El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 1 #4
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CAPÍTULO 1 #4

—Ah, no. De eso nada —la cortó Evie en seco—.

No pienso dejar que me metas en tus líos ni necesito que hagas de Celestina.

Si tú quieres salir con David me parece bien, pero a mí no me busques a nadie.

Cuando quiera a alguien, ya me lo buscaré yo solita.

Además, el tal Michaël me pareció un cretino y no pienso ser una más en su probablemente infinita lista de ligues. Y ahora, me marcho a hacer mis maletas.

Evie se dirigió a la puerta, pero la voz burlona de Marian la siguió:

—Está bien, está bien, como quieras. Pero que conste que tú te lo pierdes, porque el chico está cañón. Y para que lo sepas, no pienso meterme en tu vida. Si quieres dejar pasar los trenes, allá tú, pero cuando seas una viejita sola y rodeada de gatos, no digas que no te lo advertí.

Evie cerró la puerta entre risas, negando con la cabeza.

Pasó la tarde haciendo sus maletas. Su tío llegó casi por la noche, por lo visto la comida se había alargado mucho.

Evie no pudo evitar sonreír al ver a Robert tan feliz mientras se dirigía a la ducha, y siguió preparando el risotto de setas que estaba haciendo para su última cena juntos en esa casa.

Durante la cena, notó a su tío raro y distraído.

Apenas habló y no dejaba de mirar fijamente una de las velas que decoraban la mesa.

La llama se comportaba de forma extraña: crecía y menguaba rítmicamente; un movimiento casi imperceptible para cualquiera, pero no para Evie. Robert la miraba casi hipnotizado.

—¿Estás bien, Rob?

El móvil de Robert comenzó a vibrar, sacándolo de su trance. Se levantó bruscamente para contestar. Evie, todavía absorta en la llama, se inquietó al ver la vela apagarse sola justo en el instante en que su tío apartaba la vista.

Cuando regresó a la mesa, traía una sonrisa nerviosa y gotas de sudor en la frente.

—Era Eileen.

—Me alegro de que te vaya bien con ella —respondió Evie, aunque, al ver su aspecto, frunció el ceño—. Pero ¿te encuentras bien? Pareces enfermo. —Le tocó la frente y dio un respingo—. ¡Madre mía, si estás ardiendo!

—No es nada. Es solo la emoción… y el miedo a enamorarme de nuevo, supongo. Ha pasado mucho tiempo desde que alguien me interesa de verdad y estoy un poco nervioso por la situación.

Evie lo abrazó con fuerza. Como de costumbre, el cuerpo de Robert desprendía ese calor intenso que siempre lo acompañaba, una temperatura tan elevada que incluso traspasaba la tela de la camisa.

—Te mereces esta oportunidad.

—Quizás. Pero no sé si debería, me ha costado mucho controlar… —Robert se calló abruptamente antes de acabar la frase—. Venga, ¿vemos una peli como en los viejos tiempos? Voy a hacer palomitas.

—Por supuesto. —Evie lo detuvo un momento, mirando la vela que estaba de nuevo encendida—. Por cierto, ¿cómo lo has hecho?

—¿Cómo he hecho el qué?

—La vela. ¿Me puedes decir cómo la has encendido? Estaba apagada hace un minuto.

—Ehhh… no sé a qué te refieres, estaba encendida —titubeó Robert, visiblemente tenso—. Bueno, voy a por esas palomitas.

Evie no quedó conforme del todo, pero lo dejó pasar pensando que tal vez lo había imaginado.

—¿Sabes? Voy a sentirme muy orgulloso cuando termines la carrera y te conviertas en una gran cirujana —le gritó él desde la cocina mientras el microondas terminaba de estallar los granos de maíz.

—Oh, sí, bueno… en cuanto a eso… —Evie dudó un segundo antes de soltar la bomba que llevaba meses ocultando—. Verás, finalmente no me he matriculado en Medicina.

—¡¿Qué?!

El grito de Robert retumbó por toda la habitación. En menos de un segundo, estaba junto al sofá con un bol enorme de palomitas en la mano y cara de espanto.

—Pero Evie, pensaba que lo tenías claro desde niña. Querías operar, salvar vidas… ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—Sí, al principio lo tenía muy claro, pero estos últimos años me he dado cuenta de que no es mi verdadera vocación. Verás, Rob, me he matriculado en Derecho. Quiero ser abogada y trabajar en el bufete en cuanto me gradúe. Ya sabes: «Renoir no entendería lo que somos. Si tratara de contarle todo, pensaría que estoy loco… o algo peor.

—¡Tío Rob, Marian ya está aquí! ¿Estás listo? —Los gritos de su sobrina desde el comedor lo sobresaltaron, y la foto casi se le resbaló de las manos.

—¡Sí, ya voy! —respondió, dejando el marco en su sitio con extremo cuidado antes de salir.

Las ayudó a bajar las maletas al coche y le dio a Evie un fuerte abrazo y un beso de despedida, luchando por mantener la compostura y no echarse a llorar sin poder contenerse.

—Vamos, Rob, si nos vamos a ver casi todos los días —trató de consolarlo ella.

—Lo sé… lo sé, pero ya no será lo mismo. Cuídate mucho, ¿vale? Y no te fíes demasiado de ella —añadió, señalando a Marian con una media sonrisa.

—¡Eh! ¿Por qué siempre me llevo yo la peor parte? —replicó fingiéndose ofendida.

—Es broma. Anda, ven aquí —Robert la atrajo también hacia él para estrecharla entre sus brazos—. Sabes que a ti te voy a echar de menos casi tanto como a ella. Para mí eres como una hija más; al fin y al cabo, pasas más tiempo en mi casa que en la tuya.

Los tres rieron ante el comentario, aligerando la tensión del momento.

Las chicas subieron al coche y Robert las despidió con la mano desde la acera, haciendo un esfuerzo titánico para que ninguna lágrima escapara de sus ojos, algo que su sobrina no había sido capaz de conseguir.

Solo me falta ponerme a llorar como una mamá pato despidiendo a sus crías , pensó, forzando una última sonrisa mientras el motor arrancaba.

Al volver a casa le sorprendió el absoluto silencio, de esos que hacen que puedas escuchar tus propios pensamientos. Faltaba el ruido de la televisión de fondo o la música en el cuarto de Evie. Por primera vez en demasiados años, estaba completamente solo.

Se le hizo tan raro que esa tarde ni siquiera aguantó su horario habitual en el bufete. Salió pronto y se atrincheró en casa. Estaba en el sofá, enfundado en ropa cómoda y con una cerveza a medio terminar, cuando sonó el timbre.

Al abrir, casi se atraganta con el último trago de cerveza.

Eileen estaba en el umbral casi como una auténtica aparición divina. Llevaba un vestido azul entallado que dejaba ver unas piernas de infarto y le cortó la respiración de golpe.

—Pensé que te vendría bien compañía hoy —Sonrió mostrándole una botella de vino que sostenía en la mano.

—Creo que me has leído el pensamiento. ¿Qué te parece si mejor te invito a cenar fuera? Necesito salir de estas cuatro paredes. Pasa, dame cinco minutos para cambiarme. —Se sorprendió a sí mismo respondiendo con un atrevimiento que creía haber dejado atrás en su veintena.