El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 3 #4
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CAPÍTULO 3 #4

Pero Michaël hizo caso omiso de su advertencia y lo empujó de nuevo, intentando provocarlo.

Fue un absoluto error. Los ojos de Drake fueron devorados por la oscuridad en un segundo, borrando cualquier rastro de humanidad en ellos.

Michaël retrocedió aterrado. Drake cerró el puño en el aire frente a su pecho y, sin tocarlo, abrió la mano de golpe.

Una fuerza invisible golpeó a Michaël, lanzándolo un metro hacia atrás y haciéndole rodar por el suelo.

—¡Te he dicho que no me toques!

—¿Pero qué coño…? ¿Cómo has hecho eso? —balbuceó Michaël desde el suelo, completamente pálido e incapaz de recuperar el aliento.

Evie, asustada por la situación, lo agarró por el brazo al ver que se acercaba otra vez hacia Michaël.

—Drake, déjalo, por favor. No le hagas caso, está borracho, vámonos.

El tacto de ella lo calmó al instante. La oscuridad de sus ojos se disipó rápidamente y su magia se retrajo en su interior.

—Sí, será mejor que nos marchemos antes de que acabe partiéndole la cara a este gilipollas.

Subieron a la moto, dejando atrás a un Michaël aturdido en el suelo, y salieron quemando rueda.

El aire fresco en la cara lo ayudó a calmarse.

No podía creer que había estado a punto de descubrirse delante de todos por culpa de un idiota.

Tenía que hablar con ella, asegurarse de que no se había dado cuenta de nada y evitar que pensara que era un monstruo o algo peor.

En lugar de llevarla a casa, giró a medio camino hacia otra dirección.

—¿Adónde vamos? Mi casa no es por aquí —preguntó ella, alzando la voz sobre el ruido del motor.

—Lo sé. Confía en mí, no te arrepentirás.

Ella asintió apoyando la cabeza contra su espalda, aferrándose un poco más a él.

Aparcaron frente a la inmensa estructura iluminada de la Torre Eiffel.

—He pensado que nos vendría bien un paseo para relajarnos después de lo que acaba de pasar —susurró él quitándose el casco.

Necesitaba arreglar la cagada que acababa de cometer antes de llevarla a casa, y esta era la única idea que se le había ocurrido. Compró unos crêpes de chocolate en un puesto cercano y pasearon juntos unos minutos hasta pararse justo frente a la torre.

—Siento lo de Michaël. Yo no soy así, te lo aseguro, pero al ver cómo te trataba… yo…

—Tranquilo. Se comportó como un idiota. No me gustan las peleas, pero hoy se lo merecía. Gracias por defenderme.

Evie dio un pequeño respingo cuando Drake acercó su mano hacia su cara.

—Te has manchado… justo aquí.

Pasó el pulgar con infinita suavidad por la comisura de sus labios. Su tacto era tan caliente y reconfortante que no pudo evitar girar su cara hacia aquel contacto. Drake acortó la distancia entre ellos, la rodeó con su brazo y la atrajo hacia él con fuerza.

—No sé lo que me pasa contigo, Evie, pero no puedo controlarme cuando estoy cerca de ti.

Antes siquiera de que ella pudiera reaccionar, la besó. Empezó como un beso dulce y tierno que rápidamente se volvió apasionado y absolutamente abrasador. Evie sintió que flotaba; la magia de él la envolvía casi de forma palpable, haciéndole temblar las piernas sin saber siquiera el motivo.

—Joder, Evie. Me gustas mucho. Lo que siento es tan fuerte que no sé cómo explicarlo.

—Yo me siento igual, Drake. No sé qué es esto, pero nunca me había sentido así.

—Dios… yo tampoco —respondió él, besándola nuevamente.

Se quedaron un buen rato abrazados bajo la luz de la Torre Eiffel, charlando y riendo como dos locos enamorados.

Drake la llevó a casa mucho más tarde.

—Descansa, preciosa. Mañana vendré a buscarte. Quiero llevarte a un sitio —se despidió de ella dándole un largo beso. En realidad, no quería marcharse; si por él fuera, no la soltaría nunca.

Evie entró en casa flotando, pero el grito de Marian la devolvió a la realidad en un instante.

—¡Dime que no acabo de ver lo que acabo de ver!

—Si lo que has visto es a Drake dándome el mejor beso de mi vida… sí, lo has visto.

—¡Lo sabía! ¡Hacéis muy buena pareja! —chilló como loca—. ¡Cuéntamelo todo! ¿Cómo besa?

—Mmm… Maravillosamente bien, amiga, maravillosamente bien. Mañana te cuento, necesito acostarme, estoy muerta —susurró justo antes de encerrarse en su cuarto ignorando las quejas de su amiga.

Se sentó frente al espejo de su tocador para desmaquillarse como de costumbre, absolutamente feliz. Pero, por un instante, la sensación de ser observada de nuevo la hizo levantarse de un salto. Se acercó a la ventana y apartó la cortina con dedos temblorosos.

En la acera de enfrente, vio la silueta de un hombre alto y de hombros anchos, vestido con vaqueros y una sudadera negra con la capucha echada, mirando fijamente hacia su ventana.

Soltó la cortina con un grito ahogado y retrocedió, asustada. Cuando volvió a mirar, la calle estaba desierta.

Se tumbó en la cama con el corazón desbocado, tratando de convencerse de que todo había sido fruto de su imaginación. Pero, en el fondo, por más que tratara de convencerse sabía que lo que había visto era cierto. Alguien la observaba, podía sentir el peso de esa mirada sobre su piel.