El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—Bueno, técnicamente sí, pero es demasiado grande para mí. Prefiero mi apartamento en la ciudad… —murmuró él, buscando un lugar para dejar su copa vacía y así evitar la mirada acusadora de su novia.

De pronto, el murmullo de las conversaciones cerca de la entrada de la sala se apagó.

Evie se giró a tiempo para ver a un hombre joven y alto cruzando el umbral con una seguridad que le hacía parecer el dueño del lugar.

No llevaba corbata y mantenía los primeros botones de su camisa negra desabotonados, un gesto de rebeldía que resaltaba bajo un traje negro de corte moderno.

En la solapa llevaba prendido un llamativo broche plateado con la forma de una «V» angulosa; parecía una especie de emblema o escudo de armas privado, un detalle que le confería un aire de extraña autoridad.

Su larga melena oscura, recogida en una coleta baja, y el magnetismo sombrío que parecía arrastrar consigo, hicieron que el resto de los invitados se apartaran de su camino casi sin darse cuenta.

Ese hombre le recordaba muchísimo al chico con el que se había cruzado varias veces, a su apuesto salvador del pañuelo.

Tenía sus mismos ojos, una coincidencia extraña que no tuvo tiempo de procesar, porque en ese instante la mirada de hielo del recién llegado se clavó directamente en la suya.

A ella le pareció casi imposible que, entre la multitud que abarrotaba la sala, aquel invitado hubiera reparado precisamente en ella.

Pudo notar cómo Drake pasaba el brazo alrededor de su cintura, apretándola contra él en un gesto rígido y protector, dejando claro que él también se había dado cuenta de que el hombre la estaba observando con demasiado interés.

Helena, que hasta ese momento había sido la perfecta anfitriona, perdió la compostura de golpe.

— Theé mou [10] … —exhaló en un susurro ahogado.

Dio un paso hacia delante y se aferró al brazo de su marido con un gesto rápido y brusco.

—He de ir a recibir a las visitas, hijo —dijo de forma atropellada—. ¿Por qué no le enseñas a Evangeline el jardín? Enseguida iré a buscarte, hay mucha gente a la que quiero que conozcas. Os veo luego, queridos.

En aquel momento, ella no tuvo ninguna duda: su abuela quería apartarlos de la fiesta a toda costa. Su actitud nerviosa dejaba claro que la presencia de aquel hombre, que todavía los observaba fijamente desde la puerta, la había alterado por completo.

Él asintió, notando la tensión de su abuela, y la guio hacia el fondo de la sala, alejándola del extraño invitado que seguía taladrándola con la mirada sin el menor reparo.

Salieron al aire fresco de la noche a través de unas enormes puertas acristaladas. Justo en el umbral, ella se detuvo ante una imponente estatua de un hombre acompañado por un perro de tres cabezas. Había un grabado a sus pies, con una frase en lo que parecía griego antiguo.

—Es Hades, el dios del inframundo —explicó él al ver su interés en la figura—. A mi padre le fascinaba la mitología. Ahí pone: «El inframundo es nuestro mundo». Realmente nunca entendí qué quería decir esa frase, cosas de mi padre, supongo.

Ella sintió un escalofrío, pero no preguntó más al ver la tristeza que siempre asomaba en sus ojos al hablar de su padre.

El jardín era impresionante. Drake la condujo por un camino de losas blancas que llevaba a un cenador de piedra y a una piscina rectangular moderna.

Evie se quedó fascinada, con la mirada fija en el agua; parecía estar llena de estrellas por las docenas de farolillos flotantes que proyectaban luces cálidas y titilantes.

Aquella atmósfera mágica logró, por un momento, disipar la tensión de la fiesta.

—Esta casa es increíble… mejor dicho, tu casa es increíble —dijo ella rompiendo al fin el hielo, sin apartar la vista del agua.

Un camarero apareció con una bandeja llena de copas de champán.

Evie no pudo evitar notar que parecía el mismo chico todo el rato; desde luego, el empleado se había dado cuenta de que Drake era alguien importante en aquella casa y estaba tratando de agasajarlo.

Él cogió dos copas y se bebió la mitad de la suya de un trago, tendiéndole la otra a ella.

—Sí, bueno, debería haberte dicho que esta es mi casa y no la de mis abuelos, pero en realidad nunca la he sentido como mía. Al menos no hasta hace poco.

—¿Hasta hace poco? —preguntó desconcertada, sin entender muy bien a qué se refería.

—Verás, mi padre murió en esta casa, frente a mí, como ya te conté. De hecho, aquel balcón de allí es el de su despacho —dijo señalando hacia arriba.

Desde el jardín se veían un par de terrazas escalonadas, pero su dedo apuntaba a un balcón largo que dejaba entrever las enormes dimensiones de esa habitación en concreto.

—Desde el día en que murió he odiado esta casa.

Solo me traía malos recuerdos, energías oscuras…

—continuó él, suavizando el tono—. Pero hace poco me planteé que, en el fondo, sería un lugar estupendo para criar a mis propios hijos.

También tengo gratos recuerdos de mi padre corriendo detrás de mí por estos jardines, bañándonos en la piscina, haciendo barbacoas…

De hecho, espero que algún día esta sea nuestra casa.

El lugar donde criemos a nuestros hijos.

—Relaja un poco, ¿no? Todavía queda mucho para eso —bromeó ella, intentando aligerar la repentina intensidad con la que él la miraba en ese momento.

—Lo sé, nena, lo sé —respondió él. La rodeó con los brazos, atrayéndola hacia su pecho y acercando sus labios a los de ella—.

Pero es solo que no veo el momento de que seas única y exclusivamente mía, de no tener que compartirte con nadie.

Esta casa también me trae el recuerdo feliz de mis padres juntos.

Ellos se conocieron teniendo nuestra edad, ¿sabes?

Y se casaron a los pocos meses; siempre estuvieron muy enamorados.

Vivían casi aislados en esta casa, disfrutando de su amor y… bueno, de poder ser ellos mismos.

—Creo que has bebido demasiado, cariño. Ya estás divagando —le quitó la copa, pero él le arrebató la suya y se la bebió sin apenas respirar.

—¡Ah, aquí estás, hijo! Vamos, querido, hay varias personas a las que quiero presentarte.

Helena apareció tras ellos sin hacer el más mínimo ruido, con su sonrisa diplomática, y tomó a su nieto del brazo. Él, con los reflejos algo lentos tras aquel último trago, cedió al paso de su abuela, no sin antes buscar los ojos de Evie con un gesto de disculpa.

—Espérame, no tardaré nada —le prometió Drake, apretándole la mano antes de soltarla.

—No te preocupes, ve tranquilo. Estaré bien —respondió ella con una sonrisa suave, aunque por dentro agradecía que su abuela la sacara de lo incómoda que se estaba volviendo la conversación entre ellos.

—Evangeline, querida, puedes esperarlo aquí si quieres, disfrutando del aire —añadió Helena con un tono que sonaba amable pero que, en el fondo, parecía una instrucción para que no se moviera de allí—. No tardaremos.

Helena se llevó a Drake, dejándola sola en mitad del jardín. Por un momento se sintió desplazada, rodeada solo por el sonido de los farolillos chocando suavemente en la piscina, pero su atención fue arrastrada de nuevo hacia arriba, hacia la oscuridad del balcón que él le había señalado.

Había algo en esa habitación que la llamaba, una especie de zumbido silencioso que le erizaba la piel. Sin pararse a pensar en lo que estaba haciendo, entró en la casa por unas puertas laterales junto a la piscina y subió las escaleras hacia el primer piso, dejándose guiar por la curiosidad.

El pasillo estaba desierto, sumido en una penumbra que contrastaba con el bullicio de la fiesta que llegaba desde abajo.

Al fondo, observó unas enormes puertas dobles que sospechó que eran las del despacho.

Se acercó despacio, conteniendo el aliento, sintiendo como si estuviera haciendo algo malo.

Al llegar, apoyó la mano en el pomo de bronce y trató de girarlo con cuidado, pero la puerta no cedió. Estaba cerrada con llave.

—Lleva años cerrada. Exactamente desde el mismo día en que murió Alexander —dijo una voz a su espalda.

Casi dio un salto del susto y se giró bruscamente.

Una mujer alta y delgada la miraba con curiosidad y una pequeña sonrisa en los labios.

Tenía el cabello casi del mismo color que Drake, y sus ojos le recordaron irremediablemente a los de él.

¿Sería su madre? No pudo evitar preguntarse qué pasaba con los miembros de esta familia; todos parecían demasiado jóvenes para su edad.

—Lo siento, yo… yo no quería fisgonear. Es solo que… estaba buscando el baño y me he perdido y… —no se le ocurrió una excusa mejor en ese momento.

—Es atrayente, ¿verdad? —continuó la mujer, acercándose a la puerta y posando la palma de la mano sobre la madera—. A veces pienso que la energía de mi marido sigue atrapada ahí dentro. Que, si abro esa puerta, lo voy a encontrar sentado en su escritorio, como siempre.

De pronto, se cruzó de brazos, frotándose la piel como si acabara de sentir un escalofrío.

—¿Su marido? —preguntó ella, atando cabos con voz dudosa—. ¿Entonces es usted Béatrice Landry? ¿La madre de Drake?

—Sí. ¿Y tú eres…? —El tono de la mujer perdió de golpe toda su calidez, volviéndose frío y a la defensiva.

—Evangeline Renoir, señora Landry. Encantada de conocerla.

—Vaya, de modo que tú eres la novia de mi hijo… El gusto es mío, Evangeline. Tenía muchas ganas de conocerte, pero llámame Béatrice. Lo de «señora» me hace sentir muy mayor.

Su tono se relajó de nuevo con una sonrisa amable, pero ella se sintió tremendamente nerviosa al verse metida en aquella situación de repente.

Su cabeza no paraba de dar vueltas: ni siquiera podía imaginar en qué momento él le habría hablado de ella a su madre, teniendo en cuenta la escasa relación que mantenían.

—No recuerdo haberte enviado invitación, Béatrice.