Capítulo VIII. — La Felicidad
Punto convergente de satisfacciones que recorren cauces desconocidos, con el amor como viaje inacabado y siempre cambiante, ajeno a toda posesión.
Ibai entendió que aún, cuando no siempre se alcanzan las metas soñadas, el verdadero triunfo consiste en no renunciar jamás al entusiasmo de seguir adelante.
A pesar de las percepciones adversas y de objetivos no alcanzados; mantener su armonía y equilibrio de paz se convirtió en una prioridad esencial, para de algún modo, transmitir también a quienes le acompañaban o dependían de él.
El amor es una metamorfosis, no es una forma fija.
Al nacer se crea como una necesidad, que cuando falta comienza como deseo pudiendo devenir en amistad, sacrificio o compasión.
Descubriéndose el ser persona, que amar es en el fondo una conversión de afectos y sentimientos que fluye de manera constante en las interacciones sociales.
Ibai, con mayor grado de conciencia, iluminaba sus pasos por el largo túnel de la vida que aún le quedaba por recorrer.
Durante mucho tiempo, había pensado que la felicidad era algo que se alcanzaba.
Quizá por eso como tantos seres humanos, la había buscado en los lugares donde parecía razonable encontrarla:
—En los logros.
—En el reconocimiento.
—En la seguridad.
—En las relaciones afectivas. —En los placeres que de vez en cuando interrumpían la monotonía de los días.
También en aquellas pequeñas victorias personales que, aunque nadie celebrara, le permitían sentirse por un instante satisfecho consigo mismo.
Había conocido, además, esa otra felicidad inesperada que no se conquista ni se programa:
—La que aparece de pronto.
—Una mirada correspondida.
—Una palabra pronunciada en el momento preciso.
—Una caricia.
—Un abrazo que llega cuando más se necesita.
—El deseo que encuentra deseo.
—La compañía que transforma un día cualquiera en un recuerdo.
—La sensación, tan sencilla como extraordinaria, de saberse querido por alguien a quien también se quiere.
Eran placeres breves, sí, pero no por ello menos verdaderos.
Descubrió que la naturaleza no le juzgaba ni le criticaba; tampoco se enojaba, se molestaba, ni castigaba.
Simplemente… era amor.
Y confió en ella.
Comenzó a corregir en sí mismo aquellos defectos que antes creía ver únicamente en los demás.
Dejó de pedir perdón por todo aquello en lo que no existía intención de dañar ni responsabilidad alguna.
Comprendió que había llegado a este mundo con pasiones, sentimientos, placeres, necesidades e incluso, contradicciones; dotado de libre albedrío, aunque también de limitaciones.
Con el conocimiento de entonces poseía.
¿ Cómo podría seguir creyendo en juicios divinos de culpabilidad y castigo ?
Decidió continuar siendo quien era.
Dejó atrás los mandamientos o leyes celestiales, sintiéndose plenamente libre dentro del marco de normas de convivencia y de la responsabilidad humana, para construir en la Tierra su propio cielo... o su propio infierno.
No quería complicarse la existencia.
Quería disfrutar del privilegio de vivir, sintiendo intensamente cada instante y cada lugar con sus propiedades. Y demostrarlo.
Cuidando de su salud, de sus relaciones y del mundo que le rodeaba.
Expresando con naturalidad, la alegría de existir.
La vida misma, — como un suspiro que el tiempo pronuncia entre los silencios.
Un instante de luz suspendido sobre la inmensidad, donde nacemos sin conocer el camino y aprendemos a caminar mientras las huellas se van quedando atrás.
Como el amor, es amanecer y crepúsculo; — primavera que despierta y otoño que deshoja.
Es el río que nunca vuelve a su cauce, a pesar de conservar en sus aguas la memoria de los variados paisajes por donde ha discurrido.
Es aquello creado, — mientras perseguimos sueños, mientras amamos sin garantías y despedimos aquello que creíamos eterno.
En sus inspiraciones románticas; Ibai interpretaba que:
—La vida sería la caricia inesperada.
—La mirada que permanece.
—El brazo que salva una tristeza y, también la ausencia que nos enseña cuánto significaba una presencia.
Aceptó, aprender a perder sin dejar de amar, aprender a partir sin dejar de agradecer y continuar avanzando aun cuando desconocemos hacia dónde conduce el sendero.
Con el paso de los años comprendió que quizá había cometido un error al intentar distinguir demasiado entre unas felicidades y otras.
¿Por qué una satisfacción obtenida después de superar una dificultad habría de ser más auténtica que aquella que llega sin haber sido buscada?
¿Por qué un instante de placer compartido debería valer menos porque fue producto del azar, de la oportunidad o de la correspondencia afectiva?
Pensó entonces, la vida, no siempre entrega sus regalos como recompensa.
Algunos llegan sin mérito.
Otros exigen esfuerzo.
Y existen aquellos que solo aparecen cuando dos voluntades, dos sensibilidades o dos cuerpos se encuentran en el momento preciso.
Todos pueden hacernos felices. Ibai estaba convencido, de que la felicidad no parecía estar en poseer más, sino en ser más plenamente.
No necesariamente más importante.
No más poderoso.
No más admirado.
Simplemente, más consciente de sí mismo.
Más capaz de comprender.
Más dispuesto a superar los obstáculos sin permitir que estos terminaran definiéndolo.
Porque también había aprendido que la felicidad no consistía en vivir sin dificultades.
Ya que sería pedirle a la existencia algo que jamás había prometido.
Con más de setenta y cinco años a sus espaldas, Ibai dejó de preguntarse qué había conseguido y comenzó a interrogarse sobre qué había comprendido.
Aquella diferencia lo cambió todo.
Ya no le interesaba hacer un inventario de conquistas .
Prefería recordar aprendizajes.
Comprendiendo que algunas personas llegan para quedarse y otras para enseñarnos algo antes de marcharse.
También, que existen instantes que no vuelven y que, precisamente por ello, adquieren una intensidad que ninguna permanencia podría otorgarles.
Ibai ya no perseguía la felicidad: —La reconocía.
—La encontraba en pequeños fragmentos.
—La disfrutaba cuando llegaba.
Y cuando se marchaba, no la perseguía con desesperación.
Sabía que volvería:
—De una manera distinta.
—En otro lugar.
—Con otro rostro.
—En otro instante.
Porque la felicidad, finalmente, no era una residencia permanente en la que uno pudiera instalarse para siempre.
Era más bien una sucesión de momentos en los que la existencia, por alguna razón, parecía decirnos que estar vivos había valido la pena.
En una de aquellas ocasiones en que conversaba con Ibai, después de haber tomado numerosas anotaciones de cuanto me contaba y respondía, casi enlazando una pregunta con la conversación, le pregunté:
¿Has sido realmente feliz?
Me respondió que quizá aquella no era la pregunta más importante de una vida.
Que existía otra, mucho más íntima:
¿Supe reconocer la felicidad cuando estuvo conmigo?
Sonrió. Y supo que sí.
Había estado allí muchas veces, me contestó.
En los triunfos y en los fracasos.
En los encuentros y en las despedidas.
En el deseo y en la calma.
En el amor no correspondido y también en aquel que, aunque no pudo quedarse, alguna vez le hizo sentirse profundamente vivo.
Entonces comprendí que la felicidad había estado allí, acompañándolo muchas veces, aunque él no siempre hubiera sabido reconocerla.
Y ahora, finalmente, Ibai sabía que no necesitaba poseerla. Le bastaba con haberla sentido.
Epílogo. Los cauces que aún no conocemos.
Para Ibai, posiblemente al final de todo; quizás vivir consista en aprender a caminar entre la incertidumbre y la esperanza; comprendiendo que no poseemos el tiempo, sino que apenas lo habitamos.
Teniendo que tomar en cuenta que la verdadera dimensión de una existencia no se encuentra en cuánto duró, sino en:
—Cuánto sentimos, cuánto amamos y cuánto dejamos de nosotros en la vida de los demás.
Porque la vida, en su más profunda esencia, no es solamente estar aquí:
—Es haber pasado por el mundo. Y, haberlo sentido.
Ibai continuó caminando.
Ya no necesitaba conocer la longitud exacta de aquel túnel de la vida y del amor, ni saber dónde terminaba.
Había dejado de preguntarse cuánto tiempo le quedaba y comenzó, sencillamente, a agradecer el tiempo que todavía tenía.
También descubrió las barreras que, sin saberlo, había levantado dentro de sí contra el amor, nacidas de aquellas primeras experiencias de vida.
Y, tras cada muro que conseguía derribar, encontraba algo que durante años había buscado fuera:
—Empatía consigo mismo.
—Aceptación y, quizá, la serena satisfacción de empezar a quererse.
A sus espaldas quedaban las culpas que ya no le pertenecían, los juicios que alguna vez lo hicieron dudar de sí mismo, los temores heredados y aquellas verdades que otros habían querido imponerle como definitivas.
Delante estaba la incertidumbre.
Y, sin embargo, por primera vez, la incertidumbre no le produjo miedo.
Porque había comprendido que la vida nunca había consistido en llegar a un destino determinado, sino en aprender a caminar:
—Caminar sintiendo.
—Mirar y dejarse mirar.
—Amar sin cadenas.
—Acariciar sin poseer.
—Perdonar sin olvidar.
—Dejar partir sin dejar de amar.
Y, … agradecer.
—Agradecer el agua, la lluvia, el sol sobre el rostro, el olor de la tierra después de la tormenta, el rumor de los árboles, la inmensidad del mar, la quietud de las montañas y aquella inexplicable belleza que continuaba existiendo aun cuando nadie estuviera allí para contemplarla.
Agradecer también las presencias y las ausencias:
—Las manos que alguna vez lo abrazaron.
—Los labios que alguna vez lo besaron.
—Las voces que permanecieron.
Y aquellas otras que el tiempo fue llevando hacia lugares donde ya no podía alcanzarlas. Entonces comprendió algo que quizá había estado buscando durante toda su existencia:
—No había venido al mundo para merecer la vida.
Había venido a vivirla:
—Con sus luces y sombras.
—Con sus aciertos y contradicciones.
—Con sus heridas, sus deseos, sus placeres y sus incertidumbres.
—Con todo aquello que lo hacía profundamente humano.
Y sintió, de pronto, que no necesitaba ninguna otra promesa:
—Ni un cielo después de la muerte.
—Ni una recompensa.
—Ni siquiera una explicación definitiva.
Le bastaba aquella mañana: Aquel paraje. Aquel cuerpo todavía capaz de sentir. Aquel corazón que, pese a todo, continuaba latiendo.
Ibai respiró profundamente.
Miró alrededor.
Y sonrió.
No porque hubiese encontrado todas las respuestas, sino porque había dejado de necesitarlas.
Comprendió que quizá el misterio más hermoso de la existencia consistía precisamente en eso:
—Estar aquí sin saber por qué.
—Amar sin garantías y vivir sabiendo que algún día habrá que partir.
Y por primera vez no quiso apresurar el final.
Quiso quedarse:
—Quedarse un poco más en la luz.
—Un poco más en el viento.
—Un poco más cerca de quienes amaba.
—Un poco más dentro de sí mismo.
Quiso sentir cada segundo como quien sostiene entre las manos algo frágil e irrepetible.
Porque ahora sabía que la vida y el amor, no eran una deuda que pagar, ni una prueba que superar, ni un pecado del que redimirse.
Eran un instante.
Un milagro sin promesa.
Una oportunidad única.
Y mientras Ibai retomaba lentamente sus pasos, comprendió que tal vez el cielo que durante tantos años había buscado no estaba arriba, ni después de la muerte, ni en ninguna otra parte.
Estaba allí:
—En la tierra bajo sus pies.
—En el aire entrando en sus pulmones.
—En la memoria de quienes había amado.
—En la posibilidad de seguir amando.
—En ese sencillo y extraordinario hecho de estar vivo.
Y siguió amando:
—Sin miedo.
—Sin pedir perdón por existir.
Con el corazón abierto a lo que aún pudiera llegar.
Hasta que, en algún momento, volvió a mirar el cielo.
Y entonces, sin necesidad de decir una sola palabra, comprendió: — Ha valido la pena.
Y que cuando llegue el último silencio, quizá descubra que vivir nunca fue poseer el tiempo ni el amor, sino haberlos convertido a través de sus cauces; — en memoria, en afectos, y en huellas.
Así, … continuó caminando, con la libertad de quien, después de recorrer tantos caminos, había aprendido que vivir, no era una deuda que pagar, sino un privilegio que sentir con el equilibrio de la felicidad; dentro de los cauces del amor.