CAPÍTULO 1 #3
—Dios, Evie, espero que sea un caso de vida o muerte para que me despiertes a las siete y cuarto de la mañana, joder.
—Por lo que veo, anoche acabaste demasiado tarde —la voz pastosa de Marian la delataba.
—Mmm, sí —respondió Marian desperezándose sonoramente—. Ese David tenía más talentos ocultos de los que mostraba a simple vista.
—¡Marian!
—Venga ya, yo no tengo la culpa de que tú hayas decidido ser una monja. Pero al menos déjanos disfrutar un poco a las demás. Lo que me recuerda que Michaël, el moreno macizo amigo de David, me sometió a un interrogatorio cuando te fuiste. Le gustaste mucho.
Evie recordó al chico. Tenía ese aspecto de modelo de gimnasio, tan pulido y artificial que parecía haber salido del mismo anuncio de batidos de proteínas que David.
Era el típico moreno de ojos azules que sabe perfectamente que es guapo y te dedica esa sonrisa de suficiencia que te entran ganas de borrarle de un plumazo.
—Pues a mí no me interesa él en absoluto. Me pareció un chulito de lo peor —zanjó Evie—. Venga, levántate. He quedado con Robert a las doce en el apartamento y quiero que vayamos a desayunar y comprar algunas cosas antes de ir para allá.
—Ufff… tu querido tío sí que tiene un buen polvo, nena.
—¡Mariaaan! —gritó Evie, alejando el teléfono de su oreja como si sus palabras quemaran—. ¡Cállate!
Aunque, si era sincera consigo misma, Evie sabía que a su amiga no le faltaba razón.
Robert apenas tenía treinta y tres años y era innegablemente atractivo.
Tenía el pelo corto y castaño, unos ojos verdes intensos y una complexión fuerte, fruto de cuidarse la alimentación al milímetro y de no perdonar sus rutinas de ejercicio.
Envuelto en sus impecables trajes a medida, más de una vez había pillado a sus amigas suspirando por él al verlo pasar, especialmente a Marian.
—Está bien, Sor Evangeline, me visto y paso a recogerte en media hora. Solo espero conseguir que cambies un poco cuando vivamos juntas y disfrutes más de la vida.
Las chicas pasaron la mañana de compras. Evie compró algunos marcos para sus fotos y un jarrón. En cambio, Marian compró unas cortinas en un bonito y moderno color morado con la colcha a juego, todo colorido y muy típico de ella.
Cuando llegaron al apartamento, encontraron a Robert y Eileen charlando y riendo de lo más animados.
Evie se detuvo un segundo a observarla. Eileen era una mujer preciosa que destilaba profesionalidad: esbelta, con unos enormes ojos azules y la melena rubia siempre recogida en un moño elegante y pulido.
Iba perfectamente vestida con una falda de tubo oscura y una blusa impecable.
Al verlos juntos, Evie se dio cuenta de que encajaban a la perfección.
—Vaya, y aquí llegan mis dos mujeres favoritas. —La sonrisa vacilante de Robert revelaba su nerviosismo.
El apartamento había quedado precioso. Una decoración moderna pero elegante, perfecta para dos chicas jóvenes. Entraron en el cuarto de Evie y ella se enamoró al instante del enorme escritorio de cristal y la cama grandiosa con la colcha en blanco y negro.
—Me encanta. Todo. Es perfecto.
Eileen sonrió, ruborizándose al confesar que Robert la había ayudado mucho detallándole los gustos de ambas.
En ese momento, un grito de pura euforia llegó desde el fondo del pasillo.
—¡Ahhh! ¡Eileen, eres maravillosa! —exclamó Marian, que parecía haber descubierto por fin su nuevo armario.
Robert aprovechó el momento de alegría para rodear a su sobrina con el brazo.
—Solo espero que ahora no os dediquéis a dar fiestas locas y, sobre todo, que no os dé por meter chicos aquí… —entonces, elevando la voz para asegurarse de que lo oyeran en la otra punta de la casa, añadió—: ¡¿Me has oído, Marian?!
—¡Oh, vamos, Robert, no seas anticuado! —gritó Marian con sarcasmo asomando la cabeza desde su cuarto.
—Sí, Robert, las chicas tienen razón. Son jóvenes, déjalas disfrutar un poco. ¿Acaso tú no lo hiciste en tu época universitaria? —dijo Eileen, divertida por su rectitud.
Él se quedó sin palabras; al fin y al cabo, había pasado sus años de facultad ejerciendo de padre. Para salir del paso, cambió de tema y propuso ir a comer todos juntos para celebrar que finalmente las chicas ya tenían listo su apartamento.
—Bueno, en realidad, tío Rob, nosotras hemos quedado para comer con unas amigas.
—¿Ah, sí? —Marian parecía sorprendida, pero una patada de Evie en su tobillo la hizo reaccionar—. Uy, sí, es verdad, no lo recordaba. Lo siento.
—Bueno, ¿y por qué no os vais vosotros dos a comer? —sugirió Evie con picardía—. Vamos, Eileen se merece que la invites después de todo el trabajo que ha hecho aquí.
Robert, nervioso, aceptó la sugerencia. —Bueno, en ese caso… tú qué dices, Eileen, ¿te apuntas?
—Sí, claro. Estaré encantada.
Evie casi los empujó hacia la puerta, satisfecha de su labor de celestina.
Robert salió con Eileen, sintiéndose como un adolescente en su primera cita.
Pero en el ascensor, mientras la miraba de reojo y notaba su sonrojo, un pensamiento sombrío cruzó su mente.
Los recuerdos del pasado le asaltaron: aquella sombra oscura que se cernía sobre él mientras trataba de salvar a la niña, obligándolo a jurar que la cuidaría y mantendría oculta.
Todavía temblaba recordando aquel rostro mirándole en la oscuridad, esos ojos azules fríos como el hielo, llenos de rabia y dolor.
El miedo que sintió en ese momento y su cobardía por no haber vengado la muerte de su hermano le habían hecho sentirse despreciable cada día de su vida.
Pero la idea de morir y dejar sola a su sobrina fue más fuerte que su deseo de venganza.
Tal vez había llegado la hora de contarle todo a Evie ahora que va a vivir sola , pensó.
Pero enseguida desechó la idea. Ella parecía tan normal, tan diferente a su familia.
Lo más sensato era que siguiera pensando que sus padres murieron en un accidente de tráfico. Es la mejor forma de protegerla .
—¿Te encuentras bien? Pareces pensativo —la voz de Eileen lo sacó rápidamente de sus cavilaciones.
—Oh, no. Es solo que me da pena que Evie se independice. El miedo a quedarme solo, como cualquier padre en esta situación, supongo.
—Los hijos deben volar del nido. Pero eso no significa que tengas que quedarte solo.
El comentario le hizo sonreír. Decidió llevarla a un restaurante excelente para impresionarla. Robert se sentía como un universitario de nuevo, deseoso de empezar una nueva vida y dejar atrás las sombras del pasado de una vez por todas.
En cuanto la puerta del ascensor se cerró, Marian se giró hacia Evie totalmente estupefacta.
—No me lo puedo creer, Evie. Prácticamente has arrojado a tu tío a los brazos de esa mujer. Y no digo que no sea atractiva y simpática, pero no sé… ¿Crees que tu tío se acuerda de cómo ligar? No lo hace desde el Pleistoceno.
Evie frunció el ceño, pero no pudo evitar sonreír ante el comentario.
—Oye, mi tío es muy capaz de conquistar a cualquier chica que se proponga. Además, Eileen me parece la adecuada para él. Anda, Marian, no me digas que tú no lo has pensado también. ¿Acaso no crees que hacen buena pareja?
—Sí, debo reconocer que esa chica parece hecha a medida para él —admitió Marian, y luego se lanzó dramáticamente sobre el sofá—. Aunque eso no quiere decir que me guste. Sabes que en el fondo yo albergaba una pequeña esperanza de convertirme en tu tía política.
—Anda, deja de decir tonterías y vamos a mi casa. Quiero hacer las maletas, mañana mismo nos mudamos.
—¡Síii! Quiero empezar nuestra nueva vida cuanto antes —chilló Marian, dando una palmada de entusiasmo—. Por cierto, esta tarde traeré a mi madre para que vea el apartamento. Ya sabes que la pobre está muy triste porque me voy, pero seamos sinceras: Didier y ella necesitan tiempo para estar solos.
Evie asintió. El divorcio de los padres de Marian había ocurrido hacía años y no había sido una etapa fácil, pero su madre por fin había vuelto a encontrar la felicidad con Didier.
Se acababan de casar, y Evie sabía que su amiga deseaba mudarse para dejarles toda la intimidad posible y permitir que su madre, después de tanto tiempo, disfrutara de su nueva vida.
—Sí, yo también pienso que Rob lo necesita —reflexionó Evie—. Quizás eso le anime más a tratar de conquistar a Eileen. Lleva demasiado tiempo solo. Y, además, creo que nosotras también necesitamos nuestro espacio.
—¡Oh, sí! Aunque todavía no estoy muy segura de que Robert no vaya a estar aquí metido todos los días. A pesar de ser tan joven, es peor que uno de esos padres chapados a la antigua que sobreprotegen en exceso a sus hijas por miedo a que se queden embarazadas o caigan en las drogas.
—Anda, Marian, no digas eso. Es solo que ha sufrido mucho por mi culpa.
Marian se incorporó de golpe, poniéndose seria por primera vez en toda la mañana.
—Mira, Evie, llevo toda la vida escuchando lo mismo: que si Rob ha sufrido mucho, que si ha cuidado de ti, que si ha perdido sus mejores años…
¡Ya basta! ¿Me oyes? Ahora es tu turno. Es tu momento de ser libre, de disfrutar de la vida y de dejar que él recupere su propio espacio.
Ya no es ese chico que se quedó solo cargando con una niña pequeña; ahora le toca apañárselas solo y a nosotras nos toca disfrutar de nuestra nueva vida.
Evie no pudo evitar reír. Los comentarios de Marian eran a veces dolorosos, pero siempre acertados.
—Lo que me recuerda… —Marian saltó de un tema a otro con su agilidad habitual—. En serio, Evie, ayer en cuanto te marchaste, Michaël me acribilló a preguntas sobre ti. David me aseguró que le habías encantado a su amigo, así que… tal vez deberíamos invitarlos a cenar algún día.