo que será mejor que os marchéis, ahora —rugió Drake, plantándose frente al tal Caleb.
Estaba tan furioso por verlo cerca de su madre que sus ojos comenzaron a oscurecerse, escapando a su control.
A diferencia del gris de su abuela, los suyos se tiñeron de una negrura absoluta, devorando cualquier rastro de luz.
— Nekro… nekromantis [11] … —balbuceó Caleb, dando un paso atrás, aterrorizado.
Helena observaba atónita, con la mente a mil por hora, buscando una forma de frenar a su nieto antes de que desatara un infierno allí mismo, con cientos de personas en la casa.
—¿Pero qué está pasando aquí? Os he escuchado desde abajo —Néstor apareció de repente, colocándose junto a su esposa.
—Nada, tranquilo. Nosotros ya nos marchamos.
En realidad, no debí venir —dijo Béatrice con la voz apagada.
Toda la fiereza que había mostrado ante Helena se esfumó al observar a su hijo; al ver aquella negrura descontrolada en sus ojos, retrocedió con una expresión de puro dolor.
Su hijo, su niño, su corazón, se había convertido exactamente en lo que ella tanto se sacrificó por evitar.
—Tienes razón, no debiste venir, madre. Y menos acompañada de alguien de otro aquelarre. ¿A quién se le ocurre meter a una oveja en una manada de lobos? —sentenció Drake con amargura en su voz. Caleb dio un paso desafiante, pero Béatrice lo detuvo, mirando a su hijo con una tristeza infinita.
—No digas eso, hijo. Esta también es su casa y lo sabes —intentó calmarlo Néstor.
—No. Esta ya no es mi casa. Ya nada de lo que hay aquí me pertenece. Ni siquiera mi hijo, por lo que veo —respondió ella, rota de dolor. Obligó a Caleb a dar media vuelta y se marcharon sin mirar atrás.
Drake dio un paso adelante para detenerla, con las emociones a flor de piel tras las palabras de su madre, pero Helena actuó más rápido. Soltó un gemido, se puso una mano en la frente y se dejó caer, apoyándose en Néstor.