CAPÍTULO 5 #2
—Marian, déjalo ya. Simplemente no ha surgido y punto.
Prefiero esperar a estar segura. Todo esto entre nosotros me ha pillado por sorpresa, estos meses han sido maravillosos y…
me da miedo caerme de la nube. Por un lado, siento que estoy enamorada, pero por otro…
hay algo extraño en él. Algo que me pone en alerta.
—¿A qué te refieres?
—No sé… Es algo que siento. Cuando le miro a los ojos, a veces veo algo distinto. Es como si un día fuese el chico que me enamoró y al día siguiente otro totalmente diferente. Es extraño, no sé cómo explicarlo.
—No seas tonta. Drake está loco por ti. Deja tus paranoias y disfruta del momento —le aconsejó. Luego, empezó a contonear los hombros de forma sugerente—. Y de paso deja que tu cuerpo lo disfrute también.
Se echó a reír inevitablemente y miró al frente de nuevo, rezando para que el desconocido no hubiera escuchado aquella conversación, pero su silla estaba vacía.
Parpadeó, confusa. Era imposible que hubiera desaparecido tan rápido.
Miró hacia la calle y lo vio de pie junto al cristal, resguardándose de la lluvia mientras se colocaba un abrigo negro tres cuartos y se subía las solapas, cubriéndose el rostro.
De pronto, sacó unas gafas de sol oscuras y se las puso, un gesto que le resultó casi cómico en un día tan gris.
Por un momento fugaz, sintió que él la miraba a través de las lentes oscuras y sonreía, sabiendo que ella lo estaba observando.
—Bueno, vámonos o llegaremos tarde —dijo Marian.
Cuando Evie volvió a mirar a la calle, el hombre había desaparecido bajo la lluvia.
—Sí, vamos. Drake debe de estar esperando. Un momento… ¿dónde está mi pañuelo?
—¿Qué?
—Mi pañuelo, Marian. Lo tenía aquí mismo y ya no está.
—¿Estás segura? Igual lo has dejado en casa con las prisas. Anda, vámonos.
Salió de la cafetería a regañadientes, molesta por haber perdido su pañuelo favorito.
Al llegar a la universidad, vieron su coche en el aparcamiento. Él estaba dentro, hablando por teléfono, tan concentrado que ni siquiera se percató de su llegada.
—Sí, yiayia , por supuesto, te prometo que allí estaré. Sabes que no me lo perdería por nada del mundo. —Se giró al verla entrar y le guiñó un ojo—. Eh… mi novia… Sí, claro, se lo diré. Nos vemos esta noche. Te quiero.
Evie sintió un vuelco en el corazón al escuchar la palabra «novia». No pensaba que le hubiese hablado de ella a sus abuelos tan pronto.
—Vaya, ¿has quedado con tus abuelos esta noche? Y yo que venía a invitarte a cenar fuera. Bueno, no importa, tendré que pasar otra noche escuchando los ruidos de David y Marian en su cuarto —bromeó ella haciendo un gesto de arcadas.
—Lo siento, nena. Es el cumpleaños de mi abuela. Pero… ella va a dar una pequeña fiesta y quiere que te invite. Sé que es pronto para presentarte a mi familia, pero son unos viejitos adorables que se mueren por conocerte.
Se asustó un poco ante la idea, pero él había sido tan bueno con ella estos meses que no podía negarse.
—Está bien. Seré tu acompañante. Pero tendrás que ayudarme a comprarle un regalo.
—¿En serio? Dios, nena, eres increíble —exclamó, echándose sobre la consola central para atraparla en un abrazo tan apretado que la dejó casi sin respiración. Ella soltó una carcajada contra su cuello, sintiendo lo mucho que significaba aquel sí para él.
De pronto, Drake sacó una cajita negra del bolsillo.
—Tengo algo para ti… —El corazón de Evie se detuvo en ese preciso instante.
Evie abrió la caja con manos temblorosas y soltó un suspiro de puro alivio al ver que en el interior no había lo que estaba imaginando, sino una llave con un llavero en forma de corazón.
—Es la llave de mi apartamento. Bueno… yo…
verás, quería dártela desde hace días, pero no encontraba el momento.
Es para que sepas que puedes venir siempre que quieras.
Sobre todo, cuando Marian y David estén…
ya sabes… ocupados. Quiero que sientas que mi casa es tu casa y que siempre tienes un sitio adónde ir.
Porque yo… no sé qué me has hecho, pero ya no me imagino mi vida sin ti. Te quiero, Evie.
Las últimas palabras sonaron casi como un susurro, pero para ella fue como si las hubiera gritado dentro de aquel pequeño espacio.
Se quedó totalmente paralizada. Era la primera vez que le decía que la quería y el pánico se apoderó de ella.
No sabía qué responder. La cabeza le daba vueltas preguntándose por qué allí, en aquel preciso momento, encerrados dentro de un coche.
Bajo la lluvia y sin tregua. Se lo había soltado a bocajarro, sin darle lugar a pensar, a respirar, a analizar si ella también estaba preparada para decir aquellas dos sencillas, pero serias palabras.
—Drake, yo… yo… —balbuceó, bajando la vista hacia la llave porque era incapaz de sostenerle la mirada—. No sé qué decir…
—Tranquila, nena. No tienes que decir nada.
Solo me apetecía decírtelo, quiero que sepas que voy en serio, y que lo nuestro es importante para mí —dijo él, aunque una sombra de decepción cruzó su mirada por más que trató de disimularlo—.
Por cierto, la fiesta es de etiqueta. Recuérdalo.
Y ahora vámonos o llegaremos tarde a clase —añadió, tratando claramente de desviar el tema.
Al salir de clase, lo primero que hizo Evie fue buscar el móvil en su bolso como de costumbre. En cuanto desbloqueó la pantalla, vio que tenía un WhatsApp suyo.
Drake: Me he ido a casa, estaba cansado y me dolía la cabeza. Te recogeré a las 19:00
Sintió cómo se le encogía el corazón al leerlo. Ni un «cariño», ni un «princesa», ni un solo beso. Nada. El mensaje era seco, cortante y frío, nada típico de él.
La culpa la golpeó con fuerza. Sabía que había metido la pata hasta el fondo al quedarse callada en el coche, al no responderle como él se merecía. Metió la mano en el bolso y sus dedos se cerraron alrededor de la llave que le había regalado esa misma mañana.
¿Por qué no le he respondido? , se recriminó una y otra vez mientras caminaba. ¿Por qué no he sido capaz de decirle que le quiero?
Su mente era un torbellino de dudas. Realmente, no estaba segura de si lo que sentía era amor, pero le dolía tanto haberle visto tan decepcionado.
¿Acaso no era eso el amor? ¿Esa necesidad desesperada de no querer hacerle daño a la otra persona, de proteger sus sentimientos por encima de los tuyos propios?
Se convenció a sí misma de que sí, de que esa angustia que sentía en el pecho tenía que ser amor. ¿Qué otra cosa podría ser si no?
Caminaba mecánicamente hacia su casa, perdida en sus pensamientos, pero cuando apenas faltaban dos calles, se detuvo en seco. Dio media vuelta y sus pasos la dirigieron, casi por inercia, hacia la casa de Drake.
Tenía que arreglarlo. No podía dejar las cosas así.
Él se había expuesto, le había abierto las puertas de su corazón y de su hogar, y ella se había quedado paralizada.
Sentía que tenía que decidirse de una vez, que tenía que dar un giro a su vida, dejar de tener miedo al futuro y lanzarse al vacío con él, pasara lo que pasara.
Al llegar a la puerta, dudó un segundo con la llave en la mano si debía usarla o tocar al timbre, pero antes de que pudiera meterla siquiera en la cerradura, esta se abrió de par en par.
Drake apareció frente a ella, descalzo y vestido con tan solo un pantalón de deporte y sin camiseta.
—¿Hola? ¿Qué haces aquí? No te esperaba —dijo él, sorprendido. Aunque en realidad él ya había notado su presencia, su energía, y por eso había ido corriendo a abrir antes de que ella pudiera arrepentirse.
Ella se quedó muda. Era la primera vez que lo veía con tan poca ropa.
Los dragones de su tatuaje asomaban por sus hombros y bíceps, y el amuleto brillaba sobre su pecho desnudo.
Sus abdominales marcados le hicieron tragar saliva.
Sintió una tensión eléctrica en el aire, un calor que la atraía hacia él como un imán.
—Yo también te quiero, Drake —soltó Evie sin pensar.
Nada más cruzar el umbral, él le quitó la mochila y la chaqueta, dejándolas caer al suelo con un golpe sordo.
Ella no le dio tiempo a responder nada; lo agarró por los hombros y tiró de él con una desesperación que llevaba meses reprimiendo.
Él lo tomó como la única invitación que necesitaba.
Cerró la puerta de una patada y comenzó a guiarla hacia las escaleras, devorando su boca con una necesidad hambrienta, casi salvaje.
No podía creer que la tuviera entre sus brazos, que ella misma hubiera ido a buscarlo para derribar la última barrera que quedaba entre los dos.
Al llegar a su cuarto, la hizo retroceder hasta topar contra una enorme cama de sábanas negras.
Evie captó el entorno de forma fugaz: cortinas grises, muebles de madera oscura…
todo destilaba una elegancia sobria y puramente masculina.
La dejó caer sobre el colchón, pero su mano se coló ágilmente tras su nuca para protegerla del impacto en un gesto cargado de ternura.
Comenzó a desnudarla deprisa, con manos firmes pero cuidadosas, besando cada centímetro de piel que descubría.
Cuando se inclinó sobre ella, su colgante chocó contra el camafeo de Evie con un sonido metálico.
Se lo arrancó casi con impaciencia y lo tiró sobre la mesita de cristal negro, en esos instantes no le importaba el amuleto ni nada en este mundo que no fuera la mujer que estaba tumbada en su cama.
Se acomodó entre sus piernas, sosteniendo su peso sobre los antebrazos, y entrelazó sus dedos con los de ella, anclando sus manos contra las sábanas para que no pudiera siquiera pensar en huir de aquel momento que tanto había esperado.
Quería verla desatarse por fin, entregarse a él por completo.
Sus ojos estaban oscuros, dilatados por el deseo, pero ardían con una exigencia implacable.
Ella intentó cerrar los ojos ante esa intensidad que observaba en su mirada.