CAPÍTULO 4 #3
Drake corrió tras ella por la arena. Parecían dos niños jugando y riendo; la gente que paseaba observaba con cierta envidia a la pareja de enamorados.
Cada vez que él iba a atraparla, giraba sobre sí misma y se escapaba.
Finalmente, al intentar sujetarla por la cintura, Evie tropezó y cayó de espaldas, llevándose a Drake con ella.
Cayeron sobre la arena, él sobre ella. Ambos se quedaron paralizados durante un segundo. Evie se sonrojó completamente al sentir el peso y la cercanía de su cuerpo. Un calor abrasador le recorrió la piel, haciéndola estremecer.
—Lo siento, yo… he tropezado… —susurró Drake. Su aliento cálido le rozaba los labios, despertando un hormigueo eléctrico en su boca.
Haciendo gala de sus reflejos, se levantó de un salto y le tendió la mano para ayudarla.
Apenas ella se puso en pie, Drake rodeó su cintura y la besó.
Fue un beso cargado de toda la pasión y urgencia que no se había atrevido a mostrar mientras estaban tumbados.
Evie se dejó llevar por aquella intensidad inesperada que le hizo olvidar dónde estaba.
Cuando se separaron, ambos se miraron fijamente.
Evie tenía las mejillas encendidas, aún aturdida por la sacudida del momento.
Al ver su expresión confusa, él decidió restarle gravedad al asunto antes de que ella empezara a darle demasiadas vueltas.
Esbozó una sonrisa traviesa, la soltó despacio y retrocedió un par de pasos antes de echar a correr.
—¡A ver si me atrapas tú ahora, listilla! —le gritó por encima del hombro.
Siguieron persiguiéndose y riendo hasta que la noche se les echó encima y él se ofreció a llevarla a casa. Durante el viaje de vuelta, le habló de Robert, de cómo la había criado y de lo mucho que ellos dos se parecían.
Al llegar, Drake la acompañó hasta la puerta. Tardaron más de diez minutos en despedirse, incapaces de separarse el uno del otro. Finalmente, acordaron verse al día siguiente en el campus y ella subió corriendo las escaleras.
Entró en casa dando giros, flotando en una nube de felicidad por la maravillosa tarde que habían pasado.
Fue a servirse un vaso de agua a la cocina y resopló al ver que Marian, como de costumbre, no había bajado la basura.
Maldiciendo a su amiga, cogió las bolsas.
Como la noche había refrescado, se anudó su pañuelo favorito al cuello, cogió las llaves y bajó a la calle.
Atravesó la acera hacia los contenedores, tiró las bolsas y regresó corriendo hacia el portal.
Justo cuando iba a entrar, una fuerte ráfaga de aire le arrancó el pañuelo del cuello.
Se giró rápidamente para cogerlo, pero había desaparecido.
El viento soplaba con tanta fuerza que parecía habérselo llevado volando en un segundo.
—Oh… mierda… era mi pañuelo favorito… —murmuró, resignada.
Pero al girarse de nuevo hacia la puerta, con las llaves en la mano, chocó casi de bruces contra alguien.
Dio un paso atrás, asustada. Frente a ella había un chico alto, vestido con una sudadera negra con la capucha echada sobre la cabeza. Al ver su cara de susto, el desconocido se bajó la capucha rápidamente.
Se quedó paralizada, atónita, atrapada en un silencio absoluto.
Era muy alto. Tenía el cabello negro azabache, algo ondulado, rozándole la nuca.
Sus facciones duras y marcadamente masculinas poseían una palidez casi irreal, contrastando con una barba incipiente y desaliñada que le daba un aspecto peligrosamente atractivo.
Pero lo que hizo que Evie se quedara sin aliento por un segundo fueron sus ojos.
Había algo irreal en ellos; eran los ojos más fascinantes y aterradores que había visto en su vida. Azules, profundos y tan pálidos que parecían de cristal. Mirarlos era como asomarse a un abismo de hielo. Se quedó hipnotizada, incapaz de apartar la vista de ellos.
El chico alzó una mano y rompió el silencio.
—No era mi intención asustarla. Creo que esto le pertenece, mademoiselle —dijo en un tono bajo y suave. Su voz era varonil, ronca pero extrañamente melódica, como un canto de sirena que la atrajo un paso más hacia él.
Sintió que el corazón le galopaba a mil por hora, queriendo salirse de su pecho. Trató de reaccionar para no parecer una idiota y se fijó en que el chico sostenía su pañuelo en la mano. Tragó saliva, haciendo un esfuerzo por recuperar el habla.
—Eh… sí… es mío, pero… ¿cómo lo has cogido?
Lo miraba asombrada, preguntándose cómo había atrapado el pañuelo si el viento se lo había llevado en dirección contraria.
—El aire es bastante fuerte esta noche. Debería colocárselo de nuevo.
Él extendió la mano lentamente. Ella tomó la tela y, por un segundo, sus dedos se rozaron. Un escalofrío violento recorrió su cuerpo. La mano de aquel desconocido estaba fría como el hielo.
—Sí, hace mucho frío esta noche —balbuceó Evie, sintiendo un extraño hormigueo en el estómago—. Lo sujetaré mejor para que no vuelva a salir volando.
El muchacho la miraba fijamente. Demasiado fijamente para su gusto.
No sonrió en ningún momento. Sus ojos, claros y penetrantes, estaban clavados en los de ella con una intensidad perturbadora.
Comenzó a sentirse profundamente incómoda y vulnerable, pensando qué estaba haciendo sola en la calle, hablando con un desconocido a esas horas de la noche.
De pronto, se volvió a subir la capucha con un movimiento rápido y fluido, como si hubiese leído su incomodidad en el aire.
—Ha sido un placer, excusez-moi …
El extraño se dio media vuelta y se alejó caminando, fundiéndose con las sombras. Se quedó allí paralizada, incapaz de reaccionar, hasta que otra ráfaga de viento la hizo despertar de su trance y entró corriendo al portal.
Mientras subía las escaleras a toda prisa, se preguntaba de qué nacionalidad sería el chico; había notado que tenía un acento extraño que no supo ubicar.
Al llegar a casa, se puso el pijama. Antes de meterse en la cama, se asomó a la ventana, recordando la silueta que había creído ver la noche anterior.
Si lo pensaba bien, encajaba a la perfección con la de aquel chico misterioso.
Pero había sido demasiado amable; a lo mejor vivía cerca y por eso estaba allí anoche, o quizás, lo más probable, ni siquiera era él.
Fuera como fuese, la calle estaba completamente desierta.
Se acurrucó en la cama abrazada a su almohada, intentando centrar sus pensamientos en Drake, en las risas en la playa y en aquel beso abrasador.
Trató de recrear el momento en su mente, pero, de pronto, cuando imaginaba que lo miraba a los ojos, ya no eran de aquel cálido tono verde y miel.
Eran azules. Profundos, cristalinos e hipnóticos.
Ya no era a él a quien besaba en sus sueños, sino a aquel extraño de la sudadera negra y mirada profunda.
Se levantó de la cama de un salto, con la respiración agitada. ¿Cómo podía estar pensando en un tipo cualquiera al que acababa de conocer y que ni siquiera era su estilo?
Trató de borrarlo de su mente, pero la imagen se le había quedado grabada a fuego. Unos ojos azules como el cielo despejado, pero fríos y letales como el hielo…