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No sé si lo sabías, pero una de las cosas más maravillosas de Barcelona es que hay muchas festividades. ¿Y eso qué quiere decir? Que hay muchos puentes.
Así que aproveché el día de la Mercè y cogí puente para volverme unos días a Madrid. No me apetece estar este año en esta festividad en mi ciudad.
No tengo ánimo y quedarme sería equivalente a cagarla.
Foto en el grupo de WhatsApp «Más guapas que locas»: Buen viaje, esperaremos tus chismes
por Madrid en Barcelona.
Mientras esperaba el AVE, estaba pensando en los días que voy a quedarme en casa de mi hermana. Podría haberme ido a la de mis padres, pero como no conozco bien la actual situación, tampoco sé de qué manera me voy a sentir —probablemente, incómoda.
Si te estás preguntando cómo llevo el tema de Silvia, te diré que bien.
Cortar con ella era lo que necesitaba y la verdad creo que será mejor así.
Ayer me llamó para preguntarme cómo estaba y hablamos un buen rato. Me sentí muy cómoda. Quizá este siempre ha sido nuestro lugar. También me preguntó si aceptaría el puesto, pero la verdad es que ese tema todavía no lo tengo nada claro. Para eso está este viaje, también.
¿Que si hablé con mi psicóloga de todo esto? Por supuesto que sí. Me dijo que podía sentirme superorgullosa del paso que había dado y que ahora está en mis manos tomar la decisión que crea correspondiente. La gran
pregunta que le formulé es:
—¿Y cómo se hace eso de tomar la mejor decisión?
Mi psicóloga esbozó una ligera sonrisa, que siempre en ella significa que me va a proponer un ejercicio. Y eso estoy haciendo en el AVE, el ejercicio que me propuso: me dijo que hiciera una especie de lista tipo
«pros y contras», pero un pelín más complicada: me sugirió que hiciera una lista de aquellas cosas que ganaba aceptando ese trabajo y de las que ganaba quedándome donde estoy. Para mí, es más complicado porque suelo ser de esas personas que se centran en los aspectos negativos para tomar las decisiones. Creo que, por eso, me ha puesto este ejercicio. También debe saber cómo es mi patrón de pensamiento.
Cuando terminé de hacer el ejercicio, ya iba por Zaragoza. Me quedaban unos cuarenta-cincuenta minutos aproximadamente para llegar a Madrid.
Le pedí a mi hermana que no me recogiera, porque me gustan mucho las vistas de la estación al centro, e iría caminando.
Soy una persona peculiar. Aunque esta vez sentí una especie de miedo que invadía mi cuerpo. He frecuentado muchos lugares de Madrid con mis anteriores amigos y con aquel tipo al que le llamo «amor bomba» —¿te acuerdas?—; pero, como hacía mucho que no me movía por Madrid a solas
—por voluntad propia, he de decir—, se me hacía muy complicado que aquellos recuerdos no me vinieran a la cabeza: las tardes en un banco enfrente de los leones del Congreso de los Diputados, comiendo pipas Tijuana, yendo a mi tienda de maquillaje favorita únicamente a mirar para después buscar algo más barato en mi segunda opción preferida, aquellas colas eternas riéndonos mientras esperábamos para comernos la mejor napolitana de Madrid —y si me apuras, del mundo—… No sé, deberían ser recuerdos agradables y, sin embargo, por ahora son agridulces.
Al llegar al centro, comida por la culpabilidad, decidí que el primer lugar donde iría sería a casa de mis padres. Además de que me apetecía verlos, quería darles una sorpresa. Pensé que, embriagados por la ilusión que tendrían en ese momento, seguro que se tomarían mucho mejor que fuera a quedarme en casa de mi hermana y no en la suya.
Como había cogido las llaves de casa de mis padres, decidí hacerlo más emocionante y entrar con ellas. En la puerta había un divertido muérdago colgado. No me pareció tan extraño, puesto que a mi madre le encanta la
Navidad y empezaba a decorar la casa en cuanto nos poníamos una sudadera con pantalones cortos. Como a mi hermana y a mí no nos entusiasman estas fiestas, y ella sabe que preferimos reunirnos en otras fechas, creo que ha decidido adelantarse con los adornos, ya que no vivimos allí.
Nada más abrir la puerta, sin embargo, escuché a todo volumen una melodía de jazz suave mezclada con una tierna risa femenina y una tímida risa masculina. Sonreí. Parecía que estaban mucho mejor, y eso que habían barajado la posibilidad de separarse.
Al final del pasillo, abrí la puerta del comedor y estaba a punto de gritar
«¡Sorpresa!» cuando me encontré con dos copas de vino tinto en la mesita junto al sofá; al levantar la vista, descubrí a mi madre junto a un hombre que no era mi padre, ambos semidesnudos bajo una manta.
¿Qué?
Me quedé perpleja ante la situación y salí escopeteada mientras escuchaba a mi madre intentando detenerme, a la vez que se ponía el camisón encima.
—Ven, hija. ¡Te lo puedo explicar! —decía mientras me perseguía por el pasillo.
Justo cuando estaba a punto de marcharme por donde había venido, una especie de furia y confusión empezaron a invadir mi cuerpo. Así que me paré en seco y me di la vuelta para preguntarle a mi madre:
—¿Y no era mejor separaros? ¿Te das cuenta de que estás con otra persona en la casa en la que formaste una familia y que sigues compartiendo con tu marido? ¿Por qué has hecho esto, mamá? —Se me fue el juicio de las manos y, como su propio nombre indica, creo que la juzgué más de la cuenta.
Nos quedamos en silencio.
Yo miraba a mi madre con los ojos muy abiertos y centrados en ella, mientras intentaba calmar mi respiración, tras todo lo que le había dicho.
Ella, en cambio, me observaba frunciendo ligeramente el ceño hacia arriba y con los labios hacia un lado. ¿Me miraba con pena?
De repente, se acercó a mí y me dio un abrazo bastante largo. Cuando se alejó, empezó a hablar:
—No te esperaba. Si lo hubiera hecho, no habrías tenido que ver esta escena. Aun así, me alegra que estés aquí…
No podía sentir la misma ilusión que ella.
—¿Y no vas a darme ningún tipo de explicación, mamá?
Y justo cuando inicia su explicación con un «es que…», el supuesto amante de mi madre irrumpió en la conversación:
—Bueno, yo me voy ya. Lamento lo sucedido. ¡Qué vergüenza! ¿Eres Sonia o Ana? Yo soy Martín, encantado.
Pero ¿cómo podía tener tan poca vergüenza de presentarse de esta manera y con tanta naturalidad? Me sentí muy incó moda y solo quería que ese tipo se marchara; así que contesté rápido:
—Yo soy Sonia. Si Ana estuviera aquí, ya os habría metido un discurso infinitamente largo sobre los valores y la moral. Me gustaría decir que estoy encantada también de conocerte, pero, como no sé ni quién eres ni nadie me ha hablado de ti, no deseo adelantarme. De todos modos, muy encantada no estoy.
Y así fue como conseguí lo que quería: que ambos se sintieran igual de incómodos que yo.
Cuando Martín estaba a punto de cruzar la puerta, escuché las llaves y miré a mi madre fijamente. Di un paso atrás y vi a mi padre.
No sabía qué hacer, ni dónde meterme.
Cuando entró, a la primera persona que vio fue a Martín.
—¡Pero bueno, Martín! ¿Qué haces tú aquí? —exclamó mi padre con una alegría inusual—. Pensaba que hoy no venías.
Me quedé anonadada. Parecían amigos, pero… ¿Cómo iba mi madre a traicionar a mi padre, encima con un amigo suyo?
Se dieron un abrazo impresionante y después me vio a mí. Se le puso una sonrisa de oreja a oreja y vino directo a mí, exclamando: «¡QUÉ
ALEGRÍA, HIJA! ASÍ DA GUSTO VOLVER DEL TRABAJO». Me preguntó qué hacía allí y, cansada de no entender nada, mis palabras fueron:
—Pues he venido a pasar unos días a Madrid, pero parece que ya de paso he descubierto a mamá con este tío. Alguien te lo tiene que decir, papá: son amantes.
Hubo un silencio, junto a un cruce de miradas muy confusas, como si me faltara información.
De repente, ese silencio se rompió cuando Martín se despidió de todos nosotros, incluida yo. Me dijo que, aunque no fuera recíproco, él sí se alegraba de haberme conocido.
Cuando se marchó, mis padres se miraron entre ellos y decidieron que era el momento de contarme algo sobre la decisión que habían tomado, pero que necesitaban que estuviéramos las dos juntas: mi hermana y yo.
Ana salía del trabajo y vino tan pronto como su moto le permitió.
Una vez que estuvimos todos sentados a la mesa, empezaron a hablar:
—Vuestro padre y yo os debemos una explicación. Lo primero de todo, yo no tengo un amante y todo lo que haga o deje de hacer, vuestro padre lo sabe…
—Mmm… Perdón. Siento interrumpir, pero… ¿De qué estáis hablando? Sonia, ¿qué pasa aquí? —interrumpió mi hermana.
Yo retiré la mirada a mi hermana y la centré en mi madre, con la esperanza de que continuara la historia y saliéramos de dudas.
—Verás, tu hermana me ha visto con un hombre que ella desconocía, en una situación bastante inapropiada. Como veis, vuestro padre no se está alarmando, y no lo está haciendo porque ya lo sabe. Tenemos una relación abierta paralela-ética.
Mi hermana y yo nos miramos sin saber qué decir, intentando asimilar qué era lo que nos querían decir. Una… ¿qué? Cuando vieron que la situación nos empezaba a superar, mi padre decidió añadir su parte del discurso.
—No queríamos que os enterarais así, pero ya que estamos, nos quitamos un peso de encima. Cuando decidimos separarnos, vuestra madre y yo empezamos a hacer cosas, cada uno por nuestro lado: salíamos con amigos e incluso ella se fue a un retiro de yoga. Total, cada vez que llegábamos a casa, nos tomábamos un gin-tonic mientras nos contábamos todo lo que habíamos hecho. Nos podíamos pasar hasta las doce de la noche riéndonos y contándonos anécdotas, hasta que un día nos dimos cuenta de que lo que más nos gustaba de vivir experiencias es poder compartirlas, al final del día, con el otro. Por eso, volvimos a hablar de nuestra relación.
Pero esta vez, decidimos que fuera diferente.
—Sí —continuó mi madre—. Así que se nos ocurrió estar juntos de nuevo, pero sin perder esa independencia; incluida la independencia sexual.
Estamos en una etapa en la que queremos explorar, así que nos informamos con un terapeuta de parejas sobre qué tipo de relación podría adaptarse más a nosotros. Por esa razón, hemos empezado una relación abierta, y estamos yendo a terapia para fortalecerla y que nos haga felices. Sabemos que es un
estilo de vida alternativo, pero esto no cambia lo que sentimos el uno por el otro. Al contrario, nos hemos vuelto a hacer felices, y no únicamente en la cama, sino que nos reímos de nuevo y nos comunicamos juntos; eso es lo que nos faltaba. Ah, y tanto Martín como Diana, que es la amiga de papá, vienen a visitarnos con nuestro consentimiento, aunque no cada día.
Me quedé sorprendida, pero a la vez muy feliz. Nunca habría imaginado que mis padres irían a un psicólogo, y mucho menos que volverían a comunicarse de manera sana.
En mi familia siempre ha habido buena comunicación. Nos han hablado de todo y de manera muy abierta, y creo que por eso reaccioné de esa manera: el simple pensamiento de pensar que mi madre nos ocultaba algo que podía hacernos tanto daño no entraba en mi cabeza.
Después de hablarnos, acompañé a mi madre a preparar café para todos.
De hecho, si estoy yo en casa, soy la que los prepara: me sé absolutamente todos los gustos de ellos.
Estando ya en la cocina, mi madre y yo seguimos con la conversación.
—Oye, hija, sobre todo esto que hemos hablado, ¿qué opinas tú?
Sabemos que ha sido chocante encontrarme en esa escena…
—Mira, mamá, claro que no ha sido sencillo encontrarte así, pero me alegra que se haya aclarado todo. Con respecto a mi opinión… Estos meses han sido muy intensos y he vivido cosas que jamás pensé que viviría; curiosamente, han sido de las mejores experiencias de mi vida hasta el momento. Justo esto es lo que creo que os está pasando a vosotros, y me parece genial que podáis explorarlo. Y sobre todo, que os sigáis queriendo como hasta ahora. Pienso que lo más impactante es eso, que sigáis luchando por vuestro amor.
—Ay, hija, me alegra mucho que lo veas así, aunque no sé si alegrarme o asustarme de esas «experiencias» que has vivido hasta ahora.
Nos pusimos a reír y terminamos sacando el café.
Tras todo esto, fue un reencuentro muy agradable. Estuvimos horas hablando y poniéndonos al día. Pero, por desgracia, eso también significa preguntas que me da mucha pereza contestar:
—Aún no nos has contado, ¿qué haces aquí?
—¿Cuánto tiempo te quedas?
—¿Acaso algo no va bien en el trabajo?
—¿Por qué te quedas en casa de tu hermana y no en la nuestra?
—¡Pues en tu cama siempre has estado cómoda…! ¿No?
En fin. La verdad es que no sabía exactamente cómo responder a la avalancha, pero salí bien parada con la justificación estándar que me preparé antes de aparecer:
—Tenía unos días libres y me apetecía venir a veros; así que le pedí a Ana que me devolviera el favor y me dejara que darme con ella, aprovechando que en Barcelona hay puente.
Por fin creo que pude volver a un estado de calma de nuevo porque, desde que había pisado Madrid, todo había sido una locura.
Pero esto solo acababa de empezar.