El Amor y sus afluentes Capítulo I. — El Amor fraternal. La amistad como refugio y raíz en tiempos de ausencia. #2
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Capítulo I. — El Amor fraternal. La amistad como refugio y raíz en tiempos de ausencia. #2

Y posiblemente tomando una determinación que entonces antes le estaba siendo difícil. Era lo que le transmitía, pero Ibai seguiría en la perplejidad durante un largo tiempo y sin participar a sus hermanos de ninguna manera.

El primer secreto de trascendencia.

Fue depositado en su memoria como una pesadilla de un mal sueño.

No sintió dolor, no lloró...tampoco pregunto; todo fue tan sorpresivo.

Quedó sedimentado durante largo tiempo.

La vida continuó, pasando páginas marcadas por la distancia y las ausencias de su aita, cuya presencia se volvió intermitente, casi episódica, como una figura que irrumpe y se desvanece sin aviso.

Fue entonces cuando Ibai comprendió: — Más por intuición que por palabras.

Que su aita vivía en la ciudad, con su otra abuela y una hermana.

Y, aun así, permanecía atento a él y a sus hermanos, en el caserío; velando, sin hacerse visible, por que nada esencial faltara; apareciendo a veces en forma de paseo, de visita, con un gesto que apenas lograba reducir la distancia física.

En el silencio, Ibai comenzó a buscar respuestas.

Las buscaba hacia dentro, en ese territorio íntimo donde nacen las preguntas que nadie formula en voz alta.

Pero no encontraba explicación.

Solo un eco difuso, envuelto en el cruce de culturas, creencias y ritos que lo rodeaban.

Bajo ese paraguas multiétnico y socio-religioso, su mundo se sostenía en referencias cristianas: bautizado, comulgado, confirmado; marcado también por unos padrinos de peso social y político elegidos por su aita, como si la fe fuese también una forma de herencia.

A trancas y barrancas, casi a tientas, fue desarrollando una extraña forma de equilibrio interior.

Para su edad, una madurez silenciosa.

Observaba.

Callaba.

Aprendía.

Y en esa quietud nacía una inquietud persistente: — La necesidad de comprender el porqué de las cosas.

Aprendió a sonreír cuando la tristeza lo atravesaba, a sostener la apariencia mientras por dentro se desmoronaba.

También aprendió a retirarse y buscar refugio en la soledad de la naturaleza, donde el llanto no necesitaba testigos y el dolor podía deshacerse sin preguntas.

La familia, sin advertir del todo su penar, fue sin embargo un sostén involuntario.

En su cotidianeidad encontró distracción, una cierta ligereza que amortiguaba el peso invisible que cargaba.

Las relaciones fluían.

Los vínculos se mantenían sanos:

—Cumplía.

—Se adaptaba.

—Superaba sin sobresaltos los compromisos preescolares y, más adelante, los escolares. Todo parecía en orden.

Mientras tanto, su cerebro — en plena formación — tejía silenciosamente las conexiones necesarias para sostener aquella realidad.

Era el tiempo de la máxima plasticidad, cuando todo deja huella.

La edad del pensamiento mágico, en la que lo incomprensible no se cuestiona: se integra, se transforma, se guarda.

Los estímulos eran simples y esenciales: juegos, abrazos, miradas.

Pequeños gestos que, sin saberlo, sostenían su mundo.

Así, casi sin darse cuenta, Ibai fue construyendo su personalidad.

Una arquitectura íntima levantada sobre silencios, preguntas sin respuesta y equilibrios invisibles.

Y en medio de esa complejidad nunca explicada, logró mantenerse en pie: con una serenidad frágil, pero firme.

La pre escolarización, con sus desplazamientos a pie y la cercanía diligente de la educadora-tutora, ocupó un lugar decisivo en aquellos primeros aprendizajes.

A ello se sumaba el contacto con otros compañeros en el aula, que abría un pequeño mundo de socialización y descubrimiento.

Coincidía también con el inicio de las actividades religiosas, siempre acompañado, así como la participación en actos litúrgicos en la iglesia de la zona, conocida como la Iglesia de Piedra por su singular construcción.

En casa, los niños.

Numerosos entre hermanos y primos. Crecían bajo cuidados constantes, aunque en la memoria no quedaron grandes conversaciones prolongadas con los mayores, sino más bien indicaciones de carácter disciplinario.

Ellos habitaban su propio universo: — Juegos, imaginación y la ingenuidad propia de la infancia.

Las travesuras menores rara vez pasaban desapercibidas y solían ser corregidas con reprimendas verbales o, en ocasiones, con la correa.

Desde su niñez, a través de su manera infantil de percibir el mundo y su esencia afectiva; concebía el agradable aroma y el colorido del entorno, que bien podría corresponder a una primavera tropical, en los inicios de la época lluviosa.

Era cuando florecía con plenitud la planta trepadora que, cual adorno, coronaba la verja de entrada al caserío.

Pasada la eclosión de sus atractivas florecitas, estas se esparcen al soplo de la brisa, tras desprenderse de sus cálices, dejando un agradable aroma y el color de sus pétalos, así como la preciosa imagen en movimiento de las mismas girando en el aire hasta caer.

No dejaba de ser un espectáculo natural que se repetía cíclicamente cada año, anunciando el inicio del curso escolar.

De ese despertar surgen aspectos impactantes de su trayectoria vital, como testimonio de que había merecido la pena; asumiendo tanto los momentos no tan buenos como los muy buenos, a modo de conocimientos y bases de superación.

Me comentaba esto mientras recordaba la obra musical “Maestra vida” del popular cantante panameño Rubén Blades, plasmando así amores y desamores en su recorrido vivencial.

Hace memoria de su lactancia materna a través de las múltiples fotos del archivo de su aita (padre), quien compartía estudio fotográfico con su hermano mayor; el tío Víctor.

Quedando así, constancia de su tierna y grata infancia, posteriormente en compañía de una hermana (arreba), Amy, y un hermano (anaia), Montxo, ambos menores que él.

La vida transcurría, entre la adaptación silenciosa y la aceptación de lo cotidiano.

Con el tiempo llegaron diversos acontecimientos que, sin saberlo aún, dejarían huellas profundas.

El primero de ellos ocurrió cuando tenía entre seis y siete años. Una fuerte dolencia abdominal hizo que su Ama tuviera que llevarlo al hospital.