Capítulo VI. — Amor a uno mismo. Reencuentro interior y reconciliación propia. #5
Finalmente, decidió adoptar la osada alternativa de no dejarla sola y subir con ella en el ascensor hasta el cuarto piso del edificio, permitiendo que entrara en su casa sin reproches ni preguntas al respecto.
Por otra parte, Ibai permanecía contenido, pensando que, si se marchaba, quizá podría sentarle todavía peor.
Ella permaneció sin palabras.
Al parecer, mientras se ponía cómoda y encendía el televisor, con un tono de voz baja le ofreció algo para beber .
Él aceptó un vaso de agua y ambos se sentaron en el sofá de la sala.
Forzando el tiempo y casi ahogándose con el agua, Ibai se puso de pie, alegando una excusa socorrida para tener que marcharse.
Ella también se incorporó. Sin mediar palabra, se abrazaron durante un largo rato.
De su parte, al parecer, con mucha firmeza; él, suavemente, y con gran incertidumbre correspondió al abrazo.
El silencio permanecía allí, sin transmitir ni calor ni frío.
Un cuadro enteramente surrealista después de más de cinco años de relación confidencial, sin un precedente parecido.
Ibai, anonadado, sin poder adivinar los deseos de la otra parte, hizo un ligero gesto para separarse del abrazo.
Entonces el silencio se quebró con una voz entrecortada, de baja tonalidad y suspirosa: — Agur … agur.
Sin mirada conciliadora.
Ibai se dirigió hacia la puerta para abrirla y marcharse, llevándo consigo la sensación de un nudo en la garganta.
Las horas siguientes fueron un territorio extraño.
No había mensajes.
No había explicaciones.
Solo el eco de aquel agur pronunciado sin dureza, pero con una firmeza que no dejaba espacio a interpretaciones amables.
El sábado amaneció gris, aunque quizá era solo él quien lo veía así.
Desayunó sin hambre.
Caminó sin rumbo por calles que conocía de memoria, pero que ese día parecían ajenas. Cada gesto cotidiano, — el saludo del panadero, el ruido del tráfico, el olor del café — le recordaba que la vida seguía, aunque algo dentro de él se hubiera detenido.
No sabía si llamarla.
No sabía si debía hacerlo.
No sabía si quería.
Había una parte de él que buscaba una explicación, una palabra, un gesto que deshiciera el nudo.
Y otra parte — más silenciosa, más madura — que intuía que no habría respuesta.
Que aquel agur no era un enfado pasajero, sino una frontera.
Llegó el domingo por la tarde, mientras ordenaba sus papeles sin orden real, comprendió algo que llevaba tiempo evitando: — que las despedidas verdaderas no siempre llegan con portazos, discusiones o lágrimas.
A veces llegan así, envueltas en un abrazo largo y un susurro que parece cariñoso, pero que en realidad es definitivo.
La firmeza de sus brazos.
La ausencia de reproches.
La manera en que apoyó la cabeza en su hombro, como quien se despide sin querer herir.
Y entendió que ella también había luchado contra ese silencio.
Que quizá llevaba tiempo sintiéndolo.
Que tal vez aquel viernes no fue el final, sino la consecuencia.
Esa noche, al acostarse, no sintió rabia. Tampoco tristeza pura.
Sintió algo más complejo: — una mezcla de gratitud, cansancio y aceptación.
Porque cinco años no se borran.
Pero tampoco se esfuerzan.
Y mientras el sueño lo vencía lentamente, pensó que tal vez el amor; — cuando es honesto — también sabe retirarse a tiempo.
Sin ruido.
Sin culpas.
Sin dramatismos.
Solo con un agur que, aunque duela, respeta.
El lunes amaneció sin sobresaltos.
El mundo seguía igual, como si nada hubiera ocurrido.
Y, sin embargo, algo dentro de él había cambiado.
No era dolor.
No era rabia.
Era una claridad tranquila, como cuando la niebla se levanta y deja ver el paisaje tal cual es.
Comprendió que no necesitaba una explicación.
Que no hacía falta buscar culpables ni motivos ocultos.
Que a veces las historias se cierran solas, sin estridencias, sin discusiones, sin escenas finales. Recordó el abrazo.
Recordó el agur.
Y entendió que aquello no era un castigo, ni un reproche, ni un abandono.
Era simplemente el punto final que ambos habían ido escribiendo sin darse cuenta.
Durante la semana, cada vez que el silencio se hacía más grande, respiraba hondo y repetía para sí:
“No todo lo que termina es una pérdida. A veces es solo un lugar que ya cumplió su función.”
Y así, poco a poco, el eco del agur dejó de doler.
No desapareció, pero se volvió suave, como una palabra que ya no muerde.
Una tarde, mientras caminaba por la Vuelta del Castillo, sintió algo parecido a la paz.
No era felicidad, pero sí una forma de descanso.
Una aceptación madura, sin dramatismos.
Pensó en ella con gratitud.
Por los años compartidos.
Por la compañía.
Por los silencios.
Por lo que fue y por lo que no pudo ser.
Y entendió que no necesitaba volver a verla para cerrar la historia. El cierre estaba dentro de él.
Esa noche, antes de dormir, escribió en una libreta:
“Agur no significa olvido. Significa que lo vivido ya tiene su lugar.”
Y al apagar la luz, sintió que, por primera vez en mucho tiempo, podía descansar sin esperar nada más.
Los días siguientes no trajeron respuestas.
Tampoco reproches.
Solo una calma extraña, como si el tiempo hubiera decidido caminar más despacio para que él pudiera alcanzarlo.
Ibai comprendió que no había nada que reclamar.
Nada que exigir.
Nada que corregir.
El agur de aquella noche no era un portazo, sino una puerta que se cerraba con suavidad.
Una despedida sin ruido.
Una forma digna de decir: — hasta aquí.
Durante un tiempo, cada gesto cotidiano le recordaba su ausencia: — el café de la mañana, el sonido del móvil que no vibraba, las calles que habían recorrido juntos.
Pero poco a poco, el silencio dejó de ser un enemigo.
Se volvió un espacio propio.
Un lugar donde respirar sin miedo a perder nada. Una tarde, mientras caminaba por la orilla del Arga, se dio cuenta de que ya no esperaba su mensaje.
No porque hubiera dejado de importarle, — sino porque había entendido que algunas historias no están hechas para durar, sino para enseñarnos algo.
Y lo que ella le enseñó fue valioso:
—Que el cariño no siempre necesita futuro.
—Que la compañía no siempre exige permanencia.
—Que el amor, cuando es honesto también sabe retirarse sin destruir.
No hubo rencor.
No hubo tristeza amarga.
Solo gratitud.
Gratitud por lo vivido.
Por lo compartido.
Por lo que fue posible y por lo que no lo fue.
Otra noche, en que antes de dormir, escribiría en su cuaderno: — “Hay despedidas que no cierran heridas, sino que las cicatrizan. Agur no es perder. Agur es aceptar.”
Y al apagar la luz, sintió que, por primera vez desde aquel abrazo, el silencio ya no dolía.
Solo acompañaba.
Reflexionaba. A veces, lo único que queda por decir es gracias.
—Gracias por lo vivido. —Gracias por lo aprendido.
—Gracias incluso por lo perdido.
Porque adquiría otros valores, descubriendo despedirse sin romperse.
Entendiendo por fin, que el agur dejaba de ser un final y se convertía en un lugar donde descansar.
Decía con voz pausada, que le era necesario eludir la soledad que le empezaba a imponer las circunstancias.
Se empezaba a aislar de sí mismo, aún cuando se distraía un poco con la guitarra y escribía.
Sintió necesidad de liberarse de esa parte de soledad que ya no le aportaba nada: —Entonces decidió evitarla sin un rumbo fijo.