Capítulo VI. — Amor a uno mismo. Reencuentro interior y reconciliación propia. #2
Más bien, establecía una base de salud emocional capaz de permitirle amar a otros; comenzando por conocerse interiormente, escucharse y reconciliarse consigo mismo.
Comprendía que el amor propio no era un destino final, sino un viaje continuo de descubrimiento y aceptación, identificando necesidades personales y actuando de acuerdo con sus valores, no únicamente para complacer a los demás.
Ibai hacía todo lo posible por rodearse de personas positivas, evitando relaciones tóxicas que pudieran erosionar su autoestima.
Disfrutaba especialmente compartiendo tiempo en la naturaleza o realizando actividades que le proporcionaban paz.
Tras el propósito de afincarse en el país, dispuesto a iniciar otra etapa, y motivado por el sentir de una parte de sus vínculos familiares materno con la región vasca-francesa; optó elegir de una oferta laboral, y trasladarse a la Comunidad Foral de Navarra.
Estableciéndose como residente y continuar desarrollando su carrera profesional.
No cambió su vida por miedo, ni se dejó intimidar por la incertidumbre; — al contrario, se implicó profundamente en el sentimiento del amor; — dentro de su esquema, vivido a su manera.
Pamplona, entonces una ciudad acogedora, de dimensiones moderadas, con una prestigiosa universidad privada de reconocimiento internacional y una Facultad de Medicina vinculada a un importante complejo sanitario compuesto por el Hospital de la Diputación y la Residencia Hospitalaria Virgen del
Camino.
Sin poder dejar de mencionar las seculares Fiestas de San Fermín, popularmente conocidas como “Sanfermines”, de interés Turístico Internacional, vinculada a la difusión que le diera el escritor Ernest Hemingway en su libro “Fiesta”.
En esta nueva etapa comprendió el amor como una virtud ligada al crecimiento humano y al afecto sincero, capaz de mejorar las relaciones de convivencia desde la igualdad.
No obstante, permanecía silenciada otra carga interior que, durante algún tiempo, había quedado dormida y que ahora despertaba de nuevo.
Ibai comenzaba a escuchar la voz de su corazón, a recordar quién era realmente y a redescubrir la belleza de la vida cuando existe amor, incluso aquel que nace y permanece en el silencio.
Con cierta suspicacia, una pequeña dosis de inocencia y sin volver demasiado la vista atrás, tomó la decisión personal y voluntaria de exiliarse definitivamente al no reincorporarse a su puesto de trabajo en la Clínica de La Concepción, en Bugaba,
ni retomar sus compromisos militares con la Guardia Nacional en David, Chiriquí.
La situación político-militar que había dejado en Panamá no resultaba esperanzadora frente a la responsabilidad que ahora asumió junto a su familia reunida en España.
Sigilosamente se auto sometió a un exilio personal que duraría diez años hasta volver a su país natal.
Corría el año 1973.
Comenzaba así una nueva etapa de madurez, marcada por las consecuencias de sus decisiones, el desarrollo de una inteligencia práctica y el aprendizaje acumulado a través de los años.
Poco a poco, aprendió a extraer sus propias conclusiones, a reflexionar y a discernir; — entre lo verdadero y lo falso, — entre lo justo y lo dañino.
Comprendía que la moral debía permitir actuar con buen juicio, sin someterse ciegamente a ideologías políticas, religiosas o fanatismos.
Frente a la fragilidad histórica de la vida, hacía balance de los años recorridos y admitió que no deseaba perder tiempo aparentando lo que no era, ni deteniéndose en personas incapaces de aportar verdad a su existencia.
En su camino conoció placeres, pero también lloró errores; afrontando las circunstancias sobre todo, sin fingir.
Más que el paso del tiempo, era la sabiduría la que le imponía urgencia.
Ya no había espacio para promesas vacías, sino para verdades sencillas: — afectos reales, miradas limpias y contactos humanos sin falsedad.
Aunque las canas comenzaban a insinuarse en su cabello, su alma permanecía despierta.
Seguía emocionando con la música y, en ocasiones, deseando cantar sin necesidad de exhibirse.
Le bastaban los abrazos sinceros de quienes sabían cuidar el alma sin herirla; y devolvía aquel calor humano con la sonrisa más limpia que poseía.
Su peculiar manera de ser quizá dificultó que muchas personas llegaran a conocerlo verdaderamente.
Creía que sus actos, realizados con autenticidad y sin estridencias, deberían bastar para ser comprendido por quienes le rodeaban.
Sin embargo, su mundo interior permanecía profundamente sedimentado por el tiempo, marcado especialmente por la ausencia física de la madre durante gran parte de su infancia y adolescencia.
A pesar de su actitud abierta y sociable, sin rígidas barreras de clase social, era consciente de encontrarse en una sociedad de diferencias culturales muy marcadas.
Desde una mirada centroamericana: — Forjada en el mestizaje y enriquecida por una pequeña raíz vasco-navarra.
Observaba una España todavía condicionada por profundas inercias religiosas, políticas y sociales en plena transición hacia formas más participativas de democracia.
Las diferencias culturales se hacían visibles entre regiones: — Madrid, Castilla y León, Cantabria, Castilla-La Mancha, Aragón, Cataluña, el País Valenciano, Murcia, Andalucía, Extremadura, Galicia, Asturias, País Vasco, Navarra y La Rioja.
Siempre procuró mantener una convivencia armónica, aunque ciertas miradas ajenas le recordaban límites invisibles que resultaban incómodos.
Fue entonces cuando decidió dejar de vivir alimentándose de ilusiones y comenzar, en cambio, a construir sus propios sueños.
Se iniciaba otra larga etapa de vida, marcada nuevamente por un profundo silencio interior.
Evitaba convertir su situación personal en altavoz público; aquel anonimato, lejos de perjudicar, le favorecía.
Con el tiempo, esa discreción le proporcionará nuevas satisfacciones y aprendizajes.
Supuso que la nueva situación podría ocasionar dificultades laborales, especialmente en el ámbito sanitario, pese a estar casado con una ciudadana española.
Sin embargo, gracias a diversas gestiones y al apoyo familiar, logró incorporarse al Hospital de la Diputación Foral como médico interno en formación dentro del equipo de Cirugía Torácica y Cardiovascular.
Transcurrieron algo más de doce meses cuando recibió una nueva oferta del hospital estatal para incorporarse al Servicio de Medicina Interna, concretamente en el área de Corazón y Pulmón.
Fueron tres años intensos de trabajo y formación, tras los cuales obtuvo los títulos de especialista en Corazón y Pulmón y en Medicina Interna, a través de convenios con la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza.
Pronto comenzaron a surgir ofertas desde clínicas privadas, aunque optó por permanecer en el sistema público y presentarse a las oposiciones de Médico Adjunto del Servicio de Medicina Interna, plaza que consiguió por mérito propio.
Aquello representó una enorme satisfacción personal:
—Una conquista basada exclusivamente en el esfuerzo.
—La constancia y la confianza en sí mismo.
No obstante, complementaría posteriormente su actividad hospitalaria con la consulta privada.
Entonces coincidieron otras circunstancias; su relación matrimonial con Itxaso había dejado de sostener un equilibrio recíproco.
Ella, de carácter dominante y temperamento firme, — aunque alejada de cualquier fervor religioso; — él, en cambio, es más dócil, disciplinado y silencioso.
Aquella diferencia de naturalezas fue convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una convivencia sostenida más por las apariencias que por la armonía verdadera.
Mientras mantenía las formas ante los demás, en lo más profundo de su ser crecían gritos internos de emancipación, que él aprendía a ocultar en silencio.
No ha sido fácil.
Entre otras varias posibilidades, le resurge nuevamente la idea de retornar a la patria que le vio nacer.
Por unos instantes, vuelve la mirada haciéndose eco de aquellos pequeños recuerdos, fragmentos, instantes de la parte más afable del tejido personal de su existencia.
No obstante, supo resistir la tentación y evitar buscar el camino de volver.
Allá o acá siempre habría un porqué para seguir.
La vida continuaría igual, al margen del lugar en el que estuviese. Fue también por aquellos años cuando conoció a Lorea (Flor).
Apareció en su vida como aparecen ciertas canciones en medio de una noche triste: — sin anuncio previo, pero quedándose para siempre en algún rincón del alma.
El encuentro ocurrió en una pequeña sala disco-bar de Pamplona.
Ibai había acudido con dos amigos para celebrar un cumpleaños.
Ella estaba con otras chicas, bailando salsa bajo las luces cambiantes del local.
Destacaba sin proponérselo.
No era únicamente hermosa.
Era la manera en que habitaba su cuerpo.
Su cabello rubio, cortado a la altura de la nuca, parecía seguir el movimiento de unos ojos claros, casi verdes, que brillaban con intensidad extraña bajo las sombras de la pista.
Cuando sus miradas se cruzaron, ambos comprendieron algo.
No sabían aún qué.
Pero algo había comenzado.
Ibai se acercó y la invitó a bailar.
Ella aceptó sonriendo.
Bailaron casi toda la noche.
Entre canción y canción fueron presentándose, gritando apenas para vencer el volumen de la música.
Lorea e Ibai.
Flor y río.
Ya desde entonces aquello parecía una metáfora.
Había en ella una mezcla desconcertante de seguridad y fragilidad.
Reía con facilidad, pero sus silencios parecían esconder habitaciones cerradas.
Vivía con su madre a quien llamaba cariñosamente “La Solete” y con una hija adolescente.
No pudo evitar que arrastraba las secuelas emocionales de una separación dolorosa que jamás terminó de comprender.
En ocasiones desaparecía del mundo durante días.
Se encerraba.
Callaba.
Se aislaba.
Como si necesitara reconstruirse lejos de cualquier ruido.
Y aun así, poseía una vitalidad luminosa.
Le apasionaba la pintura, la lectura y la filosofía helénica.
Hablaba del amor utilizando términos griegos antiguos como quien describe mapas secretos del alma humana.
Para ella no eran conceptos teóricos.