El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Lo sé. Fue un día horrible para nosotros, pero ahora supongo que… estoy triste porque sé que te voy a echar mucho de menos.

—Pero si solo me voy a la universidad. Además, nos vamos a seguir viendo, vas a volver a Francia después de tantos años.

¿No era eso lo que querías? —Trató de forzar una sonrisa—.

Puede que todavía esté a tiempo de elegir otra universidad.

Tal vez el abuelo y tú preferiríais volver a Grecia; estuve tentado de ir a estudiar a Atenas.

—No, Drake, no es eso. Es solo que no va a ser lo mismo. Ya serás un hombre independizado, ya no vivirás con nosotros. Estoy segura de que tu madre está deseando tenerte cerca, pero… ¿quién va a cuidar de este par de viejitos ahora?, la casa se sentirá tan vacía sin ti.

—Si eso fuera cierto, estaría aquí hoy. Ni siquiera se ha dignado a llamar para felicitarme.

—El amargor en su voz fue inevitable, aunque suavizó el tono al ver la mirada triste de ella—.

Pero no te preocupes, viejita mía. Te cuidaré siempre, igual que al abuelo.

Mi madre ha demostrado de sobra que sabe cuidarse sola durante todos estos años.

—Drake, no seas tan duro con tu madre. Ella sintió que debía irse de París en cuanto Alexander murió, convencida de que viniendo a España podría dejar atrás el dolor y ofrecerte una vida mejor.

El abuelo y yo solo vinimos aquí por ti, para ayudarte a crecer mientras ella se volcaba en su carrera.

Pero ahora que ya eres todo un hombre, es hora de que nosotros regresemos a la mansión Andreatos.

François y Suzette han hecho un trabajo impecable cuidándola, pero hace falta nuestra presencia; es hora de que volvamos a convertir esa casa en un hogar.

Hizo una pausa, mirándole con ternura.

—En cuanto a Grecia… aunque mi corazón siempre será griego, necesito volver a esa casa.

Necesito rodearme de los recuerdos de mi hijo.

Y quiero cuidarla y prepararla para ti. Al fin y al cabo, la compramos para tu padre y ahora es tuya; es tu herencia.

Solo espero que algún día, cuando estés listo, seas tú quien viva en ella, y que el abuelo y yo podamos ver a tus hijos correr por los mismos pasillos por los que tú solías jugar.

—Bueno, ya basta de penas. Será mejor que vayas a entrenar; tu abuelo te espera en el gimnasio y ya sabes lo borde que se pone si llegas tarde.

Yo iré a la cocina a hacer el desayuno mientras tanto, y después me pondré yo misma a preparar tu comida de cumpleaños.

He pensado hacer moussaka [2] y tu plato favorito, sopa avgolemono [3] .

Y de postre, mis famosas baklavas [4] . Comerás hoy con nosotros, ¿verdad?

—Sí, yiayia , por supuesto. No me perdería uno de tus banquetes griegos por nada del mundo. Pero esta noche saldré con los chicos, me tienen preparada una fiesta de despedida.

Se acercó a la ventana con la mirada perdida.

—En el fondo voy a echar mucho de menos Alicante y a los chicos —continuó.

—Estoy segura de que pronto harás nuevos amigos allí. Una nueva vida se abre ante ti, hijo, llena de oportunidades que debes aprovechar.

—Lo sé. Deseo caminar por los Campos Elíseos y ver la Torre Eiffel cada día. Lo que sigo sin entender es por qué mi madre no ha querido que use el apellido de mi padre ahora que volvemos a Francia. Al matricularme, ha insistido en que lo haga como Landry en lugar de Andreatos.

—Tu madre tendrá sus razones. Supongo que desea que sepan que eres su hijo. Sabes que a ella le importa mucho la sociedad y quiere que tengas la posición que te mereces. Recuerda que ahora es una diseñadora famosa; querrá presumir de hijo por todo París.

Helena tuvo que girarse para que su nieto no viera la rabia en su rostro. Sabía el verdadero motivo por el que su nuera no deseaba que el apellido Andreatos resonara en París. Pero ella tenía sus propios planes y no iba a permitir que Béatrice los estropeara.

—Drake, debes entender que para tu madre el apellido Andreatos es…

complicado. En París, Landry es una firma de éxito, un legado que ella ha construido con mucho esfuerzo.

Ella quiere que entres en sociedad limpio, sin el peso de una historia que prefiere olvidar.

Teme que, si te presentas como un Andreatos, la gente empiece a hacer preguntas sobre el pasado de tu padre y sobre su muerte, y la obliguen a revivir todo el dolor por el que pasó.

Ella quiere protegerte de esas miradas, quiere que seas «uno de los suyos»…

lejos de la sombra de lo que realmente somos los Andreatos.

—A mí no me importa la alta sociedad, ni nada de esas chorradas.

—Bueno, tú espera a ver su regalo de cumpleaños y verás cómo cambias de opinión —Helena trató de ocultar su disgusto bajo una sonrisa, pero todavía era visible en sus ojos—. Y ahora, baja al gimnasio antes de que ese viejo gruñón suba a buscarte.

—Tienes razón. Será mejor que no le haga esperar.

Terminó de vestirse rápidamente. Su gusto por la moda, consecuencia de tener una madre diseñadora, se notaba en la forma en que combinaba la ropa, ya fuera formal o informal, siempre impecable.

Le dio un beso en la mejilla a su abuela y salió disparado, atravesando el enorme patio y el jardín hasta llegar a la casa de invitados.

Hacía varios años que la habían reformado y convertido en un gimnasio privado para sus entrenamientos.

Para su abuelo era su territorio sagrado; se encargaba de la limpieza personalmente y había despedido a más de una empleada por intentar fisgonear.

Entró sigiloso y encontró a su abuelo, Néstor, sentado en el centro de un enorme círculo de sal con cuatro velas alrededor, una en cada punto cardinal.

—¿Y esto? —preguntó él, enarcando una ceja—. ¿Ahora quieres protegerte de mí? —Reconoció el patrón del ritual al instante—. ¿Tienes miedo de que me descontrole? A estas alturas, abuelo…

—No, hijo. Es simplemente que hoy es nuestro último entrenamiento antes de irnos y quiero que me muestres de lo que eres capaz. Desata todo tu poder.

—¡¿Qué?! ¡¿Acaso te has vuelto loco?! ¡Podría hacerte daño!

—Tal vez nos venga bien que te enfades. Yo ya apenas poseo magia, Drake, no tengo ningún don y no podré ayudarte si te descontrolas.

Perdí a mi hijo sin poder hacer nada; no voy a consentir que tú sigas el mismo camino, necesito saber que puedes manejarlo.

Demuéstrame que nuestros entrenamientos han servido de algo o no te dejaré ir a vivir solo.

Apretó la mandíbula. Si había algo que odiaba, era que compararan su magia con la de su padre. Detestaba que utilizaran aquel trágico final como un recordatorio constante de que la magia no podía arreglarlo todo.

—Eso ha sido un golpe bajo, pappou [5] .

Aquella frase fue el detonante. Dejó que la energía de su magia, caliente y líquida, recorriera sus venas.

Sin previo aviso, los cristales de las ventanas estallaron hacia adentro, y una lluvia de esquirlas cayó sobre ellos.

La luz del sol desapareció de la sala, engullida por una oscuridad antinatural que brotaba de cada rincón.

—¡Drake! —gritó Néstor, pero su voz se ahogó en el estruendo cuando el suelo comenzó a agrietarse alrededor de su círculo de protección.

El agua comenzó a brotar de las paredes en géiseres violentos que inundaron la estancia en segundos, girando a su alrededor hasta elevarlo en el aire.

Él no hacía ningún esfuerzo; la magia fluía en torno a él como una tormenta, libre y salvaje.

Extendió los brazos y el agua se evaporó en un siseo hirviendo cuando dos columnas de fuego negro, veteadas de rojo sangre, brotaron de sus manos, iluminando la sala con un resplandor infernal.

Era un fuego oscuro y denso que, aunque emanaba de su propia esencia, se movía lento, como si tuviera voluntad propia; algo totalmente antinatural.

Néstor, protegido tras la barrera de sal, miró a su nieto y sintió cómo su instinto de brujo se tensaba.

Aquel poder le resultó dolorosamente familiar, el eco de una oscuridad que creía enterrada con Alexander.

Sus ojos ya no eran verdes; eran dos pozos de negrura infinita, sin iris ni esclerótica.

Un abismo insondable se asomaba en su mirada.

—¿Es esto lo que querías ver? —La voz de Drake aún sonaba distorsionada, como si no fuera del todo suya.

Entonces, volvió a contener su poder. El fuego se apagó al instante, dejando la estancia sumida en un silencio sepulcral.

Aterrizó con un golpe seco, soltando el aire que había retenido en los pulmones.

Sus ojos parpadearon, luchando un segundo contra la negrura antes de volver a su verde y miel natural.

Néstor lo miraba sin poder creer todavía lo que acababa de presenciar.

—¿Estás bien? —preguntó Drake, forzándose a suavizar el tono.

—Sí… es solo que no puedo creer que hayas avanzado tanto, hijo.

—He tenido un buen entrenador y he practicado por mi cuenta. Te dije que iba a lograr ser el mejor, que iba a dominar los cuatro elementos y hacer que te sintieras orgulloso.

—Y lo has logrado, hijo mío —dijo Néstor, saliendo del círculo y posando la mano sobre su hombro, con la voz ligeramente quebrada—.

Has conseguido lo que creíamos imposible.

Ni siquiera tu padre alcanzó este nivel.

La mayoría de los brujos pasan una vida entera perfeccionando un solo elemento, pero tú…

tú pareces haber doblegado la propia naturaleza a tu voluntad.

Dominas los cuatro elementos a la perfección.

Nunca he visto nada igual. Estoy muy orgulloso.