El Amor y sus afluentes Capítulo I. — El Amor fraternal. La amistad como refugio y raíz en tiempos de ausencia.
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Capítulo I. — El Amor fraternal. La amistad como refugio y raíz en tiempos de ausencia.

Ibai es el personaje y amigo que cuando nos conocimos, éramos ya adultos. Recuerdo su mirada humana, sensible y reflexiva.

Es de esas personas sumisamente extraordinarias, que todos quisiéramos tener de amigo y confidente. Sobrando cualquier otro calificativo empático.

Solo con ese apunte, sobra describir el grado de confianza para que depositara en mi saber, su experiencia de vida y la capacidad de autosostenerse e interactuar con un entorno envuelto en jirones de amor y algunos momentos, de dolor.

Reconstruyendo su historia a partir de recuerdos, que dejaron una huella imborrable en su manera de entender el mundo.

Curiosamente destaca la influencia en sus hábitos, de la rama Vasco-francesa procedente de las Antillas afro-caribeñas; emigrados por motivos de trabajos en la construcción del Canal interoceánico y con residencia en la ciudad de Colón.

Amalgama cultural, que explicaría ciertas expresiones vascas de Ibai; ya partiendo de su nombre que significa—río.

Conversando con él, fue cuando tomando nota; me relata que, un despertar de vivencia soñada, le había trasladado al pasado de la vieja casona de los abuelos maternos Eva y Gorka.

Decidiendo plasmar en un escrito, su experiencia de emociones, tras tantos años de recuerdos imborrables.

Ella, la amona (abuela) como le llamaba, jamaicana de nacimiento y él, el aitona (abuelo), inmigrante vasco-francés a Jamaica y posteriormente a Panamá. Padres de la ama (madre) Evelyn, con otros hermanos (anai-arrebak), tres mujeres y dos varones.

Por la otra parte, el aita (padre) Eduardo con otros hermanos (anai-arrebak), tres varones y otras tres mujeres. De padres, procedentes de Jamaica.

Casi toda su actividad se centraba en aquel lugar, donde convivían otros primos de edades similares, con sus padres.

Era una casona espaciosa y cómoda para su época, en la que se criaron entre juegos y obligaciones escolares, en un patio interior rodeado por un gran terreno de arbolado muy diverso; sobre todo frutales y zonas de cultivo temporal de maíz y caña de azúcar,

no faltando las crías de animales de corral y perros guardianes.

En el poblado, con otros caseríos en sus inmediaciones a ambos lados de la carretera.

Primero de empedrado natural y posteriormente asfaltada.

Se extendía desde la avenida principal al sur, que a su vez conectaba con la capital, hasta los montes del norte.

Todos los vecinos se conocían; Ibai hacía hincapié en no haber observado ni percibido desavenencias destacables entre ellos, pese a la notoria variedad de mestizajes dentro del entorno rural.

La comunicación se desarrollaba principalmente en castellano, inglés y francés (dentro de casa), del emberá por el entorno del pueblo indígena homónimo, al margen de escuchar algo de chino debido a la marcada presencia de esta población dispersa en la comunidad generalmente administrando abarrotes.

En el propio caserío existía un amplio espectro de mestizaje.

Les envolvían gratas sensaciones de un ambiente no contaminado, simple, sincero y sin malicia, que fluía desde sentimientos percibidos como genuinos en miradas y sonrisas que entrelazaban las relaciones interpersonales.

Quizá, debido a la inmadurez propia de la infancia, no fuera aún consciente de emociones más profundas.

De aquellos primeros años no conservaba malos recuerdos; su memoria encontraba apoyo en las fotografías y en los documentos preservados por los archivos familiares. Con el paso del tiempo fue matizando su concepto de la felicidad.

La concebía como un patrimonio recibido al nacer, un depósito interior del que cada persona dispone a lo largo de su experiencia.

La comparaba con un río que, desde su nacimiento, va abriéndose camino, modelando su cauce y transformándose al recibir afluentes, formar remansos, atravesar cascadas y continuar, siempre distinto y siempre el mismo, hacia su destino.

En esta fase de vida, la gestión de afectos y del cariño recae en los padres (aita y ama) y en el entorno familiar más cercano.

El niño era, esencialmente, un ser receptor, cuyas respuestas de satisfacción surgían de forma espontánea e inconsciente.

Ese período de inocencia comienza a transformarse cuando, a través de sus sentidos:

—vista, oído, gusto, tacto y el olfato,

—despierta un incesante caudal de experiencias que el cerebro incorpora como aprendizaje.

Este proceso le permite construir, de manera gradual, un equilibrio emocional y desarrollar la capacidad de distinguir entre lo agradable y lo desagradable en su camino hacia la segunda infancia.

Se trata de una etapa caracterizada por la plena cobertura afectiva del ámbito familiar, donde predomina el amor de los padres hacia los hijos como principal fuente de seguridad y confianza.

Es un vínculo innato que favorece el equilibrio emocional y actúa como protección frente al riesgo de desafección.

En estos primeros años se establecen las referencias sobre las que se edificará su futura maduración cognitiva.

Es la luz que brota de la inocente candidez para ir adaptándose, a los primeros reveses de la existencia.

Son esas experiencias las que van modelando una actitud serena y ecuánime frente a los estímulos internos y externos, permitiéndole comprender e interpretar, sin dramatismos, situaciones que hasta entonces le resultaban inexplicables.

Fue en esta decisiva cuando comenzó a percibir con mayor objetividad la realidad de cuanto le sucedía y a tomar conciencia, aunque de forma todavía incipiente, de sus propias vivencias.

Disfrutaba de juegos y de una gran variedad de juguetes compartidos con los niños de su entorno, en una convivencia cotidiana que, sin saberlo entonces, comenzaba a enseñarle el valor de la amistad, la cooperación y el sentido de pertenencia a una comunidad.

Las visitas familiares y de amigos de la familia eran frecuentes y formaban parte natural de la vida en el caserío, aportando nuevos vínculos de afecto y un ambiente de constante cercanía.

Aprendía también a gestionar las emociones derivadas de sus primeras caídas, de los pequeños contratiempos y de las inevitables llamadas de atención, siempre bajo tutela protectora de su familia.

Todo ello coincidiendo con su temprana escolarización en una pequeña escuela privada situada a escasos quinientos metros del caserío, una distancia que recorría cada día para asistir a clase y regresar a casa.

No lo recuerda con exactitud, pero es muy probable que algún familiar lo acompañara hasta la escuela y fuera a recogerlo al finalizar la jornada.

El aula ocupaba la planta baja habilitada de una antigua casona, vinculada por cierto parentesco con la familia de sus abuelos.

Es entonces cuando comienza a ser más consciente de las molestias y los dolores, tanto físicos como anímicos, aunque también comparte, con gran alegría, momentos inefables junto a sus familiares y amistades.

Su ama, completamente entregada al cuidado de él y de sus otros dos hijos, sus hermanos (anai-arrebak), Amy y Montxo, constituye el pilar afectivo del hogar.

Su aita (padre) Eduardo “Teo”, era hombre, de gran personalidad y atractivo. Muy disciplinado.

Había cursado el Bachillerato en Ciencias en el prestigioso Instituto Nacional de Panamá, donde obtuvo calificaciones notables.

Además, era fotógrafo por vocación y trabajaba como profesional autónomo, asociado con su hermano Víctor en un estudio de procesos fotográficos de la ciudad de Panamá.

Merecedores de amplias relaciones públicas en sus entornos socio-laborales y políticos.

El aita, por su parte asistía como alumno de Pre-medicina en la Universidad Nocturna.

Me relata Ibai que, más o menos a la edad de seis años, conserva un recuerdo que, sin mayores sobresaltos aparentes, le dejó una huella profunda.

Fue una tarde en el caserío.

La ama Evelyn, de manera sorpresiva, después de acicalarse, también lo preparó a él sin mediar explicación alguna. Y, ante su perplejidad y con cierta premura, lo tomó de la mano y se dirigió con él, andando durante unos diez minutos, hasta la parada de los «Busitos», aquellos transportes públicos.

Por la forma en que Ibai lo describe, cabe imaginar que permaneció atónito desde el primer momento, sin alcanzar a sospechar cuál sería el desenlace.

Aquella experiencia habría de dejarlo estupefacto durante años, hasta bien entrada su adolescencia.

No mediaron palabras. Tampoco se le ocurrió formular pregunta alguna ante una situación que se desarrollaba con tanta rapidez.

Solo conservaría el vago recuerdo de haber descendido del transporte público en una plaza, junto al destino final del trayecto, contigua a un amplio centro comercial y de entretenimientos, muy conocido en aquella época, situado en los límites territoriales de la Zona del Canal,

bajo administración del Gobierno de los Estados Unidos.

Aún sin intuir ni siquiera razón alguna; siempre de la mano de la ama, llegaron con pasos ligeros.

Casi a rastras, hasta la entrada del centro de muchas luces y actividades sociales.

Una vez dentro, sin violentar la ama se dirige con el de la mano hacia un largo mostrador a izquierdas; sin tener la percepción de intercambio de ideas con algún interlocutor, le soltó de la mano y con la misma celeridad subió las escaleras a la derecha de la misma entrada, opuesta a donde estaba,

hacia los cuartos de aseos, por lo que pudo seguir con la vista toda su actuación.

Sin perder de vista la referencia de su ama, de la misma manera, nada más entrar por la puerta a los aseos, ve salir a otra persona, dama elegante no reconocida, con más celeridad bajando las escaleras, evitando gesticulaciones.

Justo entonces aparece un señor apuesto, elegante con una chaqueta color beige de cuadros pequeños reconocido, que no olvidaría en el tiempo.

Era su aita, también sin mediar palabras, tomó a la señora desconocida y salieron del centro.

Su ama, tal como me cuenta, más serena de actitud pero seguro que con rabia interna; le cogió de la mano y otra vez al transporte público para volver a casa.

También con un silencio sepulcral, pero sin grandes agitaciones.

Daba la sensación de estar más tranquila, desahogada.