CAPÍTULO 5 #3
—Mírame, Evie —susurró con voz ronca, rozando su nariz con la de ella—. No te escondas ahora. Quiero ver cómo te deshaces por mí.
Ella asintió, con la respiración agitada y el corazón golpeándole contra las costillas, apretando con fuerza sus dedos entrelazados.
Cuando él empujó lentamente, rompiendo la barrera, Evie ahogó un gemido.
Drake se detuvo al instante, tensando la mandíbula al límite para controlarse, demostrando que no iba a dar un paso más si ella no estaba lista.
—Ya está, preciosa… ya está —jadeó contra su boca, besándola suavemente para distraerla de la opresión inicial—. Respira. Solo concéntrate en mí, siénteme, somos tú y yo, nena, solo tú y yo.
Cuando él comenzó a moverse de nuevo, el dolor dio paso a un placer abrumador.
Arqueó la espalda, buscando más contacto.
Lo que sentía no era una paz romántica como ella había imaginado; era como estar atrapada en el epicentro de una tormenta.
Con cada embestida, una estática invisible le erizaba la piel, y un aroma denso parecía impregnar el aire de la habitación.
Se sentía como el ambiente previo a la descarga de un rayo, algo vibrante, casi palpable.
Él gruñía contra su cuello, perdiendo poco a poco el control, volviéndose más salvaje por momentos. La energía en el cuarto comenzó a crepitar, pesada y eléctrica.
—Dios, Evie… por fin eres mía, solo mía —gimió él, acelerando el ritmo, cediendo a la pasión que amenazaba con devorarlo—. Maldita sea, di que eres mía, dilo…
El placer se acumuló en el vientre de Evie con una presión casi asfixiante. Se aferró a él, sintiendo cómo los músculos de la espalda de Drake temblaban al borde del colapso, arrastrándola hacia un abismo por el que ella también ansiaba caer.
—¡Drake! —jadeó ella, a un solo segundo de alcanzar la cima de esa corriente eléctrica.
Él alzó la cabeza para mirarla, buscando su rostro justo antes del final, y a ella se le cortó la respiración. El control de Drake se había roto por completo. Sus ojos ya no eran verdes; eran dos pozos de oscuridad absoluta, sin iris ni pupila. Aterradores y magnéticos a la vez.
La visión de aquellos ojos negros fue como un jarro de agua helada. El clímax que estaba a punto de alcanzar se rompió en seco, ahogado por una sacudida de terror puro. El placer desapareció de golpe, y en ese preciso instante, la oscuridad se tragó la habitación.
Todo se volvió negro. El calor que él desprendía se transformó en un frío insoportable. Una visión la asaltó con violencia. Sintió como si de pronto cayera al vacío, y su mente comenzó a llenarse de imágenes que iban y venían como flashes.
Ya no estaba en aquella cama, sino en un lugar sombrío, húmedo, que olía a tierra mojada y a sangre.
Alguien muy parecido a Drake estaba plantado frente a ella. Era apenas un niño, no tendría más de siete u ocho años, pero cuando la miró, tenía esos mismos ojos aterradoramente oscuros que acababa de ver en él. Negros como la muerte.
Justo a su lado, apareció otra figura. Un hombre adulto, que también guardaba un aire similar a él, con el mismo porte, pero con el rostro desencajado por la desesperación.
Detrás de ellos, una sombra inmensa emergió de la oscuridad.
Un hombre alto, imponente, con una capucha negra que le cubría la cabeza por completo.
La sombra se giró lentamente hacia ella.
Lo único visible bajo la capucha eran sus ojos; y lo que realmente la aterró, era que no parecían humanos, brillaban amarillos como los de una bestia en la noche.
Y, sin embargo, aquella mirada guardaba una extraña ternura, como si sintiera un dolor infinito.
Entonces, el hombre que estaba junto al niño se giró hacia la sombra, señaló hacia la oscuridad y le gritó con una voz que retumbó en su cabeza como un trueno, ahogando sus propios gemidos:
—¡MÁTALOS! ¡MÁTALOS A TODOS!
El grito resonó en su mente y luego, el silencio. La oscuridad total.
—¿…vie? ¡Evie! ¡Nena, por favor, vuelve conmigo!
La voz de Drake le llegaba como desde el fondo de un pozo. Sentía unas palmadas suaves pero insistentes en la mejilla.
Parpadeó, aturdida, luchando por salir de aquella neblina.
La luz de la habitación la cegó por un instante.
Lo primero que vio fue su rostro a escasos centímetros del suyo.
Estaba pálido, con el pelo revuelto y una expresión de puro pánico.
Sus ojos volvían a ser de su color, aunque todavía estaban muy abiertos por el miedo.
—¡Dios mío, joder! —exhaló él, dejándose caer ligeramente sobre sus codos, aliviado—. Me has dado un susto de muerte. Te has quedado totalmente rígida y luego te has desvanecido. No reaccionabas.
Ella notó que el corazón le latía desbocado, pero el recuerdo de la visión, de los ojos negros y el grito, comenzó a difuminarse rápidamente, dejando solo una sensación de malestar.
No podía decirle la verdad; sonaría a locura.
Además, sus ojos no podían haber cambiado de color de esa forma, tuvo que habérselo imaginado.
—Estoy bien… —mintió, con la voz pastosa—. Es solo que… me he mareado un poco. Ha sido… muy intenso.
Él soltó un suspiro largo y tembloroso, cerrando los ojos un segundo. Cuando los volvió a abrir, el miedo había dado paso a una expresión de alivio y una media sonrisa divertida asomó a sus labios.
—Joder… sí que ha sido intenso, nena. Te juro que nunca había sentido nada parecido —confesó, apartándole un mechón de pelo sudado de la frente con ternura—.
Pero la próxima vez intenta no darme estos sustos.
Empezaba a pensar que mi encanto era letal…
literalmente. No sabía que podía hacerte desmayar de placer.
—Qué modesto… —rio Evie ante su comentario. Le acarició la espalda, recorriendo la intrincada imagen de los dos dragones y el cáliz.