CAPÍTULO 3 #2
Sabía que su amiga tardaría un rato, así que se puso su pañuelo favorito al cuello y bajó las escaleras corriendo, rebuscando en el bolso por si había olvidado las llaves.
Iba tan absorta en su búsqueda que, al salir del portal, chocó bruscamente con alguien y cayó de rodillas.
Su bolso abierto acabó desparramando todo su contenido sobre la acera.
—¡Oh, Dios mío! Lo… lo siento mucho. ¿Estás bien? —dijo un chico, agachándose rápidamente para ayudarla—. Pasaba corriendo y ni siquiera te he visto. Prácticamente te he atropellado, lo siento de veras.
Ella levantó la vista, dispuesta a soltar un par de improperios al energúmeno que se había atrevido a arrollarla de esa manera, pero al verlo se quedó muda. Era él. El chico que había pasado corriendo la noche anterior.
Ahora que lo veía tan cerca, se dio cuenta de que Marian tenía razón: era increíblemente atractivo. Sus ojos, de una fascinante mezcla entre verde y miel, la miraban fijamente. Cuando le tendió la mano para ayudarla a levantarse con aquella sonrisa arrebatadora, se sintió completamente desarmada.
—No, en realidad ha sido culpa mía, he salido sin mirar —respondió ella, sujetando su mano.
En cuanto sus pieles se tocaron, Evie notó aquel calor extraño que parecía desprender. Era como si la mano de él estuviera ardiendo; una descarga de energía pura que le atravesó el cuerpo y que sintió en cada poro de su piel. La misma sensación de la noche anterior, pero multiplicada por cien.
La puso en pie de un solo movimiento, levantándola como si no pesara nada.
—Vaya… gracias —balbuceó, notando que la sangre se le agolpaba en las mejillas al ver cómo él la miraba, embelesado.
—Déjame ayudarte —añadió él, agachándose para recoger sus cosas del suelo.
Evie pudo ver cómo su cabello color caramelo brillaba con reflejos dorados bajo el sol de la mañana. En ese instante, un pinchazo en la rodilla le arrancó una mueca de dolor.
—Debes de haberte hecho daño al caer —comentó, entregándole el bolso—. Ha sido un buen golpe. Por favor, deja que te invite a desayunar para compensarte de algún modo. Te has debido llevar un buen susto por mi culpa.
Él le dedicó una sonrisa que le iluminó el rostro por completo, y entonces ella olvidó de golpe lo que iba a decir.
Nunca habría imaginado verse recompensada así por su torpeza.
Algo en su forma de hablar y de moverse le inspiró una confianza instantánea; le recordaba muchísimo a Robert.
No podía evitar sonrojarse al sostenerle la mirada.
Tenía unos ojos tan intensos y directos que le costaba pensar con claridad.
—¿Y bien? ¿Qué me dices? —insistió él, inclinándose un milímetro hacia ella.
—Eh… bueno, yo… no quisiera interrumpir tu… tu entrenamiento —titubeó, echando un rápido vistazo a los pantalones negros de deporte y la camiseta granate sin mangas que llevaba. El corazón le latía a mil por hora; si aceptaba, aquello sería lo más parecido a una cita que había tenido en dos años.
—No te preocupes. En realidad, ni siquiera había empezado; vivo a un par de calles y acababa de salir de casa.
Evie asintió, fijándose en el tatuaje que asomaba por su hombro al descubierto: los trazos parecían formar la figura de un dragón.
—Vamos, di que sí —insistió él, ladeando la cabeza con aquella sonrisa que la dejaba sin armas—. Si no, te aseguro que no podré irme tranquilo.
—Está bien, en ese caso, no puedo negarme.
Caminaron juntos hasta una mesa en la cafetería. Se sorprendió cuando él se adelantó para retirarle la silla; un gesto de caballerosidad al que no estaba nada acostumbrada y que brillaba por su ausencia en los chicos con los que había salido hasta ahora.
Ariadne, la camarera, no tardó ni un minuto en aparecer para tomarles nota, lanzándole miradas cómplices a Evie.
Como Marian y ella desayunaban allí a menudo desde que se habían mudado, habían entablado mucha amistad con la chica.
Pidieron dos cafés y, mientras él se distraía mirando por la ventana, Ariadne aprovechó para gesticular un silencioso «está cañón» hacia ella.
En cuanto se quedaron a solas, un silencio tenso se instaló entre ambos. Ninguno parecía atreverse a romper el hielo hasta que, finalmente, el muchacho tomó la palabra.
—En fin… muchas gracias por aceptar mi invitación, señorita…
—Evangeline. Evangeline Renoir. Pero puedes llamarme Evie.
— Enchanté . Yo soy Drake An… —se interrumpió de golpe, aclarándose la garganta—. Landry. Drake Landry.
—¿Landry? ¿Tienes algo que ver con Béatrice Landry, la famosa diseñadora?
Notó cómo la expresión de él se apagaba por una fracción de segundo, como si su pregunta le hubiera molestado de alguna manera.
—Bueno… en realidad… es mi madre —respondió él con una media sonrisa forzada.
Genial. Seguro que está acostumbrado a modelos y fiestas locas. Nunca se fijaría en una chica normal y corriente como yo, pensó, desanimada.
—Pero no mantenemos mucho el contacto, la verdad —se apresuró a añadir, al detectar que la chispa de curiosidad en sus ojos se había enfriado. —Ella viaja mucho y yo he vivido en el extranjero hasta hace muy poco. De hecho, eres la primera persona que conozco desde que llegué.
Evie le dedicó una sonrisa más cálida.
—Vaya… no puedo creer que no seas francés. Tu acento es perfecto.
—En realidad nací aquí y viví en Francia hasta los siete años. Después me trasladé a España con mis abuelos. Regresé hace apenas dos meses para estudiar.
—Siempre he querido conocer España. ¿En qué ciudad vivías?
—En Alicante. Es una ciudad preciosa en la costa este, bañada por el Mediterráneo, y con un clima…
—¡Vaya, vaya, vaya! —interrumpió Marian, mirando a su amiga con los ojos como platos—. De haber sabido que tendríamos compañía, me hubiese dado más prisa.
—Marian, este es Drake… Verás, he tropezado en la calle y él me ha ayudado y, bueno… —Evie se removió incómoda en su sitio, perdiendo el hilo de la frase mientras su amiga adoptaba su gesto de detective y la observaba con una sonrisa de oreja a oreja que lo decía todo.
Drake se levantó al instante, como si el espacio se le hubiera quedado pequeño de pronto.
—Bueno, ha sido un placer, pero tengo que marcharme o llegaré tarde a clase —se excusó atropelladamente. Era evidente que, para él, tres eran multitud.
Y, sin más, se dio media vuelta y se marchó a paso rápido.
—¡No me lo puedo creer! —chilló Marian en cuanto estuvo fuera de su alcance—. ¡Te dejo sola cinco minutos y te ligas al corredor misterioso!
—No es lo que piensas, ha sido un accidente.
—¡Accidente! ¡Qué accidente ni qué nada! Pero si te estaba comiendo con la mirada. Estoy segura de que le has gustado. Al menos le habrás pedido el teléfono, ¿no?
—No me ha dado tiempo.
—¡Ay, Dios! Nena, ¿cómo has podido dejar escapar una oportunidad así? ¿Voy a tener que darte clases de seducción a estas alturas?
—No, gracias, te aseguro que no las necesito. Y ahora vámonos o llegaremos tarde a clase.
Marian no cesó su parloteo durante el camino, pero ella no la escuchaba. Solo podía pensar en Drake Landry. ¿Qué tiene ese chico? ¿Por qué ha bastado el roce de su mano para que todo en mi interior se agite de esta forma?
Drake también tenía la mente perdida esa mañana. Tras ducharse y vestirse a toda prisa, salió disparado hacia la universidad. Su encuentro con Evie le había retrasado, pero había merecido la pena.
Había merecido la pena la media hora que pasó esperando en la esquina de su calle, para comprobar si aquella energía que había sentido la noche anterior volvía a repetirse.
Por eso echó a correr en cuanto ese poder en su interior comenzó a hervir de forma violenta, sabiendo que era la señal inequívoca de que ella estaba a punto de salir a la calle.
Pero lo que nunca habría esperado era que, sorprendentemente, aquel azote de su magia se calmara en el instante en que tocó su mano.
Como si, al fin, hubiera encontrado su lugar de paz.
Llegó a clase justo antes que el profesor. Vio un sitio libre junto a unos chicos que reían mientras miraban un vídeo en el móvil de uno de ellos, y tomó asiento a su lado. Todavía estaba nervioso por su encuentro de esa mañana y su pierna se movía sin cesar.
—Tranquilo, el señor Dancier no se come a nadie. Hola, me llamo David —dijo el muchacho rubio de al lado tendiéndole la mano.
—Soy Drake, encantado.
—¿Dancier? Me lo he cruzado antes por los pasillos y ya te digo yo que ese gordinflón no es tan duro como lo pintan. Yo soy Michaël —se presentó el otro estudiante con un aire mucho más arrogante.
—Y esta que viene por ahí es mi preciosa chica, Marian —añadió el chico rubio levantándose de un salto.
Al escuchar el nombre, se giró bruscamente. No podía creer su suerte: era la amiga de Evangeline. Definitivamente, el destino estaba de su parte ese día.
—Hola, nena —dijo David, echándole un brazo por los hombros para besarle la sien—. Mira, este es Drake.
Ella soltó una carcajada al reconocerlo.
—¡Hola de nuevo, Drake! Al final, va a ser cierto eso que dicen de que el mundo es un pañuelo.
—¿Os conocéis? —preguntó David con el ceño fruncido.
—Nos hemos conocido esta mañana. Es amigo de Evie —aclaró ella, dándole un apretón en el brazo para aplacar su repentino recelo.
—Hablando de mi chica, ¿cómo se ha levantado esta mañana? —soltó Michaël con una sonrisa burlona.
Drake apretó los puños bajo la mesa, incapaz de creer que aquel engreído fuera su novio.
—¿Tu chica? Sigue soñando, Michaël —respondió ella, sacándole la lengua—.
Sabes que ella nunca te va a hacer caso.
—Se giró hacia el nuevo integrante del grupo, ignorando completamente la cara de enfado de su amigo—.
Bueno, Drake, bienvenido a París. Mi amiga me ha contado que eres español.
No debes conocer a mucha gente aquí, ¿verdad?
Saber que aquel idiota no era nada suyo le devolvió la calma al instante. Marian estaba lista para el interrogatorio, pero él sabía que ese grupo era su billete directo hacia Evie, de modo que tuvo que aguantarse las ganas de salir huyendo como en la cafetería.