Capítulo III. — Amor romántico, sin exclusividad.
La adolescencia irrumpió en Ibai sin anunciarse, como lo hacen las estaciones en los trópicos: — sin transición, pero dejando huella en todo lo que toca.
Era una etapa extraña, suspendida entre lo que ya no era y lo que aún no comprendía.
La ausencia materna nunca estaría del todo resuelta.
Comenzaba a desplazarse hacia otra forma de búsqueda.
No era ya el abrazo perdido, sino su eco transformado en necesidad de sentir, de proyectar, de imaginar.
Así nació en él un amor más soñado que vivido:
—Un amor sin rostro definido, sin cuerpo concreto.
—Un amor que no exigía, que no dolía, que no comprometía.
—Un refugio.
Porque el amor romántico, en su forma más temprana, no es tanto encuentro como idealización: — Es una atracción intensa donde el otro se convierte en espejo de lo que uno necesita ser o sentir.
Ibai no buscaba poseer.
Buscaba calmar.
Y encontró en los sueños una vía.
Allí, en ese territorio sin normas, podía recomponer lo que la realidad fragmentaba.
Interrumpir las pesadillas. Construir logros imposibles.
Sentir sin riesgo.
Se convirtió, casi sin saberlo, en un gran soñador.
Lo que no alcanzaba despierto, — lo conquistaba dormido.
Y ese mecanismo tan íntimo como silencioso le permitía sostenerse.
El paso a la secundaria abrió otro escenario.
El Instituto Nacional no era solo un centro educativo; era un microcosmos social y político.
Allí, el conocimiento convive con la inquietud,
—la disciplina con la protesta,
—la juventud con la conciencia colectiva.
Ibai se adaptó. Como siempre.
Aprendió a moverse entre profesores distintos, asignaturas múltiples, nuevos códigos.
Descubrió también otras miradas: — Las de sus compañeras, las de los iguales, las de quienes comenzaban a definirse en ese territorio ambiguo entre la amistad y el deseo.
Pero en él, el amor seguía siendo cauteloso.
No era indiferencia, era contención.
Porque amar, en su experiencia, implicaba riesgo.
Y él ya conocía el peso de las grietas. Así, desarrolló una forma singular de vincularse: — Dejándose querer sin entregarse del todo.
Rozando sin caer.
Sintiendo sin exponerse.
Una estrategia inconsciente de supervivencia emocional.
Sin embargo, el cuerpo tenía su propio lenguaje.
Y empezó a hablar.
El despertar biológico no pidió permiso.
Llegó acompañado de palabras aprendidas en la calle, de teorías imperfectas, de curiosidades compartidas a media voz.
El deseo comenzaba a perfilarse como parte inseparable del sentir.
Aquello que los griegos llamaron Eros:
—No sólo amor, sino impulso, energía, fuerza vital que empuja hacia el otro, hacia la belleza, hacia la unión.
Ibai lo percibía, pero no lo comprendía del todo.
Lo exploró.
A veces desde la soledad, a veces desde la experiencia directa, siempre desde una mezcla de curiosidad y distancia emocional.
Fueron episodios sin trascendencia afectiva, sin continuidad, casi rituales de paso en un entorno donde lo sexual se transmitía como conocimiento práctico antes que sentimientos. Había empezado la etapa de vida, de elegir, por lo que maduró su capacidad de selección.
Nada de ello dejó herida.
Pero tampoco dejó raíz.
Y entonces apareció ella, — no como irrupción, sino como presencia.
Primero, como una sensación, con la certeza de haber sido observado en la quietud de la noche.
Después, como sospecha. Relacionando la realidad con lo imaginario.
Y finalmente, como revelación. Descubriendo lo oculto.
Una vecina. Mayor y atractiva.
Cercana y distante a la vez.
Que en su despertar inocente, vió en ella algo difícil de precisar, quizá una manera distinta de mirar, de detenerse unos instantes más de lo necesario cuando coincidían.
Una mujer con una vida familiar aparentemente organizada, aunque bajo aquella normalidad comenzaban a insinuarse ciertas grietas afectivas.
Ibai, todavía ajeno al significado de aquellas señales, empezó a percibir su presencia de otra manera.
La reconocía desde siempre como parte del paisaje cotidiano; sin embargo, algo había cambiado. Tal vez en ella. Tal vez en su propia mirada.
Sin planteárselo, comenzó a esperar aquellos encuentros casuales: — Una coincidencia en el portal, una conversación breve, una sonrisa que parecía prolongarse más allá de las palabras. Eran gestos pequeños, casi insignificantes, pero suficientes para despertar en él una inquietud nueva.
No sabía todavía ponerle nombre.
Solo intuía que aquella mujer había abierto, sin pretenderlo — o quizá pretendiendo, más de lo que aparentaba, una puerta hacia una parte desconocida de sí mismo.
No fue amor inmediato.
Fue curiosidad.
Fue tensión.
Fue un reconocimiento silencioso.
Se miraron siendo la mirada de ella, la que proponía; — con complementos seductores.
Y en ese gesto, mínimo y definitivo, comenzó algo.
El lenguaje era otro:
— Vistazos, silencios y señales casi invisibles.
Un silbido en la noche, una melodía de Elvis Presley — como contraseña compartida.
La llave, un papel arrugado cayendo desde un balcón, con un corazón atravesado.
Así nació “Corazón Rojo”.
Un amor secreto.
Sin definición, sin promesas, sin necesidad de explicarse.
Se querían, — a su manera, — en un espacio donde el tiempo parecía detenerse. No había posesión, ni urgencia, ni siquiera deseo en su forma más primaria.
Era una conexión distinta:
—Emocional.
—Íntima.
—Protegida por el silencio.
Un amor sin nombre. O quizá, el primer amor verdadero.
Mientras tanto, el mundo exterior ardía.
La juventud se organizaba, protestaba, reclamaba.
El país latía en tensión.
Ibai, desde su lugar discreto, participaba…sin hacer ruido.
Sin dejar de ser quien era.
Vivió momentos de riesgo, de euforia, de miedo.
Episodios que podrían haber marcado su destino de otra manera.
Pero siempre regresaba al mismo punto: — La contención, la observación y el equilibrio.
Era su forma de sobrevivir.
En paralelo, su vida seguía expandiéndose. La música, el baile, la familia Castro, las nuevas amistades.
Espacios donde podía ser otro, o quizá, donde podía ser él mismo sin necesidad de defenderse.
Allí, el amor adquiere otros matices: cercanía, complicidad y belleza compartida.
Como con Atenaida, cariñosamente Tenita.
Una relación sin urgencias, sin conflictos, sin necesidad de definirse.
Un afecto limpio, sostenido en el tiempo, que no reclamaba más de lo que ofrecía.
Y eso, para Ibai, era suficiente.
Pero el pasado, como el tiempo, nunca desaparece del todo.
Regresa.
A veces de forma inesperada.
Como ocurrió con Doña Clot; sin trastocar la relación con Tenita, entonces.
Un reencuentro que no fue confrontación, sino transformación.
Lo que había sido herida se convirtió en vínculo.
Lo que había sido silencio, en gesto compartido.
Aceptar ser padrino de su quinto hijo, no fue solo un acto social.
Fue una forma de cerrar un círculo.
De reconciliarse con una parte de sí mismo.
No hubo referencias de incidentes personales.
Quedaba tatuada en un rincón de su alma; — con todo sigilo, no perturbando el equilibrio de sus compromisos familiares.
Protegía con gran cariño su relación con "Tenita", sobre los 15 años ella.
Algo más joven que él; llegaron a tener una relación más continuada, sin pasar las barreras físicas del afecto.
Atractiva, muy coqueta e inocente; a quien conoció en una fiesta familiar a la cual fue invitado Ibai para aportar música de animación bailable con un tocadiscos portátil que poseía.
Posteriormente, coincidiendo en otra actividad festiva, entablará una relación con doña Inés, — ya entrada en edad adulta, muy organizada, respetuosa y responsable.
Empleada administrativa en la sección de Farmacia, del Hospital Santo Tomás de la capital, quien le asesoraba, apoyaba y protegía durante algún tiempo con su entrega afectuosa.
El mundo de su hábitat y las circunstancias fueron determinantes en la maduración personal de Ibai; dejando constancia del gran efecto beneficioso en conjunto, de su formación secundaria con profesores de excelentes cualificaciones.
Quizás esto último pudo en cierta medida limar asperezas inevitables en el barrio popular en el que se criaba; ajustando matices de buenas conductas no bien vistas en las pandillas; pero manteniendo un contacto sin estar ligado a ellas activamente.
Y así, entre amores furtivos, aprendizajes callejeros, compromisos invisibles y silencios persistentes, Ibai siguió creciendo:
—No de golpe.
—No sin contradicciones.
Pero sí con una intuición cada vez más afinada:
—La de distinguir entre lo que hiere y lo que sostiene, entre lo que consume y lo que acompaña.
El amor, — ese territorio incierto; — dejaba de ser solo refugio para convertirse también en experiencia.
Y en ese tránsito, sin saberlo del todo, comenzaba a comprender que amar no era solo sentir.
Era también elegir.
Superando los estudios de bachiller en ciencias, con notable calificación y siendo beneficiado con una beca de estudio dirigida a matricularse en el Brooklyn College de Nueva York; el aita decidió hablar con seriedad inevitable al respecto.
Le emplazó una tarde comentándole de una hipotética situación con la que podría encontrarse en EEUU, al margen de estar conviviendo con la Ama.
Dado el conocimiento e información que podría tener al haber trabajado muchos años para el comando Sur, le explicó que con la decisión de ir a ese país, se metería en la "boca del lobo".
Ello, considerando informaciones que podrían tener por su condición de activista estudiantil y precisamente en contra del gobierno en la zona canalera.
No hubo réplica alguna y la propuesta del aita era la de un destino en Europa; barajando varias posibilidades; Portugal, Francia, Italia, Checoslovaquia, y sobre todo España.
La información de la opción española, fue participada por un conocido, el Dr. L. Dillman quien le recomendó incluso la universidad de Valladolid, tras su experiencia de haber estudiado en su Facultad de Medicina.
De esta manera, se tomó la alternativa europea priorizando el destino Valladolid e iniciando preparativos para dentro de algunas semanas embarcar.