El amor y otras malas decisiones 28 Ya no soy la misma
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28 Ya no soy la misma

Tras pasar el día con mi hermana, Madrid me parecía menos hostil. Me encantó ir a los sitios donde solía ir con ella y mis padres, y me siento como en casa otra vez.

Esa tarde no hicimos mucho, así que preparamos chocolate caliente y me ayudó a decidir qué ponerme para salir. Una vez seleccionado el outfit completo, entre pantalones tejanos, bodis y chaquetas que había comprado en el mercadillo de ese día, iniciamos una conversación con chocolate caliente.

—La verdad es que yo todavía no sé qué se te ha perdido con esa gente, como para ir de fiesta con ellos —dijo mi hermana con un ligero toque de desaprobación.

—Ese es el problema: que yo tampoco sé qué se me ha perdido y quiero encontrarlo antes de volver a Barcelona. La oportunidad ha surgido, ¿por qué no aprovecharla? Si no hubiera sido hoy, podría haber pasado en otra visita… No sé, me gustaría sentir que no huyo de los lugares a los que voy.

Si vengo a Madrid, huyo de Barcelona, y viceversa. Así que esto se acaba hoy… O al menos se acaba en Madrid.

—Bueno, espero que encuentres lo que buscas, hermanita.

Entendía a mi hermana: al final, Ana había estado presente durante la época en la que más amistad había tenido con la gente de Madrid. En ese momento, yo era una persona muy vulnerable y, más que sentir que me ayudaban a crecer, creo que se aprovechaban de mí. En realidad, a todos les gustaba tener a alguien como yo: que necesitara validación constante, que admirara todos los pasos que daban y que hiciera todo lo posible para

encajar en el grupo. No sé, puede que ellos no fueran las personas que necesitaba en ese momento, y eso no los convierte en villanos, pero tampoco a mí en víctima. Y eso es lo que quiero averiguar.

Cuando estaba haciendo una mueca de sonrisa al ver que al fin había acabado la ronda de preguntas, mi hermana me sorprendió de nuevo con otra de sus cuestiones irresolubles:

—Por cierto, Sonia, ¿qué vas a hacer con ese trabajo del que te habló Silvia?

¿Cómo respondes a una pregunta que aún no te ha dado tiempo a plantear?

—Pues… no lo sé. La verdad es que no he pensado mucho en ello. Me gustaría valorar los pros y contras antes de tomar una decisión.

—Pero, por el momento… ¿Qué va ganando?

Otra vez esas preguntas… Igual, a ti te parecen sencillas mientras las oyes, pero para mí no lo son.

—A ver… Va ganando mi trabajo actual.

—O sea, tu zona de confort.

—No, Ana, mi trabajo actual.

—No, Sonia, tu zona de confort. ¡Vamos! Si siempre has dicho que ese trabajo no te llena y justo se te presenta una oportunidad que llevas años queriendo alcanzar en Barcelona…

—Sí, pero esa oportunidad conlleva ver a Silvia prácticamente todos los días. No sé si eso va a ser más una pesadilla que un sueño, la verdad.

Acabamos de terminar y todavía no sé cómo voy a sentirme cuando la vea de nuevo.

—Sonia, tienes que intentar superarlo y afrontar el hecho de que habéis quedado en ser amigas.

—Y lo dice la persona que no cambia las cosas del sitio donde las dejó su ex, ¿no?

Se tensó el ambiente.

—Es muy diferente —respondió mi hermana prácticamente susurrando.

—Exacto, Ana, eso es lo que pretendo decirte: que es muy diferente y quizá tengo que explorar cómo va a ser todo a partir de ahora. Y eso, lamentablemente, también supone plantear la posibilidad de quedarme en mi trabajo.

—Escojas lo que escojas, siempre vas a poder contar conmigo.

—Lo sé, y tú conmigo, hermanita.

Con una falda de cuero marrón de segunda mano, una coleta despeinada y la camisa oversize que llevaba en el tren, me dirigí al bar de siempre. Como ya te dije, me gusta llegar antes para estar a solas y poder tomarme algo; así que, cuando llegué, todavía no había nadie.

Mis nervios iban creciendo por momentos. No sabía ni siquiera qué es lo que hacía allí, pero estaba dispuesta a descubrirlo. Entré y me senté a la barra. Estaba todo igual, incluyendo al camarero, que me reconoció enseguida.

—¡Pero bueno, Sonia Rodríguez! Cuánto tiempo hace que no nos vemos, ¿un verdejito como siempre?

—¡Hola, Pablo! No pensaba que te acordarías de mí. Ay, sí, por favor, me lo has quitado de la boca. ¿Cómo estás?

—Yo estoy genial. ¿Cómo no voy a acordarme de ti? Esos ojos, esa sonrisa, lo divertida que eres… —Lo miré sorprendida, porque jamás me había dicho algo semejante. Creo que, al ver mi respuesta, prefirió continuar hablando—: Además, se ha hablado mucho de ti por aquí.

—Ah…, ¿sí? ¿Y quién ha hablado de mí?

—Bueno, no me preocuparía tanto de quién, sino de cómo. Ya sabes, a esta gente les sorprendió mucho que te fueras, e incluso hicieron un pacto de no escribirte porque se sentían muy traicionados. De hecho, me extraña que hayas venido justamente a este bar, cuando cada sábado vienen a pasar el rato.

—Ya, verás… Es que he quedado con ellos.

Me observó muy desconcertado, pero justo en ese momento, y antes de que tuviera tiempo a reaccionar, fueron entrando todos, uno a uno: Susana.

Manu.

Raquel.

Espe.

Lucas.

Y, cómo no, Guille. Ya te he hablado de él, aunque sin mencionarlo. Mi

«amor bomba».

Ahora sí que estaba nerviosa.

Mientras entraban y dejaban chaquetas y bolsos en la misma mesa de siempre, solo podía pensar en lo mucho que había cambiado yo. No solo

con respecto a apariencia, sino en cuanto a personalidad, y me preguntaba constantemente si eso me haría estar más o menos incómoda con ellos.

Susana fue la primera en localizarme. Vino directa a mí, junto a Raquel, Lucas y Manu. Este último siempre ha sido mi persona favorita en este grupo. Siempre podía contar con él para todo: si necesitaba reír, ahí estaba, y si necesitaba llorar, era el primero y el último que se quedaba a mi lado.

Como iba diciendo, estaban todos, aunque no todas las reacciones fueron iguales.

Mientras ellos cuatro desarrollaban una conversación a mi alrededor sobre lo mucho que me han echado de menos —en la que yo debería haber estado presente—, solo podía mirar de reojo hacia el huequito que había entre un hombro y otro, hacia donde estaban Espe y Guille. Cuchicheaban y, mientras Espe me lanzaba una mirada hostil, Guille aún no había levantado la vista. Es curioso lo mucho que esperaba que me mirase para que se sorprendiera de la persona que tenía ante él.

—¡Sonia, que te estamos hablando! ¿Hay alguien ahí? ¿Solo sabes hablar catalán ahora? —preguntó Manu en tono de broma.

Interrumpí el típico chiste madrileño para hacerles una pregunta:

—Perdonad, chicos, es que me sorprende que Espe no haya venido aún a saludarme. Supongo que es porque a Guille no le apetece que esté aquí y ella no quiere dejarlo solo, ¿no? Siempre han tenido muy buena relación.

—Bueno…, creo que es al revés —dijo Susana.

Se miraron entre todos y después Manu reveló información:

—A lo que se refiere Su es que es a Espe a quien no le apetece venir a saludarte.

—Pero ¿y eso por qué? —pregunté, algo confusa.

—Porque no le hace especial ilusión saludar a la ex de su chico —

concluyó Lucas.

Justo en ese momento, antes de procesar la información, mi corazón dio un vuelco. Entonces ¿Guille y Espe están saliendo?

Una vez asimilado todo, decidí dar mi opinión al respecto:

—Ah, entiendo entonces que están juntos. No me lo esperaba para nada. De todos modos, han pasado como mil años desde que Guille y yo cortamos. Aunque no fuéramos las mejores amigas, creo que Espe y yo manteníamos una buena relación. Veo que Guille sigue llevando las relaciones de la misma manera disfuncional de siempre…

—¿Disfuncional? ¿De dónde has sacado eso? —exclamó Susana.

Evidentemente, no les iba a decir que iba a terapia. No por vergüenza, sino porque simplemente no deseaba compartir una parte tan íntima de mi vida; así que normalicé la expresión.

—Quiero decir que desarrolla las relaciones igual de tóxicas que cuando estábamos juntos. Madre mía, esto es una locura. Voy a saludarles y ya está. ¿O es que vamos a pasar toda la noche así?

Antes de que pudieran responder, yo ya me levantaba del taburete para dirigirme hacia la mesa.

Mientras todos trataban de pasar desapercibidos pidiendo en la barra, plan al que se sumó Pablo sin dudar, el camarero, yo ya había llegado y me había posicionado frente a Espe. Fue la primera vez que Guille levantó la cabeza del suelo y me miró a los ojos. Creo que estaba sorprendido de mi iniciativa, pero yo me centré en ella, porque quería ver qué pasaba.

Me miró de manera muy confrontativa, como si fuera su enemiga; así que quise suavizar la situación:

—Hola, chicos. Madre mía, qué impresión e ilusión veros, parece que haya pasado toda una vida. —Ante el silencio y la pasividad de ambos, decidí continuar—: ¿Cómo estáis? Me ha dicho un pajarito que estáis saliendo juntos; me alegro por vosotros.

Cuando estaba a punto de cambiar de modo zen a modo explosión, Espe al fin reaccionó:

—Pues sí, Sonia, estamos juntos y la verdad es que nos va muy bien.

¿Qué te trae por aquí? ¿Nos echabas de menos o ya te has cansado del catalán?

—Espe… —susurró Guille.

Me enfadé. Me enfadé mucho. Ya recuerdo el estilo pasivo-agresivo de todo este grupo. No me gustó, pero esa noche estaba dispuesta a seguirles la corriente.

—¡Anda! Por fin te escucho hablar. Ya no recordaba tu voz, Guille.

—Espero que entiendas que esta situación es algo incómoda para nosotros —indicó Espe.

—Incómoda para vosotros… ¿Por qué? Siempre hemos sido amigas, y lo de Guille pasó hace años… —respondí.

—Bueno, no hace falta que lo recordemos —interrumpió Espe de nuevo.

—¿En serio? Yo opino que no hace falta que recordemos que me rompió el corazón y que fue uno de los motivos por los cuales me fui a Barcelona, pero no creo que pase nada por decir en voz alta que es mi expareja. Yo no me avergüenzo de lo que he vivido, y si tú sí… Lo siento tremendamente, pero no vas a conseguir que sienta lo mismo que tú. Estaré en la barra; el ambiente por aquí está demasiado tenso.

Y sin darles oportunidad de responderme, me di media vuelta y volví a la barra. Eso sí, con una sensación entre rabia y desahogo que no sabría bien cómo catalogar. Lo único que sé es que mi sensación principal fue que ellos tenían que dar el siguiente paso.