Capítulo IV. — Europa y desarraigo. Amor altruista. Amar sin esperar dar sin medida, sanar en la entrega.
Un 19 de agosto de 1962 se produjo el traslado en coche familiar desde la ciudad de Panamá hasta la ciudad de Colón, en la costa norte caribeña, a unos 90 kilómetros de distancia.
Era un día aún más especial al coincidir con el aniversario de vida de su aita, lo que añadía una mezcla de emociones y una profunda reevaluación del sentimiento fraterno y la amistad.
La separación de familiares, amistades y del suelo patrio; — sin billete de vuelta, encerraba como en conserva, una mezcla de emociones incendiarias.
El “nudo gordiano” residía en no comprender la facilidad con la que era apartado de todos sus compromisos: — Su entorno cotidiano, sus afectos, sus amigos y, sobre todo, su implicación como activista en las movilizaciones estudiantiles.
Le quedaba un rescoldo persistente:
—La sensación de traición por huida, aunque no fuera voluntaria, en relación con las responsabilidades asumidas en su momento.
Otra despedida.
Esta vez con plena conciencia.
Los saludos de adiós estaban cargados de afectos reprimidos, para no delatarse con lágrimas.
De ello emerge un sentir contradictorio hacia la figura paterna: — Una mezcla de amor y rechazo sostenida por la dependencia material.
Una nueva etapa comenzaba bajo la apariencia de extranjero, trovador y aventurero; para entregarse a un nuevo estilo de vida a bordo de un crucero con cientos de personas entre pasajeros y tripulación, de aproximadamente quince días de travesía hacia el continente europeo,
donde formaría parte de minorías.
Al margen de su equipaje convencional, Ibai cargaba el más pesado en el alma.
Una mochila de vivencias que le acompañaría en cada paso del camino: — No ocuparía espacio físico, aunque podría alterar sus pasos.
Se llenaría de forma inevitable
Requeriría un orden periódico.
Un viaje hacia el futuro, a través de una diversidad humana presente desde su mismo inicio, en el que también coincidían un pequeño grupo de panameños con destinos diferentes entre España, Francia e Italia.
La embarcación había partido de Valparaíso, en Chile, para tocar distintos puertos de Perú, Ecuador y Colombia, antes de dirigirse hacia Colón, en Panamá, una vez atravesado el Canal.
Y así continuaría el trayecto, haciendo escala en Cartagena de Indias y La Guaira, con una visita a Caracas, para después poner rumbo a Curazao, en el Reino de los Países Bajos.
Desde allí, cruzaría la zona ecuatorial, avanzando hacia el trópico de Cáncer, con destino a Santa Cruz de Tenerife y, finalmente, al puerto de Barcelona.
Fueron semanas de convivencia en un pequeño mundo flotante.
Una constelación de vivencias en la que cada jornada aportaba algo nuevo: — Aprendizaje social; autosuficiencia; observación constante.
Un aprendizaje que trascendía las fronteras geográficas y convertía el propio viaje en una experiencia de descubrimiento humano.
Pisó por primera vez suelo europeo teniendo como referencia unos orígenes familiares situados en el noroeste de Francia, por parte de su abuelo materno.
Era plena época de la dictadura del general Franco, en un ambiente social de fuerte carácter folclórico y marcado por las circunstancias políticas y culturales de aquellos años.
Tras una breve estancia en Barcelona, suficiente para conocer lo esencial de la ciudad y recabar información sobre las posibilidades universitarias, continuó hacia Madrid con el mismo propósito y, posteriormente, hacia Valladolid.
No emprendió aquella aventura completamente solo.
Le acompañaban algunos compañeros procedentes de Panamá.
Entre ellos estaba Juan Marino H., vecino del barrio donde Ibai se había criado en la ciudad de Panamá, conocido cariñosamente como «Katxi».
Para él era su segundo viaje a España, después de haber permanecido dos años antes entre la Universidad de Heidelberg, en Alemania, y la Universidad Complutense de Madrid, donde había iniciado los estudios de Medicina, que finalmente tuvo que interrumpir por razones personales.
También estaban Francisco Sánchez Cárdenas, «Patxi»; Enrique Pennycook y Mario Summer, los tres, eran compañeros de Katxi de cursos anteriores.
Rafael García, «Rafa», e Ibai pertenecían al mismo curso académico.
Todos ellos eran egresados del prestigioso Instituto Nacional de Panamá.
Salvo Ibai, ninguno de sus compañeros tenía decidido aún dónde establecerse en España.
Fueron tomando las decisiones sobre la marcha, acompañándolo en aquella aventura y dejándose llevar, en buena medida, por las circunstancias.
Llegaron así a sus respectivos destinos sin una organización grupal formal, pero manteniendo entre ellos el contacto y una cierta complicidad nacida de haber compartido aquel primer salto hacia una nueva etapa de sus vidas.
Valladolid se presentó como una ciudad nueva, marcada por su historia y su identidad, conocida coloquialmente como “Pucela”.
Asumió con expectación intrigante conocer el entorno, con su austeridad político-social entonces; señalándole la actitud personal a tomar en cuenta: — Discreción, dejándose seducir dentro de su conformación política, libertad y disfrute.
Su gente, seria pero amable, mostraban una agradable hospitalidad, en una región poco turística y de inviernos rigurosos, no por nieve sino por las heladas frecuentes.
Allí residió durante sus seis años de carrera de Medicina.
No encontró grandes obstáculos administrativos al matricularse, salvo la gestión del cambio de dirección de su beca, que resolvió mediante una carta a la administración correspondiente del ministerio de educación de su país.
Ibai en su línea, atento a captar matices; escuchando, conectando con otros sin manipular y aceptando la experiencia tal cual aparecía, gestionando los temores.
Su primer alojamiento fue una modesta pensión en la calle Juan Mambrilla, regentada por la señora Luisa.
Carecía de comodidades, pero cubría lo esencial.
Poco después, se le ofreció a una casa-palacete cercana, con fachada de piedra y patio interior, donde descubrió costumbres como la mesa camilla con brasero, la jofaina y la palangana para el aseo de cara y manos, diario.
Recién llegado del pleno trópico, se disponía a vivir con ilusión aquello que hasta entonces solo había imaginado entre las páginas de las novelas de otros siglos.
A pesar de las incomodidades dada la época, le seducía la idea de habitar un lugar con historia.
Un sueño hecho realidad. Más adelante se instaló en casa de otra patrona, la señora Juliana, como huésped único, en la conocida calle de las Angustias.
Pese a la céntrica ubicación. Allí descubrió otras carencias básicas de aquella vivienda, necesidades cotidianas que hubo de ir resolviendo como pudo, primero recurriendo a otra casa y, más adelante, a un hostal próximo.
Permaneció más de un año en esa vivienda, no tanto por las condiciones como por el afecto mutuo.
Incluso compartieron momentos de ingenua curiosidad cultural que rozaban lo entrañable.
Tampoco se negó a conocer otras personas.
Era poseedor de un halo seductor natural que le acompañaba; siendo abierto, indistintamente a las personas sin ser adulador.
Con el tiempo, compartió piso con compatriotas en la calle Esgueva, donde entabló una profunda amistad con la familia Acacio-Villa del Olmo, vínculo que perdurará más allá de la carrera universitaria.
La sociedad castellana de la época, aún marcada por la posguerra y los ideales del franquismo, se caracterizaba por una calma tensa.
Ibai optó por camuflar sus ideales políticos, adaptándose por necesidad.
En la universidad se integró con naturalidad, participando activamente.
Completó el primer curso con muy buenos promedios de calificaciones, destacando especialmente en Anatomía, mostrando habilidades artísticas aplicadas al estudio.
Su inquietud por la medicina y la línea de activista en defensa de derechos políticos-sociales, le llevó incluso a intentar viajar a la Unión Soviética, con el fin de poder acceder a la Universidad Patrice Lumumba de Moscú.
Proyecto, que finalmente abandonó tras una serie de vicisitudes en el camino, por la existencia de “La cortina de hierro” o “telón de acero” hacia Rusia como frontera; y la improvisación de una experiencia laboral en Alemania.
También vivió un episodio crítico, como un grave accidente de moto que casi le cuesta la vida, y posteriores experiencias transformadoras en viajes por Europa.
Sin embargo, fuera del entorno universitario, su presencia generaba curiosidad; no lo percibía como racismo, sino como ignorancia ante lo diferente y desconocido.
Detalle sorprendente en la población de la ciudad, así como en los pueblos, dada la pigmentación de su piel.
Tanto llamó su atención aquella circunstancia que, durante un tiempo, llegó a ser confundido con un futbolista venezolano de un equipo local, lo que le valió un trato peculiar en algunos lugares.
El tópico quedó pronto aclarado.
Al parecer, aquel jugador, que ya residía allí con anterioridad, no frecuentaba demasiado los espacios públicos, salvo los relacionados con los campos deportivos.
Le incomodaba sentirse observado y señalado, no por su profesión, sino por el color de su piel.
Me cuenta Ibai, con cierto grado de socarronería — tenía entonces veintiún años, — que durante uno de sus viajes de curso, “Paso del Ecuador”, en el tránsito de los estudios de pre-médica a medicina, visitó tanto el Balcón de Europa, en Nerja; como Marbella de la provincia de Málaga.
En ambos lugares, grupos de personas e incluso algún taxista llegaron a confundirle con el famoso «Pelé», de quien, según se decía, estaría de viaje por España con motivo de su “luna de miel”.
En otra ocasión, durante un viaje de regreso en tren desde Madrid a Valladolid, coincidió en el vagón con una chica muy atractiva: rubia, de ojos claros, agradable y muy simpática.
Tras presentarse espontáneamente y mantener una animada conversación, ella le propuso con insistencia que visitara su pueblo, Pollos.
Pasarían algunas semanas hasta que Ibai decidió complacer aquella invitación.
Un fin de semana, previamente acordado con ella, decidió hacer la visita acompañado de su amigo Latiff.