El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

—¿Sabes? Tenía muchas ganas de ver este tatuaje al completo, siempre me fijaba en él cuando pasabas corriendo por mi calle, con esas camisetas de tirantes. Pero no imaginaba que fuera así de impresionante —murmuró, trazando las líneas con el dedo.

La sonrisa juguetona de Drake se desvaneció lentamente, dando paso a una expresión más serena y melancólica.

—No es solo un tatuaje. Es el símbolo de mi familia —explicó, con la voz de pronto más grave—. Mi padre llevaba el mismo. Me lo hice cuando cumplí diecisiete años, en su memoria. Él murió el día de mi cumpleaños, yo… estaba allí con él cuando pasó.

—Dios… debió de ser horrible.

—Fue el peor día de mi vida, el recuerdo lleva años atormentándome.

Estábamos en su despacho. Él me estaba enseñando…

cosas. Recuerdo que alguien entró, mi padre se enfadó muchísimo…

Y luego todo es borroso. Solo recuerdo que cayó al suelo y murió en mis brazos.

Después me dijeron que había sido un infarto.

Era un hombre joven, sano… no debería haber muerto de esa forma.

Por eso quiero estudiar medicina. Voy a hacer todo lo posible para que otros hijos no tengan que atravesar el infierno por el que yo pasé.

—Es una historia terrible. Ahora entiendo por qué el tatuaje es tan importante para ti.

—Sí. Quise que me recordara siempre quién soy y lo que soy. Yo tenía tan solo siete años cuando murió. Desde entonces, nunca me ha gustado celebrar mi cumpleaños. —Su rostro se ensombreció, atormentado por el pasado.

—En fin, será mejor que no arruinemos este momento con recuerdos tristes. Voy a darme una ducha. ¿Vienes? —Estaba claro que aquello era muy doloroso para él y quería desviar la atención, como hacía siempre que se ponía demasiado nervioso o incómodo.

—La propuesta es tentadora, pero tengo que irme a casa a prepararme para la fiesta. No quiero que tu abuela nos mate por llegar tarde.

—Tienes razón —respondió dándole un beso rápido en los labios—. Te quiero. Te recojo en tu casa en dos horas.

Evie corrió a casa a toda prisa. Se duchó, se maquilló y se recogió el pelo en tiempo récord.

Para la ocasión, eligió el vestido color amatista que su tío Robert le había regalado para una gala benéfica a la que lo acompañó apenas unos meses atrás.

Era un diseño elegante, con hombros descubiertos, un corpiño tupido de seda con algunos cristales oscuros cosidos en él y una falda de tul muy voluminosa.

Al caminar, la tela destellaba sutilmente, como si atrapara la luz creando pequeñas estelas brillantes entre sus capas.

Se sentía como una auténtica princesa; solo esperaba que no fuera demasiado para la fiesta.

Pero, si sus abuelos eran iguales que Drake, debía de ser un evento por todo lo alto.

Se calzó unos tacones de vértigo a juego con el vestido y salió al salón justo cuando sonaba el timbre.

—¡Drake ya está aquí! —gritó Marian.

Salió distraída, comprobando que llevaba todo en su pequeño bolso, pero al verlo se quedó petrificada.

Estaba imponente con un esmoquin negro impecable.

Cuando él levantó la vista y la vio, una chispa de puro deseo le oscureció la mirada.

La repasó de arriba abajo con tal intensidad que a Evie le temblaron las rodillas.

—Pero ¿se puede saber adónde vais tan elegantes? —preguntó Marian.

—Al cumpleaños de mi abuela —respondió él sin mirarla siquiera, mientras le tendía la mano a Evie sin apartar sus ojos ni un instante de ella.

—Vaya… pues que os divirtáis. ¡Ya me diréis la fecha de la boda! —bromeó Marian mientras salían.

—Muy graciosa, Marian —replicó Evie, tirando de la puerta para cerrarla.

Mientras bajaban hacia el coche, los nervios por la inminente fiesta empezaron a hacer mella en el estómago de Evie. Al llegar al vehículo, él le abrió la puerta, deteniéndose un segundo al notar su tensión. Se inclinó hacia ella, rozando su mejilla antes de hablar.

—Tranquila, les vas a encantar —le aseguró.

Asintió, recogiendo la tela del vestido para no tropezar al subir. Él se adelantó suavemente para ayudarla a acomodarse en el asiento y, aprovechando que la tenía atrapada entre sus brazos y la puerta, acercó los labios a su oído.

—Estás preciosa. Y eres mía, solo mía —le susurró en un tono bajo y totalmente provocador que la hizo sentir la mujer más deseada del planeta.

—Gracias —respondió ella con voz temblorosa.

Arrancó el coche y puso rumbo a Normandía.

En el fondo, estaba tan nervioso como ella por aquel encuentro, por presentarles a su chica a sus abuelos por primera vez.

Pero su mente no podía dejar de viajar al momento que acababan de compartir.

Había estado a punto de perder el control por completo mientras le hacía el amor; jamás había sentido una intensidad semejante.

Su magia había clamado por salir, rugiendo bajo su piel con la necesidad imperiosa de liberarse, de envolverla, de atraparla y marcarla como suya para siempre.

Un estremecimiento le recorrió la espalda al pensar en lo cerca que había estado de que su secreto saliera a la luz, pero ni siquiera ese miedo podía apagar el fuego que ella había encendido en su interior.