Capítulo II. — Vulnerabilidad y Amor familiar.
La ausencia física de su ama se volvió presencia constante en su pensamiento.
Ibai, ya rozando la adolescencia, intentaba explicar aquella situación que compartía con sus hermanos.
Con el tiempo llegó a pensar, — quizá como una forma de protegerse, que todo había sido pactado.
Una decisión de los adultos para evitarles un daño mayor.
Pero comprender no significaba aceptar.
Y no fue fácil salir de ese silencio.
Hubo días, — probablemente los primeros; — en los que el desconcierto se transformó en llanto contenido, — en desesperanza muda.
No encontraba respuestas.
Tal vez, aunque se las hubieran dado, tampoco las habría entendido.
Gritaba hacia dentro, ahogando su voz en la soledad y en las sombras que comenzaban a acompañarle.
Mientras tanto, su mundo cambiaba.
Lo que había sido un entorno rural, abierto, casi orgánico, empezaba a adquirir matices urbanos.
Aún no estaba plenamente inmerso en la ciudad, pero ese tránsito no tardaría en completarse:
—Tendría que ir a vivir con su aita y otros familiares, cambiar de colegio y abandonar el caserío.
La noticia llegó como algo inevitable, anunciado con cierta antelación, pero no por ello menos desconcertante.
Sabía que era necesario para su cuidado y formación, pero implicaba una ruptura profunda:
—Separarse de sus hermanos,
—del caserío,
—de todo aquello que había sido su refugio.
El impacto fue notable.
Con los años, al recordarlo, lo asociaría a imágenes como las descritas en “Cuartos”, de Demetrio Herrera Sevillano: — espacios densos, cargados de vida y de carencias, donde la intimidad se diluye y la existencia se comparte sin reservas.
Sin embargo, su realidad tenía matices propios.
La vivienda.
En la llamada casa 90, de la calle 15 Oeste del barrio de Santa Ana.
Aunque humilde, era uno de los mejores espacios disponibles.
Una primera planta con exterior, dos accesos, una pequeña terraza abalconada.
Dos cuartos que hacían las veces de comedor y dormitorio para seis personas, y una cocina al fondo, conectada a un pasillo común.
El edificio, de madera, se abría a espacios compartidos: lavabos, duchas, servicios.
Aquellos lugares no eran solo funcionales, sino también puntos de encuentro.
Allí se esperaba turno, se conversaba, se observaba. Comenzaba, sin saberlo, otra forma de aprender.
Su vida cambió de raíz.
Despertar sin el canto de las aves ni el susurro del viento entre los árboles fue uno de los primeros signos de esa transformación.
En su lugar, aparecieron otros sonidos, otras rutinas, otros ritmos.
Las tareas más básicas se convirtieron en pequeñas expediciones: tomar los utensilios, recorrer el pasillo, esperar turno en los espacios comunes.
Y, si la urgencia no admitía espera, recurrir a la bacinilla dentro de casa.
Era otra vida.
Sin embargo, aportaría otros conocimientos; manteniendo principios de respeto a pesar de su posterior cambio, pasando por cierta desafección en un nuevo entorno familiar, marcado por la ausencia del abuelo paterno (fallecido), que no conoció y una abuela paterna de trato muy escaso y poca empatía.
El barrio era un mosaico humano: edades, oficios, culturas.
Ibai no recordaba conflictos graves entre vecinos.
Más bien, una convivencia peculiar, como si todos formaran parte de una misma colmena, diversa pero funcional.
La calle se convirtió en su verdadera escuela.
Allí aprendió palabras antes de comprender su significado.
Descubrió realidades que no estaban en los libros ni en la enseñanza formal.
Se enfrentó a una educación sin filtros, directa, a veces cruda. Pero también encontró pertenencia.
Con el tiempo, fue integrándose en grupos, estableciendo vínculos, reconociendo afinidades.
La figura de su aita era respetada en el entorno, lo que le ofrecía cierta protección, aunque la convivencia familiar no siempre le resultará cercana.
La rutina era distinta, exigente, a veces áspera.
Compartía vivienda con su abuela paterna, su tía Cora, su aita y sus primos Txemo y Txente, — el espacio era limitado; la intimidad, escasa.
Y, sin embargo, se adaptó con una capacidad casi instintiva. Fue encontrando su lugar.
En el colegio, cumplía.
En la calle, aprendía.
En su interior, resistía.
Participó, con cautela, en la dinámica del barrio: — Pequeños trabajos, juegos, rivalidades, incluso enfrentamientos entre pandillas.
Todo ello sin el conocimiento de su aita, que no lo habría permitido.
Desarrolló una habilidad silenciosa: — Observar, medir, anticipar.
Sobrevivir sin perderse.
En lo afectivo, avanzaba con prudencia.
Dejaba que las cosas llegaran, que se acercaran, como si temiera alterar un equilibrio frágil.
El recuerdo de ciertos episodios, como aquel enfrentamiento con la señora Clot — que, más que un enfrentamiento, fue un reproche airado por parte de ella a raíz de unos comentarios entre niños, permaneció en la memoria de Ibai.
Por entonces, mantenía una amistad con su hija Melva, ambos de once años.
Me explicaba Ibai que no sentía haber cometido ningún error ni falta alguna, y mucho menos haber tenido una intención impropia.
Un mediodía, al regresar del colegio, la señora Clot lo abordó en plena calle, cuando entraba al portal de la casa.
Su gesto de enfado y la forma en que se dirigió a él lo sorprendieron.
Aquel episodio, aparentemente menor, dejó una huella que con el tiempo habría de influir en su manera de relacionarse con algunas personas.
Desde entonces, fue construyendo, casi sin darse cuenta, una especie de coraza discreta:
—No mostrar debilidad.
—No exponerse innecesariamente.
Y aun así, hubo momentos de descubrimiento; — como en una ocasión, durante un baile de actividad escolar en el gimnasio de la escuela; sacó a bailar sin premeditación a una chica desconocida, Oderay.
Estudiante de otra clase.
Fue un instante breve, casi irreal, con un beso como hasta entonces, nadie le había dado y que dejó una huella persistente.
Un primer asomo de afecto fuera del ámbito familiar.
Recuerda que no se prolongó en el tiempo físico, pero sí en la imaginación. Nunca más supo de ella.
Su mundo interior crecía.
Entre el barrio, la escuela, la familia y sus propias preguntas, Ibai fue construyendo una manera de entender la vida.
Aprendía a distinguir, a decidir, a posicionarse; sin referentes claros en muchos casos, pero con una intuición cada vez más afinada.
El entorno era complejo: diversidad cultural, mezcla de lenguas, identidades difusas.
Él mismo no sabía bien dónde encajar.
No era plenamente de un lugar ni de otro.
Era, como se decía entonces, uno de los “culisos”: — Mezcla, tránsito, síntesis.
Lejos de fragmentarlo, aquello le dio solidez.
Las visitas al caserío seguían siendo un ancla. — Un recordatorio de sus raíces.
Un espacio donde todo parecía más claro, más sencillo.
Mientras tanto, su desarrollo continuaba.
Estudios, música, idiomas, nuevas experiencias.
Incluso situaciones difíciles, como algún episodio con figuras de autoridad, que logró superar sin romper su equilibrio.
Maduraba … Quizá antes de tiempo.
Su personalidad se iba definiendo golpe a golpe, experiencia a experiencia. Sin renunciar al afecto familiar, pero aprendiendo a sostenerse por sí mismo.
Encontró también refugios inesperados.
Como la familia Castro, cuyo entorno cultural y humano le ofreció algo distinto:
—Pertenencia, expresión, belleza.
—Bailes, actividades y relaciones sanas.
Un contrapunto necesario.
La calle seguía ahí, con su dureza y su protección. La “gallada” como escudo y como escuela.
Y en medio de todo, Ibai crecía.
Percibía el mundo con intensidad: — Sonidos, gestos, miradas.
Todo se transformaba en parte de su educación.
Todo dejaba huella.
Sus sentidos se abrían.
Su mente se organizaba.
Su corazón empezaba a comprender, — a su manera, — lo que significaba vivir, sentir, desear.
Sin darse cuenta del todo, estaba construyendo algo esencial:
— Una forma de estar en el mundo.
—Una identidad nacida del silencio, del mestizaje, de la pérdida y de la adaptación. —Una identidad que, lejos de quebrarse, aprendía; — día a día, — a sostenerse.
Ibai crecía sin dejarse poseer por hábitos afectivos, sometido siempre a los códigos morales que regían la sociedad civil.
Se guiaba estrictamente por la razón, el deber y las normas sociales. Cuidando la distancia emocional o desapego de los lazos tradicionales.