El Amor y sus afluentes
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Prólogo.
El río invisible. El origen del amor y sus múltiples formas a lo largo de la vida
La relación que mantuve con Ibai en el hospital central surgió de nuestros encuentros durante la actividad laboral cotidiana: después de las visitas y de otras tareas rutinarias, compartimos pausas y conversaciones en la cafetería del centro.
Con el tiempo, coincidimos también en el despacho, donde, al margen de las obligaciones profesionales, nuestras conversaciones comenzaron a adentrarse en asuntos más personales.
Fue allí, entre comentarios aparentemente circunstanciales y confidencias cada vez más abiertas, donde aquella relación profesional empezó a transformarse en una amistad basada en la confianza.
Después vendrían otros espacios, más distendidos, encuentros de ocio en los que el tiempo parecía detenerse y donde, poco a poco, Ibai me hizo partícipe de buena parte de su mundo interior:
—Sus experiencias, sus dudas, sus contradicciones y, sobre todo, su particular manera de entender el amor.
A lo largo de su trayectoria profesional se relacionó con compañeros y jefes de muy distinta condición: mejores o peores, respetables o infames.
A algunos les fueron indiferentes sus virtudes o defectos; otros llegaron a convertirse en amigos.
Los conoció de todas clases y, pese a las diferencias, conservó un buen recuerdo de casi todos.
Sin embargo, nunca sintió tener una deuda de gratitud con ninguno, salvo con quien fuera su jefe y formador durante la especialidad en aquel mismo centro hospitalario.
En él reconoció una personalidad de fortaleza mental, serenidad y autodisciplina para afrontar pasiones y resistir adversidades sin perder la calma; con un singular don de gentes. Despertó en Ibai una reflexión que con los años adquiriría mayor significado.
La concepción aristotélica de la felicidad entendida, — no como una sucesión de placeres, ni como la acumulación de riquezas materiales, sino como la realización plena de las capacidades humanas y una vida orientada por la virtud.
Quizá por ello:
—Pese a las vicisitudes atravesadas en su vida de pareja y a los sufrimientos que también le ocasionaron otras circunstancias, incluso aquellos falsos señalamientos de conductas inadecuadas, espuriamente intencionados.
Ibai fue fortaleciendo su búsqueda de una felicidad menos dependiente de las apariencias y de las circunstancias externas.
Una felicidad que no necesitara del reconocimiento ajeno.
Una felicidad que no pudiera medirse por lo acumulado.
Una felicidad, en definitiva, que tuviera que ver más con la forma de vivir que con aquello que la vida pudiera concederle.
Fue durante nuestros encuentros, entre conversaciones aparentemente cotidianas y otras de mayor intimidad, cuando fui descubriendo esa búsqueda.
Y comprendí que detrás de muchas de sus experiencias, de sus silencios y hasta de algunas de sus contradicciones, existía una pregunta persistente:
¿Qué significa realmente amar y ser feliz?
—Lo fui descubriendo a lo largo de mi vida, después de los primeros desafectos que sufrí.
Fue entonces cuando comencé a buscar una razón de ser, un sentido vital que me permitiera comprender la importancia de la propia vida.
También aprendí a disfrutar de los placeres que proporcionan aquellas actividades capaces de llenarnos por dentro, especialmente cuando podemos compartirlas con otras personas.
Y llegué a sentir gratitud después del esfuerzo necesario para alcanzar determinadas metas, porque en ellas siempre encontré no solo placer, sino también aprendizaje.
Amor y felicidad — me responde.
—Tengo la sensación personal de que están profundamente vinculados, incluso encadenados, a las relaciones afectivas; un vínculo que, en ocasiones, llega a superar en importancia al dinero o al propio éxito profesional.
Aquella respuesta me dejó profundamente impresionado e interesado.
Decidí entonces centrarme con mayor atención en el relato de Ibai, un hombre nacido en un país tropical de Centroamérica, marcado por un profundo mestizaje y, posteriormente, educado en el ámbito vasco-español.
A través de su historia, busco poner de relieve la trascendencia de la afectividad como elemento esencial en el desarrollo y el equilibrio del ser humano.
La obra sugiere que dicho equilibrio encuentra sus cimientos en la educación recibida y, especialmente, en los vínculos afectivos establecidos durante las primeras etapas de la existencia.
Este afecto amoroso, que ha de ser el eje del curso pasional de su vida:
—Presenta aspectos positivos y otros no tanto durante la convivencia familiar, escolar y socio-laboral.
Que incidirá notablemente en su conducta personal, tanto la capacidad receptiva como la emisora de afectos bajo experiencias contraídas en aras a sabiduría y en pos de la felicidad.
Los estímulos afectivos negativos conllevarían sentimientos desagradables; — mientras que los positivos engendraron estados placenteros que indudablemente contribuirán a un bienestar tanto corporal como mental.
Ibai, que significa río, en lengua vasca, trata de resaltar en sus distintas etapas de vida, — los grandes escollos para sostener efectos deseables con el fin fundamental de proteger su propia estructura emocional y amor propio,
base para mantener todas las formas esenciales de amar y ser amado de manera saludable y equilibrada.
Sus primeras experiencias emocionales surgieron lejos del campo materno, en los espacios abiertos de la convivencia diaria: la casa comunal, la calle y los encuentros espontáneos.
No fue la escuela, con su orden académico y su rutina previsible, el lugar donde aprendió a sentir.
Ese aprendizaje nació en los márgenes de la vida cotidiana:
—Allí donde las relaciones humanas se desarrollan con espontaneidad y donde la afectividad se manifestaba sin normas ni artificios.
En el cauce de sus esfuerzos evita de forma premeditada, matices de amor que entrañan dolor, envidia, obsesión o manipulaciones; correspondiendo con valores positivos de gratitud, generosidad, empatía, aprecio y pasión con respeto y compromiso con el propósito de crecer emocionalmente.
Con abnegación y tesón, en el día a día fue proporcionándose, sin haberlo planificado, una especie de halo protector; una coraza frente a su vulnerable sensibilidad.
Así, fue aprendiendo a regular sus emociones y construyendo, poco a poco, un blindaje amortiguador que le permitía protegerse sin renunciar por completo a aquello que sentía.
De esa manera, fue acumulando conocimientos a través de las vivencias, — desde las respuestas todavía inmaduras de la seducción hasta la capacidad de entrega en una relación sensual que, desde fuera, no siempre resultaba fácil de comprender.
Conservó la grata percepción de los flujos externos de cariño, aunque anteponiendo una cierta barrera instintiva e intuitiva de control, sustentada en unos principios muy personales:
—No discutir.
—No recurrir a la confrontación física.
—No alimentar la sed de venganza y, en lo posible, alejarse de las contiendas.
Conectando con el presente, así como valorando los afectos reales; — aceptando las emociones sin huir de ellas y transformando el dolor del pasado en una fuerza vital, para el presente.
Durante su infancia, con el cambio de residencia, la complejidad del mundo empezó a revelarse con mayor nitidez.
Aquello que en su poblado natal pasaba desapercibido, las diferencias de origen, de cultura, de condición; aflorará entonces con claridad inesperada.
En aquel su entorno rural, profundamente mestizo, convivían sin fricción gentes diversas: —nativos, de países próximos, así como vascos-españoles, franco-jamaicanos, chinos, hindúes; formando todos parte de un mismo tejido humano, reconocibles entre sí y unidos por hábitos y costumbres compartidas.
Allí, la diversidad no era ruptura, sino paisaje.
Su mayor regalo de vida fue el modelo de pobreza en el que creció: — aprendió a sentirse feliz con lo que tenía y con cuanto le ofrecía el mundo que le rodeaba, sin necesidad de ostentar otras formas de riqueza.
Durante aquella su infancia, muchos dormían en una misma cama; sin embargo, el mundo les pertenecía y los hacía ricos, porque ellos también pertenecían a él.
A pesar de las carencias, vivían con belleza y dignidad. Con el paso de los años, aprendió a complacerse en la realización plena de sus capacidades humanas, procurando construir una vida de acuerdo con la virtud y desarrollar al máximo su potencial como ser racional.
Ya en su adolescente floración, durante la etapa estudiantil de Bachiller en Ciencias, en el prestigioso Instituto Nacional del país, despertó en él el interés por explorar el amor, desde sus antiguas concepciones en la Grecia clásica:
—Philia, el amor fraternal, la lealtad y la amistad profunda.
—Storgé, el amor familiar, natural e instintivo; principalmente el que surge entre padres, hijos y demás miembros del entorno familiar.
—Eros, relacionado con el amor como pasión, atracción y deseo sexual.
—Agàpe, entendido como amor puro, altruista y desinteresado, de hondo calado; orientado al bienestar del otro sin esperar nada a cambio.
—Philautia, el amor propio, el amor a uno mismo.
Entonces, irá forjando su idea del amor y por tanto del Enamoramiento; en el concepto Helénico sobre los 5 tipos reconocidos.
Un verdadero cóctel en correlación con las etapas y confluencias de su vida; — con estilo un tanto libre.
Apartándose de normas convencionales.
Procurando una afectividad sana contra posibles melancolías.
La trayectoria de su vida fluye como un río desde su nacimiento.
En su descenso, — se transforma en distintas corrientes, atraviesa remansos y supera embalses; a veces sereno, otras veces impetuoso, siempre en movimiento.
Así, en la existencia humana cada experiencia va moldeando: —La conducta.
—El alma.
—Y de alguna manera, el destino.
De esta manera, Ibai es presentado con un mapa mental sumamente claro y complejo a la vez. Sus motivaciones de autoprotección y su evolución frente a los afectos negativos son realistas.
Su acercamiento a las relaciones laborales y a los conflictos sociales evita caer en clichés melodramáticos o de venganza; mostrando una conquista progresiva de la paz interior y el control de sus instintos.
Aborda la escasez material en la infancia desde una óptica de dignidad y belleza, alejada del miserabilismo clásico.