El amor y otras malas decisiones 31 La decisión,
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31 La decisión,

¿ya está tomada?

Al día siguiente, me puse la alarma a las ocho y media de la mañana porque sabía que hasta las nueve no me levantaría, como hago siempre. Hoy, sin embargo, estaba tan nerviosa que hasta me desperté un minuto antes de que sonara el despertador, y eso solo me pasa cuando me espera un día muy ajetreado o con muchas decisiones importantes que tomar. Creo que era más lo segundo que lo primero.

Algo que he cambiado en mi rutina es que me concedo tiempo para desayunar; ya no solo tomo café. He descubierto en terapia que el desayuno puede ser un acto de amor propio y que me proporciona una pausa consciente antes de iniciar el día.

La verdad es que empiezo la jornada de mejor humor.

Hoy tenía más tiempo, no solo porque me levanté pronto, sino porque tenía dos funciones que hacer en el día: a las doce había quedado con Laura y después a las 13.30 con mi jefa actual para darle los quince días. Sé que todo es muy precipitado y aún no he escuchado ninguna oferta, pero me da la sensación de que, si no lo hacía de esta manera, probablemente no fuera capaz de cambiar mi vida, tal y como quiero hacerlo. Así que me puse mi pantalón tejano oscuro de campana de confianza, mi blazer de verano marrón chocolate, un recogido informal, las air force blancas, y salí de casa con el objetivo de comerme el mundo, que ya me toca.

Como iba con bastante tiempo y me pillaba de camino una de mis cafeterías favoritas, pedí un café con leche para llevar. Me gusta ir

caminando por la calle escuchando música y tomándome un café. Me da una sensación de control y paz increíble.

Antes de llegar, me encontré un semáforo en rojo cuando iba a cruzar.

Pero ahí estaba: era un negocio pequeñito, con el típico diseño de Canva que nunca falla, con su nombre y sus redes sociales, y una entrada de cristalera enorme. Lo vi muy acogedor y sentía que podía encontrarme muy cómoda.

Segundos antes de que el semáforo se pusiera en verde, vi la figura de un hombre con unas bambas idénticas a las mías, unos joggers negros y una chaqueta tejana plantarse en frente de la cristalera con dos cafés en la mano.

Distinguí esa ropa y ese cuerpo mucho antes de que se girara hacia mi dirección: era Héctor. Con lo grande que es Barcelona, ¿en serio tenía que quedar allí? A diferencia de mí, él no suele llegar antes de la hora, pero sí que es puntual: no se retrasa ni adelanta un solo minuto.

Después de lo que había pasado con Guille, no podía quedarme bloqueada por encontrarme a Héctor. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarme en el semáforo hasta que se fuera?

Mientras yo tomaba la decisión, el semáforo se volvió a poner en rojo.

En cuanto me di cuenta de que el semáforo me frenaba, entendí que la decisión ya estaba tomada: no pensaba perder una cita que podría ser importante para mi futuro por culpa de alguien que fue importante en mi pasado. Así que me dispuse a cruzar, muy decidida, cuando de pronto apareció Laura en mi campo de visión; estaba prácticamente ahogada, imagino que porque había corrido bastante para no llegar tarde a nuestra cita. Entonces lo vi claro: era la situación perfecta. La llamaría mientras cruzo, me acercaría a ella y así no tendría por qué cruzar más que una palabra suelta con Héctor.

Cuando estaba a punto de llamarla, vi cómo Laura sonreía y no por haberme visto.

Lo había visto a él.

Se acercó a donde estaba Héctor, agarró uno de los dos cafés y le dio un beso en los labios.

El tiempo se detuvo, como en las películas, y yo también lo hice.

Durante un segundo, lo único que me sentí fue extraña, como fuera de mi cuerpo. Todo lo que había planeado el día de hoy se tambaleó en mi mente y en mi corazón. ¿Cómo era posible? Con lo que me había costado

tomar la decisión, ¿tenía que ocurrir esto justo ahora?

Mi cabeza no paraba de preguntarse si la decisión que había tomado ya no estaba tomada.

Tenía una sensación muy diferente a todo lo que había podido experimentar. Por un lado, quería salir huyendo y que todo aquello que había soñado durante estos días quedase en eso: un sueño. Al final, renunciar a esto significaba volver a mi rutina de autocompasión y teletienda donde, aunque no estuviera bien, al menos estaba cómoda. Pero, por otro lado, mi cuerpo y mi mente ya estaban cansados de huir; ya no me resulta tan sencillo como antes.

El shock se había convertido en pánico y la ansiedad me comía. Quise llamar a mi psicóloga en ese momento, en plan urgencia, para que me dijera qué hacer o cómo recuperarme después de esto; aunque, con seguridad, me diría que no me de jase llevar por lo que «tiene que representar» esa escena, sino por lo que realmente representa para mí.

Como en anteriores ocasiones donde he tenido episodios de ansiedad, seguramente me diría que me fijase en los detalles de todo esto que estoy viviendo en el momento presente y que los procesara según cómo me hiciesen sentir, y no como deberían hacerme sentir.

Y eso fue la clave de todo.

Mientras esperaba de nuevo el semáforo en rojo y en mis auriculares sonaba «Sacrifice», de Elton John, volví a reconec tar con la escena que tenía delante de mis narices. Y entonces vi algo, ese detalle que buscaba y que me hizo tomar una decisión: se sonreían el uno al otro. Eso era algo que llevábamos meses sin hacer él y yo hasta que rompimos. Entonces, entendí que los últimos meses no habían sido en vano; que ya no éramos felices y que llevo más tiempo sonriéndole a la vida desde que lo dejamos. Y que, si él es capaz de sentir eso por otra persona, quizá la respuesta estaba dentro de todas esas preguntas que rondaban en mi cabeza.

Creo que, por fin, lo entendí todo. La psico, mi aprendizaje, mi evolución, mi nueva valentía… No podía tirar a la basura todo lo que he construido este año porque el camino que marquen los demás ya ha dejado de ser el que me está bien a mí.

Cuanta más complicidad veía entre ellos, más claro lo tenía: no todo va a salir siempre perfecto, ni como quiero ni como necesito. No voy a poder controlarlo todo nunca, ni esquivar la incomodidad, ni superar las cosas

como si nada… Pero eso no significa que no pueda seguir intentándolo. Y

en eso quiero que se base mi vida: en seguir viviendo el amor y otras malas decisiones. Porque todas ellas me han llevado hasta donde estoy ahora mismo: a punto de cambiar mi vida y cruzar el semáforo, o volver atrás y dejar de intentarlo.

El semáforo empezó a parpadear de nuevo y volví a sentir que la decisión estaba tomada.

Di un paso, con la vista fija en Laura, y la llamé.