CAPÍTULO 1 #2
Hacía apenas seis meses que Robert había comprado una nueva casa en Chartres, cerca de París.
Era un precioso chalet rodeado de verde, un lugar hermoso lejos del mundanal ruido de la gran ciudad.
Ella, en cambio, viviría en un apartamento que él mismo le había comprado muy cerca de la universidad, junto con su amiga Marian.
Le había costado meses de discusiones, pero finalmente Robert entendió que no podía seguir tratándola como a una niña pequeña, que necesitaba su libertad.
Aquella noche se sentía más agotada que nunca; la discusión con su tío la había dejado desolada. Se sentó en el tocador observando su rostro en el espejo. Marian se había esmerado tanto en maquillarla aquella noche, y ahora solo quedaban surcos oscuros y manchas a causa de las lágrimas.
Con movimientos mecánicos, comenzó a limpiarse el rostro y se retiró la lentilla verde que siempre usaba para enmascarar lo que ella consideraba su mayor defecto.
Era una extraña «tara genética», como ella misma la llamaba, heredada de su padre: tenía un ojo verde y uno azul.
Desde pequeña había odiado que los niños se metieran con ella por eso y, más tarde, detestaba las miradas curiosas y las preguntas constantes sobre si veía bien con esos ojos o si alguien más de su familia los tenía así.
Por ese motivo, Evie usaba una lentilla verde para que ambos se vieran iguales; una costumbre que Robert le había obligado a mantener a rajatabla desde que tenía uso de razón.
Jamás la dejaba salir de casa sin la lentilla.
Evie poseía una belleza sutil, de esas que atrapan sin intentarlo.
La palidez de su piel y sus mejillas naturalmente sonrosadas contrastaban con una larga melena ondulada de color castaño con reflejos cobrizos.
Aunque ella se empeñara en pasar desapercibida, su figura esbelta y de curvas sinuosas siempre atraía más de una mirada furtiva por la calle.
Sin embargo, su rasgo más fascinante, aquellos ojos genuinamente hipnóticos, seguían siendo su secreto mejor guardado.
Aunque en ese momento, el reflejo que le devolvía el espejo no tenía nada de fascinante para ella. Con el rostro ya limpio de maquillaje y la mirada desnuda, solo veía a una extraña a la que apenas reconocía. Tú no eres mi padre . Aquellas crueles palabras no paraban de resonar en su cabeza.
—¿Pero cómo has podido decirle algo así?
—se dijo a sí misma mirándose en el espejo—.
Sí, definitivamente eres idiota, Evangeline Renoir.
¿Cómo has podido decirle que no es tu padre si es el único padre que has conocido?
Si no hubiese sido por él, habrías ido a parar a un orfanato.
Estúpida, estúpida y mil veces estúpida.
Pensaba en cómo su tío la había sacado adelante, desviviéndose por ella.
Robert contaba con la herencia que le habían dejado sus propios padres al morir y bien podría haberla enviado a un internado privado para continuar con su vida sin cargas, viajando y disfrutando como cualquier chico de su edad.
Pero, lejos de eso, sacrificó su juventud para cuidarla y estar a su lado cada día.
Evie recordó las tardes infinitas en el parque, sus primeros intentos torpes de cocinar para ella y cómo se quedaba junto a su cama cada noche cuando tenía pesadillas, hasta que el sueño la vencía.
También recordaba cómo la cuidaba cuando tenía fiebre, pasando noches en vela con un libro de leyes en una mano y un paño húmedo en la otra, aunque tuviese exámenes finales en la universidad al día siguiente.
Se sentía peor a cada momento que hurgaba en sus recuerdos.
Por un segundo, una sonrisa triste asomó a sus labios al recordar el día que le bajó el periodo por primera vez.
Había tenido que armarse de valor para decírselo y pedirle que fuese a la farmacia.
La expresión de pánico absoluto en el rostro de Robert había sido un poema, una mezcla de terror y desconcierto que jamás olvidaría.
Sin embargo, había aguantado el tipo heroicamente y bajado a la farmacia a toda prisa, para volver cargado con tres cajas distintas de tampones porque no tenía ni la más remota idea de cuáles comprar.
Definitivamente, Robert había sido el mejor de los padres y el más dedicado, a pesar de seguir siendo un «antiguo» en ciertas cuestiones, incluso desde su juventud.
Se cambió de ropa a toda prisa y abandonó su habitación decidida a pedirle perdón. Sin embargo, no llegó hasta su cuarto; lo encontró sentado en la barra de la cocina, bebiendo un whisky solo con hielo.
—Vaya, ¿tú tampoco puedes dormir? —Esbozó una sonrisa amarga antes de dar un sorbo a su copa.
—¿Ahora te vas a dar a la bebida? —Evie le habló con suavidad, aunque le molestaba ver a su tío bebiendo, ya que nunca lo hacía.
— Touché —respondió sin mucho afán, levantando la copa como si brindara por ella—. Dime, ¿has salido a tratar de rematarme o algo así?
—No, he salido a tratar de disculparme.
—No… —la interrumpió Robert bruscamente mientras se servía otra copa—.
Si no tienes nada de lo que disculparte.
En realidad, no has dicho nada que no sea cierto.
Yo no soy tu padre. Es solo que… bueno, supongo que a veces se me olvida, y pienso que el haberte criado como si lo fuera desde que eras una mocosa me daba ese derecho.
Se notaba, por su forma de hablar arrastrada, que no iba por su primera copa.
—No, en eso te equivocas. Tú sí eres mi padre, Rob. Eres el único padre al que he conocido. Ni siquiera recuerdo el rostro de mi padre biológico. Siempre le querré, pero estoy segura de que él sabrá aceptar, esté donde esté, que tú eres mi padre.
Robert la miró conmovido y ella aprovechó que bajaba la guardia para acercarse y abrazarlo.
—Perdóname, por favor. No volveré a hablarte así. Te debo la vida. Tenías mi edad, eras apenas un crío y te sacrificaste por mí. Créeme, Rob, si hay alguien en el mundo a quien yo quiera y admire como un padre, ese eres tú.
Robert le acarició la mejilla, secándole las lágrimas.
—No digas eso. No habría podido abandonarte jamás.
Eres lo único que me queda en este mundo.
Sé que a veces soy demasiado estricto, pero tú no tienes ni idea, Evie.
Maldita sea, ni idea de los peligros que podría haber ahí fuera para ti.
Tú… —Respiró profundo, como si le costase sacar las palabras de su boca—. Tú eres diferente.
Robert tartamudeaba de nuevo, como cada vez que le daba esta misma charla.
—Tú eres diferente a los demás… tú… tú eres especial de una forma que ni te imaginas.
—¡Oh, no, no, no, y mil veces no! No quiero escuchar de nuevo eso de que soy especial, que soy diferente, que hay peligros que me acechan.
Rob, tengo dieciocho años y soy normal. A no ser que vayas a decirme que soy descendiente de los Romanov y heredera de un gran imperio o algo así, no quiero escucharlo.
Será mejor que me vaya a la cama. Siempre me dices eso y luego no me cuentas nada.
¡Habla de una vez, Rob! Dime qué puede darle miedo a un hombre como tú.
—Los Romanov solo tenían dinero, Evie —la cortó sin dejarla terminar—.
Su herencia era básicamente joyas y polvo.
La de nuestra familia… lo que corre por tus venas…
es una carga que ni en tus peores pesadillas podrías llegar a imaginar.
Siempre he tratado de protegerte, pero ahora estarás sola y eso me preocupa.
—¡Pero qué narices estás diciendo! —exclamó ella, retrocediendo un paso, asustada por la oscuridad que había cruzado la mirada de su tío.
Robert parpadeó, como si de pronto despertara de un trance, y se pasó una mano por la cara con brusquedad.
—Olvida lo que te he dicho… Sabes qué, olvídalo todo, Evie. Creo que he bebido demasiado —murmuró, evitando sus ojos.
Se encerró en su cuarto de un portazo, dejando a Evie con la palabra en la boca y una duda nueva y aterradora clavada en el pecho: ¿De qué demonios intentaba protegerla?
—¡No, un momento! ¿Qué has querido decir con eso? ¿Protegerme de qué? ¡Robert, te estoy hablando!
—¡Buenas noches! —respondió desde el otro lado de la puerta.
Evie se dirigió a su habitación y se tumbó en la cama, con la mente todavía bullendo por la discusión.
¿Qué será lo que no quiere que sepa? Ya me tiene harta con tanto misterio y tanta sobreprotección. ¿Acaso piensa que no sé cómo protegerme a mí misma? Peligros, peligros… siempre la misma historia desde que era una niña…
Se repitió aquellas palabras una y otra vez, masticando su rabia, hasta que el sueño la venció sin apenas darse cuenta, arrastrándola hacia un descanso inquieto.
El despertador sonó a las siete de la mañana. Se levantó de un salto y se dirigió a la cocina, donde encontró una taza humeante de café y una nota:
Te veré en tu nuevo apartamento al mediodía. He quedado allí con Eileen para que ultiméis los detalles de la decoración.
Después te invito a comer para olvidarnos de todo lo que ocurrió anoche.
Te quiero, pequeñaja.
No pudo evitar sonreír al leer la nota. Eileen era la interiorista que Robert había contratado para remodelar y decorar el nuevo hogar en el que vivirían ella y Marian, aunque últimamente Evie sospechaba que el interés de la chica se centraba más en su tío que en el propio encargo.
Evie había querido encargarse ella misma de la decoración, pero Robert insistió en contratar a una profesional como regalo de graduación.
Conocía bien el deseo de su sobrina de independizarse al empezar la universidad, pero su eterno temor a dejarla desprotegida le había llevado a buscar una solución intermedia: un apartamento donde pudiesen vivir las dos, ella y Marian.
Desde niñas, su mejor amiga pasaba más tiempo en casa de los Renoir que en la suya propia, y Robert la consideraba, a todos los efectos, una segunda hija.
Salió disparada hacia su cuarto y rebuscó en su bolso tratando de encontrar su móvil. Lo conectó al cargador y llamó a Marian. Al quinto tono, al fin respondió con voz ronca.