27 Por las calles
de Madrid
Siempre que paseo por Madrid, me gusta mucho ponerme «Tu mirada me hace grande», de Maldita Nerea. Hoy, mientras escuchaba la letra de la canción, me sentía transportada por mis pensamientos. Hay una estrofa con la que me siento muy identificada y que, al sonar de nuevo, ha removido muchas cosas dentro de mí:
Y no sabes lo que ha sido
porque nunca es suficiente
demasiado desafío
yo no puedo ser tan fuerte
si quisieras confiar en mí
nunca es tarde…
Me recuerda mucho a la primera persona que me rompió el corazón en mil pedazos. ¿Te acuerdas del «amor bomba» que te mencioné al principio de este diario? Pues sí, ese es Guille. El amor que sabía que no iba a funcionar, pero deseaba que lo hiciera. Y la definición de cómo me sentía se encuentra en ese fragmento: una lucha constante para que me quisiera, confiara en mí y le fuera suficiente.
Él y yo éramos amigos desde el instituto, pero esa amistad fue cada día más lejos. Nos reíamos al mismo nivel que nos atraíamos y, al final, en una fiesta, nos besamos.
Sentí algo muy diferente a todo lo que había sentido antes: un calor y
una ternura que hizo que automáticamente, después de ese beso, empezara a verlo de otra manera.
Empezamos una relación, pero con muchos altibajos: él era una persona muy insegura y proyectaba en mí todos sus miedos. Era muy celoso, juzgaba mi conducta y siempre buscaba razones para discutir conmigo, usando el chantaje emocional. Después de cada discusión, se ponía emocional y empezaba a decirme que no quería perderme, que eso es lo que hacía que me echara en cara todo lo que me decía. Evidentemente, me comía el sentimiento de culpa y terminaba siendo yo quien lo consolaba.
Cada día, volvía a mi casa con la sensación de no haberle dado demasiada seguridad o de no ser la persona que él necesitaba. Era un desgaste emocional que me tenía tan agotada que ni siquiera me preguntaba si yo era el problema o si quería continuar en esa relación. Simplemente, luchaba cada día, como si tuviera que seguir ahí.
Por supuesto, ahora, pasado el tiempo, entiendo que yo no era el problema y que jamás lo fui; que, por mucho que le entregara lo mejor de mí, jamás sería suficiente, porque la persona con la que estaba enfadado no era conmigo, sino consigo mismo… Solo que jamás lo supo y tuve que pagar todo aquello.
Puf, recordar todo esto hace que me cueste respirar.
Continué caminando, mientras por fin terminaba la canción.
***
Alrededor de las siete de la tarde, por la plaza donde se encuentra el mercado de San Miguel, vi a un grupo de amigos con sus cervezas y sus tapas, riéndose y negociando en tono de broma quién se sentaba en el apretado espacio que quedaba en aquel sitio, que siempre está abarrotado.
Fíjate: cuando estás acompañado de las personas que quieres, parece que todos los lugares son perfectos, por muy llenos de gente que estén. Esto me hizo acordarme de mis amigas, así que paré la playlist «Los 2000 España»
para hacer una foto y enviarla al grupo.
Justo antes de poder enviarla, escuché una voz que decía…
—Sonia Rodríguez por Madrid. ¡Parece un milagro!
Me dieron escalofríos nada más escuchar el tono. Levanté la cabeza del teléfono y me di la vuelta hacia esa voz.
Era Susana, uno de esos asuntos sin resolver de esta ciudad. Mientras mi cabeza se reía y me reprochaba que eso me pasaba por salir sola, mi otra mitad solo pudo quedarse callada.
—Pero bueno, ¿no vas a darme un abrazo? —insistió Susana.
Muy incómodamente, nos abrazamos. Estaba tan en shock que no me salía ni un simple «hola». Habían pasado años desde que prácticamente deserté de Madrid y decidí romper el contacto con toda esta gente, pero nada más volver y poner un pie fuera…
—Bueno, ¿qué te trae por aquí? ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
Al fin, me salió responder algo. Menos mal, porque la situación comenzaba a ponerse rarita.
—Pues… he llegado hoy y no me quedo muchos días. Es como una especie de puente que se celebra en Barcelona y he decidido aprovecharlo para… Ya sabes… Ver a la familia.
—Ah, sí. En TikTok me han salido recetas virales para la Mercè o algo así lo llamáis, ¿verdad que es esa fiesta?
—Sí, justo.
—¡Bien! Bueno, pues si has venido a festejar, ¿qué mejor que hacerlo con antiguos amigos? Y así nos ponemos al día. Hemos quedado en…
—No, verás… Tengo planes con mi familia y estoy quedándome en casa de mi hermana. Quiero pasar tiempo con ellos…
—No acepto un no por respuesta —cortó mis explicaciones, firme.
«Para variar», pensé, pero opté por decir:
—Bueno, quizá podría sacar algo de tiempo.
—¡Pues claro que sí! Nos vemos mañana por la noche en el bar de siempre. Lo recuerdas, ¿verdad?
—Sí, claro que sí…
—¡Genial! Me ha encantado verte, Sonia. ¡Nos vemos mañana! —Me volvió a abrazar y se fue.
Y yo había dicho que sí.
Lo positivo de todo esto es que ahora entiendo realmente por qué me costaba tanto decir que no. Su manera de hablar conmigo me transportó a años atrás, cuando me sentía insegura y quise escapar.
De repente, me giré sobre mis pies y el grupo de amigos, que había visto antes, había desaparecido; así que decidí hacerlo yo también. Volví a casa sobre las 21.00 y, ya que a mi hermana le quedaba una hora para
cerrar, decidí contactar por teléfono con mi psicóloga. Le había enviado antes un mensaje y me dijo que la llamara sobre esta hora.
No le conté todo lo que había pasado con mis padres, sino lo que me había sucedido con Susana. Después de narrar hasta el último detalle, mi psicóloga me hizo la gran pregunta:
—¿Y qué decisión has tomado en base a cómo me has dicho que te sientes?
—Pues no lo sé. Por eso quería hablar contigo. Para aclarar las ideas y saber qué quiero hacer.
—Sonia, ahora mismo en tu vida hay muchas cosas que deseas resolver, pero que, a su vez, no puedes controlar. Quizá la cuestión no deba ser si te apetece o no; tal vez debamos preguntarnos si esto puede convertirse en una oportunidad para cambiar algunas deudas emocionales que tienes, o no. —
Enmudecí, un poco confusa, y, al ver que no contestaba, prosiguió—: Lo que quiero decir con todo esto es que, vayas o no, encuentres una razón que te beneficie a ti, porque eso es lo único que le dará sentido a esa decisión.
Reflexiona de qué modo interpretar esta realidad, y obtendrás una respuesta.
Le agradecí la ayuda y colgué, con ganas de tomar una decisión.
Pasada media hora, entró mi hermana por la puerta y se interesó por cómo había ido mi paseo y que si mañana quería ir al Aluche, un mercadillo que ponen cada sábado en Madrid. Acepté, pero le indiqué que no contara conmigo por la noche, porque había quedado con mis antiguos amigos de Madrid.
—Ah, pensaba que había quedado todo claro entre vosotros y que ya habías resuelto ese tema —me dijo mi hermana, sorprendida.
—Ya —respondí—, yo también lo pensaba.