El Amor y sus afluentes Capítulo VI. — Amor a uno mismo. Reencuentro interior y reconciliación propia. #3
75%

Capítulo VI. — Amor a uno mismo. Reencuentro interior y reconciliación propia. #3

Eran formas de sobrevivir. La relación entre ambos creció lentamente.

Tras un par de encuentros informales para tomar café y conversar, pasaron varios días sin contacto, como si ambos hubieran regresado a la normalidad anterior de conocerse.

Poco tiempo después, recibió en su despacho una visita inesperada de una señora con porte elegante, serena y cierto aire de preocupación; que tras haber llamado a la puerta y haciéndola pasar, se presentó como la madre de Lorea.

Cariñosamente la “Solete” por su hija.

Directamente tras el saludo, le confesó temer que su hija estuviera entrando nuevamente en una etapa depresiva; solicitando con enorme delicadeza, que el grupo de amigos no la dejara sola.

Aquella conversación conmovió profundamente a Ibai, optando por compartirlo con sus amigos y organizar encuentros ocasionales.

Desde entonces comenzó a mirar a Lorea de otra manera: — No como una mujer inaccesible, sino como alguien que llevaba años sosteniéndose sobre grietas invisibles.

No fue un enamoramiento inmediato, sino mediante una intimidad construida lentamente con el tiempo.

Compartían cafés interminables, reuniones con amigos, conversaciones nocturnas y escapadas ocasionales.

Había entre ambos cierta complicidad; una cercanía especial, profunda, casi inevitable. Pero también un límite, — invisible y firme.

Lorea parecía capaz de entregarse al placer sin permitir jamás la ocupación total de su territorio afectivo.

Como si el amor, para ella, tuviera siempre una puerta entreabierta hacia la huida. Una noche, después de cenar con amigos en la sociedad gastronómica “Erletoki”, terminaron solos.

No hubo planificación.

Ni promesas.

Solo una acumulación antigua de miradas, deseos contenidos y silencios demasiado largos.

Todo ocurrió con la violencia dulce de lo inevitable.

—Besos.

—Manos.

—Respiraciones agitadas.

—Cuerpos descubriéndose como si llevaran años esperándose.

Después, el amanecer llegó demasiado rápido…

Y con él, apareció en ella una sobriedad extraña; — casi dolorosa, que hasta entonces, Ibai no entendía.

Más tarde comprendería que Lorea jamás separaba el placer de sus heridas.

El tiempo siguió avanzando.

Hubo viajes.

Reencuentros.

Noches compartidas.

Incluso una escapada a Viena donde volvieron a amarse con intensidad absoluta. Nada modificó la esencia de aquella relación.

Lorea seguía evitando el enamoramiento como quien evita acercarse demasiado al borde de un precipicio conocido.

Y él, aunque profundamente enamorado, terminó comprendiendo que amar también podía consistir en no exigir.

Una tarde, sentados en una cafetería del centro de Pamplona, ella le habló largamente sobre el concepto griego de “Philautia”.

El amor a uno mismo.

No entendido como egoísmo ni narcisismo, sino como la necesidad de preservar la propia estructura emocional después de haber sido rota demasiadas veces.

Si no aprendes a protegerte, — dijo; — acabas entregando tu vida a quienes no saben sostenerla.

Aquella frase quedó resonando mucho tiempo dentro de Ibai.

Porque comprendió que Lorea no huía del amor.

Evitaba el dolor de perderlo otra vez.

Ella amaba a su manera.

—Con límites.

—Con miedo.

—Con ternura.

Era capaz de ofrecer el cuerpo sin entregar completamente el alma.

Y aun así dejó huellas imborrables. Quizá porque algunas personas no llegan a nuestra vida para quedarse, sino para enseñarnos algo esencial antes de marcharse.

Con los años, Ibai aceptó finalmente una verdad difícil: — Lorea jamás lo amaría como él deseaba.

Pero también entendió algo más profundo.

Que el amor no siempre culmina en posesión, convivencia o permanencia.

A veces consiste únicamente en haber coincidido.

En haber compartido el fuego.

Y en agradecer que alguien nos permitiera existir, aunque fuera por instantes, dentro de la arquitectura secreta de su corazón.

Ella siguió buscando su amor.

Él siguió esperándolo de otra forma.

Y ambos aprendieron; — cada uno a su manera, — que la felicidad no reside en poseer aquello que se ama, sino en la capacidad de vivir plenamente lo que el amor deja dentro de nosotros.

Como dice la frase aludida a Aristóteles, “la felicidad no nace de los placeres pasajeros ni de las riquezas materiales, sino del desarrollo pleno del ser humano conforme a la virtud”.

Y quizá por eso, incluso después de todo, cuando Ibai recordaba a Lorea no sentía derrota.

Sentía gratitud.

Porque algunas personas no vienen a completar nuestra vida.

Vienen a despertarla. Habían pasado unos años desde aquel encuentro con Lorea.

Continuaba el curso de las cosas, dejando atrás aquella experiencia y abriendo, sin que Ibai pudiera imaginarlo, nuevas páginas en su historia afectiva.

Entre otras varias posibilidades, resurgió nuevamente en él la idea de regresar a la patria que lo había visto nacer.

Por unos instantes volvió la mirada, haciéndose eco de aquellos pequeños recuerdos, fragmentos e instantes pertenecientes a la parte más amable del tejido personal de su existencia.

No obstante, supo resistir la tentación y evitar la búsqueda de un camino de regreso. Allá o acá siempre habría un porqué para continuar.

La vida seguiría, al margen del lugar en el que se encontrase.

Unas veces se presentaría luminosa; otras, se ocultaría detrás de días grises.

Pero incluso en sus noches más hondas, siempre deja alguna estrella encendida, como recordatorio de que todavía existe un camino por recorrer.

Y aun en aquel tramo de la existencia de Ibai, confluyeron algunos instantes más.

Por eso, me hizo una observación que quedó resonando en mí.

No se debe medir la vida por los años, sino por aquellos instantes capaces de detener el tiempo:

—Una voz.

—Un aroma.

—Un paisaje.

—Un beso. —Una lágrima.

—Una risa compartida.

Pequeñas eternidades que el corazón guarda cuando todo lo demás comienza a desaparecer.

Optó entonces por alquilar una vivienda en la zona periférica, próxima tanto al centro de la ciudad como a su lugar de trabajo.

Buscaba un espacio en el que pudiera compatibilizar su autonomía con las visitas, principalmente las de sus hijos, nacidos de su relación con Itxaso, que residían en las proximidades.

Mientras tanto, sus amigos más cercanos lo visitábamos con cierta asiduidad.

Era algo que agradecía mucho, sobre todo porque los suyos apenas se acercaban por su casa.

Antoin y El Txolo, visitadores médicos; Piraña odontólogo y yo, Txarli, éramos algunos de ellos.

En cierta ocasión decidimos reunirnos para celebrar, con una cena, las onomásticas de algunos de nosotros que, por motivos personales y de otra índole, habían quedado recientemente sin celebrar.

El punto de encuentro fue la cafetería - bar de un conocido hotel de la ciudad.

Cuando llegué, los cuatro ya estaban allí.

Ibai se separó del grupo y se dirigió a recibirme.

Como siempre entre nosotros, nos saludamos con mucha efusividad.

Sorprendiéndome al descubrir que había además dos mujeres a las que, en principio, no esperaba encontrar.

Una de ellas era conocida: – visitadora médica y compañera de empresa de El Txolo. Había llegado a Pamplona procedente de Bilbao por motivos laborales.

La acompañaba otra amiga, guipuzcoana y residente en la ciudad, representante también de productos farmacéuticos.

Después de las presentaciones protocolarias, conversamos y tomamos algo antes de entrar en el restaurante, donde teníamos reservada una mesa para los cinco.

Ellas se marcharon, quedando en volver después de la cena para tomar una copa.

Nos citamos para más tarde en un disco-bar de un amigo común, el “Fuente de Manaos”, en el barrio de Iturrama de Pamplona.

No era un local muy amplio, pero sí acogedor y agradable para tomar una copa y escuchar música.

Una vez cenados, nos dirigimos al lugar de encuentro con las chicas.

Cuando llegamos los cinco, comprobamos que las dos chicas ya estaban allí.

Nos reunimos con ellas y pedimos una consumición mientras escuchábamos música muy latina.

En aquel momento sonaba, dentro del repertorio, Juan Luis Guerra, el cantante dominicano que estaba en pleno auge.

Pasada ya buena parte de la noche, El Txolo, muy pendiente de su compañera de Bilbao, propuso acudir a una sala de baile de la zona.

Aceptamos y dejamos los coches para continuar andando.

El Txolo, junto a su compañera; Piraña, acompañando a la amiga; y, unos pasos detrás, Antoin, Ibai y este servidor.

Ya próximos a la entrada del local, y manteniendo cierta distancia respecto a los demás, Antoin se volvió hacia nosotros y, con su habitual sentido del humor, hizo la observación: — “Ya está todo el pescado vendido”.

Eso no debería preocuparnos tanto; contestó Ibai. Tanto El Txolo como Piraña están casados y tienen hijos.

Tendrán que retirarse prudentemente a una hora no demasiado tardía.

Aquello condiciona una imprevista risotada, y entramos en la sala.

Evidentemente, aquel no era un lugar para conversar.

La música sonaba a demasiados decibelios.

Pudimos, no obstante, escoger una mesa para todos, hacernos con nuestras consumiciones, tararear algunas canciones y contemplar a los demás bailar.

Ya avanzada la noche, El Txolo y Piraña se despidieron por sus compromisos familiares y abandonaron el local.

Nosotros tampoco permanecimos mucho más tiempo, sin esperar al cierre.

Decidimos que Antoin llevaría a la bilbaína hasta el hotel donde se hospedaba; Ibai acompañaría a la guipuzcoana, mientras yo me dirigía a mi coche, estacionado en las proximidades, para regresar a casa.

Pasado el mediodía siguiente…

La tarde vino acompañada de una llamada inesperada y de una historia que, por lo sucedido, había dejado al propio Ibai sorprendido.

Apenas podía creer lo ocurrido.

Por eso, después de comer, me llamó para ponerme al corriente.

Txarli, es duro, pero te lo cuento a ti.

Esta noche, después de dejarnos en el coche para llevar a la chica hasta su domicilio, me cuenta Ibai que apenas conocía su nombre.

Fue un momento de risa inevitable, según relata que, en un momento antes de salir y en un cruce de miradas, casi a la vez salta la pregunta… “a todo esto, cómo te llamas”. Y así nos volvimos a presentar: Ella Mery.