CAPÍTULO 1 #5
Se cambió a toda prisa, dejando a un lado sus habituales trajes para enfundarse unos chinos oscuros, una camisa y una chaqueta de cuero que le aportaba un aire mucho más juvenil.
La cena fue perfecta. Hablaron de ellos, no de Evie. Robert redescubrió lo que era ser un hombre de nuevo y no solo un padre.
Al salir del restaurante, regresaron dando un paseo. La noche se había vuelto más fría y ella se cerró mejor el abrigo. Robert, en un gesto caballeroso, le pasó el brazo sobre los hombros, acercándola hacia su cuerpo para protegerla del viento.
Por un momento, Eileen pensó que iba a tropezar y caerse de bruces. Las piernas le temblaron al notar la firmeza de sus brazos y, sobre todo, el calor antinatural que emanaba de su cuerpo; un calor que ella conocía perfectamente y que la atraía como un imán irresistible.
—¿Te apetece una última copa de vino? —preguntó Robert, titubeante, en cuanto llegaron a su portal.
—Sí, claro. ¿No creerás que he traído esa botella para que te la bebieras tú solo?
Robert sirvió dos copas de vino sin quitarle ojo a Eileen mientras ella se quitaba el abrigo y lo dejaba suavemente sobre el sofá.
Él ya se había deshecho de su chaqueta de cuero.
Se sentía relajado, y sonrió para sus adentros pensando que el vino de la cena parecía haberle soltado la lengua y las inhibiciones.
—Aquí tiene, hermosa señorita. —Le tendió una copa al tiempo que se sentaba a su lado, rozando su pierna con la suya.
—Gracias.
Eileen lanzó una mirada por encima de su hombro hacia el balcón. La luna llena brillaba sobre los tejados de París, era una estampa hermosa.
—Tu apartamento es precioso. Tienes unas vistas increíbles desde aquí.
—Sí, es cierto, aunque… —Robert dudó un segundo, pero trató de infundirse valor y continuó—: Aunque yo prefiero las vistas que tengo ahora mismo en el interior.
Eileen se sonrojó de inmediato ante el comentario, sintiendo cómo el calor subía por su cuello.
—Gracias, eres muy halagador —dijo, sosteniéndole la mirada, clavando sus ojos en los de él.
—Verás, Eileen, yo… —Robert estaba tan nervioso que no sabía si sería capaz de articular palabra, pero la confesión se agolpaba en su garganta, deseosa de salir—. ¿Sabes? En los últimos años nunca había tenido una amistad tan importante para mí como la tuya.
Ella bajó la vista hacia el suelo, decepcionada, pensando que la conversación no estaba tomando precisamente el camino que ella esperaba. Robert se dio cuenta de su error al instante y se apresuró a corregirlo, acercándose más.
—Pero… lo que más deseo es que esta amistad se convierta en algo más.
—Yo también —susurró ella, alzando la vista y mordiéndose el labio con ese gesto nervioso que a él lo volvía loco.
Esta vez, Robert no trató de controlarse.
Se lanzó a por esos labios como llevaba deseando desde el primer día que la vio.
Eileen correspondió a su beso de forma apasionada, estremeciéndose en sus brazos; llevaba esperándolo tanto tiempo como él.
Robert la atrajo hacia su cuerpo con fuerza y deslizó su mano por la apertura juguetona de su espalda, tocando su piel desnuda.
Eileen comenzó a desabrocharle la camisa con urgencia, acariciando aquellos abdominales duros que tanto la enloquecían.
No pudo evitar un gesto de sorpresa al apartar la tela y descubrir que Robert llevaba un enorme tatuaje tribal que ocupaba su pectoral y su hombro izquierdo, extendiéndose hacia su espalda.
Eran unas enormes llamas, vivas y agresivas, con cuatro pequeños círculos camuflados en el diseño que contenían una especie de símbolo extraño en su interior.
Jamás habría imaginado algo así el primer día que conoció a aquel serio y coqueto abogado que conducía un Mercedes y tenía pinta de esnob.
Pero, para ella, aquel tatuaje lo hacía todavía más atractivo.
Aquellos símbolos eran algo que la llamaba, que la seducía como nada en este mundo, puesto que ella conocía perfectamente su significado.
Eileen se abandonó por completo a la pasión en sus brazos. Robert comenzó a guiarla con besos profundos y movimientos firmes hacia su cuarto, hasta tumbarla sobre la cama.
Estaba totalmente desatado, desinhibido.
En el fondo, aquella noche se alegraba de volver a vivir solo, de poder recuperar su intimidad y, por qué no, parte de su juventud perdida.
Le gustaba Eileen, la deseaba con una voracidad que hacía años que no sentía por ninguna mujer.
Se dedicó a ella en cuerpo y alma: besó, recorrió y saboreó cada centímetro de su piel, deleitándose en cada momento, en cada gemido y en cada detalle, decidido a borrar cualquier rastro de soledad en esa casa.
El olor a café despertó a Eileen por la mañana. Se puso una camisa de Robert, ya que no encontraba su vestido, justo cuando él entraba con dos tazas humeantes en la mano.
—Buenos días —dijo él, besándola.
Eileen tomó un sorbo de café y sus dedos trazaron el tatuaje en el pecho desnudo de Robert.
—Es precioso. ¿Tiene algún significado? Siempre he pensado que la gente se hace tatuajes por algo especial.
—Es una larga historia —contestó, sentándose en la cama y bajando la mirada—.
Para mí es un recordatorio. Una advertencia.
Perder a mi hermano siendo tan joven fue un golpe muy duro.
Perdí a toda mi familia. Me quedé solo, sin nadie en el mundo salvo una niña que dependía de mí.
Estuve perdido un tiempo, y no me siento orgulloso de ello…
pero tenía que centrarme para sacarla adelante.
Simplemente quise llevar nuestra esencia grabada en la piel para no olvidar jamás de dónde vengo… y lo que soy.
—No me importa el pasado, Robert. Me importas tú —dijo ella, levantándole la barbilla.
—Eres una mujer increíble, Eileen. No sabes cuánto significan esas palabras para mí.
De pronto ella se levantó de un salto al mirar su reloj.
—¡No puede ser, mira qué hora es! Tengo que estar en una hora en casa de una clienta muy importante, y si no llego a tiempo voy a ser una mujer increíblemente despedida.
—Te llevaré. —Robert no pudo evitar reír mientras la veía correr buscando su ropa.
—Eh… no, no es necesario, pero gracias de todos modos.
—¿Te recojo esta noche para cenar?
—Mejor ven a mi casa. Te invito yo —respondió ella, guiñándole un ojo antes de salir.
Robert cerró la puerta sonriendo, sabiendo que su vida, al igual que la de Evie, acababa de cambiar para siempre.