El Amor y sus afluentes Capítulo VII. — La Sabiduría, no ocupa lugar. Construcción de una conciencia.
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Capítulo VII. — La Sabiduría, no ocupa lugar. Construcción de una conciencia.

Se atribuye a Sócrates, la idea de que…

“El conocimiento es un saber práctico e interior que ya reside en el alma humana, y no se memoriza de fuera; se alcanza reconociendo la propia ignorancia, a través del diálogo”.

Sus ventajas:

—Aquello aprendido quedaría en la memoria y podría servir en cualquier momento de la vida.

—También animaría a tener curiosidad y a estudiar siempre que se pueda sin miedo a saber demasiado.

Ibai, no solo sabe amar, sino que aprende a pensar.

Para él, acumular conocimientos de nuevos aprendizajes siempre tenía una carga positiva y no le creaba molestias ni estorbaba.

Era rentabilizar esa virtud sin quitar espacios físicos ni añadir otros prejuicios.

La base de su propósito en la vida:

—Escuchaba.

—Observaba.

—Guardaba.

Me confesó en cierta ocasión, durante una de aquellas conversaciones interminables que se alargaban hasta apagar la noche; que parte de lo que sabía sobre el amor y las relaciones humanas no provenía únicamente de su propia experiencia.

Decía, un gran aporte había sido observando la vida de los demás:

—Matrimonios que se quebraban en silencio.

—Amantes que se buscaban como náufragos.

—Amistades capaces de sostener el alma cuando todo lo demás se derrumba.

Con el tiempo había tejido una discreta red de confidencias donde muchas personas, quizá sin proponérselo, depositaban fragmentos íntimos de sus vidas.

Historias de deseo, traición, miedo, ternura y abandono.

Y él, sin juzgar, las absorbía como quien recoge agua de lluvia para sobrevivir a una larga sequía interior.

Aquel conocimiento le terminó modelando.

Comprendió que el amor rara vez era simple.

Y, que casi nunca coincidía con aquello que las personas decían buscar.

Llegó un momento, como él mismo intuía desde nuestras últimas charlas; en que decidió concentrar toda su energía en las personas que más amaba; — familiares y amigos, convertidos en el eje silencioso de su existencia.

Lorea fue para él una amistad incondicional, un refugio donde encontraba comprensión y sosiego mientras se esforzaba por mantener el frágil equilibrio de su matrimonio.

Sin condicionamientos.

No hablaba del amor como una exaltación romántica.

Lo vivía como una construcción paciente. Como quien talla una piedra sabiendo que cada golpe puede destruirla o convertirla en obra.

Aquella etapa estuvo marcada por un profundo trabajo interior.

Supo descubrir y reconocer las emociones que antes combatía:

—El miedo.

—La tristeza.

—La rabia.

—Incluso el asco que a veces dejan las decepciones humanas.

No intentaba eliminarlas; entendió que también cumplían una función.

El miedo protege, decía:

—La tristeza enseña a despedirse.

—La ira señala aquello que duele o resulta injusto.

El verdadero problema no era sentirlas, sino quedarse atrapado dentro de ellas.

Poco a poco fue desarrollando una serenidad nueva.

No una felicidad ingenua, sino una forma más consciente de habitarse.

En la vida había albergado los mejores propósitos para cada uno de sus proyectos.

Sin embargo, las metas deseadas no llegaron como hubiera querido, durante su largo caminar.

Aun así, quedaron imborrables en su mente y en su corazón innumerables momentos vividos en el tiempo.

Las circunstancias que marcaron su existencia como aparentes fracasos obedecieron, en gran parte, a factores ajenos a su voluntad.

Aquellas adversidades le obligaron a fortalecerse interiormente con responsabilidad y tenacidad; siendo una enseñanza de preservar una autoestima elevada frente a los desafíos imprevistos y convertir cada caída en una oportunidad para conquistar nuevas virtudes.

Supo entonces abandonar las zonas de confort e impulsarse hacia otras maneras de hacer las cosas, fueran cotidianas o extraordinarias.

La vida urbana fue su mejor maestra.

Le daba y quitaba sorpresas de manera impredecible.

Era un crisol de grupos humanos con complejidad de matices; en la que tenía que adaptarse según circunstancias y necesidades.

En un momento dado, le hice otra pregunta:

—¿Cómo interpretarías el transcurrir de tu vida?

Me hizo entonces la siguiente reflexión, a manera de síntesis de su amplia experiencia en relación con los golpes esquivados, el dolor y la falsedad de algunas personas por sus intereses, teniendo que convivir con ellas en el paso del tiempo.

Me decía que, volviendo la mirada atrás desde esta Europa que también había llegado a sentir como suya, no encontraba un camino para regresar con todo aquello que había dejado atrás, y que, en algún momento, había dependido casi exclusivamente de él mismo.

No obstante, siempre tenía como referencia íntima, casi sagrada, aquel caserío de los abuelos maternos — amaren aitona-amonak —, donde dio sus primeros pasos; y la casa del padre — aita —, en el viejo barrio de Santa Ana, que le ayudó a levantarse de sus primeras caídas y a despertar.

Ya en edad avanzada, con la mirada turbia y su lento andar, hacía memoria de los besos recibidos y dados.

Recordaba también a aquellos muchos «amigos» que, siendo en realidad desconocidos, se habían ido acercando a él en función de sus logros personales.

Algunos permanecían mientras encontraban utilidad en su compañía; otros desaparecían cuando dejaban de obtener algún beneficio.

Con los años había aprendido a distinguir la amistad de la conveniencia.

Levantaba la mirada, algo pensativo, y me decía:

—Aún no tengo una correcta explicación de por qué, siendo la misma persona de un humilde barrio de una ciudad de un país latinoamericano, era observado de otra manera, dentro de una historia común.

Y continuaba:

—El cristal con el que me observaban parecía cambiarlo todo, aludiendo a la conocida frase de “Todo depende del cristal con que se mire”.

En los primeros años de su llegada, las cuestaciones del «Domund» le solicitaban ayudas para los suyos y para África.

Los comentarios en relación con África le hacían sentir que la distancia geográfica era mayor con respecto a América, cuando en realidad ocurría lo contrario.

Y aún hoy, en algunas reuniones de actualidad, con amigos y conocidos, haciendo alusión a determinados grupos africanos, tras una mirada de perplejidad, le hacen la observación:

—Tú no eres tan negro.

Se creó así la habilidad de evitar aquellos comentarios de respuestas, con una leve sonrisa de complacencia; situándose en un papel con sensación de acogido.

Recuerda también que, en muchas ocasiones, al acompañar a alguna amiga hasta su domicilio, esta, sin previo aviso y con cierto sobresalto, se cuestionaban:

—¿Qué dirán mis padres si me ven contigo?

Y aquella frase, tan breve, terminaba diciendo mucho más de lo que quien la pronunciaba imaginaba.

Él no respondía.

Quizá porque algunas respuestas necesitan muchos años para encontrar las palabras adecuadas.

Viviendo lo bueno y lo malo; — muchas veces callando para lo uno y lo otro sin destacar.

Con el tiempo comprendió que aquella actitud era su forma de preservar la paz interior.

Respetando a los semejantes y sin hacer lo que no quisiera para él, pero con la actitud prioritaria de atención a su propia vida; teniendo como guía, su estado permanente de alerta.

En esta fase evolutiva, experimenta nuevas sensaciones de no tener que pedir perdón ni a temer por razones doctrinales de "Fe".

Eludiendo complejos ante los posibles juicios, críticas o castigos dogmáticos divinos.

Aquellas experiencias fueron alejándose progresivamente del sentimiento de culpa, inculcado por determinadas interpretaciones de creencias.

Empezó a preguntarse si el miedo podía ser también una forma de control.

No tenía respuestas definitivas, pero sí preguntas que ya no estaba dispuesto a abandonar.

Se fortalece su autoestima.

Los conocimientos científicos avalados desde entonces; hacían considerar que la vida no era una prueba:

—Ni un escalón. —Ni un paso en el camino.

—Ni un ensayo; tampoco un preludio hacia el paraíso.

Es lo único que hay aquí y ahora; de lo único que se necesita.

No hay vestigios de algo después de esta vida, admitiendo que; habría que vivir como si no lo hubiera.

Como si esta fuera la única oportunidad de disfrutar, de amar, de existir.

Con el cuidado de la misma.

Pensó que lo único seguro es que está aquí, que está vivo, que este mundo está lleno de maravillas.

No necesitaba milagros.

¿Para qué tantas elucubraciones místicas?

Comprendió entonces que ninguna respuesta llegaría desde fuera.

Si existía una fuerza capaz de orientarlo, tendría que encontrarla en su interior.

Allí, silenciosa pero persistente, latía la única energía sobre la que realmente podía decidir:

— La de su propia conciencia.

Sin estridencias, sigilosamente comenzó a ausentarse de aquellos templos lúgubres, oscuros y fríos, levantados por pensamientos dogmáticos y sus fieles; bajo la idea de una casa comunal.

Paradójicamente, cuando se encontraba inmerso en la naturaleza, entre montañas, bosques, ríos, lagos y playas, tanto de la tierra donde había nacido como de aquella que lo acogió, sintió que era el verdadero hogar: — La casa de todos.

Allí podía expresar su bienestar, en soledad o acompañado, compartiéndolo con los demás.

¡ Allí tenía que vivir !

En armonía con las transformaciones propias de los seres vivos y con el respeto hacia el entorno que habitaban, dejando atrás interpretaciones nacidas de escrituras sagradas vinculadas únicamente a un pasado remoto.

Aprendió a leer el mundo en un amanecer, en un paisaje, en la mirada de los amigos y en los ojos de quienes más amaba.

Con ello, en la sucesión de los acontecimientos que le embargan en el transcurrir de la vida, desarrolla su manera de estar.

Superando miedos inducidos.

Sin intentar idealizar su vida; sino que le comprendiesen desde la serenidad de quien mira atrás después de muchos años.

Procura mantener una evolución psicológica coherente a su realidad; siendo firme en no juzgar su pasado, intentando en su curso, comprenderlo.

Ibai, pasa de la reflexión sobre la adversidad personal a una memoria más profunda sobre pertenencia, identidad, mirada ajena, racismo, emigración y desarraigo.