El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—En realidad nací aquí. Aunque llevo fuera muchos años. Aparte de mi familia, no conozco a nadie más.

—Pues ya nos conoces a nosotros, colega —comentó David dándole unas palmadas amistosas en el hombro.

— Espagnol de merde [6] —susurró Michaël entre dientes.

Drake le escuchó perfectamente, pero, lejos de enfadarse, sonrió para sus adentros. No era su novio y eso le bastaba. Además, saber que iba a tenerle de rival solo lo haría más interesante.

La entrada del profesor Dancier cortó de raíz cualquier otra conversación, demostrando desde el primer minuto por qué tenía fama de duro. Durante la hora que duró la lección, apenas prestó atención, con la mente puesta en su reciente golpe de suerte.

Al terminar la clase y mientras recogían sus cosas, Marian atacó sin piedad:

—Oye, Drake, ¿vas a ir a la fiesta del pub La Nuit este sábado? Es la fiesta de inauguración del curso, no puedes faltar.

—No conozco el sitio.

—¡Es el mejor local de la ciudad! —insistió David—. Tienes que venir.

—No sé… las multitudes no son lo mío.

—Venga hombre, no te hagas de rogar. Además, va a estar Evie —susurró Marian con un guiño cómplice.

Finalmente esbozó una media sonrisa, dándose por vencido.

—Siendo así, supongo que haré un esfuerzo.

Los días siguientes, Drake continuó saliendo a correr por la calle de Evangeline, con la esperanza de cruzársela.

Una tarde, al pasar frente a su edificio, levantó la vista y la descubrió asomada a la ventana, observando el atardecer.

Él la saludó con un leve gesto de cabeza y ella, tras un instante de duda, respondió agitando la mano con una pequeña sonrisa.

Fue un contacto fugaz, pero suficiente para mantenerlo ansioso hasta que llegara la noche del sábado.

La noche de la fiesta, Drake estaba tan alterado que estuvo dos horas en el gimnasio tratando de quemar algo de energía antes de arreglarse.

Bajó al garaje y, en lugar de ir hacia el coche, sus ojos se fueron directos a su «belleza negra»: una Kawasaki ZZR1400 que se había comprado hacía tres semanas.

Era un enamorado de la velocidad y sus abuelos nunca le habían dejado tener moto.

Pero ahora, por fin, las reglas las ponía él; y sentir el rugido de ese motor vibrando bajo su cuerpo le dio la dosis de adrenalina perfecta para empezar la noche.

En cuanto llegó al pub, localizó a David y Michaël en la barra. Pero su mirada se desvió enseguida hacia la zona chill out . Allí estaba ella, al fin la tenía cerca después de tantos días.

Su corazón dio un vuelco. Llevaba un vestido azul ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo, haciéndole hervir la sangre.

Su pelo suelto, cayendo en ondas por su espalda, hizo que le entraran unas ganas irrefrenables de enredar los dedos en él para comprobar si era tan suave como parecía.

Era una visión capaz de hacerle perder la cabeza por completo.

—¡Eh, has venido! —David levantó una mano para pedirle una copa más al camarero.

Drake asintió a modo de saludo, pero fue incapaz de apartar los ojos de la zona de los sofás donde estaban las chicas. Al darse cuenta de lo embelesado que estaba, Michaël soltó una risa seca y señaló a Evie con su vaso de cristal.

—Preciosa, ¿verdad? Pues olvídalo, amigo. Esa chica definitivamente pasa de los tíos.

—Pasa de ti, Michaël, que es distinto —rio David.

Michaël apretó la mandíbula, picado en su orgullo. Vio cómo él seguía devorándola con la mirada, ignorándole por completo, y su tono se volvió más agresivo.

—¿Y tú qué miras tanto? ¿Crees que puedes hacerlo mejor, españolito ? —lo desafió Michaël—. Vamos, no te cortes, demuestra de lo que eres capaz.

Finalmente, Drake apartó la vista de ella para clavarle una mirada cargada de seguridad a aquel cretino y esbozó una media sonrisa.

—Observa y aprende, chaval.

Se alejó de la barra con paso seguro, abriéndose camino entre la multitud sin apartar la vista de su objetivo. Al llegar a los sofás de la zona chill out , se detuvo frente a ellas y curvó los labios en una sonrisa deslumbrante.

—¡Buenas noches, chicas!

—¡Drake! —Evie lo miró sorprendida—. ¿Qué haces aquí?

—Marian y yo vamos juntos a clase. ¡Qué casualidad! ¿Verdad? —explicó él con falsa inocencia.

Ella le lanzó una mirada asesina a su amiga, que por lo visto había olvidado contarle ese pequeño detalle.

—David y él han hecho buenas migas —intervino Marian como si nada—. Y hablando de mi chico, voy a buscarle antes de que se emborrache y monte algún espectáculo. Os dejo solos. No seáis malos.

Se quedaron a solas y un silencio cargado de tensión eléctrica los envolvió.

—¿Tu rodilla está mejor? —preguntó él, rompiendo el hielo en un tono más bajo.

—Sí, gracias. Fue un golpe tonto.

Drake bajó la mirada hacia sus piernas desnudas, iluminadas por las luces de neón, y sintió cómo la temperatura de su cuerpo subía peligrosamente.

Bebió un trago largo de su copa para apaciguar el fuego que ardía en su interior justo cuando los inconfundibles acordes de Alors on danse empezaron a retumbar en el local. Era la excusa perfecta.

—Me encanta esta canción. ¿Te apetece bailar? —dijo tendiéndole la mano.

La aceptó sonriendo, dejando que la guiara hacia el centro de la pista.

En cuanto los graves de la música los envolvieron, sintió que aquella atracción sobrehumana volvía a apoderarse de ella.

De repente, deseaba besarlo, tocarlo, acercarse más a él.

Nunca había sentido ese tipo de atracción por nadie.

Cerró los ojos un instante, se dejó llevar por el ritmo y comenzó a moverse de forma sensual, acortando la distancia entre los dos.

Incapaz de resistirse, Drake la sujetó por la cintura, pegándola a su cuerpo hasta que apenas quedó aire entre ellos. Las manos de él quemaban sobre su piel, erizándosela. Se miraron a los ojos y el mundo desapareció. Michaël, la gente, el ruido… nada importaba.

—Bailas muy bien —susurró muy cerca de su oído. Su voz ronca delató el efecto que ella estaba teniendo sobre él.

Notaba que estaba perdiendo el control. Su magia luchaba por salir, alimentada por el puro deseo que recorría su cuerpo.

Quería arrasar el local, provocar un cataclismo, lo que fuera necesario con tal de quedarse a solas con ella.

Notaba cómo estaba perdiendo la cabeza poco a poco, pero, lejos de preocuparse, se pegó más a ella solo por tener un poco más de aquella sensación de poder azotándole las venas.

Evie se sentía tan aturdida por la intensidad del momento y por la fuerza de sus propios sentimientos, que un extraño miedo se apoderó de ella y rompió el contacto de golpe.

—¿Qué ocurre? —preguntó él confuso al notar que se alejaba.

—Lo… lo siento. No me encuentro bien, creo que he bebido demasiado. Voy a buscar a Marian, será mejor que me vaya a casa.

Buscó a su amiga con la mirada, pero la vio en un rincón besándose apasionadamente con David.

—Si quieres te acompaño a casa. Ya te dije que vivo cerca de vosotras, además, esos dos parecen un poco ocupados.

—Prefiero ir andando. No está lejos y… necesito aire.

Se sentía extraña. Por un lado, quería alejarse de él a como diera lugar, pero, por otro, solo quería acercarse un poco más.

—Venga, confía en mí. He venido en moto, te dará el viento en la cara y seguro que te sientes mejor antes de llegar a casa.

Como a ella le encantaban las motos, la propuesta resultó demasiado tentadora y acabó aceptando a pesar de sus dudas.

Salieron juntos hacia el aparcamiento, pero se toparon con Michaël en la puerta.

—Me he dejado la chaqueta, espera aquí un momento, vuelvo enseguida —dijo Drake, entrando a toda prisa hacia el guardarropa.

En cuanto lo vio alejarse, Michaël aprovechó para acercarse a Evie y la agarró por el brazo con brusquedad.

—Te ha faltado tiempo para liarte con el capullo ese, ¿verdad? He visto cómo te restregabas con él en medio de la pista. Al final va a resultar que eres solo una calientapollas. Yo llevo meses loco por ti y le haces caso a un imbécil que solo quiere meterse entre tus piernas.

—¡¿Te crees que soy idiota?! ¡El único que quiere meterse entre mis piernas desde el primer día eres tú! ¡Suéltame, Michaël! ¡Me haces daño!

—¡¿Es que eres sordo?! ¡Suéltala! —Drake apareció en ese momento y le agarró la muñeca con fuerza, obligándolo él mismo a soltarla. Una rabia negra y helada lo consumió en el preciso instante en que vio sus manos sobre ella.

Michaël, borracho y cada vez más enfadado, lo empujó con fuerza, haciendo que se tambaleara hacia atrás.

—No me toques —le advirtió Drake con una voz gutural.