29 Adicción emocional
Desayunando con mi hermana, le puse al día de todo:
—Así que saliste corriendo, ¿no? —resumió ella.
—Es mucho más complicado que eso, pero sí. Básicamente… sí.
—Me sorprende mucho —respondió extrañada.
—¿Y eso por qué?
—Porque la Sonia que yo conozco de siempre se habría quedado, por más incómoda que estuviera, con tal de agradar a los demás.
Enmudecí, porque tenía razón.
—Pues lo cierto es que me alegra pensar que ya no soy esa persona y, sobre todo, que puedo decir que no cuando algo no me gusta.
—Me siento orgullosa, hermanita. Ahora eres igual de increíble que siempre, solo que te importa más demostrártelo a ti misma que a los demás.
Tengo mucho que aprender de ti —me dijo.
—Y yo de ti; sobre todo a cocinar —concluí entre risas.
Después de esta conversación, seguimos desayunando.
Al terminar, me vestí para ir al encuentro con Susana. Tenía ganas de verla.
Como siempre, yo llegué diez minutos antes y, mientras esperaba, contemplé la luz tan acogedora que hay en este parque. Hay personas escribiendo, pintando, charlando con otras personas… pero con muy poco ruido. Siempre me ha encantado este sitio y, mirando atrás, me cuesta entender por qué he pasado tantos años sin venir.
De repente, sentí una sensación de arrepentimiento que no sabía cómo procesar. Justo en ese momento, mi móvil vibró y vi un mensaje de
WhatsApp de Silvia:
Jelouuu, madrileña.
Espero que esté yendo muy bien esta
escapadita.
¿Has podido pensar en lo que
hablamos sobre el curro?
Si no lo has hecho, piénsalo.
Nadie va a ocupar tu puesto (de
momento), así que chill.
Responde cuando quieras, <3<3<3
Bueeeno, ese era otro tema que me queda pendiente.
Dejé el mensaje en leído porque, como dice, ya responderé cuando quiera.
Cuando estaba a punto de mirar la hora en la pantalla del móvil de nuevo, vi que un chico con un abrigo negro de entretiempo tres cuartos, unos tejanos oscuros y botines militares se acercaba a mí. Levanté la vista para verlo por completo y era él.
No me lo podía creer.
Se trataba de Guille.
No podía ser casualidad. ¿Me había engañado fingiendo ser Susana?
Increíble. En cuanto lo vi, no pude contenerme:
—Sí que te está funcionando la terapia, ¡cada vez tienes mejores estrategias para manipular a las personas y salirte con la tuya! —le dije, quizá demasiado alterada.
—Sonia, por favor…
—No, Guille. Me has enfadado mucho. ¿No te has parado a pensar que, si me hubieras citado tú, quizá te habría dicho que sí y todo esto habría sido innecesario?
—¿Lo ves? Hay un «quizás» y, mientras lo haya, creo que no estoy preparado para dejarte marchar sin antes disculparme contigo.
—Pues tienes que estar preparado para que sea un «no»; de otra manera, será la disculpa más egoísta que he escuchado en mi vida. Tienes
que estar preparado para que no quiera una disculpa simplemente para limpiar tu conciencia. Esto que has hecho no deja de ser lo mismo que haces siempre; la única diferencia es que crees que este engaño es por una buena causa. El fin no justifica los medios.
—Siempre contradiciendo a Maquiavelo. Tú tampoco has cambiado nada, por lo visto.
—Si no estuvieras tan hipercentrado en tu supuesta buena acción del día, te darías cuenta de que esto antes yo lo habría visto como una prueba de amor, cariño o incluso respeto. Pero, a diferencia de ti, yo sí he cambiado. Y menos mal.
Su rostro cambió por completo. Se quedó mirándome fijamente y, en el momento donde mis ojos empezaban a acumular lágrimas de ira, le retiré la mirada y me marché, fingiendo estar enfadada, cuando realmente aquella situación me daba una sensación de tristeza terrible. Me dolía que, tras años sin hablar, se viera con el derecho de poder jugar con mi mente.
Mientras caminaba, esta vez no gritó mi nombre para que me detuviera.
Eso nunca había pasado. Fue algo que me hizo creer que, en esta conversación, se dio cuenta de algo. No sabía qué era, pero estaba dispuesta a averiguarlo.
Me di la vuelta, me acerqué a él y comprobé que no se había movido del sitio.
—¿Qué has descubierto? —le pregunté.
—¿Qué…? —respondió, confuso.
—Es la primera vez en años que me voy y no intentas detenerme.
—También es la primera vez que siento que no quiero hacerlo. Me he dado cuenta de que cada vez que has querido huir era porque te sentías atrapada conmigo, y lo peor… que siempre he intentado retenerte con todas mis fuerzas. Lo siento muchísimo.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—Que lo siento. Pensaba que tenía que disculparme por otra cosa muy distinta; creía que me tenía que disculpar por haber sido un mal novio, pero pienso que tengo que disculparme porque, durante las últimas etapas de nuestra relación, no debí haberlo sido. Me acabas de hacer ver que no querías que te buscara, que no necesitabas que te rescatara y mucho menos que escogiera por ti, si me perdonabas. Y es la primera vez que pedir perdón no me hace sentir mejor. Supongo que es porque, por más que puedas
perdonarme, yo no podré hacerlo jamás.
Menuda redención, ¿eh?
Las lágrimas escapaban de mis ojos mientras escuchaba todo lo que tenía que decirme, porque jamás habría esperado oír eso de Guille. Me di cuenta de que no hacía falta que me pidiera perdón; creo que nunca hizo falta. Lo único que necesitaba es entender que nunca quiso hacerme daño y que el saber que sí me lo hizo, lo hiciera recapacitar.
Le di un abrazo que le costó muchísimo devolverme, pero que nos fundió en uno durante unos instantes. Sentí un gran amor hacia él, pero un amor que se siente por aquel amigo que vuelves a recuperar. Igual, si todo entre nosotros hubiera acabado cuando debía, podríamos haber sido esos amigos que siento que podemos ser ahora.
Cuando ambos logramos calmarnos, esbozamos una sonrisa y nos sentamos en el banco de siempre. Charlamos durante horas sobre todo lo que vivimos, sentimos y pensamos durante todos estos años. Mientras hablábamos, notaba que me desenganchaba de esa deuda emocional con él, como si me estuviera desintoxicando para conseguir un buen recuerdo final de nuestra historia. Hasta sentí orgullo por ambos: por fin podíamos decir que la persona que nos acompañó en los años más difíciles de nuestra vida seguía siendo especial.
Se ofreció a llevarme en moto y le acepté la propuesta cuando nos tuvimos que ir.
Durante el paseo, sentí cómo el viento se metía dentro del casco y podía contemplar todos mis lugares favoritos de Madrid. Noté muchísima liberación.
Al principio, iba abrazada a su cintura, como siempre, pero, después, me sujeté a las asas traseras de la moto y sentí una completa confianza en mí misma. Era como si todo lo que fuera a pasar ahora lo escogiera yo.
Al llegar al portal de mi hermana, bajamos de la moto y nos despedimos.
—Bueno, parece que hasta aquí, Sonia.
—Sí… Ha estado bien. Me alegra haber sabido todo lo que te ha pasado estos años… Me ha hecho ver que realmente, aun con todos los errores que vas cometiendo, estás aprendiendo quién quieres ser.
—Pues sí, parece que ambos estamos en este mismo punto. Pero no tiene que ser un hasta nunca, ¿no?
—En este momento, sí, Guille. Tengo muchas relaciones que arreglar y siento que ahora que la nuestra lo está, no quiero que pase algo y tener que añadirla a la lista de desastres en la que se encuentran las demás.
—¿Por qué debería pasar algo? ¿Es que tú aún…? —insinuó Guille.
—No, no siento nada amoroso por ti, no te emociones… Sencillamente, necesito separar lo que está en Madrid y lo que está en Barcelona e ir arreglándolo poco a poco.
—Entiendo…, Silvia, ¿verdad? —dijo, porque yo le había hablado de ella durante la tarde.
—No, en realidad creo que esto es lo primero que he cerrado de manera saludable conmigo misma. Y no sabes lo liberador que fue. Me refería más bien a amistades como Susana y los demás.
—Ah, entiendo… Por todo lo que me has contado, pienso que aún tienes que mostrar con ellos esas garritas que has sacado conmigo. Y te lo digo a bien, que la Sonia que he visto hoy… es una todoterreno y consigue que veamos aquello que por nosotros mismos jamás haríamos; estoy seguro de que ellos también lo harán. Le di tu número a Su, que lo sepas. Pero creo que se mosqueó cuando te fuiste y, por eso, no debe haberte escrito.
¿Quieres que te dé el suyo?
—No, Guille. No es necesario. No voy a forzar nada que no esté en mi mano en este momento. Quizá el que se haya enfadado conmigo, en lugar de preguntarme por qué me fui, sea una señal de que debo dejar las cosas como están por el momento.
—Tú mandas: es tu vida, Sonia. Recuérdalo siempre, por más personajes como yo que se te presenten.
—Tranquilo, no lo olvidaré.
Sonreímos, nos acercamos y nos abrazamos durante más de un minuto.
No podría explicarte la sensación que viví en el momento en el que lo vi coger la moto y alejarse. Fue una completa y total liberación; como si mi vida empezara a resolverse por fin. También pensé en todo lo que me había perdido durante años, por intentar huir de todas las versiones que he tenido hasta ahora. Y llegué a la conclusión de que no quería seguir huyendo. Así que cogí mi móvil, fui al mensaje de Silvia y…
He estado pensando mucho en
vuestra propuesta
y creo que voy a aceptarla.
Bueno, no lo creo, lo sé.
No me lo perdería por nada del
mundo.