El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

—Ese capullo está mal de la puta cabeza, tío, te lo digo en serio. —La voz de Michaël temblaba de rabia; apretó los puños con tanta fuerza sobre sus rodillas que los nudillos se le pusieron blancos—. La otra noche pude verlo en su maldita cara.

David ni siquiera contestaba; se limitaba a asentir con la cabeza escuchando lo que le decía, mientras comían en el parque cercano a la universidad, rodeados de estudiantes.

—No digas tonterías. A ti lo único que te pasa es que estás celoso. Están juntos, Michaël, acéptalo de una vez —le respondió Marian en tono jocoso. Algunos de los presentes se rieron por lo bajo, haciendo que apretara aún más los puños, tratando de contenerse.

—¿Celoso yo? ¡Una mierda! Puedo tener a mil tías como ella.

Lo que no quiero es que acabe mal por culpa de un imbécil como ese.

Tenéis que creerme, Marian, tú no le viste la expresión.

Se puso como loco, y los ojos le… le cambiaron…

se le pusieron… negros. Era como mirar al mismísimo diablo frente a frente.

—Respiró hondo—. Te lo juro, sus putos ojos eran totalmente negros.

Me miraba con esa cara de desquiciado, y estoy seguro de que me habría matado de no ser porque había tanta gente delante.

—Venga, colega, lo que te jode es que, aparte de quedarse con la chica que te gusta, estuvo a punto de darte una buena paliza.

Él solo te puso en tu lugar. Además, me sorprende que te acuerdes de algo con la borrachera que llevabas —dijo David, tratando de ser imparcial, aunque le resultaba difícil después del lío que su amigo había montado.

—¡Encima te vas a poner de su parte! —Sus gritos resonaron por todo el parque—. Muy bien, ya veo que te importan más los nuevos amigos que los de toda la vida.

David dejó escapar un suspiro de frustración.

—¡Ya vale, Michaël! No seas así, no es tan mal tío. Mira, por ahí vienen. Si le pides disculpas, estoy seguro de que podéis llegar a llevaros bien.

—No pienso pedirle perdón a ese cabrón. ¿Sabes qué? ¡Que te den, David! ¡Que os den a todos! —Michaël se puso en pie de un salto, dio media vuelta y se alejó con pasos pesados.

—Hola, chicos —dijo Evie con suavidad al notar la tensión nada más llegar.

Verlos llegar cogidos de la mano fue la gota que colmó el vaso para Michaël. Al pasar junto a Drake, le golpeó con fuerza el hombro para apartarlo de su camino. Sus amigos hicieron exactamente lo mismo, demostrando su lealtad ciega hacia él.

Drake se giró, incapaz de ocultar la furia en su rostro, pero Evie le apretó la mano con firmeza y él acabó forzando un gesto afable para disimular, no sin antes prometerse a sí mismo que algún día le borraría esa sonrisa prepotente de la cara a aquel idiota.

—No le hagas caso. Solo está celoso y cabreado. Ya se le pasará —dijo David, intentando quitarle hierro al asunto.

—Sí, además, si hay algo que mi amiga odia en este mundo es la violencia, así que será mejor que no caigas en su juego —añadió Marian, señalándolo con el dedo.

Por un segundo, dudó si Marian quería ayudarlo o advertirlo, y su sonrisa se desvaneció por completo. A pesar de acabar de conocerla, tenía claro que estaba muy pillado por Evie y que no iba a dejar que un tipo como Michaël se la quitara.

—Bueno —dijo David, estirándose exageradamente—, está claro que se nos ha estropeado la comida, así que vayamos a por el postre. ¿Os hace un helado? Venga, yo invito.

—¡Aprovechaos, que hoy mi chico está generoso y eso no se ve todos los días! —bromeó Marian, guiñándole un ojo a Evie.

—De acuerdo, habrá que aceptar la invitación —respondió ella, agradecida por la distracción. No soportaba las peleas de «machitos» por ver quién era más fuerte para quedarse con la chica.

Entre bromas y cucharadas de helado, la tensión acabó disipándose y consiguieron salvar la tarde, a pesar de que David miraba el móvil de reojo de vez en cuando, visiblemente preocupado por la actitud de su amigo. Nunca lo había visto tan enfadado.

Y no se equivocaba. Michaël y su grupo cortaron toda relación con ellos en los meses siguientes, aunque él y Marian no tardaron en formar un nuevo círculo de amigos.

Aquella mañana llovía a cántaros. Evie se levantó antes que su amiga, como de costumbre. Se vistió con unos vaqueros, una camiseta de color malva y escote en pico, su pañuelo favorito al cuello y sus botas Hunter para la lluvia.

—¡Marian, te espero en la cafetería! ¡Date prisa o llegaremos tarde! He quedado con Drake en el campus antes de entrar a clase, dice que tiene algo importante que hablar conmigo. ¡Vamos! —gritó antes de salir.

—Sí, ya me estoy levantando, pesada… —refunfuñó Marian desde la cama.

Bajó corriendo las escaleras y cruzó la calle a toda prisa bajo el aguacero.

Entró en la cafetería y le pidió a la camarera lo de siempre: café con leche y un croissant.

Se sentó en su mesa habitual junto a la ventana, disfrutando del ajetreo de la avenida y de su momento de calma antes de empezar el día.

De pronto, sintió una punzada en el pecho al mirar a la mesa de enfrente. Había un hombre sentado, leyendo el periódico, con un café humeante junto a su mano. A pesar de que el papel le cubría parcialmente la cara, algo en él le resultó familiar.

El ambiente pareció volverse más pesado, más denso. Cientos de mariposas aletearon en su estómago y tuvo que tragar saliva para controlar el cosquilleo que le subía por la garganta. En ese instante, el hombre bajó el periódico y sus ojos se clavaron directamente en los de ella.

Eran esos mismos ojos azules, igual de penetrantes que en sus recuerdos, atravesándola al instante y haciéndola sentir débil, indefensa y, a la vez, inevitablemente atraída.

Los labios de él se combaron en un amago de sonrisa y ella bajó la vista hacia sus manos, sintiendo cómo el calor le subía de golpe a las mejillas.

Tardó unos segundos en atreverse a volver a mirar. Él bebía de su taza con un ligero gesto de asco, como si el café estuviera amargo.

Se sorprendió observando cada uno de sus movimientos con total fascinación.

De pronto, el recuerdo borroso que guardaba de él se volvía tan nítido, tan real.

Reconoció sus dedos largos y gráciles sobre el periódico y aquel pelo oscuro, algo despeinado por el temporal.

La barba de tres días destacaba sobre su tez pálida, exactamente como ella la recordaba.

Hoy vestía más sofisticado: un jersey de cuello vuelto a juego con un pantalón negro y unas botas moteras que terminaban de confirmar su identidad de rebelde.

Irradiaba un aura de seguridad y magnetismo puro. Pero lo que la atrapaba por completo y la dejaba sin aliento, eran sus ojos: brillaban con ese azul tan claro que, ahora que los tenía delante, hacían que sus sueños de estos meses parecieran simples bocetos borrosos.

Al verlo por fin a la luz del día, calculó que tendría entre veinticuatro y veintisiete años.

Sus miradas se cruzaron de nuevo y, esta vez, ella no pudo apartarse.

Se quedaron así, conectados durante segundos que parecieron horas.

Perdió la noción del tiempo y el espacio, ahogada en aquel mar de un azul tan vibrante como hipnótico.

Dios, es él. Mi «apuesto salvador del pañuelo»… Madre mía, Evie, qué ridículo suena eso, pero es que es él, estoy segura. Mierda, ¿por qué me mira así…? Está más bueno de lo que recordaba. No, no, no… Piensa en Drake. Piensa en Drake, se repitió mentalmente, sacudiendo la cabeza.

Pero no podía dejar de observarlo. No había podido quitarse ese hermoso rostro de la mente desde la noche en que se cruzaron por primera vez. A pesar de que su relación con Drake iba de maravilla, aquel chico de acento extranjero se había quedado grabado a fuego en su memoria.

Notaba el pulso acelerado y las manos sudorosas. Él seguía clavando su vista en ella descaradamente, impasible, con aquellos ojos de hielo que la hacían sentir desnuda. Se preguntó inevitablemente si era posible estar enamorada de un hombre y sentirse atraída de esa forma tan salvaje por otro.

—Ay, Evie, te juro que si sigues haciéndome correr así todas las mañanas vas a acabar conmigo.

La voz de Marian al sentarse frente a ella la hizo dar un respingo.

—¡Joder, qué susto te has llevado! Ni que hubieras visto un fantasma —rio su amiga.

Se aclaró la garganta y agarró su taza de café con ambas manos, aterrada de que Marian la hubiera pillado contemplando a aquella perfección hecha hombre.

—No, solo estaba distraída… pensando en mis cosas.

—Por cierto, hablando de distracciones… —Marian siguió hablando, ajena a los vistazos furtivos que ella continuaba lanzando por encima de su hombro.

—No te importa que David duerma en casa esta noche ¿verdad? Cena romántica, yo pongo el postre… ya sabes.

La idea de escuchar los retozos de su amiga en la habitación de al lado no le entusiasmaba mucho, pero aun así asintió.

—Claro que no me importa, Marian. También es tu casa.

—Por cierto, eso me recuerda que tú también puedes traerte a Drake a dormir cuando quieras. Además, hace poco me dijo que casi nunca vas a su casa. Yo creo que si David tuviera apartamento propio ya viviríamos juntos; ese idiota no puede separarse de mí —dijo soltando una carcajada.

Evie sintió cómo sus mejillas ardían de tal manera que temía morir por combustión espontánea en cualquier momento.

—¡Espera un momento! ¡Te has puesto colorada! —exclamó Marian, activando su modo detective al instante.

—Déjalo, Marian —cortó rápidamente.

—¡No me lo puedo creer! ¡No te lo has tirado, ¿a que no?!

El grito resonó en la cafetería. Miró de nuevo por encima del hombro de su amiga, aterrorizada. El hombre bajó un poco el periódico y le dedicó una sonrisa ladeada, divirtiéndose a su costa de forma evidente. Sintió que iba a explotar de vergüenza.

—¡Marian, por Dios! ¡Sé más discreta!

—Vale, vale, perdón. Pero, madre mía, Evie, en serio… Llevas meses saliendo con el tío más sexy, guapo y rico de todo París, ¿y todavía no te lo has tirado? Lo tuyo es de psiquiátrico, amiga.