El amuleto del nigromante (El Amuleto 1) CAPÍTULO 1
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El amuleto del nigromante (El Amuleto 1)

El amuleto del nigromante (El Amuleto 1)

Por A. Sarabia

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Corría desesperada calle abajo, tratando de encontrar un taxi que la llevase a casa lo más rápido posible.

Eran las dos de la madrugada y ya se habían pasado cuarenta y cinco minutos de su toque de queda.

La noche era oscura y cerrada, pero por el centro de París todo estaba tan iluminado que casi parecía de día.

¿Cómo es posible que no haya ni un solo taxi? Robert me va a matar , pensaba una y otra vez mientras sus tacones repiqueteaban a toda velocidad contra el asfalto.

No tardaría mucho en llegar a su casa en Neuilly-sur-Seine, pero lo suficientemente tarde como para que Robert le soltase su sermón de siempre. A pesar de todo, esa noche se había divertido tanto que merecería la pena soportarlo.

Todavía recordaba las diez veces que le había dicho a su mejor amiga, Marian, que debía regresar a casa antes de que aquellos chicos las invitasen a una última copa.

Lo único que lamentaba realmente era haberla dejado sola con ellos, pero no podía retrasarse más; de lo contrario, su tío la encerraría bajo llave y no la volvería a dejar salir ni siquiera para comenzar sus clases en la universidad.

Miró el reloj de nuevo: las dos y cuarto de la madrugada. Ya llevaba una hora de retraso. Y para colmo, el móvil sin batería , pensó con frustración. No dejaba de imaginar los montones de llamadas perdidas que encontraría al encenderlo.

Hacía tanto frío que le dolían los pulmones al respirar mientras corría, pero si aminoraba la marcha llegaría demasiado tarde, y prefería pillar un resfriado a una bronca aún mayor que la que ya le debía estar esperando.

Aunque, después de escucharla, al menos se consolaría con lo bien que lo habían pasado Marian y ella en aquel pub.

Ahora no se arrepentía de haber ido, a pesar de que en un principio se había negado rotundamente.

Pero no había quien le negase nada a Marian.

Se habían criado juntas desde niñas y siempre conseguía salirse con la suya.

—Ya sabes: tú la prudente y yo la alocada, pero anda, déjate llevar esta vez. No te arrepentirás, te lo aseguro —fueron las últimas palabras de su amiga, justo antes de sacarla casi a rastras hacia aquella fiesta en el nuevo pub de moda en París, llamado La Nuit .

Marian la hizo arreglarse como nunca. Evie apenas se maquillaba; Robert se empeñaba en decirle que no le hacía falta, que había heredado la belleza natural de su madre y no necesitaba potingues para mejorarla.

Sin embargo, aquella noche se había esmerado.

Deseaba disfrutar de la nueva vida que ya vislumbraba en el horizonte.

En unos días iría a la universidad, viviría en su propio apartamento y sería independiente, como siempre había soñado.

—¿Te das cuenta? Casi todos los chicos nos están mirando. Ya te dije que esta noche ibas a arrasar… bueno, vamos a arrasar —le dijo su amiga nada más entrar en el local.

—No me miran a mí, te miran a ti —respondió ella en tono burlesco—. Además, me siento rara vestida así. ¿Seguro que voy bien?

—¿Estás loca, Evie? Estás guapísima. Anda, no seas tonta, abre los ojos. Mira a tu alrededor, búscate una presa y ataca, porque eso es lo que yo pienso hacer.

Evie no pudo evitar reír ante el comentario mientras observaba el entorno.

El local era impresionante; apenas llevaba unas semanas abierto, pero sorprendía la luminosidad al entrar.

Casi todo el interior era de color blanco y, a pesar de la tenue luz ambiental, unas luces estroboscópicas lo iluminaban todo cada pocos segundos.

Había una zona chill out con asientos a los que echó un vistazo anhelante, pensando que no tardaría mucho en llegar allí, puesto que aquellos dichosos zapatos de tacón la estaban matando.

—¿Ves a ese chico de ahí? Se llama David y se ha matriculado también en Medicina. Nos conocimos el otro día por casualidad cuando fui a llevar unos papeles. Está buenísimo, ¿verdad?

Evie dirigió su mirada hacia donde indicaba Marian: un chico rubio que sobresalía por encima de los demás al otro lado de la sala. Parecía recién salido de un anuncio de batidos de proteínas, con un cuerpo esculpido a base de horas de gimnasio y esa inconfundible cara de modelo de portada.

—Este pub es el nuevo sitio de moda entre los universitarios. Piensa que nosotras en unos días estaremos estudiando con ellos y, bueno, cuanta más gente conozcamos, mejor.

Se notaba que Marian ya había fijado el objetivo.

El chico las miraba expectante y no tardó en acercarse para invitarlas a una copa.

En apenas unos minutos, dos amigos más se unieron a ellos.

Estuvieron bailando y charlando toda la noche hasta que Evie salió disparada al darse cuenta de la hora.

Ya los vería de nuevo en la universidad, o no; de todos modos, le daba igual.

Ninguno de los chicos le había gustado, aunque Marian y David parecían haber conectado muy bien.

Hacían buena pareja, incluso físicamente.

Marian tampoco pasaba desapercibida; era alta, esbelta y con una melena dorada llena de ondas perfectas, de esas que parecen hechas sin esfuerzo pero que Evie todavía se preguntaba cómo lograba hacer cada día.

Ese día llevaba el cabello suelto, dejando que un par de mechones le enmarcaran la cara, dándole un aspecto todavía más juvenil y desenfadado.

Evie miró de nuevo el reloj justo mientras doblaba la esquina de su calle. Eran las dos y media de la madrugada en el momento en que abría el portal.

—¡Maldita sea, Evie!

En cuanto puso la llave en el pomo, la puerta se abrió de forma tan brusca que debió de despertar a todo el edificio.

—Hace una hora y media que deberías estar aquí. ¿Tienes idea de lo preocupado que estaba? He perdido la cuenta de las veces que te he llamado.

—Lo sé, pero apenas me di cuenta de la hora hasta que ya era demasiado tarde y me he quedado sin batería.

—¡Y nada, Evie, y nada! ¿De esta forma es como piensas ser responsable? En una semana comienzas la universidad. ¿Así es como piensas sacarte la carrera, a base de juergas y correrías nocturnas? ¿Así es como piensas cumplir la promesa que le hice a tu padre?

—¡Bueno, ya está bien, Robert! ¡Ya soy mayor de edad y sé muy bien lo que hago! Además, te recuerdo que tú no eres mi padre. No necesito que me estés recordando continuamente que le prometiste que cuidarías de mí. ¡Ya lo tengo presente cada día!

—¡Acordamos una hora de llegada! ¡No puedes desaparecer y asustarme de esta manera, joder!

¡Ya sé que no soy tu padre, pero para mí tú eres mi hija!

Aunque… tal vez tengas razón. Tal vez yo no debería considerarme como tal si tú misma no lo haces.

—Las palabras de Robert se iban ahogando en su boca a medida que las pronunciaba.

Evie sintió un nudo en la garganta.

—Lo siento, Rob. Yo… yo no quería hablarte así. Sabes que te quiero como a mi propio padre. No quería decir lo que he dicho. Marian y yo hemos bebido un poco, lo siento.

—Déjalo, no importa. Ambos estamos enfadados y es muy tarde. Será mejor que nos vayamos a dormir. Mañana veremos las cosas de otro modo. Buenas noches.

Robert dio media vuelta y enfiló el pasillo hacia su cuarto, cabizbajo. Evie no aguantó más. Huyó hacia su habitación, cerró la puerta a sus espaldas y se desplomó sobre la cama, apretando la almohada contra su cara para ahogar los sollozos.

En momentos como estos echaba de menos a sus padres.

Deseaba poder tener esas discusiones con ellos, que fueran quienes la regañaran por llegar tarde.

Le dolía no haberlos conocido apenas y se odiaba a sí misma por no poder recordar sus rostros con claridad.

Se sacó la cadena del cuello para observar aquel relicario de plata en forma de corazón que Robert había mandado hacer para ella cuando se quedó huérfana.

Lo abría antes de dormir cada noche. En su interior había una fotografía donde sus padres aparecían sonrientes, sosteniéndola en brazos; se veían tan felices que resultaba imposible imaginar que, apenas unas horas después de esa imagen, un accidente de tráfico se los arrebataría para siempre.

Cerró el relicario con un suspiro. Según le había contado Robert, él mismo les había hecho esa foto justo antes de que salieran a cenar por su aniversario, dejándola a su cuidado.

Esa misma noche, un conductor borracho se saltó un semáforo en rojo y se estrelló de frente contra ellos.

Su madre falleció en el acto y su padre, en el hospital.

Robert llegó a tiempo de despedirse y le juró a su hermano, justo antes de morir, que cuidaría de ella como si fuese su propia hija.

Él solo tenía veintiún años cuando los padres de Evie murieron y, aun así, lo sacrificó todo por ella.

Su hermano y él se habían quedado huérfanos unos años atrás y no tenían más familia.

Pero Robert no lo dudó ni un segundo; dejó a un lado su vida, sus amigos y las fiestas para hacerse cargo de su pequeña sobrina.

Se dedicó exclusivamente a estudiar y a cuidar de ella sin tener ni idea de cómo hacerlo.

A base de esfuerzo y lucha, había acabado su carrera y hoy por hoy se había convertido en un reconocido abogado con unos honorarios que les permitían vivir muy bien.

Incluso había montado su propio bufete un par de años después de graduarse y en la actualidad era uno de los más importantes de París.

Las cosas les iban bien, pero ella se sentía en cierto modo culpable de que su tío hubiese sacrificado su juventud cuidando de ella.

Por eso deseaba independizarse: para que Robert pudiese tener libertad y disfrutar de su nueva vida, e incluso —por qué no— encontrar a una compañera con quien compartirla.