Capítulo VI. — Amor a uno mismo. Reencuentro interior y reconciliación propia. #4
Me continúa relatando Ibai…
Ya en el portal de la casa según sus indicaciones; esperó en el coche después de despedirse.
El primer problema surgió cuando, tras permanecer más de cinco minutos a que le abrieran la puerta, nadie respondió.
Ella volvió al coche y, ante aquella situación y la hora nocturna, le propuso que pasara la noche en su casa, sin ningún tipo de compromiso.
Seguía sin creer lo que estaba sucediendo.
Atónito y sin hacer más preguntas, llegaron a su domicilio.
Me sigue contando; tenía la mente puesta en las pocas horas que quedaban para aclararse la mañana e iniciar su agenda habitual.
Antes de acostarse, le mostró las dos habitaciones que tenía disponibles para invitados y le dejó elegir dónde dormir.
Mery, algo cansada y apesadumbrada, terminó contándole su situación.
Llevaba trece años casada y tenía tres hijos: dos chicas y un chico.
Su pareja continuaba viviendo en el mismo domicilio, pero, según le explicó, mantenía una relación con otro hombre adulto, más joven que él.
La situación resultaba difícil de comprender y todavía más difícil de manejar.
Yo mismo no sabía cómo aconsejarle, después de habérmelo contado; todavía sorprendido por la inesperada deriva de aquella noche.
Sin embargo, Ibai se mostró ante ella sereno, sin ansiedad.
Siempre había sido una persona de buen temple y juiciosa.
Aquella tarde, ante aquel nuevo e inesperado asunto, hablaron largo y tendido. Ibai le ofreció todo su apoyo mientras trataba de encontrar una salida a la problemática que Mery arrastraba desde hacía mucho tiempo.
Ese mismo día, ella regresó a su domicilio habitual.
Allí descubrió que su pareja había cambiado las cerraduras de la puerta.
Después de hablar con él, le conminó a recoger lo más necesario y esperar las resoluciones judiciales correspondientes.
Ibai permaneció siempre al margen de aquella situación, sin pretender intervenir más allá de lo que su prudencia le permitía.
Sin embargo, continuó apoyándola en cuanto pudo durante casi un año, entre unas circunstancias y otras, y siempre de manera intermitente.
Ella continuó compartiendo vivienda, todo el tiempo, mientras el curso del procedimiento judicial con visitas reguladas a los hijos; hasta que se le concedió la custodia del pequeño.
La relación de Mery con sus tres hijos , se fue armonizando; y ello le supuso más tranquilidad.
Por tanto, también a Ibai; quien supo entrelazar y armonizar su nueva situación, con el “status de vida” previo, entre parte de su familia y amistades.
En el transcurso de un largo período de tiempo, factores socio-familiares y circunstancias de la propia naturaleza de vida, se alinearon hasta predecir un embarazo de Mery, que fue aceptado con ilusión contenida.
Dadas las edades de ella y la de Ibai.
Fue una conjunción de voluntades que, en una etapa especialmente compleja, dio lugar al nacimiento de un varón.
En un mes de junio llegó Haritz (Roble, en euskera), — a este mundo.
El amor, incluso en circunstancias accidentadas, encontraba nuevamente su lugar. Una estrella más en su firmamento, destinada a alterar algunas de las previsiones y a modificar el rumbo de sus vidas.
Ya en la edad adulta, Ibai asumió nuevas responsabilidades con sano juicio y consciente de cuanto estas implicaban.
Proyectó establecerse junto a Mery en una residencia propia y, cinco años más tarde, ambos formalizaron su unión mediante matrimonio civil.
Aún soplaban ocasionales vientos de aquellos ajustes judiciales, promovidos siempre por la otra parte, el ex de Mery, cuyos intereses distaban mucho de ser nobles.
Por entonces, además, había salido del armario, haciendo pública su condición de gay.
Ibai permaneció aferrado a su yo, a sus convicciones y a la necesidad de preservar su propia coherencia.
Había comprendido que, si él se encontraba bien consigo mismo, también estaría en mejores condiciones de ofrecer bienestar a quienes formaban parte de su vida.
Con el paso de los años, sus principales designios se fueron cumpliendo.
Todos sus hijos recibieron una formación adecuada y alcanzaron una vida independiente, construida desde sus propias decisiones y caminos.
Quizá esa fuera una de las mayores satisfacciones de Ibai: — Comprobar que aquello que un día comenzó como una conjunción de circunstancias, continuaría creciendo y convirtiéndose en una familia capaz de caminar por sí misma.
También en su estoicismo, recordando a Séneca; abrazando todas las horas, para así no depender del mañana.
Fue adaptando, cuanto ocurría, al conjunto de hechos, en los tiempos dentro de las situaciones que le rodeaban.
Sin tener que sustituir unas por otras. No le sería muy fácil.
Lo más estable hasta ese entonces, era la responsabilidad y custodia del nuevo vínculo familiar; algo en una cuerda floja.
Paralelamente , le unía un vínculo de gran amistad con Lourdes una chica agradable con la que entablo amistad en unas fiestas de San Fermín, en donde por solo coincidencia de momento y lugar se saludaron por cortesía, ofreciendo Ibai una tarjeta personal.
Tres meses después recibe una llamada de aquella persona con la propuesta de conocerse algo más.
La cual aceptó con gusto.
La cita fue un atardecer, en la Ciudadela de Pamplona.
Una vez en el encuentro, se dedicaron a hablar sobre la motivación del mismo, envuelta en curiosidades; más por parte de ella.
Fue un momento de gratas vibraciones mientras paseaban dentro del recinto amurallado, y que daría paso a mayor grado de confianza, y nuevos encuentros ocasionales.
Ello llevaría hasta varios años después; pese a ir conociendo por parte de ella , que era casada con dos hijas adultas.
Tanto de una parte, como de la otra, no tuvieron que reprocharse nada.
Tácitamente había un consentimiento, sin daños colaterales significativos.
Comprendió Ibai a su vez, desde su punto de vista y manera de ser, que no era sencillo eludir o cortar la comunicación que existía; pese a no haber un enamoramiento.
Era algo fundamentalmente empático en el trasfondo.
Subyacía un diagnóstico de enfermedad renal crónica en fase muy avanzada y mal pronóstico de su pareja.
Solo hablaban puntualmente según reagudizaciones de sus episodios; en los que él, hacía de apoyo, hasta que años después fue ingresado por grave descompensación sin poderse recuperar.
La relación de amistad salvo por la fase de silencio de comunicación en el periodo de duelo lo respetó.
Asiduamente ella tenía la iniciativa de contactar para salir a tomar una copa y conversar.
Nunca llegaron a plantearse tomar decisiones, ni siquiera plantear un futuro de sus estados.
En ello, Ibai no preguntaba.
Ya se conocían lo suficiente, aunque Ibai, sospechaba que ella padecería de algún tipo de trastorno depresivo leve; — dados los episodios de desconexión o ausencias largas eventuales sin explicaciones y la práctica de actividades paralelas tipo Yoga o variedad de Tai Chi.
Él, se refugiaba en su silencio, — con la idea de no incordiar a los demás.
Hasta que la tarde de un viernes se dispuso a salir, al hacerse un tanto prolongado el día enredando con el ordenador.
Serían las 19:00 horas cuando miró el reloj de pulsera.
Contrastó la hora con los chats del móvil y, pensando en ella, se preguntó — Si Lourdes le llamara ahora, tendría toda la tarde disponible… y, a la noche, podría estar con ella.
Coincidía con la hora habitual de su encuentro con unas amigas, que acudirían primero a los funerales solemnes de unos conocidos fallecidos en un accidente de coche.
Al no tener la certeza de que Lourdes pudiera llamarle, optó por ir a tomar un vino al Bar Donibane, regentado por unos amigos dominicanos en el barrio de San Juan de Pamplona, pero lo encontró cerrado.
Decidió desplazarse entonces a otro establecimiento, La Traka, regentado por una familia boliviana en el barrio de Iturrama.
Después pasaría por el restaurante Da Pino, de otros amigos italianos en la zona de Mendebaldea, en la periferia de la ciudad.
Ya de vuelta a casa, sobre las 21:30, recibió un mensaje de Lourdes en el móvil, con su forma un tanto personal de comunicarse.
Se encontraba en una cafetería del Segundo Ensanche de Pamplona, una vez que sus amigas ya se habían marchado, y esperaba que él se acercara hasta allí siguiendo las señas que le había dado.
Aceptó la idea de tomar una copa y llevarla después a su domicilio, en las afueras de la ciudad.
Costó llegar hasta la ubicación indicada por un pequeño error en las señas aportadas, lo que retrasó algo el encuentro al tener que dar varias vueltas con el coche.
Una vez juntos, y después de saludarse, se sentaron en la terraza de la cafetería y pidieron unos vinos con algún pintxo para acompañar.
Cuenta Ibai que la notaba distinta a otros días, sin que hubiera motivos aparentes que justificaran aquel cambio después de tantas reuniones compartidas.
No se lo explicaba, pero tampoco quería hacer aflorar alguna posible molestia en un momento inoportuno, por lo que decidió no preguntar.
Hubo algún comentario relacionado con el acto al que habían asistido, sin mayor relevancia.
Ibai le prestó la justa atención, al considerarlo intrascendente; observaba, en cambio, la expresión de su semblante y unos gestos que nunca antes había percibido en ella, ni siquiera en momentos especialmente complicados.
Intuía, por el conjunto de sus comentarios, que tal vez había cometido algún pequeño desliz sin haberse percatado de ello.
El breve espacio de tiempo se le estaba haciendo cada vez más pesado. No encontraba la manera de hacer aflorar la causa de aquella incomodidad y aportar, así, alguna solución.
Finalmente, se vio forzado a acelerar la idea de llevarla a casa.
El trayecto supuso unos diez minutos hasta poder estacionar cerca de su domicilio y acompañarla a pie hasta el cuarto piso donde residía.
Ambos guardaban un silencio más que sepulcral.
Ibai seguía sin comprender aquella gran incomodidad.
Sin apenas ruido, se preguntaba si sería mejor dejarla en el portal y retirarse.
Un verdadero torbellino mental, mientras procedía con sumo cuidado.
El silencio seguía haciéndose escuchar entre ambos.