El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

De regreso a casa, Drake disfrutó del escaso tráfico nocturno que le permitía exprimir la potencia de su amada moto, casi saboreando todavía el último beso que le había dado a Evie.

No podía creer la suerte que había tenido aquella noche; cada vez que estaba cerca de ella, una sensación de paz inusual aplacaba el caos que siempre latía en su interior.

Al llegar a la puerta de su garaje, se detuvo un segundo para sacar el mando de la chaqueta. De pronto, notó el peso de una mirada clavándose directamente en su nuca. Casi por instinto, se giró hacia atrás y escudriñó la calle vacía a ambos lados mientras la puerta se abría con un zumbido mecánico.

Entró despacio y aparcó junto a su coche.

Se quitó el casco y lo guardó en un armario blanco que había comprado días atrás.

Le resultaba gracioso ver cómo aquel mueble daba la nota discordante en un lugar pintado casi por completo en negro mate.

Se tomó unos instantes para mirar a su alrededor.

El interior estaba bañado por una iluminación industrial muy potente; una exigencia que le había hecho a la decoradora a través de su abuela.

A pesar de que el negro era su color favorito, detestaba sentirse atrapado en lugares lúgubres o claustrofóbicos.

Para compensar esa oscuridad y darle algo de vida al espacio, habían pintado unas líneas blancas en las columnas y un enorme grafiti del Arco del Triunfo rodeado de coches en la pared principal.

Solía detenerse a mirarlo; le encantaba lo bien detallada que estaba la imagen.

Sin embargo, esa noche, la certeza de que alguien lo estaba acechando le tensó los músculos de nuevo.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó con tono autoritario, dejando claro que no iba a dar un caluroso recibimiento a ningún intruso.

No obtuvo respuesta. Algo en su interior le gritaba que no estaba solo, pero, tras revisar cada rincón, comprobó que no había nadie más.

Se dirigió a las escaleras que llevaban al primer piso, ignorando el ascensor como de costumbre.

Aunque la casa contaba con uno para mayor comodidad de los inquilinos, él nunca lo utilizaba.

Justo antes de subir el último peldaño, se giró para echar otro vistazo.

Nada. Definitivamente estaba solo. Al alcanzar el nivel superior, la vista se abría a un espacio diáfano tipo loft.

El comedor y la cocina se integraban a un lado, dando paso a una espaciosa sala de estar.

En una altura superpuesta y totalmente abierta se encontraba su habitación, visible desde el sofá y a la que se accedía por unos peldaños semiocultos tras una columna.

Para él, era toda una declaración de intenciones; una forma simbólica de demostrar que no tenía nada que ocultar.

Todo estaba decorado en tonos blancos, negros y grises, tonos sobrios, pero con un toque desenfadado que delataba que era el piso de un joven soltero.

Se dirigió a su cuarto con pasos lentos y dejó la chaqueta sobre la cama.

Se apoyó en la barandilla de cristal, que servía de balcón hacia el piso inferior, pensando en cuánto le iba a costar dormir aquella noche después de tantas emociones.

Tras cambiarse de ropa, bajó un momento a la cocina y se sirvió un whisky .

Su abuelo le había enseñado, al cumplir los dieciocho, a celebrar los triunfos con un buen malta, y aquella noche, sin duda, merecía un brindis.

Unos meses en París le habían bastado para encontrar a la mujer de sus sueños.

Con el vaso en la mano, cruzó la amplia sala de estar y abrió las enormes cristaleras que sustituían a casi toda la pared frontal.

Aquel edificio era una antigua construcción industrial, que habían rehabilitado íntegramente para él, convirtiéndolo en un refugio de diseño vanguardista oculto tras una fachada de piedra clásica.

Las cristaleras ofrecían una vista panorámica de los tejados de París, presididos por la majestuosa presencia de la Torre Eiffel que brillaba en la distancia, y daban paso a su lugar favorito: la terraza.

Se sentó en una tumbona, clavó la mirada en el cielo estrellado y dio un trago largo a su copa mientras la imagen de la pelea volvía a su cabeza.

—Ese imbécil ha estado a punto de estropearlo todo. Me ha sacado de mis casillas de tal forma que habría sido capaz de…

Se tragó el final de la frase, pero en el fondo él lo sabía. Aunque tratara de negárselo a sí mismo, la energía le había azotado con tanta fuerza al ver la mano de Michaël sobre ella que, sin duda, no habría vacilado en matarlo allí mismo.

Sabía que no podía descontrolarse de esa forma, o alguien acabaría por darse cuenta de lo que era realmente y lo echaría todo a perder. ¿Qué explicación podría darle a Evie si viera cómo brotaba fuego de sus manos y calcinaba a ese estúpido ante sus ojos?

Si realmente acababa siendo la mujer de su vida, estaba decidido a contarle la verdad algún día, pero lo que no iba a permitir era que la descubriera por accidente, y mucho menos por culpa de un payaso borracho.

Apuró su copa y subió al gimnasio para quemar adrenalina antes de dormir.

La rabia aún lo consumía. Comenzó a golpear el saco de boxeo con tal virulencia que parecía que iba a arrancarlo del techo.

En uno de los impactos, su puño acabó rasgando el material y su brazo se hundió totalmente en el relleno hasta casi el codo.

Jadeando, miró hacia el gran espejo de la pared.

Sus ojos eran tan negros como el propio infierno.

No pudo evitar que una media sonrisa se dibujara en su rostro; aquella energía que emanaba de su interior siempre le haría más fuerte que cualquier enemigo.

Imaginó la cara que pondría Michaël si lo viera así: seguramente se mearía en los pantalones.

Por primera vez en su vida no se sentía un bicho raro; se sentía poderoso.

Apenas durmió un par de horas aquella noche, pero se levantó con las pilas cargadas. Después de desayunar, cogió el móvil dispuesto a escribirle a Evie, pero en ese preciso instante sonó el teléfono de la casa.

— Bonjour —contestó extrañado.

— Kaliméra [7] , zoi mou [8] . ¿Me puedes explicar por qué llevo tantos días sin verte? ¿Acaso ya no te acuerdas de que tienes una abuela? —El tono irónico de Helena dejaba ver claramente su enfado.

— Yiayia , ¿cómo me voy a olvidar de ti, viejita mía? He… he estado algo liado desde que empezaron las clases y… bueno, yo… —Dudó sobre si hablarle de Evie.

—Bueno, nada. Llevamos semanas sin verte, hijo. Hoy no tienes excusa. Es domingo y voy a preparar una gran comida como hacíamos en España, así que anula los planes que tengas con tus nuevos amigotes universitarios y vente para aquí inmediatamente. Tu abuelo también está deseoso de verte.

Estaba claro que no podía hacer nada ante aquella imposición. Su abuela era una mujer dura de pelar.

—Está bien, yiayia , allí estaré. Yo también tengo ganas de veros.

Nada más colgar, miró su teléfono móvil, resignado, y abrió el WhatsApp.

Drake: Preciosa, me ha surgido un lío familiar del que no me puedo librar. Te recojo después de comer y te invito a un helado, ¿te parece?

Evie: Perfecto, ¿a las 16:00?

Drake: Hecho. Besos

Evie: Besos

Rebuscó en su armario hasta encontrar la ropa perfecta para la ocasión.

Puesto que después tenía una cita, se decidió por una camisa azul oscuro de la última colección de su madre y unos pantalones negros.

Se arregló el pelo con detalle, se echó un último vistazo al espejo y bajó al garaje.

Todavía le quedaba un largo camino hasta llegar a la mansión familiar de Normandía, donde ahora residían sus abuelos.

Condujo durante un buen rato, pero, conforme se acercaba a su destino, un nudo comenzó a encogerle el estómago.

No había estado en aquella casa desde que se mudó a París.

En realidad, aunque el testamento dijera que era su herencia y su abuela se esforzara por convertirla de nuevo en un hogar, para él seguía siendo el lugar donde había vivido la peor experiencia de su vida; allí donde todo su mundo se había desmoronado entre sus brazos.

Aparcó junto al jardín. Al bajar del coche, tardó al menos diez minutos en atreverse a avanzar.

Se quedó allí parado, observando aquella enorme casa que le parecía tan majestuosa como monstruosa.

Entró usando sus propias llaves para darles una sorpresa, pero, sin poder evitarlo, sus pies lo llevaron directamente hacia el segundo piso.

Subió las escaleras de dos en dos y cruzó el largo pasillo, decorado de forma casi fastuosa con cuadros y estatuas antiguas de dioses griegos.

Se detuvo frente a una que siempre le había causado impresión: dos hombres luchando; uno le clavaba una espada al otro a la altura del corazón, y este, al verse indefenso, atacaba a su enemigo mordiéndole en el cuello.

De niño, siempre pensó que él también se habría defendido con los puños y los dientes si se viera amenazado de muerte y desarmado.

Fue dejando atrás las habitaciones hasta llegar a la última: una enorme estancia de puertas dobles que ocupaba el fondo de la planta.

Adelantó la mano, dispuesto a abrirla, pero en cuanto rozó el picaporte notó cómo las fuerzas le abandonaban.

Apoyó la cabeza sobre la madera, reconociendo su derrota ante un enemigo que no podía moverse ni hacerle daño físicamente, pero que encerraba todo el dolor acumulado durante más de doce años.

Se quedó allí plantado, frente al despacho de su padre, con una lágrima rodando por su mejilla.

—¿Quieres la llave? —susurró su abuela a sus espaldas, con un hilo de voz casi imperceptible.

—Eh… no, yiayia . No creo que tuviera fuerzas para entrar. Todavía recuerdo aquella noche, cruzar estas puertas sería como si el tiempo no hubiese pasado.