El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

—No es nada, hijo. Sabes que tu abuela y yo siempre acabamos discutiendo por vivir tan lejos —mintió Béatrice rápidamente—. Lo siento, mi amor. Sé que he estado muy ausente, pero prometo pasar más tiempo contigo en París.

—Tranquila, mamá. Entiendo que tu trabajo te quita mucho tiempo —zanjó rápidamente. Luego, miró fríamente a su abuela, que asintió con cara de resignación.

Cuando salió con su abuelo hacia el coche para esperar a su amigo Julián, Helena se giró hacia su nuera con los ojos ardiendo de furia.

—Te lo suplico, Helena. No lo hagas.

—Está bien, tú ganas. Pero si veo la más mínima señal de peligro, se lo contaré todo. Drake es un Andreatos, no un Landry. Que te quede claro de una maldita vez.

—Lo tengo muy claro, Helena. Lo he sabido desde el momento en que entraste en mi vida; nunca me has dejado olvidarlo.

Julián llegó puntual y alucinó con el Maserati. Le pidió conducir hasta la fiesta, con una mirada de lástima a la que le fue imposible negarse.

El olor a cuero nuevo impregnaba el coche y Julián parloteaba sin parar hasta llegar al local de moda en Alicante, en el que habían reservado la sala VIP.

Una vez dentro, el bajo de la música electrónica le retumbó en el pecho.

Las luces estroboscópicas y el roce constante de los cuerpos sudorosos a su alrededor le provocaron una punzada de claustrofobia.

Mientras Julián ya estaba pidiendo la primera ronda, Drake clavó la mirada en las sombras del fondo, buscando desesperadamente un rincón oscuro donde poder respirar.

—¡Eh, ya está aquí el anfitrión! —gritó Julián, presentándole a una veintena de personas y robándole en un instante su idea de escapar.

Dos horas y tres copas después, Drake estaba mareado, agobiado y tremendamente aburrido. Pero unos ojos azules le llamaron la atención desde la otra esquina.

—Se llama Martina, es amiga de mi novia. Está deseando conocerte —le susurró Julián—. Ve, ya le he hablado de ti.

La chica se acercó antes de que pudiera reaccionar.

—Hola, eres Drake Landry, ¿verdad? Me encanta la firma de tu madre, creo que es la mejor diseñadora de moda masculina que hay en la actualidad.

A mi padre y a mis hermanos les fascinan sus diseños.

Soy Martina. —Le tendió la mano, mostrando un diminuto tatuaje de estrella entre el pulgar y el índice.

—Andreatos. En realidad, es Drake Andreatos Landry. Bonito tatuaje —dijo él, tratando de mostrar interés.

—¿Sabes, Martina? Aquí mi colega lleva uno gigante en la espalda. Dos dragones enormes. Es una puta pasada —intervino Julián, hablando de más, como de costumbre.

En cuanto nombró el tatuaje, una enorme sensación de vacío se adueñó de él.

Su amigo solo veía la parte estética del diseño: dos dragones negros sujetando un cáliz de sangre, pero jamás lograría entender su verdadera profundidad.

Era el símbolo de su magia, de su nombre y del antiguo juramento de los Andreatos: «Nuestra sangre es la cuna del poder» .

Aquella tinta que marcaba su piel era un recordatorio constante de que debía controlarse y el último homenaje a su padre, que llevaba el mismo tatuaje en el brazo izquierdo.

—¿Ah, sí? Me encantaría verlo —dijo Martina con una sonrisa sugerente.

Sabía que la chica estaría dispuesta a todo, pero también era consciente de que no era seguro para él.

Aunque no se había atrevido a decirle nada a su abuelo, últimamente sus poderes a veces no le obedecían.

Su magia reaccionaba demasiado a sus emociones, y cada vez le costaba más mantenerla a raya cuando estas se disparaban.

Si perdía el control en la cama con ella, si se dejaba llevar de más, sería su perdición.

Aquella chica no parecía de las que guardarían un secreto como ese. No podía arriesgarse.

—Me temo que tengo que marcharme. Mañana viajo a París temprano.

Ignoró las quejas de sus amigos y condujo de vuelta a casa.

Una vez allí, se sirvió un vaso de whisky y salió a sentarse en el borde de la piscina, disfrutando de la quietud de la noche.

Sin nadie alrededor ante quien fingir, dejó que una brizna de su fuego helado bailara entre sus dedos hasta enfriar el cristal de la copa.

Observó el reflejo de la luna en el agua oscura, sintiendo un nudo en la garganta.

Anhelaba desesperadamente encontrar a alguien con quien no tuviera que esconderse, que compartiera su misma naturaleza y junto a quien pudiera ser, simplemente, él mismo.

La ira creció en su interior al recordar de nuevo la pesadilla de la noche anterior.

Su reflejo en el agua cambió: sus ojos se volvieron negros, abismos de oscuridad total.

Alzó la mano y un pequeño torbellino surgió en el centro de la piscina, coronado por una bola de fuego que danzaba hipnóticamente.

—Te vengaré, papá. Encontraré a ese monstruo, te lo juro.

Una ráfaga de aire deshizo el hechizo y volvió a ser solo un chico normal mirando las estrellas, pero en el fondo le encantaba sentirse tan poderoso y diferente a los demás.

Al día siguiente, viajó a París con su familia.

Sus abuelos se establecerían en Normandía, en la mansión de los Andreatos en la que vivió de niño, mientras que su madre regresaría a su propia casa.

Béatrice le había ofrecido instalarse con ella, pero él lo rechazó sin dudar; estaba deseando estrenar su independencia y vivir su etapa universitaria al máximo, lejos de la tensa atmósfera que siempre reinaba entre él y su madre.

Al cruzar el umbral de su nuevo apartamento, se quedó sin palabras.

Era un loft moderno y luminoso donde predominaba el negro, su color favorito.

El gimnasio era perfecto, estaba impecable y no le faltaba detalle, aunque tendría que reforzar el equipamiento y las paredes para sus entrenamientos de brujo.

La representante de la exclusiva agencia inmobiliaria que su abuela había contratado observaba su reacción desde la puerta con una sonrisa amable.

Era una joven rubia cuyo aspecto resultaba tan pulcro como el propio loft : vestía un elegante traje de dos piezas de color negro y llevaba el cabello recogido en un moño sin un solo pelo fuera de sitio.

—Ha hecho un gran trabajo. Le felicito, señorita…

—Eileen, señor Andreatos. Eileen Deveraux.

—Por favor, llámame Drake. En serio, has acertado por completo. Es como si yo mismo lo hubiera decorado.

—Bueno, en eso consiste mi trabajo, Drake. Además, en esta zona viven muchos estudiantes. Estoy segura de que muy pronto hará nuevas amistades por aquí. —Su sonrisa era encantadora, demasiado para su gusto. Era como si acabara de hacer alguna especie de chiste que él tuviera que entender.

—Sí, eso espero. Me encantan estas vistas —dijo él, mirando la Torre Eiffel a través del ventanal.

A solas frente a la ciudad, un cosquilleo de pura anticipación le recorrió el estómago.

La energía latía por sus venas de una forma nueva, casi eléctrica, demasiado intensa como para mantenerla quieta.

Una vida completamente distinta se abría camino ante él, y estaba impaciente por comenzar a vivirla.