Capítulo VI. — Amor a uno mismo. Reencuentro interior y reconciliación propia.
La vuelta a Panamá, tras una larga ausencia de seis años, fue para Ibai un reencuentro de intensas emociones; una suerte de confluencia entre los deseos y sentimientos que había dejado atrás y aquellos otros que, con el paso del tiempo, habían venido a instalarse en su ánimo.
Inolvidable el recibimiento en el Aeropuerto Internacional de Panamá; de Ibai e Itxaso por parte del aita Eduardo junto a Ipa, su segunda esposa tras divorciarse de la ama Evelyn.
También acompañaban otros familiares dentro de los que se encontraba LuisMa, el hermanito de seis años al que veía por primera vez.
Ipa les resultó encantadora, muy cariñosa y entregada.
Los otros hermanos, la china Amy estaba en EEUU con la ama Evelyn y Montxo en Rio Grande do Sul (Brasil) estudiando ingeniería agrónoma.
Para Itxaso, todo era sorprendente al llegar a un país completamente distinto de los países europeos que conocía, a pesar de los contactos que había mantenido a través de Ibai durante su estancia en Europa.
Se encontraba casi estupefacta ante la intensidad del recibimiento, tanto por parte de familiares como de amistades.
Su aita les cedió un apartamento que tenía en el mismo lugar del que había partido Ibai.
Allí permanecía prácticamente todo el vecindario que había quedado atrás al partir y que, aunque el tiempo había pasado, no había conseguido borrar.
La calle 15 del viejo barrio de Santa Ana, donde se crió, con las casas que aparecen en la poesía «Cuartos»: — La China, La Chola, Cloti, Los Caicedos, Los Castros, Picantei... y otra parte de sus familiares, los Thomas, completaba aquella larga lista de nombres y recuerdos.
Era una especie de fusión de su Yo Panamá con su Yo Europa, equilibrando las emociones de amargura e incertidumbre de aquel entonces, el 19 de agosto del año ´62, cuando zarpó hacia lo desconocido, con la satisfacción de regresar con los deberes cumplidos.
Volver a la tierra conocida le produjo, pues, no pocas y muy gratas sensaciones, como suele acontecer cuando el hombre retorna a los lugares donde alguna vez fue joven y descubre que, aunque las calles permanezcan, ya no es el mismo quien vuelve a recorrerlas.
Llegaron entonces momentos de reposo y adaptación, de reintegración a los nuevos tiempos.
Seguía siendo un entorno extremadamente abierto a los hábitos y costumbres de Itxaso.
Ibai se proponía compartir la factura que presentaba la vida, saldando los adeudos de las palabras de ánimo, las ternuras y los abrazos recibidos.
También quería saldar, por su parte, los arrebatos emocionales, las negligencias, los temores, las dudas o las vanidades que hubiese podido tener con todos durante su largo caminar.
Todo pasó con rapidez.
Al haber disfrutado de una beca de estudios por parte del Estado, el compromiso adquirido era cumplir con el servicio sanitario en el país, continuando con otra formación como Médico Interno Residente durante tres años en centros hospitalarios públicos.
Pero, a pesar del fragor de aquellas emociones —dicho sea esto en sentido figurado—, había en lo más hondo de su memoria un secreto que Ibai no estaba dispuesto a dejar marchitar ni a entregar por completo al olvido.
Pertenecía a los años de su adolescencia, cuando cursaba el bachillerato, y estaba relacionado con los movimientos estudiantiles de protesta que habían marcado, de manera indeleble, una de las etapas más difíciles de su juventud.
Por entonces contaba apenas catorce o quince años y cursaba los primeros años del bachillerato, cuando hubo de enfrentarse a una de las experiencias más desagradables y dolorosas que hasta entonces había conocido.
Sucedió con motivo de unas movilizaciones estudiantiles generales, convocadas durante un mes de mayo en la ciudad capital, en las que participaron numerosos centros educativos públicos.
Los estudiantes reclamaban mejoras en el sistema educativo y el fin de los atropellos cometidos bajo el régimen militarista, dirigiendo sus demandas contra la administración presidencial de aquel momento.
Para Ibai aquella fue la primera manifestación en la que tomó parte y, también, la primera ocasión en que conoció de cerca la violencia con que podían ser reprimidas las voces de los jóvenes.
Los acontecimientos dejaron tras de sí numerosos incidentes y, como consecuencia de aquella represión, se convocó una huelga indefinida en las instalaciones del Instituto Nacional de Panamá.
El desenlace habría de ser trágico.
Tras el sitio y posterior ataque con armas de fuego contra las instalaciones del centro educativo, las ráfagas de los francotiradores y de las tropas gubernamentales convirtieron aquel recinto en escenario de muerte.
En medio de aquella lluvia de balas, uno de sus compañeros cayó víctima mortal de la violencia.
La tragedia no terminó allí.
La masacre estudiantil cobró también la vida de otros jóvenes y despertó en la ciudadanía un sentimiento de indignación que pronto se transformó en una huelga general de brazos caídos.
Ante la magnitud del conflicto, el gobierno llegó a suspender las garantías constitucionales y hubo de negociar con los dirigentes estudiantiles, refugiados en la Universidad de Panamá.
Finalmente, aquella confrontación habría de concluir con el llamado «Pacto de la Colina».
Después de aquellos acontecimientos transcurrieron los años siguientes bajo el compromiso de continuar su formación como estudiante.
Sin embargo, su juventud no estuvo completamente al margen de los acontecimientos políticos y militares que sacudían al país.
Hubo participaciones sutiles y, en ocasiones, accidentales, en comandos urbanos; y fue testigo de circunstancias relacionadas con el envío de mercenarios a La Bahía de San Juan de Dios, así como de los sucesos de Río Hato, en la costa del Pacífico de la provincia de Panamá, y de Cerro Tute,
en Veraguas.
Todo aquello fue dejando una huella profunda en su espíritu.
Sin hacer alarde de sus sentimientos ni permitir que nadie pudiera leer con facilidad lo que ocurría en su interior, Ibai fue acumulando un resentimiento que, con el tiempo, llegó a confundirse con una silenciosa sed de venganza.
Supo guardarlo en lo más recóndito de su ser, allí donde se esconden las heridas que el hombre no muestra y que, precisamente por permanecer ocultas, pueden llegar a gobernar una parte de su destino.
Solo el aita pareció sospechar la existencia de aquella sombra que comenzaba a acompañarlo.
Tal vez por ello, y comprendiendo que su hijo necesitaba apartarse de aquel ambiente, tomó la determinación de orientarlo hacia unos planes de estudio fuera del país, y por supuesto de territorio estadounidense.
Ibai mantuvo durante mucho tiempo un objetivo en mente, alimentado y condicionado por aquellos sentimientos.
Sin embargo, la vida, que pocas veces consiente que los hombres permanezcan fieles a los designios que trazaron en su juventud, habría de modificar poco a poco sus propósitos.
La llegada de nuevos compromisos, la vida en pareja y, más tarde, la experiencia de someterse a una disciplina militar fueron transformando su manera de entender el mundo y de contemplar aquel pasado que durante tantos años había llevado consigo.
Finalmente, se integró en el sistema sanitario y desarrolló su carrera como médico.
Más tarde, su trayectoria lo llevaría a convertirse también en médico militar, hasta ejercer en el Fuerte Cimarrón, en aquellas zonas selváticas próximas a la provincia del Darién.
Y fue allí, entre la medicina, la disciplina y la espesura de una tierra donde la naturaleza parecía recordar al hombre su propia pequeñez, donde aquella historia que había comenzado en los años turbulentos de su adolescencia habría de adquirir un significado distinto.
Vivió experiencias profesionales, sociales y personales de gran intensidad, entre ellas la paternidad y las nuevas responsabilidades que esta conllevaba.
Sin embargo, después de tres años de estancia, las diferencias culturales y estilos de vida llevaron a Itxaso, — hija única — a regresar a España con los hijos, Susy, de tres años, y Gus, de dos.
Ibai comprendió y aceptó la decisión.
Tras diversos acontecimientos, incluido un grave accidente de tráfico del que salió ileso; decidió también abandonar Panamá y reorganizarse.
La vida continuó.
Pero algo había cambiado: — el idealismo juvenil cedía paso a una mirada más pragmática, sin perder del todo la capacidad de amar.
Asomándose a un estado de mayor madurez, afrontó una especie de exilio interior, reencontrándose consigo mismo y reconciliándose con su propio ser.
Organizó su viaje a España para reunirse con Itxaso y sus dos hijos.
Más por necesidad, que por una verdadera planificación de futuro.
Era su segundo viaje en una naviera italiana, con escala en el puerto de la Ciudad Condal.
No hubo contratiempo alguno y el reencuentro en Barcelona resultó de una emoción indescriptible.
Les recibieron Itxaso, su tío Patrizio Arabolaza, quien fue presidente de la sociedad gastronómica "Irungo Atsegina" de Irún, con su esposa Primi; una asturiana super encantadora.
Desde allí partieron seguidamente en el coche familiar con destino a Irún.
Se abría un nuevo camino; no tanto para seguir aprendiendo, sino para atreverse a iniciar nuevos proyectos tras asumir experiencias que nadie vio, vividas en plena juventud.
Confiaba plenamente en su capacidad.
Si él estaba bien, con una autoestima sólida y equilibrada, podría transmitir bienestar a quienes le rodeaban.
No era una simple idea: — Era una realidad construida lentamente en su interior.
Llevaba mucho por demostrar desde una abundancia silenciosa, que había ido creciendo con cada paso dado; estaba dispuesto ahora, a compartir luz: — Un amor altruista, sustentado en la entrega incondicional, libre de posesión y respetuoso siempre con la libertad del otro,
apoyado más en principios que en emociones pasajeras.
Todo ello revertía en satisfacciones personales, fortaleciendo lazos sociales de intensa energía humana.
Consolidaba así la aceptación, el respeto y la valoración de sí mismo, incluyendo virtudes y defectos, sin caer en el egoísmo.