El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Debes hacerlo, hijo. Ahí dentro están todas sus cosas, tal y como él las dejó.

Sus notas, sus escritos… Te ayudarían a entender más sobre ti, sobre nuestros orígenes.

Hay muchas cosas que todavía debes saber, cosas para las que debes estar preparado y que él te habría contado si estuviera aquí.

—Helena le acarició las mejillas con dulzura.

—No puedo, todavía no. Sería demasiado doloroso. Aunque… hay algo que siempre he dudado, algo que lleva carcomiéndome por dentro todo este tiempo.

—¿De qué se trata, agápi mou [9] ? —La voz de su abuela tembló ligeramente.

—¿Había alguien aquí con nosotros, en esta habitación, cuando mi padre sufrió el ataque?

El semblante de Helena cambió por completo. La conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que la pregunta la había sorprendido e incomodado a partes iguales.

—¿Qué? No, hijo, no había nadie. Tu padre estaba trabajando en un nuevo hechizo. Recuerda que él no era un brujo de sangre pura como tú, no podía manejar la magia con tu facilidad y necesitaba rituales para lograrlo. Estabais los dos solos cuando pasó.

Notó el temblor en su voz, como le pasaba siempre que mentía, pero decidió no presionar.

Estaba decidido a saber la verdad; tarde o temprano descubriría lo que pasó aquella noche hasta el último detalle.

Pero, al ver las manos temblorosas y los ojos llorosos de su abuela, supo que no era el momento.

—Bueno, será mejor que dejemos los recuerdos tristes a un lado. Puede que otro día me sienta con más fuerzas y te pida esa llave. ¿Dónde está mi viejo gruñón? Me muero por verle.

La expresión de Helena se mantuvo seria durante toda la comida.

Él asumió que era por el dolor de los recuerdos; sabía que la pérdida de su hijo era una herida que nunca terminaría de cerrarse.

Para intentar aligerar el ambiente, aprovechó el momento del postre para cambiar de tema y hablarles sobre sus nuevos amigos en París: David, Marian, el idiota de Michaël y, por supuesto, Evie.

—Y dime… ¿Alguna de esas chicas es… digamos, una amiga especial? Porque te noto un brillo diferente en los ojos —dijo su abuelo con una sonrisa picarona.

—Bueno, en realidad sí. Estoy conociendo a alguien.

—¡Lo sabía! —exclamó Néstor efusivo.

—Hijo, ya sabes que debes tener mucho cuidado. Todavía no controlas tu magia a la perfección, tal vez no sea el mejor momento para que te eches una novia —advirtió Helena, pronunciando la última palabra con cierto desdén.

—Viejita mía, no te me pongas celosa. Además, yo estoy muy bien y, cuando la cosa vaya más en serio, la traeré para que la conozcáis.

—¿Y se puede saber cómo se llama la muchacha que te tiene con esa sonrisa tonta en la cara? —preguntó su abuela, cruzándose de brazos.

—Evangeline Renoir. Es sobrina de ese famoso abogado, Robert Renoir. En serio, abuela, creo que te va a encantar.

—Anda, Helena, Drake tiene razón, no seas celosona —bromeó su esposo.

—¿Evangeline Renoir? —Helena cambió de actitud al instante, y una enorme sonrisa iluminó su rostro—.

Vaya, no me lo puedo creer. Es una de las familias de sociedad que quería que conocieras.

Según tengo entendido, es una chica muy educada y de excelente posición.

Sin duda, te he enseñado muy bien, mi vida.

—Se levantó para darle un beso en la mejilla—. Realmente tiene un nombre precioso.

—Sí, casi tanto como ella. Lo que me recuerda que tengo que irme o llegaré tarde a recogerla. —Se levantó y los besó apresuradamente.

—¡Ten cuidado, agápi mou , y vuelve a vernos pronto! —gritó Helena a un Drake que ya salía corriendo de casa.

El trayecto de vuelta a París se le hizo eterno; tenía tantas ganas de verla que condujo rozando el límite de velocidad.

Al llegar a la puerta de su edificio, ella ya le estaba esperando.

Tuvo que tragar saliva para disimular la impresión; llevaba unos leggings negros ajustados y una camiseta gris de cuello ancho que dejaba un hombro al descubierto.

Estaba absolutamente preciosa, una imagen que hizo que el pulso de Drake se acelerara.

Nada más entrar en el coche, la recibió con un beso acalorado.

—Vaya recibimiento —dijo, sonrojada.

—Tenía ganas de verte —añadió él con una sonrisa, guiñándole un ojo—. ¿Te apetece dar un largo paseo?

—Bonito coche —comentó, acariciando el salpicadero de piel—. Eres toda una caja de sorpresas. ¿Adónde me llevas?

—Bueno, hoy me siento algo melancólico y me gustaría recordar un poco mi infancia. ¿Te parece?

—Claro. Será una buena forma de conocer más de ti.

Él no respondió; simplemente le cogió la mano con dulzura y la apoyó sobre su pierna.

Durante el trayecto, sus dedos se entrelazaban con los de ella de forma intermitente, soltándola solo cuando la carretera se volvía más sinuosa o necesitaba maniobrar, para después volver a buscarla como si fuera un imán al que no podía resistirse.

Repitió el mismo trayecto, de nuevo en dirección a Normandía.

Durante el camino, la conversación fluyó fácil; ella le contó cómo había conocido a Marian y las anécdotas de su amiga y ella de niñas llenaron el trayecto de risas.

Detuvo el coche frente a una pequeña heladería en una calle llena de tiendas de recuerdos del desembarco.

Pidieron dos helados y pasearon hasta un rincón apartado de la playa.

—Me encanta el mar —dijo Drake, sentándose en la arena—. Sobre todo, este. Diría que es mi lugar preferido en el mundo. Tiene un significado especial para mí, me trae muchos recuerdos —la melancolía tiñó su voz.

—Es un lugar precioso, sin duda. Pero pensaba que habías nacido en París.

—Nací en París y viví allí un año, pero a mi padre le agobiaba la ciudad y decidió buscar un lugar apartado. Así es como llegamos aquí. —Se giró y señaló un punto lejano en lo alto de la colina—. ¿Ves aquella casa, perdida a lo lejos?

Evie asintió. A pesar de la distancia, se notaba que era una construcción imponente que dominaba todo el horizonte.

—Pertenece a mi familia. Allí viví hasta los siete años.

Mi padre me traía a jugar a esta misma playa muchas tardes.

—Hizo una breve pausa y su mirada se perdió en el oleaje—.

Cuando murió, nos trasladamos a España. La casa sigue siendo nuestra, mis abuelos viven allí ahora; de hecho, he comido con ellos hoy mismo. Ese era mi compromiso ineludible.

Aunque trató de disimularlo, suspiró aliviada al conocer el verdadero motivo de su retraso. Se sintió conmovida por una historia que, en el fondo, no distaba tanto de la suya.

—Debió de ser horrible para ti perder a tu padre y trasladarte a otro país siendo tan niño —dijo con dulzura.

—Lo fue. Pero tuve el amor de mis abuelos, ellos asumieron el papel de padres.

Mi madre estaba tan afectada que apenas podía hacerse cargo de la situación; se refugió en su carrera y yo pasé a un segundo plano.

—Lanzó un suspiro pesado—. Y así es como un mestizo greco-francés acabó siendo criado en España.

—¿Griego? —preguntó, confundida.

—Cierto, me he saltado esa parte —admitió con una sonrisa—. Mi padre era griego. Toda mi familia paterna lo es. Él vino a estudiar a París y así fue como conoció a mi madre y decidió instalarse aquí definitivamente.

—Vaya… yo pensaba que Drake era un nombre americano.

Él soltó una sonora carcajada, y Evie lo miró sin entender.

—Bueno, verás… Cuando nací, mi padre y mi abuela decían que yo sería tan fuerte como un dragón, y de ahí viene la raíz de mi nombre. En realidad, mi nombre completo es… no te rías, ¿eh? Drakon. Drakon Andreatos Landry. Pero, como comprenderás, prefiero que me llamen Drake.

Evie no pudo evitar reír suavemente.

—¿Drakon? ¿Dragón? Es gracioso y, a la vez, diría que hasta bonito.

Que tu padre pensara que serías tan fuerte como un dragón suena casi enternecedor.

Al menos tú tienes una historia épica detrás de tu nombre; yo simplemente soy Evangeline Renoir, un nombre total y aburridamente francés.

Drakon… me gusta. —Sonrió y le dio un beso tierno en la mejilla.

—Eres la primera persona ajena a mi familia a la que le cuento todo esto. No sé, a veces me siento un poco solo. A pesar de mi herencia, siento que me falta lo principal: él. Me gustaría tener a mi padre cerca para poder contarle todo esto, para hablarle de la chica que me gusta…

Ella miró al suelo, sonriendo con timidez.

—Te entiendo perfectamente, Drake. Mis padres también murieron cuando yo era una niña. Esto es lo único que conservo de ellos —dijo, sacando el camafeo que llevaba bajo la camiseta para enseñárselo.

Drake miró la foto y sonrió.

—Eras una niña preciosa. Se os ve muy felices juntos.

—Gracias —murmuró con tristeza.

—Yo también conservo algo de mi padre. —Se sacó el amuleto del interior de su camisa—. Ha pertenecido a mi familia desde tiempos inmemoriales y ha pasado de padres a hijos durante siglos.

Miró el extraño objeto, asombrada. Era antiguo, hermoso y emitía un aura cautivadora. La piedra transparente con el tinte rojo en el centro parecía pulsar, incitándola a tocarlo. Alargó la mano y rozó el cristal con los dedos.

En ese instante, una ola de frío nauseabundo la golpeó. Se sintió mareada, el mundo se volvió negro a su alrededor y una presión insoportable le oprimió el pecho. Soltó el amuleto de golpe, jadeando, completamente aterrada por aquella sensación.

—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras bien? —preguntó, asustado al verla palidecer.

—Sí… tranquilo. Estoy bien. Es solo que me he mareado un poco.

—Si quieres podemos regresar ya.

—No, estoy bien, en serio.

—¿Estás segura?

—Sí, y puedo demostrártelo —Evie se puso de pie de un salto—. Atrápame si puedes.

Echó a correr hacia la orilla. En ese momento se alegró de haberse puesto bailarinas y no los zapatos de tacón que Marian le había intentado imponer.