El Amor y sus afluentes Capítulo I. — El Amor fraternal. La amistad como refugio y raíz en tiempos de ausencia. #3
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Capítulo I. — El Amor fraternal. La amistad como refugio y raíz en tiempos de ausencia. #3

Fue atendido en varias ocasiones y, en un principio, regresó a casa, pero la persistente intuición de ella — convencida de que algo no iba bien — la llevó a insistir una y otra vez para que volvieran a examinarlo con mayor detenimiento.

Finalmente, la gravedad de su estado obligó a intervenirle de urgencia.

Entró en el quirófano bajo los efectos de la anestesia y allí descubrieron que una apendicitis había provocado una infección abdominal de considerable gravedad.

Para aquel niño, aquello no terminó con la intervención.

Vinieron después días difíciles, marcados por los efectos de la anestesia, una larga estancia en el hospital y una herida que necesitó mucho tiempo para cerrarse y cicatrizar.

La recuperación fue lenta y exigió cuidados constantes y la vigilancia del personal médico.

Después de una prolongada estancia hospitalaria, llegó finalmente el momento del alta.

Regresó a casa para continuar allí su recuperación, todavía débil y con un largo camino por delante hasta recobrar plenamente sus fuerzas.

Tras ello, inició su formación escolar en la etapa de primaria, en un colegio público situado a media hora del entorno rural del caserío.

Aquello supuso también el aprendizaje cotidiano del transporte público, con sus idas y venidas de lunes a viernes, como un nuevo ritual de tránsito entre mundos.

Era el inicio de otro amanecer, cargado de sensaciones inéditas.

La vida parecía abrir nuevas páginas tras la etapa de grave incertidumbre vivida, volviendo ahora en un clima de atenciones y afectos que, poco a poco, daban la impresión de ir cicatrizando las heridas del alma.

Pasarían tres años en los que permaneció felizmente absorbido por la actividad escolar y los juegos en el caserío.

De forma ocasional, se producían visitas a la familia paterna. Abuela, tíos, tías y primos.

A los que apenas había tenido acceso consciente, más allá de encuentros esporádicos en cumpleaños u otras celebraciones.

En uno de sus momentos de narración, interrumpe de pronto con una media risa, atrapado por un recuerdo que aflora con nitidez inesperada.

Y, sin poder contenerla, la risa se impone: — como si, desde la distancia del tiempo, emergiera una de aquellas travesuras veniales, nacidas de la ingenuidad absoluta de la infancia.

En aquel entonces, desconocía casi por completo el valor material de las cosas.

Recuerda que todo ocurrió una tarde en que salió con su ama y su aita hacia la ciudad para realizar gestiones y compras.

En un momento del recorrido se acercaron al estudio fotográfico, donde su tío Víctor.

El hermano paterno del aita atendía asuntos de trabajo.

Por unos instantes, los adultos se dirigieron a la trastienda, dejándolo solo en la sala de estudio y oficina.

Fue entonces cuando, movido por la curiosidad, comenzó a explorar el entorno con mirada infantil.

En la mesa del despacho descubrió un cajón entreabierto, del que asomaban billetes y monedas cuidadosamente ordenados, en una cantidad que, para él, resultaba inconmensurable.

Sin pensarlo apenas, metió la mano en el cajón y extrajo una moneda al azar, como quien se guarda un caramelo a escondidas.

La ocultó casi sin darse cuenta, más guiado por el impulso que por la intención.

De regreso a casa, sin levantar sospecha alguna, encontró la forma de esconderla con cuidado.

Sentía una extraña mezcla de satisfacción contenida y desconcierto:

—No sabía con exactitud cuánto valía aquella moneda,

—ni tampoco qué hacer con ella.

Era, más que un objeto, un pequeño secreto palpitante.

Las horas transcurrieron de forma distinta a otros días.

Esta vez, su atención no estaba en el juego ni en el bullicio cotidiano, sino en custodiar su tesoro.

Cambió varias veces el escondite, como si temiera que el simple paso del tiempo pudiera delatarlo, hasta que decidió llevarla consigo, sujeta al cuerpo, en la cintura, aprisionada por la goma de la pantaloneta.

Como era habitual, hacia el mediodía avanzado, su ama regresaba de las compras.

Una de aquellas tardes la divisó a lo lejos, cargada, avanzando por la entrada del camino a unos doscientos metros; saliendo corriendo a su encuentro, impulsado por la costumbre y el afecto, acompañado por su amigo Simón.

Fue entonces, a escasos pasos de alcanzarla, cuando todo se precipitó. Sin que él mismo lo advirtiera, Simón comenzó a llamarle con insistencia.

Al detenerse, casi frente a su ama, su amigo señaló el suelo: —La moneda había caído durante la carrera.

El instante se volvió denso, incómodo, imposible de esquivar.

Sin tiempo para pensar, y sin saber dónde esconderse de aquella evidencia repentina, improvisó una respuesta: dijo que la moneda era suya, que la había encontrado.

Era una moneda de cincuenta céntimos de dólar.

No era una fortuna, pero tampoco algo habitual en manos de un niño.

Su ama, Evelyn, intervino entonces con firmeza serena.

Sin alzar la voz, pero con la claridad de quien no deja espacio a la duda, tomó cartas en el asunto.

Como en un pequeño tribunal doméstico, la verdad terminó por abrirse paso.

Hubo amonestación. Hubo enseñanza.