El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 6
17%

CAPÍTULO 6

El coche dobló despacio la curva de entrada, adentrándose en un camino de tierra flanqueado por hileras de árboles centenarios.

A ambos lados se alineaba una interminable flota de vehículos de lujo: Porsches, Maseratis, Lamborghinis, Rolls-Royce…

Muchos de ellos con el chófer esperando en el interior.

Evie observaba atenta, tratando de imaginar qué tipo de gente encontraría en la fiesta, mientras el agujero que sentía en el pecho se hacía cada vez más grande.

Drake la miraba de reojo, intentando adivinar sus pensamientos.

Él estaba acostumbrado a ese ambiente de riqueza y ostentación, pero temía la reacción de ella.

Sabía que su tío Robert también estaba en una buena posición económica, pero nada comparado con lo que ella iba a encontrar allí dentro.

Al final del camino, la mansión se alzaba imponente.

Frente a la entrada destacaba una enorme fuente presidida por una sirena de piedra que vertía agua desde un cántaro, creando un sonido relajante similar a la lluvia.

Decenas de farolillos flotaban en el agua, iluminando la figura y proyectando un juego de sombras que la hacía parecer casi viva, envuelta en un aura etérea.

Evie contuvo el aliento. Era la misma mansión que él le había señalado desde la playa, pero vista de cerca resultaba sobrecogedora.

De estilo mediterráneo, pintada en tonos tierra con detalles blancos y enormes ventanales, brillaba con luz propia gracias a los focos estratégicamente colocados.

Sin embargo, a pesar de su belleza, se sintió observada por aquellas ventanas, casi intimidada.

Con solo contemplarla, aquella casa le pareció tan hermosa como aterradora.

Drake apagó el motor, rodeó el capó y le abrió la puerta, ofreciéndole la mano con una leve reverencia burlona para destensar el ambiente.

—¿Lista? —preguntó en voz baja.

Ella asintió, tratando de esconder sus nervios tras una leve sonrisa, y entrelazó sus dedos con los de él, dejándose guiar por el camino empedrado, hasta que llegaron al porche.

En cuanto Evie puso un pie en el primer peldaño de la entrada, flanqueada por dos enormes jarrones de rosas rojas, un escalofrío le recorrió la espalda.

El vello de su cuerpo se erizó por completo.

Cruzar el umbral le supuso un esfuerzo físico, como si atravesara un campo de fuerza invisible, y el agujero en su pecho se convirtió en un abismo en ese preciso instante.

Notó que el brazo de él se tensaba bajo su mano. Se preguntó si él sentía aquella misma energía extraña, aquella necesidad imperiosa de salir corriendo.

—Bienvenido, señor. Su abuela lleva toda la noche pendiente de la puerta; ya me ha preguntado por usted varias veces —dijo el mayordomo, un hombre alto y de rasgos firmes, retirándole el abrigo de los hombros casi antes de que Drake terminara de quitárselo.

—Gracias, François. Me alegro de verte —respondió, dándole una pequeña palmada en el hombro a modo de saludo.

Una chica vestida de doncella apareció como de la nada.

—Buenas noches, señor Andreatos. Bienvenido —susurró la chica, mirándolo con timidez.

—Buenas noches, Suzette —respondió él con una sonrisa amable.

La chica se sonrojó al instante y Evie, sintiendo una punzada de celos, apretó con fuerza el brazo de Drake.

—¿Me permite, señorita? —François se dirigió a ella para retirarle el abrigo.

—Fran, ella es Evangeline, mi novia.

La familiaridad con la que le habló dejó claro que conocía al mayordomo desde hacía años. Suzette, sin embargo, borró su sonrisa de golpe y miró a Evie con frialdad antes de retirarse.

—Un placer conocerla, señorita —dijo el hombre con un tono amable—. Si me permite el atrevimiento, señor, hacen una pareja perfecta.

—Encantada, François —respondió ella con una sonrisa.

—Vamos, o mi abuela vendrá a buscarnos en cualquier momento —la apresuró Drake, tirando suavemente de ella hacia el interior.

El vestíbulo era monumental, de doble altura, con una escalera flotante que se bifurcaba hacia el piso superior. Una gigantesca lámpara de araña de cristal presidía la estancia, iluminando las estatuas griegas situadas alrededor y las incontables obras de arte que decoraban las paredes.

Por un instante se sintió minúscula bajo aquel techo altísimo y rodeada de tanta gente.

Esperaba una pequeña reunión familiar, pero lo que tenía ante sus ojos era un evento social en toda regla.

Docenas de camareros circulaban con bandejas entre una multitud de invitados elegantes, mientras los flashes de los fotógrafos centelleaban por la sala continuamente.

—Todo el mundo nos está mirando —susurró nerviosa junto a su oído, al notar que decenas de ojos se clavaban en ellos nada más entrar.

—Normal. Somos la pareja más guapa de la sala —respondió él, guiñándole un ojo con esa sonrisa ladeada tan segura de sí misma.

Evie se llevó ambas manos a la boca al darse cuenta de que se le había olvidado un detalle importantísimo.

—¡Oh, Dios mío! No le he comprado nada a tu abuela. ¿Qué va a pensar de mí?

Él soltó una carcajada suave.

—Tranquila, hace días que le compré un regalo de parte de los dos. Además, esta tarde hemos estado… muy ocupados —ronroneó en su oído con voz sensual.

Ella sintió un calor repentino al recordar el momento tan especial que habían compartido, pero el frío de la visión que tuvo después empañaba todos los recuerdos bonitos que pudiera tener.

Vio cómo él la miraba todavía sonriente y le dio un beso rápido en la comisura de los labios para disimular ese rastro de inquietud que aún la perseguía.

—Vaya, realmente François tiene razón. Hacéis una pareja perfecta.

Evie se encontró de frente con un hombre que desprendía una elegancia casi intimidante.

El gris plateado de su cabello y su barba cuidada no lograban ocultar una energía que parecía competir con la de cualquier hombre joven de la sala.

La observaba con unos ojos claros, extremadamente inteligentes, que parecían estar calculando mucho más de lo que su sonrisa amable sugería.

Un mechón rebelde le caía sobre la frente, el único detalle descuidado en un aspecto que, por lo demás, era impecable.

—Ya sabes que el buen gusto me viene de familia —respondió Drake, abrazándolo efusivamente—. Evie, este es mi abuelo, Néstor Dupree. Pappou, ella es Evangeline Renoir, la preciosa mujer de la que tanto te he hablado.

—Encantada de conocerle, señor Dupree —logró decir ella, sintiéndose de repente muy pequeña ante el porte de aquel hombre, cuyo esmoquin parecía más bien una armadura de alta costura diseñada a medida. Desde luego, no era el anciano que ella había imaginado cuando Drake le hablaba de él.

—El placer es mío. Ahora comprendo por qué mi nieto ha estado tan desaparecido estos últimos meses.

Néstor le tomó la mano y se la besó con una galantería clásica que ya no se veía en los hombres de su edad. Su voz sonaba aterciopelada, pero cargada de una autoridad natural.

—Creía que iba a ser una pequeña reunión. ¿De dónde ha salido tanta gente? —preguntó Drake, echando un vistazo a la multitud que abarrotaba el salón.

—A tu abuela se le ha ido la mano —explicó Néstor con una media sonrisa que a ella le recordó inevitablemente a la de Drake—. Ha invitado a familia de Grecia, a algunos amigos de tu padre y a la mitad de la alta sociedad parisina. Quiere que toda Francia sepa que los Andreatos han vuelto.

—¿Amigos de mi padre? —respondió frunciendo el ceño—. La abuela nunca me dijo que mantuviera el contacto con ellos.

—Nuestro círculo es muy grande, hijo.

Por la mirada de su abuelo, dedujo que no se refería solo al círculo familiar, sino también a su aquelarre.

El comentario le puso inevitablemente nervioso, recordándole de nuevo el peso de tener que ocultar quién era en realidad ante la mujer que amaba.

Cuando un camarero pasó por su lado, cogió una copa de champán y se la bebió de un solo trago.

Evie lo miró perpleja; era la primera vez que lo veía beber de ese modo.

Parecía inusualmente tenso aquella noche, y ella no pudo evitar preocuparse.

—Y hablando de la reina de la fiesta, por ahí llega —comentó Néstor, extendiendo su mano hacia la mujer que se acercaba a ellos con un andar tan fluido que parecía flotar sobre el suelo.

Evie se sorprendió a sí misma pensando que era la mujer más hermosa y elegante que había conocido en su vida.

Su cabello rubio estaba recogido en un moño bajo y unas ondas le enmarcaban el rostro, mientras sus ojos verdes posaban su mirada directamente en ella.

Llevaba un vestido negro de corte sastre que resaltaba su figura, con un escote pronunciado que dejaba ver un elegante colgante con una gema oscura en su centro.

Sostenía con naturalidad una copa de champán en una mano mientras envolvía su brazo alrededor del de Néstor.

Era una mujer innegablemente deslumbrante.

—¡ Zoi mou ! Al fin llegas. Todos estaban deseando verte —exclamó Helena con una sonrisa radiante.

Sin soltar su copa, abrió los brazos en un gesto de bienvenida para que Drake se acercara. Él correspondió de inmediato, envolviéndola en un abrazo afectuoso y dándole un beso en la mejilla.

—No me perdería tu cumpleaños por nada del mundo, viejita mía. Felicidades —hizo una pequeña pausa acercando a Evie a su lado—. Yiayia , ella es Evangeline Renoir, mi novia.

—Encantada de conocerte, Evangeline. No me extraña que hayas conquistado a mi nieto, tu belleza es única, querida.

—El gusto es mío, señora Andreatos. Drake me ha hablado mucho de usted. Feliz cumpleaños.

—Gracias, pero llámame Helena, por favor. No me hagas sentir mayor.

—Tiene una casa preciosa, Helena.

—Oh no, querida, en realidad esta no es mi casa. Era la casa de mi hijo y ahora pertenece a mi nieto.

Evie mantuvo la sonrisa pegada en los labios, pero le clavó a Drake una mirada que lo decía todo: ¿cómo se le había podido pasar comentarle aquel «pequeño» detalle?