El amor y otras malas decisiones 30 Nueva normalidad
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30 Nueva normalidad

Bueno, se acabó la Mercè y toca volver a Barcelona.

La despedida en Madrid ha sido especialmente difícil: por primera vez en años volví a sentirme como en casa y eso hizo que marcharme fuera más complicado emocionalmente. Me despedí un día antes de mis padres y le dije a mi hermana que no me acompañara a la estación, porque me apetecía volver caminando, tal y como llegué. Nos dimos un abrazo y me puse a andar. ¿De Su y los demás? Nada, no hay noticias. Supongo que es lo mejor.

Tenía dos horas y media de tren, y me dio para reflexionar de qué manera iba a decir en mi trabajo que me marchaba y, a su vez, cómo me pondría en contacto con Laura, la socia de Silvia.

Sobre el primer problema: como nunca tuve ni tengo contrato fijo, daré los quince días tras cuadrar las cosas con Laura. Con respecto al segundo problema, como no deseo molestar más a Silvia con mensajes —bueno, y que no quiero escribirle más, la verdad—, recuperé su tarjeta de mi billete-ro y la llamé. Concretamos la cita para mañana mismo.

¡Qué aventura, ¿verdad?! A veces pienso que estoy loca por abandonar un trabajo medio seguro y tirarme a la piscina laboral para luchar por un sueño para el que ni siquiera sé si valgo. Pero este viaje me ha enseñado mucho, y me da la sensación de que tengo que escucharme.

Quedando ya media hora para llegar, empecé a recuperar la cobertura y recibí un bombardeo de mensajes de WhatsApp, que me abrumaba mucho leer, así que continué viendo mi serie en Netflix hasta llegar a Barcelona Sants.

Una vez salí de la estación, vi a mis amigas esperándome fuera mientras sonaba la canción de «El madrileño», de C. Tangana. Me dieron una alegría tremenda y fui a abrazarlas a todas a la vez. Me esperaban con un Cabify, que nos llevó hasta mi casa.

Una vez entré por la puerta, solté todas las maletas y me dispuse a preparar café, que después de haber madrugado para coger el tren, al menos yo, lo necesitaba.

Con rapidez, hicieron un círculo en la alfombra y me dejaron un espacio para contarles todo lo que me había pasado. Les hablé de mis padres, del reencuentro con mis antiguos amigos y del final inesperado con Guille, del que ellas ya tenían contexto por historias que les había contado a lo largo del tiempo. Como comprenderás, no les dio tiempo a procesar toda esta información de golpe, así que, después de hablarles sobre todo lo sucedido, les pregunté cómo estaban ellas.

—Bueno, yo he conocido a un chico muy especial… —dijo Sara.

—Di que no, ¡que ha conocido a más de uno en este tiempo que no has estado aquí! —matizó Lidia.

—Hombre, ¡pues claro! Hay que besar muchos sapos hasta conocer al príncipe. Y ha llegado —señaló Sara.

—Bueno, no empecemos a planear la boda todavía —contesté—. Yo tengo que conocerlo antes, ¿eh? Bueno, ¿y qué hay de ti, Lidia?

—Yo he hecho una locura y me he marchado cuarenta y ocho horas al pueblo. Eran las fiestas y no me las quería perder —me aclaró Lidia.

—Ya… ¿No te las querías perder o no te lo querías perder? Porque en principio, dijiste que no querías ir este año justo para no encontrártelo —

dije.

—No quiero hablar del tema —bromeó a modo de indignación—.

Mejor que te cuente Nuria. Ya verás, ya.

—Yo he decidido que voy a hacer la temporada de Navidad en Suiza —

me explicó esta.

—¿Otra vez, Nuria? Nos dijiste que te quedarías aquí, ¿por qué decides marcharte? —le pregunté.

—Sabes la respuesta que te voy a dar… Tengo la sensación de que todavía puedo alargar el ser temporera un poco más.

—Bueno, no sé si lo que quieres es alargar tus viajes o alargar lo máximo posible empezar una vida aquí; en todo caso, te apoyamos, amiga.

Te vamos a echar de menos. Supongo que te vas en un mes, aproximadamente, como cada año, ¿no? —dije.

—Sí, me voy a finales de octubre; ya sabes que las temporadas cada vez empiezan antes —indicó de una manera fría, como es ella siempre con este tema—. Gracias, chicas, yo también os echaré de menos.

Y después de contarnos todas las novedades y cosas que nos llegaron a pasar en tan solo un mes, continuamos durante horas intentando solucionar el mundo con nuestros debates de siempre.