28 Ya no soy la misma #2
Después de una botella de vino blanco, unas bravas y muchas risas, íbamos a volver a la mesa, pero nos lo estábamos pasando tan bien en la barra que decidimos quedarnos allí.
Conforme iba pasando la noche, nos íbamos desperdigando. Mientras unos estaban en la mesa de billar, otros se movían por la sala bailando y cogiendo números de teléfono, pero recibiendo cuentas de Instagram, en su defecto —so mos de los 90, y parece que ya pertenecemos a la old school—.
Por lo que a mí respecta, seguía en la barra jugando al impostor con Raquel y Manu. Susana iba y venía de la mesa a la barra, supongo que para no dejar solos a Espe y Guille. La verdad es que me sorprendía su actitud; llegué a sentir que les incomodaba y que debía marcharme, pero la realidad era que parecía que todos me querían allí. Así que decidí terminar con esas creencias limitantes y seguir disfrutando de la noche.
La verdad, no pensé que me lo pasaría tan bien. Es una sensación extraña: siento mucha hostilidad hacia ellos, pero en el fondo no puedo dejar de sentirme feliz. Es muy agridulce, supongo.
Llegó un momento de la noche en que todos fueron a bailar, pero a mí solo me apetecía mirarlos y reírme de las tonterías que hacían mientras los grababa. En uno de esos momentos en que me quedé a solas, recibí una videollamada de mis amigas. Es fin de semana, así que seguro que habían quedado y querían saber de mí.
Lo cierto es que no me apetecía cogerlo, y tampoco responder a sus mensajes.
Justo en el momento en el que me disponía a guardar el móvil, para evitar quedarme sin batería, vi que Guille se sentaba a mi lado. Nada más verlo, mi mirada se dirigió hacia la mesa, donde estaba una Espe enfadada y
muy atenta a todo lo que sucedía entre nosotros.
—Perdona a Espe, estamos tratando de mejorar sus celos —rompió Guille el silencio.
—Ah, ¿así que lo primero que me vas a decir tras años sin vernos es una falsa disculpa acerca de lo «loca» que está tu novia y lo víctima que eres tú? —le respondí con una pizca de rencor y una cucharada de ira.
—¿Cómo? —dijo muy confundido.
—Que ya no puedes engañarme victimizándote como hacías antes; haciendo ver que todo el mundo tiene un problema de posesión y celos, excepto tú, y generando una historia donde eres el que está sufriendo cuando, en realidad, tu relación es un reflejo de tus acciones.
Vale, es cierto que no tenía pensado empezar con semejante mental breakdown. Pero justo cuando pensaba que toda mi imagen de crecimiento personal se había desvanecido a través del rencor, Guille dio un giro inesperado a esa conversación, y menos mal.
—Madre mía, hablas igual que mi psicoterapeuta.
—Igual que tu… ¿Quién? —respondí, abrumada por esta nueva información.
—Sí, has escuchado bien: mi psicoterapeuta. Antes de que continúes, déjame decirte que gracias a ti pude dar ese paso y convertirme en alguien mejor… —prosiguió.
—No estoy preparada para esta conversación —indiqué, cortando su discurso—. Lo siento, pero no.
Me fui directa a la puerta de salida. No necesitaba aire. Sé perfectamente cuándo estoy agobiada y cuándo sencillamente estoy huyendo.
Esta vez, era la segunda.
¿Así que, gracias a que a mí me dio la peor versión, decide darle a los demás la mejor? Pues no me da la gana de escucharlo, ni entenderlo, ni nada.
Estaba muy enfadada. Yo había sido la mejor persona para él y él…
justamente al revés. No puedo comprender por qué me tuvo que tocar a mí la parte mala; ¿por qué fui parte de su aprendizaje y no de su vida? Todo esto es muy confuso. A nadie le gusta saber que no han estado a la altura de las circunstancias…
Entonces, me empecé a hacer preguntas:
¿Es que no soy suficientemente buena o valiosa?
¿Es que nadie es capaz de quererme bien?
¿El problema verdaderamente soy yo?
¿Soy incapaz de hacer feliz a las personas que tengo al lado?
Creo que esta última iba más por lo acontecido con Héctor que con Guille, pero aun así…
Cuando empezaba a bajar revoluciones y ese enfado comenzaba a convertirse en vulnerabilidad, solo sentí ganas de marcharme. De coger las cosas y no volver a ver a nadie.
Justo cuando estaba a punto de tomar esa decisión, vi a Guille gritar mi nombre tras un: «Espera, no te vayas…».
Frené en seco. En parte por respeto, porque si ha hecho el esfuerzo de venir a buscarme, viendo cómo está con Espe, igual merecía ser escuchado.
Aun así, le dije:
—Ya te he dicho que no estoy preparada para esta conversación, Guille.
Si quieres, podemos entrar, tomar una copa mientras nos reímos del baile de
«La Macarena» de Manu y enterrar el hacha de guerra, al menos por hoy —
contesté aproximándome a él.
—Eso me encantaría, de verdad —indicó.
—Oye, una última cosa antes de volver a entrar: ¿por qué está Espe así conmigo? —me interesé.
—Si te lo dijera, abriría la conversación que no estás preparada para tener y, con seguridad, saldrías escopeteada de nuevo, así que me lo voy a guardar para mí hasta que quieras hablar de todo de golpe. —Esbocé una sonrisilla y prosiguió—: Lo único que puedo decirte es que, si tú entras a ese bar, ella saldrá. No lo tomes por algo personal; es simplemente que no está teniendo un buen día.
Y todo, para mí, dio un vuelco. No me gustó nada esa respuesta; me recordó a justificaciones que él hacía cuando me enfadaba por algo que había pasado entre nosotros.
—Típico de ti —solté—, pensar que todas estamos locas, que tenemos un mal día o que sencillamente no hay quien nos aguante, ¿no? Supongo que hay cosas que no se pueden arreglar en terapia.
—Las cosas no son como tú crees… —respondió.
—Seguramente no sean como yo creo, pero sí son como las estoy
viviendo. Voy a hacerle un favor a la «loca» de tu novia y me voy a marchar ahora que estoy a tiempo. Despídeme de los demás y dale esto a Susana, por si lo necesita —procedí a darle un papel enrollado que contenía mi número de teléfono. Como nos habíamos encontrado por casualidad, no lo tenía.
Entonces, me dirigí a casa de mi hermana mientras Guille gritaba mi nombre. Cuanto más lejos lo escuchaba, más alivio sentía.
Y ahí estaba yo, en pleno centro de Madrid, a las dos de la madrugada esperando mi Cabify. Lo cierto es que ver a Guille por primera vez en años ha removido una parte muy complicada de mí. Esa relación sigue siendo igual de adictiva emocionalmente: lo miro y logra conquistarme. Aunque hoy he descubierto algo diferente: tengo recuerdos como palabras, sonidos o gestos que se han quedado en mi memoria y que, cada vez que aparecen, me hacen sentir tal rechazo que deseo salir corriendo. Eso antes no me pasaba y, la verdad, es que me alegra que me suceda ahora.
Quedando ya dos minutos para que llegara el coche, recibí un WhatsApp de Susana:
Hola, Sonia, soy Su.
Me encantaría verte mañana para
poder despedirnos antes de que te
vayas.
¿Puedes?
Le respondí que sí, porque yo también quería despedirme y que lamentaba haberme ido de esa manera tan abrupta.
Quedamos en vernos en el punto de encuentro de siempre del Retiro.
La verdad es que me gustaría despedirme de todos ellos, porque me llevo una muy buena experiencia. ¿Sabes? Ninguno ha cambiado, pero yo sí. He aprendido mucho de mis relaciones de amistad tan sanas que tengo ahora y conozco los límites que quiero poner. Si me preguntas si volvería a tener un contacto tan estrecho con ellos como antes, te diría que no; por la sencilla razón de que, si tengo que seguir poniendo límites, es porque nunca va a ser una relación donde llegue a sentirme cómoda al cien por cien. Pero me gusta pensar que ya no tengo una deuda pendiente con nadie y, es más,
que puedo disfrutar de su compañía. ¡Una vez al año no hace daño!
Mientras iba en el coche, pensaba en cómo había acabado todo con Guille, y que me habría encantado hacer las paces conmigo misma también respecto a él, pero creo que eso tendrá que esperar. Por lo pronto, me marcho satisfecha.
Al llegar a casa de mi hermana, ya estaba dormida. Y mejor, porque no me apetecía empezar a contarle todo lo que había pasado. Solo quería descansar y empezar un nuevo día.