CAPÍTULO 2 #3
Néstor lo atrajo hacia sí con fuerza, rodeándolo con unos brazos que, pese a su edad, todavía mantenían la firmeza de un guerrero.
Fue un abrazo largo. Soltó un suspiro tembloroso contra el hombro de su nieto y aferró la tela de su camiseta como si le fuera la vida en ello, negándose a soltarlo.
Sintiendo la inquietud de su abuelo, aprovechó aquel instante de cercanía para hablar, para intentar aligerar un poco el peso de la culpa que sabía que llevaba años cargando.
—Abuelo, sé que te sigues culpando por la muerte de papá, pero le falló el corazón. No fue culpa de nadie.
—Sí, hijo, sí lo fue. Mi hijo era débil por mi culpa. Él no era un nacido puro; yo no soy un brujo tan poderoso como vosotros, solo su madre lo era. Pero tú sí. Tu madre es una gran bruja, aunque renunciara a sus poderes hace años. La magia no debilitará tu cuerpo como le pasó a él.
—A pesar de todo, a veces tengo miedo pappou . Hay momentos en los que siento como si un fuego creciese en mi interior y en cualquier instante fuese a salir y arrasarlo todo.
—Por eso debes mantener esa energía al mínimo.
Prométeme que seguirás entrenando en París.
Es la única forma de que no se acumule. Cuanta más energía física quemes cada día, mejor.
Y también tienes que seguir practicando, tienes que dejar que tu magia fluya, que salga. No la temas, hijo, es parte de ti.
—Te lo prometo, pappou . La abuela ha alquilado todo el edificio y ha transformado uno de los pisos en gimnasio.
Saldré a correr temprano cada día, seguiré practicando mi magia, quemaré toda esta energía a diario.
Puedes estar tranquilo, he sabido ocultarlo todos estos años; ninguno de mis amigos sospecharía jamás lo que soy realmente.
—Vaya, veo que la modestia no está entre tus dones —los interrumpió Helena, entrando en ese momento. Pero al ver el estado de la sala, se detuvo en seco y su expresión burlona desapareció de golpe—. ¡Por todos los dioses! ¿Pero qué ha ocurrido aquí? Parece que ha pasado un huracán.
—Creo que se me han acabado las excusas para la empresa de reformas —bromeó Néstor, mirando a su alrededor—. Pero lo importante es que Drake está preparado para seguir su vida sin nosotros.
—Aun así, no bajes la guardia —intervino Helena con su habitual tono sobreprotector—. Has sabido ocultarlo muy bien hasta ahora, pero debes seguir teniendo mucho cuidado con tus amistades en París.
Tras la advertencia, Helena suavizó el gesto y se volvió hacia su marido, sosteniéndole la mirada un segundo de más. Néstor asintió con una sonrisa y cambió de tono por completo extendiendo los brazos de nuevo hacia Drake.
—Pero bueno, con tanto entrenamiento se nos había olvidado lo más importante de este día. Feliz cumpleaños, hijo.
Dejaron atrás el caos del gimnasio para refugiarse en la cocina. Desayunaron entre risas y anécdotas, dejando que la calidez del momento disipara la sombra de los recuerdos.
Un rato después subió a su cuarto para arreglarse, pero la voz de su abuelo lo sobresaltó mientras elegía qué ponerse.
—Drake, tienes visita.
Bajó las escaleras corriendo y se quedó helado al ver quién le esperaba justo al final.
—¡Mamá, has venido!
—Por supuesto. No podía perderme el cumpleaños de mi pequeño.
Su madre se acercó con movimientos lentos y precisos.
Era una mujer de facciones afiladas, con una melena ligeramente ondulada, de un tono castaño claro que parecía tan inmaculada como su vestimenta.
Poseía una elegancia calculada, un porte sofisticado que intimidaba a cualquiera que se cruzara en su camino.
Aunque al rodearlo con los brazos, él notó la misma frialdad de siempre.
—Estás guapísimo, mi amor —dijo, apartándose para recorrerle el rostro con una mirada triste que no pudo ocultar—. Me recuerdas tanto a tu padre…
—Y tú estás preciosa, pareces incluso más joven, mamá.
—Anda, no digas tonterías. En serio hijo, estás irreconocible. Seguro que traes locas a todas las chicas. ¿Tienes a alguna especial?
—Nada especial. Ahora mismo, la abuela es la única mujer de mi vida.
La sonrisa inmaculada de Béatrice vaciló por un instante, y Drake pudo ver cómo la sombra de la culpa le cruzaba la mirada antes de que lograra recomponerse.
—Te he traído un regalo muy especial, mi amor. Bueno, en realidad, Julián y tu abuelo me han ayudado para que sea una gran sorpresa. Espero que te guste. ¡Feliz cumpleaños, hijo! —dijo, tendiéndole una cajita roja.
Al destaparla, contuvo el aliento. Clavó la mirada en el interior con los ojos muy abiertos antes de alzar la vista hacia su madre.
—¡Mamá! ¡No puede ser!
Incapaz de contener la emoción, bajó corriendo al garaje saltando los escalones de dos en dos. Y allí estaba: un Maserati GranTurismo negro con un enorme lazo rojo en el capó. El coche de sus sueños.
—¿Te gusta? —preguntó Béatrice, llegando tras él junto con Néstor.
—¡Es increíble! Gracias —exclamó abrazando a su madre y levantándola del suelo emocionado—. Pappou , ¿qué te parece si nos damos un paseo? Vas a adorar a esta bestia, tiene un motor brutal.
Néstor no pudo ocultar una sonrisa enorme al ser el elegido para estrenarlo. Segundos después, el rugido del motor inundó el garaje, dejando a Béatrice sola junto a la puerta, con los brazos cruzados y la mirada fija en las luces rojas que se alejaban.
Drake salió quemando rueda, deleitándose con la cara de disgusto de su madre al verlo conducir de aquella manera tan temeraria.
Disfrutaba del bramido del motor en cada acelerón; sabía que sus amigos, Julián y Andrés, iban a alucinar.
Eran mucho más que amigos para él; eran los hermanos que nunca tuvo.
Los conoció al poco tiempo de llegar a España, cuando su madre lo matriculó en el Liceo Francés de Alicante, pero ahora, tras toda una vida siendo inseparables en los pasillos de aquel colegio, pensar que su pequeño grupo iba a disolverse por el mundo le dejaba una sensación agridulce.
Julián estudiaría en Harvard, Andrés se instalaría en Madrid y él ponía rumbo a París, de vuelta a sus orígenes.
Sonrió con cierta nostalgia al recordar la enorme mentira que habían tenido que tragar aquel par cuando solo eran unos niños.
Con casi diez años, su magia se descontroló de tal forma que sus abuelos tuvieron que llevarlo de urgencia a Grecia, donde residía la gran mayoría de la familia Andreatos.
Su abuela tuvo que pedirle ayuda a casi todo el aquelarre para lograr enseñarle a contener aquel poder que amenazaba con consumirlo siendo apenas un niño.
Durante aquellos meses, Drake llegó a pensar en varias ocasiones que iba a morir; su magia era demasiado oscura, demasiado potente para un cuerpo tan pequeño.
Para justificar los meses que pasó sin pisar las aulas, les hizo creer a sus amigos que había contraído meningitis y estaba en una clínica en el extranjero recibiendo tratamiento. No recordaba mucho de su tiempo en Grecia, pero lo que sí tenía claro era que habían sido los peores meses de su vida.
Cuando regresó a casa, después de dar un buen rodeo por la costa para poder disfrutar de aquella máquina, esperaba que el ambiente entre su madre y su abuela se hubiera destensado, pero su ilusión duró poco.
Durante la comida, Béatrice permaneció distraída; apenas le hizo unas cuantas preguntas sobre cómo iban los estudios y cómo estaban Julián y Andrés desde la última vez que los vio.
En cuanto terminaron, decidió escapar de aquella situación tan incómoda. Se excusó diciendo que tenía que subir a arreglarse para su fiesta y los dejó a solas.
Fue entonces, justo cuando sus pasos dejaron de escucharse en el piso superior, cuando la tensión acumulada en el salón estalló.
—¿Crees que con un regalo como ese puedes suplir el cariño que no le has dado durante todos estos años? —lanzó Néstor.
—¡Maldita sea, Néstor, no empieces otra vez!
—Tiene razón, Béatrice —intervino Helena—.
Tu hijo te ha necesitado en muchas ocasiones.
¿Crees que ha sido fácil enseñarle a controlar su magia?
Necesitaba saber lo que estaba ocurriendo, ha requerido de nuestra ayuda todos estos años y tú te has mantenido al margen.
Él tenía que saber la verdad sobre su origen, sobre el amuleto.
Él tenía que saber lo que significa ser un Andreatos, pero tú lo estropeaste todo.
—¡¿Qué le habéis contado?! —gritó Béatrice, aterrada.
—¡Nada! Pero ha llegado el momento de contarle toda la verdad. Drake tiene que poseerlo, no podemos seguir arriesgándonos.
—¡Ese maldito amuleto mató a mi marido! No dejaré que mate también a mi hijo.
—Fue la debilidad lo que mató a Alexander, no el amuleto —replicó Néstor—. Pero él es diferente, Bea, un nacido puro. Mientras no sepa la verdad, ese objeto es un peligro para Drake y para todos nosotros. ¿Y si ÉL intenta recuperarlo ahora que volvéis a París? ¿Y si A…?
—¡No! —gritó ella, horrorizada—. ¡No nombres a ese ser en mi presencia! ¡Jamás! La culpa es vuestra por entrenarlo, por convertirlo en el brujo que queríais.
—¡No, eso nunca! No le convertimos en el brujo que queríamos, sino en el que debía ser por la herencia de su sangre —respondió Helena con rabia, dando un paso amenazante hacia ella—.
Fuiste tú la que intentaste sellar su magia cuando era un niño, Béatrice.
Trataste de bloquear su poder para que ÉL no pudiera sentirlo.
Querías convertir a mi nieto en un humano indefenso.
¡Fui yo quien tuvo que deshacer el daño que le hiciste y obligarlo a despertar!
Nos costó meses, maldita sea, meses. Tuve que recurrir a todo mi aquelarre para lograr que sacara la magia que tú quisiste ocultar.
Mi nieto es un verdadero Andreatos, te guste o no, y es el heredero del amuleto.
Ese ser… ese monstruo, no le hará daño, ¿lo entiendes?
El vínculo le impide atacar a su dueño legítimo, y tú lo sabes muy bien.
—¿Quién no va a hacer daño a quién? —preguntó Drake entrando de nuevo en la sala.