El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Aquella tarde de septiembre refrescaba en París.

El viento soplaba fuerte y Evie caminaba deprisa, deseando llegar a casa y maldiciendo por haber tenido que aparcar tan lejos.

Al menos, Robert se había decidido al fin a comprarle un coche, un precioso Mini Cooper blanco con el techo y los retrovisores rojos que la tenía totalmente enamorada.

Aunque le costó unas cuantas amenazas sobre no ir a visitarle ahora que se mudaba a las afueras, por fin se había salido con la suya.

A pesar de la caminata, estaba contenta.

Había pasado la tarde en el nuevo chalet de su tío junto a Eileen, quien, por supuesto, se estaba encargando de toda la decoración.

Sus miradas cómplices y sus comentarios confirmaban sus sospechas: entre ellos había surgido algo.

Esperaba impaciente el momento en que su tío se lo contara; parecía un adolescente enamorado y ella estaba feliz de verlo así.

Miró al cielo y un enorme rayo lo atravesó, iluminándolo todo con su resplandor, antes de que el trueno lo envolviera en un estruendo brutal. Odiaba las tormentas, por lo que aceleró el paso mientras buscaba las llaves de casa, perdidas ya casi por costumbre en las profundidades de su enorme bolso.

De pronto, notó una extraña sensación que la hizo detenerse en seco y mirar hacia atrás. Estaba en un barrio céntrico y la gente pasaba deprisa, sin fijarse los unos en los otros, buscando refugio de la tormenta inminente. Pero, entre la multitud, alguien llamó su atención.

Un chico se acercaba corriendo en su dirección. Era alto y vestía ropa deportiva: pantalones negros, gorro de lana y una camiseta blanca de tirantes, empapada en sudor, que dejaba al descubierto unos brazos musculosos y unos pectorales definidos.

Al pasar a su lado, aminoró la marcha. No era extraño ver a gente haciendo footing por aquella zona, pero esta vez sintió algo diferente.

Fue como si el calor que desprendía el cuerpo de aquel desconocido la golpeara, una energía invisible que recorrió su piel provocándole un escalofrío y erizándole el vello de la nuca.

Él giró la cabeza hacia ella durante un segundo, como si hubiese notado lo mismo, pero prosiguió su camino, bajando un poco el ritmo.

El gorro le cubría parte del rostro, impidiéndole verlo bien, pero le llamó la atención un enorme tatuaje que asomaba por su espalda a través de la camiseta mojada mientras se alejaba.

—¡Eooo! ¡Despierta! —Una mano se agitó de repente frente a sus ojos.

Estaba tan absorta mirando al frente en busca de aquel chico misterioso que ni siquiera había visto llegar a su amiga.

—Eh… sí, perdona. Estaba mirando… —se quedó en silencio de repente.

—Estabas mirando al tío que acaba de pasar. Madre mía, está buenísimo. Yo ya lo tengo fichado; pasa corriendo por aquí todas las mañanas y todas las noches desde hace un par de semanas. —Marian parloteaba sin parar, pero ella seguía con la mirada perdida.

—No… no es lo que piensas. He tenido una sensación extraña. No sé, algo raro… como si… por un momento hubiera notado que alguien me seguía o me observaba —dijo nerviosa, casi tartamudeando.

—Oh, no. No me digas que Robert ya te ha pegado su paranoia de « no debes salir sola, hay peligros ahí fuera » y bla, bla, bla. Déjate de cosas raras, Evie. Míralo, es el tío perfecto para ti. Deberías ser más lanzada; si no fuera por David, a mí no se me escapaba, te lo aseguro.

A pesar de todo, todavía no podía creerse que su mejor amiga estuviese dispuesta a sentar la cabeza con David, y se preguntaba cuánto le duraría el enamoramiento esta vez. Una lluvia fina, que iba ganando intensidad, comenzó a caer.

—Sí, bueno, no está mal —respondió sin mucho entusiasmo, mirando por última vez a la silueta borrosa que corría bajo la lluvia—. Anda, vamos, que me estoy empapando.

Marian continuó charlando sin parar mientras subían las escaleras.

Estaba nerviosa porque al día siguiente comenzaban las clases y no paraba de imaginar cómo sería la vida universitaria.

Ni siquiera dejó de hablar durante la cena.

Evie, sin embargo, estaba ausente. Solo podía pensar en por qué se había sentido tan extraña un rato antes. Tan…

—Amenazada. Esa es la palabra. Sí… —Las palabras escaparon de sus labios sin que se diera cuenta.

—¿De qué estás hablando? ¿Te has vuelto loca? ¿Amenazada de qué? —respondió Marian mirándola confundida.

—Nada, déjalo, estaba pensando en voz alta. Me voy a acostar y tú deberías hacer lo mismo. Mañana nos espera un día emocionante.

En cuanto llegó a su cuarto y se tiró sobre la cama, aquella sensación la embargó de nuevo.

Casi instintivamente, se levantó y se acercó a la ventana, apartando la cortina levemente.

Miró a través del cristal: la calle estaba transitada, como siempre.

Nada extraño, nada que justificara aquel nudo en el estómago.

Por un momento pensó que tal vez era miedo a vivir sola ahora que Robert vivía lejos.

Eran las dos de la madrugada cuando Drake llegó a casa, empapado y mucho menos cansado de lo que necesitaba. Había recorrido media ciudad bajo la lluvia; debería estar agotado, pero la energía le inundaba las venas con una furia frenética.

Se metió directo en la ducha, preguntándose qué le estaba pasando. Desde que había llegado a París, su magia estaba más descontrolada que nunca. Trató de relajarse bajo el agua caliente, pero esa noche ni siquiera eso lo reconfortaba.

Al salir se miró en el espejo. Unos surcos violáceos se dibujaban bajo sus ojos; en un instante, el abismo se reflejó en ellos: la más profunda oscuridad reinaba en su mirada.

No estaba tratando de usar sus dones, pero parecían empeñados en salir.

¿Serían los nervios por las clases, o aquel extraño presentimiento de que alguien lo vigilaba desde que llegó a la ciudad?

Se puso ropa cómoda y salió a la terraza.

Estaba acalorado, más de lo normal, a pesar de que la noche era fría.

Miró hacia la Torre Eiffel, pensando en cuánto le gustaba su ciudad natal, pero un recuerdo cruzó su mente como un fogonazo y su mirada se desvió hacia la otra punta de la calle. Hacia aquel edificio.

Lo había observado desde el primer día. Aunque era una zona incómoda para correr, pasar por allí se había convertido en parte indispensable de su entrenamiento. Algo en ese lugar le llamaba poderosamente la atención, y esa noche parecía haber descubierto qué era.

Su aliento dibujaba nubes de vaho en el aire frío, pero él ardía por dentro.

El recuerdo de la chica con la que se había cruzado ocupaba todo su pensamiento.

Habían sido apenas unos segundos, pero al pasar a su lado notó cómo el poder corría por sus venas con virulencia; un azote que todavía sentía en su interior.

Sabía que su presencia no había pasado desapercibida para ella tampoco. Esa chica era como un imán.

¿Qué tendría esa joven para haberlo alterado tanto? No lo sabía, pero una cosa era segura: pensaba averiguarlo.

Se tumbó en la cama, consciente de que debía descansar o se quedaría dormido en su primer día de clases. Se quitó el amuleto; esa noche estaba tan inquieto que hasta el peso del metal le molestaba. Lo dejó sobre la mesita y lo observó hasta que los ojos se le cerraron.

A las seis de la mañana, se despertó de un salto, agitado y sudoroso.

Había tenido un sueño extraño. Su padre había aparecido frente a él con total nitidez, con el amuleto en la mano, y se lo había colocado alrededor del cuello mientras le susurraba: «Recuerda, hijo: nunca, jamás te lo quites. Pronto llegará tu momento. Protege el amuleto con tu propia vida».

El sueño había sido tan vívido que aún sentía el aliento gélido de su padre en la oreja y el tacto frío de sus dedos en la mejilla. Miró a su alrededor, pero estaba solo en la habitación.

Se dirigió al baño con pasos torpes y se lavó la cara con agua fría. Sin embargo, su semblante cambió al mirarse al espejo: el amuleto colgaba de su cuello.

Dio un paso atrás, asustado. Él mismo se lo había quitado antes de acostarse, lo recordaba perfectamente. Lo acarició con los dedos, perplejo.

—He debido ponérmelo mientras dormía… No, si ahora va a resultar que también soy sonámbulo. Lo que faltaba —murmuró, intentando sonreír para calmarse.

Se sirvió un café para espabilarse. Continuaba inquieto, pero ya no sentía la energía desbordada de la noche anterior; ahora simplemente estaba cansado. Aun así, decidió salir a correr un rato antes de ir a clase para despejar la mente y mantener su poder a raya.

Aquella mañana, Evie correteaba nerviosa por toda la casa.

—Por Dios, tranquilízate un poco, que no es para tanto —dijo Marian, sacándole la lengua al cruzarse en el baño—. ¡Oh, por Dios! ¡No me lo puedo creer! ¡Aleluya! Por fin has decidido hacerme caso. —exclamó, haciendo aspavientos exagerados hacia el cielo—. ¡Milagro!

—Anda, no seas payasa. Solo he decidido arreglarme un poco, nada más. Es el primer día y quiero causar buena impresión —respondió, totalmente sonrojada.

—Ay, amiga, y créeme que la vas a causar. Estás guapísima. Ya te dije que tenías que sacarte más partido.

Había aparcado sus vaqueros y bailarinas habituales para ponerse una falda corta blanca con estampado de flores que Marian le había regalado.

La conjuntó con una camiseta morada de escote en pico, unas botas negras altas de tacón que estilizaban sus piernas y una chaqueta de cuero.

Se recogió el pelo en una coleta desenfadada y se maquilló de forma natural.

—Termino de arreglarme y te invito a desayunar en la cafetería de abajo. Estás tan nerviosa que eres capaz de incendiar la cocina —dijo Marian.

—Vale. Yo ya estoy lista, te espero abajo y voy cogiendo sitio.