CAPÍTULO 2
De nuevo se encontraba sumido en aquella pesadilla, la misma que su mente repetía noche tras noche desde que era apenas un niño.
Veía a su padre frente a él, recitando extrañas palabras, casi sin aliento, mientras una sombra oscura los observaba.
Era alguien que se negaba a mostrar su rostro ante el niño asustado que permanecía escondido en un rincón.
El sudor empapaba su camisa y sus hombros temblaban por el esfuerzo; trataba de gritar aquellas palabras para que su hijo las escuchase, luchando contra una fuerza invisible.
—Repítelo, por favor. ¡Repite conmigo, Drake! —le gritaba una y otra vez con la voz rota de dolor.
El pequeño no comprendía por qué su padre sufría de ese modo. Su pecho subía y bajaba con violencia, tratando de buscar un aire que parecía faltarle, pero aun así luchaba sin cesar para que las palabras salieran de su boca.
—¡NO! ¡Detente! ¡No lo hagas!
Un sonido ensordecedor proveniente de aquella sombra le hizo estremecer; su voz sonaba atronadora en la enorme habitación.
—¡Mataré al niño, te lo juro!
—No te acerques a él. Te lo ordeno, ¿me oyes? ¡Yo te lo ordeno! —gritó su padre antes de caer de rodillas, jadeando sin control y con el rostro completamente pálido.
Él corrió a su lado a pesar del terror que le infundía aquel ser, que ahora lo observaba desde el extremo de la estancia.
Su padre, apenas sin fuerzas, se arrancó la cadena que llevaba al cuello y se la colocó al pequeño, y le obligó a repetir aquellas palabras en el mismo instante en que su vida se apagaba.
Cayó sin aliento, pero con una extraña sonrisa de satisfacción en los labios, al escuchar a su hijo repetirlo todo palabra por palabra.
Estaba tan asustado que temblaba sin control. Trató de despertar a su padre, gritándole una y otra vez, pero fue inútil: sus ojos se habían cerrado para siempre.
Su miedo se transformó rápidamente en rabia al mirar hacia la sombra. Intuía por su figura que era un hombre. Estaba allí, observando, sin mover un solo dedo para ayudar.
—¡Nooo! ¡Libérame…! ¡Libérame, tú tienes que hacerlo! —Aquel lamento desgarrador atravesó la habitación como un viento helado.
Miró a su alrededor, pero aquel hombre ya no estaba allí, a pesar de que su voz lo inundaba todo, repitiendo la misma súplica una y otra vez: «Libérame, muchacho, tienes que liberarme, tú tienes que hacerlo».
Cuando quiso darse cuenta, el hombre lo sujetaba con fuerza por el brazo. El niño, aterrorizado, se preguntaba cómo podía aparecer y desaparecer de ese modo ante sus ojos.
—¡No! ¡Suéltame, maldito fantasma! —le gritó el niño.
Para su sorpresa, los dedos de la criatura se abrieron al instante, liberándolo de golpe. El monstruo retrocedió un paso, gruñendo con frustración, como si una fuerza invisible lo hubiera obligado a apartarse. No hizo el menor amago de volver a tocarlo.
—No, no… otra vez no. No puedo pasar por esto otra vez. No voy a hacerte daño, pequeño. Libérame, chico. Ayúdame y no volverás a verme jamás, te lo juro. Si me liberas, te doy mi palabra de que estarás a salvo.
Aquel ser le mostró su rostro por un momento, dando un paso decisivo hacia la luz.
Por un segundo, el niño pudo ver su verdadera cara y el terror lo dejó paralizado.
No eran ojos humanos los que le devolvían la mirada.
Eran de un amarillo intenso y casi animal, inyectados en sangre, con un halo rojo brillante rodeando el iris que parecía arder en la oscuridad.
Eran los ojos de un monstruo, de una auténtica bestia.
Entonces se dio cuenta de que no era un fantasma, sino algo peor. Un sollozo de puro pánico escapó de su garganta. Al ver que la criatura seguía extrañamente quieta en su sitio, se tapó los oídos con fuerza y salió corriendo de aquella habitación pidiendo ayuda a gritos.
—¡No! ¡Regresa! ¡Maldito seas, Alexander Andreatos!
Aquel último alarido le atravesó el alma, retumbando en su mente y confirmando lo que ya intuía: aquel ser odiaba a su padre. Había presenciado su muerte sin mover un solo dedo para evitarla, y ahora él, por mucho que el monstruo suplicase, no movería ni uno solo para ayudarle.
—Señorito Drake, su abuelo le espera en el gimnasio.
La voz de una de las chicas del servicio, junto con unos golpes en su puerta, lo sacó al fin de aquel infierno. Se despertó de un salto, empapado en un sudor frío, llevándose la mano hacia el cuello por instinto.
—Sí… Anabel —respondió, todavía visiblemente agitado—. Dile a mi abuelo que me doy una ducha y bajo enseguida.
Se dirigió al baño. Con la mano aún aferrada a su cuello, se miró al espejo, observando fijamente el amuleto que llevaba colgado desde aquel fatídico día que jamás había logrado olvidar.
El amuleto pendía de una gruesa cadena de eslabones de plata ennegrecida.
Estaba forjado en un metal envejecido, casi negro, que formaba un intrincado círculo de filigranas simétricas.
En el corazón de la pieza había un cristal engarzado: una gema translúcida y pulida que no parecía sólida; albergaba en su interior un fluido rojo, denso y viscoso, surcado por vetas escarlatas que parecían arremolinarse con vida propia cada vez que la luz se reflejaba en él.
El delicado marco metálico que envolvía el cristal se afilaba en la parte inferior hasta terminar en una punta elaborada, formada por elegantes curvas entrelazadas que abrazaban la gema.
No era un objeto común, sino una pieza de joyería antigua de una belleza tan hipnótica como inusual.
Había pertenecido a su familia desde tiempos inmemoriales, pasando de generación en generación hasta llegar a su padre.
Y ahora, finalmente, reposaba sobre su pecho.
Se sentía extraño cada vez que lo tocaba, como si una corriente de energía recorriese su cuerpo al contacto con la gema.
A pesar de llevarlo siempre puesto, parecía cobrar vida cuando él reparaba en su presencia, lo que le hacía preguntarse si esa fuerza provenía de la forma tan horrible en que lo había heredado.
Se metió en la ducha y dejó que el agua templada cayese sobre su cuerpo, intentando lavar la amarga sensación de aquella pesadilla.
Pero una nueva oleada de imágenes volvió a asaltar su mente: la sombra moviéndose a una velocidad imposible, un corte en la palma de su mano, dolor, su propia sangre manchando el colgante y su padre sonriendo casi como un demente al verlo.
A pesar de que tan solo tenía siete años entonces, el recuerdo seguía intacto en su memoria, como si hubiese ocurrido la noche anterior.
—Maldita sea, ¿otra vez el mismo sueño? —masculló mientras golpeaba la pared de la ducha con el puño.
El agua le resbalaba por la espalda, pero no lograba quitarle de encima aquella sensación de angustia que le había dejado. Se frotó la cara con brusquedad, apartándose el pelo mojado.
—Siempre vuelve cuando se acerca este día. Genial… otro año más reviviendo el peor puto cumpleaños de mi vida.
La rabia pareció abandonarlo de golpe. Apoyó la frente contra los azulejos fríos, cerró los ojos con fuerza y dejó escapar el aire.
—¿Por qué tuviste que irte así, joder? —Su voz se rompió, convirtiéndose en un sollozo áspero—. Te echo de menos, papá. Me haces mucha falta.
Se obligó a tragar el nudo de su garganta y dejó que el agua caliente borrara cualquier rastro de lágrimas. Tras unos minutos, cerró el grifo con fuerza, enterrando esos pensamientos donde nadie más pudiera verlos.
Salió del baño solo con unos pantalones de deporte y la toalla colgada al cuello.
Entró en su habitación y se plantó frente al espejo, frotándose el cabello húmedo, cuando escuchó una risa suave.
Al girarse, vio a su abuela observándolo desde la puerta abierta.
Estaba tan sumido en sus recuerdos que ni siquiera había notado su llegada.
—Pero mira que eres presumido —dijo su abuela entre risas mientras se acercaba a él—. Hay que ver cómo has crecido, hijo mío. Mírate, estás hecho todo un hombre. No puedo creer que hoy cumplas diecinueve años. Feliz cumpleaños, mi vida.
—Gracias , yiayia [1] —respondió él, abrazándola fuerte—, pero no me digas esas cosas, que me haces sentir como un niño pequeño.
—Para mí sigues siendo mi niño, mi pequeño Drake —respondió ella con una sonrisa. Se situó a su lado, tomando el brazo de su nieto entre sus manos y observando su reflejo en el cristal—. Cada día te pareces más a tu padre, tienes su misma planta.
El espejo le devolvió la imagen de un hombre que ya no era el niño asustado de sus sueños.
Sus diecinueve años le habían otorgado una presencia imponente.
Las gotas de agua de la ducha aún resbalaban por su torso fibroso y definido, esculpido a base de carreras matutinas en la playa y largas tardes de gimnasio, y su metro noventa hacía que la habitación pareciera pequeña.
Se pasó una mano por el cabello húmedo, de un tono caramelo que solía llevar con un despeinado estudiado.
Sus rasgos eran marcadamente masculinos, de mandíbula cuadrada y nariz recta, pero lo que realmente atrapaba la atención era su mirada: una mezcla fascinante de verde y miel, enmarcada por unas pestañas espesas que le otorgaban un aire magnético.
Aunque había heredado los labios carnosos de su madre, su porte no era el de un chaval cualquiera de su edad; esa elegancia natural al moverse delataba los veranos que había pasado desfilando para ella.
Muchos diseñadores habían querido ficharlo, pero para él, aquello solo había sido una excusa para pasar tiempo con su madre, que, debido a su trabajo de diseñadora de moda, vivía viajando entre Italia y París, y a la que apenas había visto un puñado de veces en los últimos diez años.
—Estoy segura de que él estaría muy orgulloso de ti, de ver cómo has conseguido superarlo todo. Mi niño, has sido tan fuerte… —Los ojos de la mujer se empañaron y él le secó una lágrima con dulzura.
—Vamos, yiayiá, no te pongas así. Ya sabes que mi cumpleaños nunca ha sido un día fácil; no quiero verte triste a ti también.