El amor y otras malas decisiones 24 Ahora te conozco
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24 Ahora te conozco

un poco más

Al salir del metro, me encontré con unos nervios que jamás había experimentado. Creo que nunca antes me había tomado la libertad de pensar en si alguien era la persona con la que quería compartir un cachito de mi vida. Por un lado, estaba contenta de poder hacerlo y no cargar con sentimientos como la culpa, el miedo o la insuficiencia. Aunque, por otro, estaba preocupada por saber si estoy tomando la mejor decisión y por lo que pensará y/o sentirá Silvia. Ella es muy importante para mí, y no quería hacerle daño.

Mientras torcía por la esquina de mi calle, vi una foto de mis amigas que habían enviado al grupo mientras estaba en el metro sin cobertura, con el título: «Aquí estamos esperando noticias». Sonreí. Me encanta verlas juntas y felices.

Al levantar la cabeza para abrir el portal, me encontré a Silvia.

Ya no tenía frío.

Ni nervios.

Ni nada.

Tras unos segundos calladas, nos miramos fijamente y, con mucha ternura en los ojos, nos pusimos de acuerdo por primera vez en la vida al pronunciar ambas las palabras: «tenemos que hablar».

Después de esbozar una sonrisa nerviosa por la situación, le pregunté si quería subir a mi casa, ya que nos encontrábamos en mi portal y, llámame egocéntrica, pero creo que me esperaba.

Ella rechazó la invitación y me dijo que era mejor quedarnos aquí. Me cedió su chaqueta, porque sabe que empiezo a cambiar de tono en la cara cuando tengo frío.

Mierda.

¿Seguro que estoy tomando la mejor decisión?

Le pedí que empezara a hablar ella, en compensación a todo el tiempo que me había esperado —y así, de paso, veía cómo funcionaba esto de tomar una decisión bilateral.

Ella sonrió y empezó a hablar:

—No vengo a reprocharte nada, ni siquiera a preguntarte por qué no contestas mis llamadas, ni mis mensajes… Aunque, por cierto, acaba de dolerme mucho verte ojear el móvil mientras estabas llegando porque, en fin, mis mensajes siguen sin ser leídos. —No sé a ti qué te parece, pero en mi pueblo a esto le llamamos reproche. La dejé continuar—: Pensaba que estábamos en un buen punto y, de repente, veo que empiezas a alejarte de forma reiterada y, por lo que veo, conscientemente de mí. ¿Qué pasa, Sonia?

Enmudecí. No sé qué era lo que esperaba que me dijera, pero, cuando descubrí que la respuesta a todo lo que ocurría la tenía yo, me bloqueé.

—¿No vas a responderme? —dijo Silvia, rompiendo el silencio que yo llevaba segundos intentando quebrar.

—Creo que no puedo hacerlo. No sabría explicar lo que está pasando entre nosotras; solo puedo responder a lo que me pasa a mí. He vivido un tiempo increíble a tu lado. Me has hecho sentir cosas que pensaba que no podría sentir, aunque no todas han sido buenas, y estoy convencida de que esa es una de las razones por las que estamos aquí. Cosas como asegurar que no vas a reprochar mi ausencia y que posteriormente lo hagas, son rasgos de tu personalidad que percibo inamovibles. Todo eso me ha ido invalidando y sacando una versión de mí que, si sigo por este camino, va a terminar consumiéndome. Sé que estoy siendo injusta y que no te estoy contando toda la historia. Sobre todo porque esto te pilla de nuevas, pero creo que nuestra relación, aunque pensemos que funciona, en el fondo sabemos que no es así.

Empecé a hablar y no paré. Le conté lo de mi problema de disociación, aquellas cosas que había permitido en nuestro vínculo y también los motivos que me habían llevado a no responder ni a sus mensajes ni a sus

llamadas. Lo solté todo.

Nos quedamos en silencio.

Yo no dejaba de llorar, pero no era un llanto desconsolador, eran lágrimas recorriendo mis mejillas en silencio mientras esperaba una respuesta.

En cuanto a ella, la vi cabizbaja, como si no imaginara o esperara nada de lo acontecido, pero, para mi sorpresa, era justo lo contrario.

—No es la primera vez que me dicen esto, Sonia. Mis «relaciones», por llamarlo de alguna manera, se han basado en reclamos acerca de lo que les falta, lo que necesitan de mí y, sobre todo, de lo que soy. Me encantaría decirte que eres la primera persona que lo dice y que soy perfecta, pero no es así. Yo soy esto, y pensaba que eso era lo que tú querías. De hecho, pensaba que contigo podía ser diferente porque tú me demostrabas que esas cosas no te importaban y que juntas funcionábamos bien.

Sentí como si ella tuviera una barrera defensiva que impidiera ver que lo que trataba de decirle no era un ataque, sino mi propia vivencia con ella.

—Y ese ha sido mi error —dije—. Pensar que lo que te importaba a ti era prioritario a lo que me importa a mí. Tenía muchas dudas acerca de si lo que estaba haciendo era lo correcto para mí, pero entonces lo has dicho: tú eres esto. Con esa afirmación, me demuestras no solo que nunca vas a poder corresponder, validar o entender mis sentimientos, sino que tampoco quieres hacer nada por intentarlo. Solo quiero decirte una cosa, Silvia, y esto te lo digo con todo el amor que he sido capaz de sentir por ti: si tantas personas te piden que mejores ciertas cosas que son dañinas para los demás, y ni siquiera lo intentas, a la larga, la que se hará daño serás tú.

Salió un suspiro de sus labios mientras la miraba fijamente, esperando, por fin, que hubiera entendido lo que le estaba intentando decir. Tras ese suspiro, interrumpió el silencio para decirme:

—Antes te he comentado que no es la primera vez que me dicen lo mismo que tú, pero te prometo que esta es la primera vez que me advierten de que esto puede ser dañino para mí. Tengo la sensación de haber desempolvado un espejo en el que hace muchos años que no me miraba. Y

no me gusta lo que veo.

Empezamos a hablar de aquellas cosas que nunca quiso contarme y de aquellas heridas que le han hecho ser la persona que es. Sentí que la perdonaba conforme se abría conmigo y, sin embargo, también sentí

liberación: aquello que sentía por ella era más genuino que el amago de obsesión que sentía antes. Definitivamente, con esta conversación me di cuenta de lo importante que es la forma en que te quieren para aprender a querer en cada relación.

Supongo que no la quise bien.

Supongo que no me enseñó otra manera de hacerlo.

Siento que ahora la conozco un poco más, y también que me conozco más a mí.

Hablamos durante horas y prometimos darnos una oportunidad como amigas, que es algo que no nos habíamos dado jamás. Y, la verdad, me apetece mucho conocerla en ese sentido.

Pero no en este momento.

Le pedí un tiempo sin hablar, para aclarar mis sentimientos y valorar si realmente puedo ser su amiga o no puedo cumplirlo.

Es una propuesta que aceptó, ya que también necesitaba tiempo para

«entender que no volveríamos a acostarnos», según sus palabras.

Después de esto, nos reímos.

Con una sonrisa en los labios, me despedí indicándole que había quedado con mis amigas y que me esperaban. Nos dimos un abrazo enorme, cargado de todo aquello que nos quedaba por ser. Para mí, ese abrazo fue liberador y, para ella, tal y como lo sentí, fue esperanzador. Creo que esas dos palabras son las que definen nuestro nuevo comienzo.

En el momento en que me levanté de la escalera del portal para poner rumbo a contarles las últimas novedades a mis amigas, escuché la voz de Silvia tras mi espalda, diciéndome algo que no esperaba escuchar:

—Ah, y no seas creída —exclamó con ironía—. Vale que te llamaba porque quería verte, pero, si he sido tan insistente, no es por eso: mi amiga, con la que tengo el negocio, me ha dicho que estás dentro, si tú quieres.

Sí, ya lo sé.

Esto da para otro vídeo.